1-I-2026

Nacido de mujer (Gal 4,4)

 La Misa comienza habitualmente con unas palabras tomadas de un saludo de despedida de san Pablo a los cristianos de Corinto (2Cor 13,13): «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo, estén con vosotros». En realidad, es una fórmula de bendición, una oración para que Dios diga una palabra buena para nosotros —eso significa bendecir—, para que su palabra buena y eficaz obre en nosotros. El sacerdote las pronuncia invocando a Dios Uno y Trino, su presencia y el descenso a nosotros de sus dones: la gracia de Cristo, el amor del Padre, la comunión del Espíritu Santo. A partir de ahí, la liturgia es, fundamentalmente, una obra de Dios: la comunión fraterna, que es un don de su paternidad; su Palabra, que es la comunicación a nuestro corazón de lo que hay en su corazón; y el don total de sí en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo hecho hombre; y termina la liturgia con la bendición final, invocando de nuevo la Trinidad y trazando la cruz de Cristo sobre los fieles.

Este primer día del año también se abre con la bendición que hemos escuchado en la primera lectura. Dios le da a Moisés una fórmula para bendecir a su pueblo. Dios nos enseña cómo implorar su bendición. Dos particularidades quiero destacar de esta fórmula: 1) Se invoca a Dios tres veces; aunque los traductores hayan creído que debían corregir la reiteración, el texto original invoca tres veces a Dios: «El Señor te bendiga y te proteja. El Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz». El antiguo Israel no conocía la Trinidad de Dios, porque Dios no se lo había revelado, pero en lugares como este, con esta triple invocación, ya se perfila el ser trino de Dios. 2) La segunda cosa que quería subrayar es la alusión al rostro de Dios. Dos veces se habla de él. En la vida ordinaria nosotros no creemos conocer a alguien si no conocemos su rostro; cuando recordamos a alguien amado, traemos su rostro a la imaginación. Y el deseo de reencontrarnos con alguien querido lo ciframos en el deseo de ver su rostro. Así que, esta fórmula de bendición pone el acento en el conocimiento amoroso de Dios, del que brota su bendición, su protección, su luz, su gracia, su paz. Iniciamos el año con esta bendición: ya no solo la liturgia de cada domingo, sino toda nuestra vida ordinaria, se nos abre en este primer día del año bajo la bendición de Dios.

En el salmo hemos vuelto a hacer referencia al rostro de Dios: «Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros», ha cantado el salmista. Sin embargo, el antiguo Israel sabía que no podía ver el rostro de Dios. Los pueblos vecinos sí tenían como dioses realidades o imágenes visibles: el sol o los astros, una imagen de piedra o de madera…, cosas visibles de este mundo; aunque por eso mismo no podían ser el Dios creador de todo, el Dios verdadero. Israel no tenía imágenes de su Dios, su Dios estaba por encima de este mundo, no era de este mundo y no se confundía con nada de lo creado, fuese hombre o animal, astro o cualquier imagen fantástica. Y aún así, aunque no podía verse su rostro, ese Dios era alguien que amaba y al que el hombre aspira a conocer y a amar. A pesar de todo, Dios fomentaba el deseo y la petición de contemplar su rostro. El deseo de ver a Dios da forma al corazón del hombre creado, surge una y otra vez en el corazón del hombre, aunque nunca nadie le haya hablado de Dios. Ese deseo es el grito más profundo y natural de nuestro corazón. Ese deseo recorre todo el Antiguo Testamento, como deseo del hombre y como promesa de Dios. Llegamos al punto central: lo que el corazón desea y Dios promete, eso nos lo ha dado María. ¡Bendita María! ¡Bendita entre las mujeres! Pedimos la bendición de Dios y ella, que es una mujer y no más que una mujer, nos da a Dios. Ella es la Madre de Dios. Le ha dado a Dios un rostro humano que los ojos pueden ver; a la Palabra eterna le ha dado una voz humana que los oídos pueden percibir. Por la fe de María, por su amor y su esperanza, Dios ha entrado en el mundo, en la historia, se ha hecho como nosotros y podemos ver su rostro humano. Esto es un cambio tan radical en la historia del mundo, que san Pablo dice que con él ha llegado la plenitud de los tiempos. «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer». Por Jesús, hijo de María, ha llegado la plenitud de los tiempos. No quiero desviarme de este rostro humano de Dios: Jesús. En otro lugar, san Pablo dirá que «él [Jesús] es la imagen [visible, por tanto,] del Dios invisible» (Col 1,15). Sí, Dios nos ha mostrado su rostro y con él nos llega toda su bendición, y lo ha hecho por medio de María. La persona de María está asociada al cumplimiento del deseo del hombre y de la promesa de Dios. La persona de María está asociada a Jesús. Los pastores lo encontraron junto a María y a José. No hay forma de encontrarlo sino cerca de ella: en el pesebre y en la cruz, en la Iglesia, en la Eucaristía, María nos da a Jesús, el rostro de Dios, con el que desciende su bendición, su protección, su luz, su gracia, su paz. Él nos da a Dios como Padre y con él recibimos la unción del Espíritu Santo, el vínculo del amor trinitario. En este niño que nos da María se nos da la Trinidad entera y así nos salva, no solo del pecado, sino de esa incapacidad de alcanzar a Dios. De ahí el nombre: Jesús, Dios que nos salva.

San Francisco de Sales, dice —parafraseo sus palabras— que poseemos una inclinación natural hacia Dios, que nuestro corazón tiene una continua inquietud, que no puede debilitarse, ni cesar de testimoniar que le falta su perfecta satisfacción y gusto total. Pero cuando nuestro espíritu reconoce en este Jesús a Dios, el objeto de su inclinación natural, entonces, ¡qué placer y qué estremecimiento de nuestra alma! «¡Qué bello eres, Amor mío!, ¡qué bello eres!», exclama. He aquí, en el niño que nos da María, dispuesto a darse a todos los que lo quieren, lo que el alma requería, lo que su espíritu buscaba. He aquí la bendición cumplida de Dios.

La liturgia de hoy abre el año natural, el año civil, el año solar, es decir, nuestra vida como hombres que se levantan para ir a trabajar, que tienen que afrontar la educación de los hijos o el cuidado de sus mayores, y todas las cosas normales de la vida natural, con esta bendición que viene de la mano de María, para hacer de todo el año una liturgia en la que podamos conocer, acoger y amar a Dios en su Hijo Jesús, el don de Dios y el bien de nuestra alma.
Santa María, Madre de Dios, danos a tu Hijo. Dánoslo en su Palabra, en la comunión de la Iglesia, en la Eucaristía. Dánoslo hoy y cada día, también el día que Dios nos llame a su presencia, dánoslo en el cielo.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del 1 de enero de 2026, en el Oratorio de san Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Fecha-1686Jueves, 01 Enero 2026 21:06
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