III Domingo Cuaresma A
8-III-2026
«La esperanza no defrauda,
porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5)
En la primera lectura encontramos a Israel en el desierto con una necesidad apremiante de agua, tan acuciante que le lleva a la desesperación: ¿Dónde está Dios? Ya no recuerda las mil maravillas que Dios ha obrado desde la salida de Egipto y se desespera: «¿Está o no está Dios entre nosotros?» Esta pérdida de esperanza es una ofensa a Dios. ¡Es tan frecuente que a lo largo de la vida nos encontremos en situaciones de sufrimiento, de soledad, de necesidad o de oscuridad, y nos creamos abandonados por Dios! Se nos olvida que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien»(Rm 8,28) y que «ya vivamos, ya muramos, somos del Señor» (Rm 14,8) y, según el mismo Cristo ha prometido, nada ni nadie, ni siquiera la muerte, nos arrebatará de su mano (Cf: Jn 10, 28). Por eso, la pérdida de esperanza en un cristiano es una ofensa grave, aunque no agota la misericordia de Dios, no agota su amor. En aquella ocasión, en el desierto, Dios les dio a los judíos agua de la roca. Moisés golpeó con su cayado la roca y de la roca brotó agua que sació la sed del pueblo.
San Pablo, muchos siglos después interpretó que este hecho tenía un significado oculto, porque esa roca de la que brotó agua anunciaba a Cristo, herido con la lanza del soldado y del que brota un amor que cura el pecado de todo el que se acerca a él y sacia la sed de su alma, sed que ninguna criatura puede saciar, solo este amor humano y divino que brota de su costado traspasado. Dios no nos ha dado a Cristo para eliminar los sufrimientos y los momentos oscuros de la vida, sino para esto otro: para perdonar nuestros pecados y saciar la sed del alma eterna. En la cruz, de su costado herido, Cristo dejó brotar su amor. En el altar, donde se actualiza la cruz, en cada Eucaristía, Cristo sigue dejando brotar esta fuente de amor.
Quien se acerca a Cristo con esta esperanza es perdonado y saciado. Dice hoy el Apóstol: «La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado». El amor de Dios es el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. Amor que brota del Crucificado como un caudal incontenible. Y llega a nosotros y penetra en nosotros, cuando nos acercamos a Cristo con esa esperanza, buscando lo que él nos quiere dar.
Es sobre todo el Evangelio según san Juan el que identifica el agua de Cristo con el don de su Espíritu, el don del amor divino, que limpia y sacia, que perdona y trae la gloria al alma. Así aparece el agua en el diálogo de Jesús y la samaritana.
La samaritana no va buscando a Jesús. Se encuentra con él, porque él ha ordenado las cosas para este encuentro. Ella no está buscando ni un remedio a su pecado, ni la saciedad del alma. La mayoría de las veces vivimos ignorando que estamos hechos para Dios y que nuestro destino, de gloria o de perdición, es eterno. A ella, como tantas veces a nosotros, le bastaba saciar la sed de su cuerpo. Las necesidades que tenemos de las cosas buenas de este mundo manifiestan y esconden, a la vez, la necesidad radical de nuestra alma: Dios, el único necesario. Y nuestro pecado, no hecho con el propósito primero de ofender a Dios, sino, la mayoría de las veces, buscando un poco de descanso o un placer fugaz, esconde la insatisfacción interior del alma. Jesús inicia un diálogo que lleva a la samaritana al interior de su propio corazón, a reconocer su pecado y a confesar a Jesús como el Mesías. La mujer se da cuenta de que este hombre lee su alma, toca el misterio escondido de su alma, que ni siquiera ella es capaz de entender. No sabe quién es Jesús, no sabe que es el Hijo de Dios hecho hombre, no sabe nada de él, pero sabe que ha alcanzado el centro del alma, que nadie puede alcanzar. Así intuye que no puede ser uno más, y corre al pueblo para decir a todos: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?»
El diálogo de la mujer con Jesús queda abierto, no hay una conclusión, no la escuchamos pedir perdón ni suplicar el agua que sacie la sed de su alma… el diálogo no termina aquí, porque es el diálogo que Cristo quiere establecer con cada hombre y su última palabra está en la cruz. Allí volveremos a escuchar de sus labios: «Tengo sed» (Jn 19,28). San Agustín interpreta que Cristo tiene sed de la fe: el reconocimiento de que es él quien conoce nuestro corazón y el que puede curarlo y saciarlo; sed de la fe que es capaz de abrazar el amor que él nos ofrece y que hace brotar ese mismo amor en nuestra alma.
El mismo san Agustín, el gran doctor del corazón, invita a volver al interior, al corazón, «redite ad cor»[1], «volved al corazón». Y eso mismo os digo a vosotros: Cristo ha iniciado un diálogo con nosotros, un diálogo que concluirá con su última palabra: su cruz y su resurrección. Cristo tiene sed de ti y quiere despertar en ti la sed de él. «Si conocieras el don de Dios [si conocieras lo que te quiero dar] y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». Para continuar el diálogo con él es necesario que volvamos al corazón y le pidamos a Dios la luz necesaria para reconocer nuestro pecado, para reconocer la sed de nuestra alma, y para reconocer que solo él es capaz de entrar allí, en nuestro santuario interior. Esto no se hace sino en el silencio y en la intimidad de la oración. No hablo de una oración ideal, sino de la oración que a cada uno le es posible conforme a su situación personal y a su vocación. La soledad de la escena del evangelio de hoy: Jesús a solas con la samaritana, los demás no están, nos dice, como en otros episodios del Evangelio según san Juan, que hay diálogos que Cristo solo puede tener en la soledad y en la intimidad del alma. «Volved al corazón», en el silencio y en la soledad con Cristo. Pedidle la luz necesaria para reconocer vuestro pecado, para reconocer la sed del alma, para reconocer que él sí toca vuestra alma y mantened este diálogo con él hasta que lo veáis elevado en la cruz, clamando «Tengo sed» (Jn 19,28).
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] Epístola 185, 3 (PL 33,801)
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Homilía del III Domingo de Cuaresma,
8 de marzo de 2026
Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares

;P. Enrique Santayana Lozano C.O.

Miércoles, 11 Marzo 2026 19:13

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