Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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IV Domingo Adviento
22–XII–2019
Ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

«Genealogía de Jesús, el Cristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob», etc. Así, con la larga genealogía de Jesús, comienza el Evangelio según san Mateo. Con la genealogía se expresan varias cosas. Dos me interesan ahora: primero, que Jesús, el hombre nacido de María, es el Mesías, el Cristo; aquel que los judíos piadosos esperaban que trajera la salvación y el conocimiento de Dios. En segundo lugar, declara que Jesús tiene sus raíces humanas en el pueblo de Israel, desde Abraham en adelante. Por estas raíces asume y lleva en su humanidad a todas las generaciones que le preceden: a Abraham con su fe; a David, con su obediencia; lleva el sufrimiento de los deportados a Babilonia; y la decisión de los que, al retornar del exilio, anhelaron un culto más puro. Con estas raíces, el Mesías hace suyo todo el camino del Antiguo Testamento, y, en el fondo, todo el camino del hombre hacia Dios.
Pero, manifestados los orígenes humanos del Mesías con la genealogía, ahora Mateo declara los orígenes divinos: «La generación de Jesús, el Cristo, fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo».
El Mesías, Jesús, nacido de María, la esposa de José (Cf. Mt 1,16), viene del Espíritu Santo. Su ser personal viene de Dios, no de los hombres. Y esto es una novedad absoluta. Muchos hombres habían sido «enviados» por Dios, pero eran siempre hombres, nacidos de hombres y no más que hombres. Este viene de Dios. Con él empieza algo nuevo. Nuestros pecados y nuestros sufrimientos son viejos, pero viene del cielo un nuevo inicio, que no nos arroja a la basura para empezar de nuevo, sino que nos hace suyos para salvarnos.
Vayamos a los detalles de cómo se inicia esta nueva creación.
Los protagonistas, junto a Dios todopoderoso, son una jovencísima muchacha y un varón algo mayor que ella, desconocidos en la escena de los poderosos e influyentes del mundo. Los dos protagonizan una historia dolorosa y a la vez maravillosa, de la que la humanidad entera depende, aunque no lo sepa. Habían celebrado el desposorio, pero aún no habían empezado la vida conyugal. Era lo habitual que entre el desposorio y el inicio de la vida conyugal transcurriese un año entero. El desposorio era como un matrimonio rato, que solo se consumaba con el inicio de la vida conyugal. Antes de empezar la convivencia, María se encuentra embarazada. El Evangelio no nos dice cómo vivieron aquel hecho. María conoce el origen divino del niño que ha engendrado, José aún no. Podemos imaginar muchas cosas del dolor de ambos, pero el Evangelio no nos dice nada y queda en el secreto de Dios, como tantos de nuestros dolores y de nuestras luchas. Lo que dice Mateo es que José era justo, esto es, sabía, o intuía, que María no podía haber traicionado las promesas esponsales y no quería que el castigo al adulterio, la lapidación, cayese sobre ella; por otro lado, no creía poder tomarla como esposa. Y «no queriendo exponer a María a la infamia, decidió repudiarla en secreto». El repudio de una mujer por parte de su esposo (Cf. Dt 24,1) significaba que el varón debía escribir un documento donde rechazaba a la mujer. Con ese documento, llamado libelo de repudio, la mujer quedaba libre de los compromisos conyugales. José decide repudiarla de forma que el repudio quedase en secreto.
Entonces viene la parte fundamental del Evangelio: un ángel da ánimos a José revelándole el verdadero origen del niño y su misión. Sobre su origen le dice: «la criatura que hay en María viene del Espíritu Santo». No viene de ningún varón, María es virgen y su fecundidad viene de Dios. Con esta notica José recibe ánimo: «No temas en acoger a María». Ya no es necesario el repudio. Y sobre la misión de este niño dice el ángel: «tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». «Jesús» significa «Dios salva», Jesús es Dios que viene a salvar al hombre, la criatura que Dios ama, y viene a salvarlo del pecado, que es el verdadero principio de la destrucción del hombre, su alejamiento de Dios. Aquí terminan las palabras del ángel a José.
Mateo añade que todo esto no hace sino cumplir lo que Dios ya había anunciado y prometido por medio de Isaías: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Y la obediencia de José: «Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer».
La primera creación se había iniciado con el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas; el Espíritu de Dios vuelve, ahora sobre un seno virgen. Dios eterno empieza a ser hombre; un hombre empieza a existir siendo Dios. Algo totalmente nuevo, el principio de una nueva creación. ¡El inicio! Dios concluirá la nueva creación cuando el que nazca del seno virgen se convierta en el primogénito de entre los muertos y alcance la gloria de Dios: «nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santificación por la resurrección de entre los muertos» (Rm 1,3-4).
Con la Navidad a las puertas, nos disponemos a celebrar que el Hijo de Dios ha querido tomar todo nuestro ser, con las luchas que hemos librado, con las que hemos perdido y con las pocas que hemos ganado; con nuestros olvidos e infidelidades; con las heridas de la lucha; con nuestro esfuerzo por escuchar a Dios y obedecerle; con el dolor y la humillación por las caídas; con las tristezas y oscuridades; con la esperanza de recibir su gracia; con la esperanza de ser perdonados; con el deseo de ver su rostro… Él lo ha tomado todo para salvarlo y hacer algo nuevo. Él es el Salvador, solo Jesús salva.
Con la Navidad se abre ante nuestros ojos un nuevo camino: Dios que entra en la historia no para anularnos y olvidarse de lo que somos, sino para hacernos suyos y hacer con nosotros el camino de la nueva creación. El Niño es el inicio. Junto a él una virgen jovencísima y un joven esposo. Con ellos se abre paso la esperanza: el camino se inicia y el Dios hecho hombre va delante. Aunque nuestro camino sea viejo y viejos nuestros pecados y fracasos, junto a ellos podemos empezar de nuevo.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía en el IV Domingo de Adviento
22 de diciembre de 2019
Iglesia de las Bernardas
Congragación del Oratorio de san Felipe Neri
Fecha 2019-12-24
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