IV Dom. PASCUA
26-IV-2026

«Os habéis convertido
al pastor y guardián de vuestras almas»
(1 Pe 2,25)

Queridos todos:
La imagen del pastor, del buen pastor, es la imagen más antigua con que los cristianos representaron a Jesús. Antes de que se hiciese común representarlo en la cruz, los primeros cristianos lo pintaron y lo esculpieron como un pastor que amorosamente lleva sobre sus hombros una oveja.
El que había muerto por ellos en la cruz, el que había resucitado y vivía, era el buen pastor que les conducía hacia Dios, en medio de las dificultades de la vida, en medio de las persecuciones y de la misma muerte, que muchos tenían que afrontar por Cristo. Para nosotros es igual: Cristo es el buen pastor que ha corrido tras nosotros hasta alcanzarnos, porque no soporta ni nuestra ausencia ni nuestra perdición. Haciendo suyas nuestra naturaleza y nuestras culpas, se ha adelantado y se ha ofrecido en la cruz, mostrándonos la belleza de un amor inimaginable. Y venciendo la muerte, corre por delante de nosotros hasta Dios para hacer del seno de Dios nuestra morada. Y ahora que desde el cielo con los lazos de su amor tira de nuestro corazón para tienda hacia él, no deja ni un solo día de buscarnos con su palabra, que nos corrige y nos anima; no deja de amarnos en la eucaristía, actualizando su amor en la cruz, alimentándonos de él y uniéndonos a él; no deja de auxiliarnos con el sacerdocio, con el que gobierna, enseña y santifica a su grey.  Palabra, Eucaristía y sacerdocio son los grandes instrumentos con los que el buen pastor, Jesús, nos conduce.
Dos motivos tenían los primeros cristianos para representar a Cristo con la imagen del buen pastor. El primero era que el mismo Jesús había dicho que él es buen pastor; hemos escuchado hoy un fragmento de esas palabras suyas. El segundo motivo vino después, cuando reconocieron en Jesús, muerto en la cruz y resucitado, la correspondencia perfecta a esas palabras que habían escuchado antes de la pasión. Al ver resucitado al que había muerto de amor en la cruz, los apóstoles entendieron las palabras de Jesús. Él es realmente el buen pastor.
Había dicho: «El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido». Los falsos y malos pastores se acercan con engaño y violencia. Quieren saltar la valla o forzar la puerta. Cristo, sin embargo, se acerca a nosotros con la franqueza de su amor abiertamente declarado en la cruz. Amor desnudo, nada más que amor, con ese amor llama a la puerta de nuestra libertad y espera nuestra respuesta libre. Cristo viene y se da, viene y ama, ama y espera. Y hace ovejas suyas a las que abren la puerta a su amor. Eso es entrar por la puerta. «El que entra por la puerta es pastor de las ovejas». Solo él se ha acercado a nosotros con un amor así, por eso solo él es el buen pastor. No hay otro. Él asociará a algunos hombres a ese oficio. A Pedro le dirá por tres veces: «Apacienta mis ovejas». Pedro, y los demás apóstoles, y sus sucesores, los obispos, y los colaboradores de los obispos, los sacerdotes, hemos sido llamados a pastorear sus ovejas, ovejas de Cristo, que no nuestras. Pero no se multiplican los pastores, porque él sigue siendo el único pastor. Los demás debemos pasar por la puerta que él ha abierto, la de la cruz: primero, para ir tras él y alcanzar con el resto de los cristianos la salvación; segundo, para asociarnos a él y hacer que él llegue a todos a través de la entrega de nuestras personas. San Agustín decía a los cristianos de Hipona, donde era obispo: «con vosotros soy cristiano; para vosotros, obispo». El sacerdote hace presente en su persona a Cristo. Y así Cristo sigue siendo el verdadero y único pastor.
 
Y los que le abren el alma, esos son sus ovejas; ellas «atienden su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas». El texto griego subraya, más que la traducción, ese «sus ovejas»: «sus propias ovejas», a las que escuchan la llamada de su amor. Porque él no violenta ni engaña. Porque no hay amor sin libertad. Sus ovejas lo siguen «porque conocen su voz». El amor extremo y desnudo con el que Cristo crucificado nos llama, es una voz que reconocemos. Nuestra alma estaba grabada desde el seno materno con la llamada y el deseo de un amor así, y ahora, asombrada, lo reconoce, se alegra y lo sigue. Casi instintivamente, como un bebé reconoce el pecho de su madre y busca allí su alimento, así nuestra alma reconoce en el amor de Cristo, aquel para quien ha sido creada, y va detrás de él. Como dice el Cantar de los Cantares: «He encontrado el amor de mi alma, lo he abrazado y no lo dejaré jamás».
A esas ovejas las llama «por su nombre». El amor con el que Cristo nos ama no es un amor universal que luego se hace particular, no un amor dado a un conjunto, que luego se personaliza, sino un amor dado desde el principio uno a uno: a Lázaro, a Juan, a Pedro, a Andrés… a san Agustín, a san Felipe, hasta alcanzar a todos los suyos, hasta alcanzarte a ti. Insisto: no es un amor a todos, que luego se hacer particular; sino un amor particular que va abrazando uno a uno, hasta alcanzar a todos. El amor de Cristo por mí es absolutamente mío, original: me ha amado con un amor único y exclusivo. Tú eres único para Cristo, no una repetición de otro. Así amó a su Madre, a la Magdalena, a Marta, a santa Teresa, a santa Mónica, y a ti.
Llama a sus ovejas por su nombre «y las saca fuera». En otro lugar les dice Jesús a los apóstoles: «Yo os he escogido, sacándoos del mundo». ¿Qué es sacarlas fuera?, ¿qué es sacarlas de este mundo? En este mundo todo amor es pequeño y muere. Aunque sea verdadero, no lo es tanto como para saciar nuestra alma, y, además, muere. Se marchitan las ilusiones, y lo que parecen grandes logros, con el tiempo, se derrumba. «¡Vanidad de vanidades! Todo es vanidad y caza de viento». Todo, el universo entero, es pobre, pequeño e insuficiente para el alma humana, no porque el universo sea feo o malo, sino porque el alma es aún más grande. Peor aún: este mundo está herido por el pecado y experimentamos constantemente su crueldad y su opresión. La injusticia, la mentira, la deslealtad, la infidelidad, la ingratitud, la guerra… el pecado nos cerca y nos oprime. También dentro de nosotros mismos: se mueve la avaricia, que nos hace cansados los días; la triste envidia, la pegajosa lujuria. Todo eso es lo que encontramos en este mundo, y oprime el alma. De él nos saca Cristo. Ha roto con su resurrección los límites del mundo para introducirnos en el océano infinito del amor de Dios. La cruz es una herida en la miseria de este mundo. Con ella Cristo ha plantado en medio del mundo un amor verdadero, eterno, inmortal y perfecto; con ella, resucitando, ha abierto el cielo, ha roto todas las barreras y ha dejado atrás todas la estrecheces físicas, morales, espirituales, para entrar con los suyos en el océano infinito y luminoso del amor divino.
 
Jesús es el Buen Pastor que nos conduce más allá de todo lo que el hombre puede imaginar, pensar o desear. Nos conduce hacia el mismo Dios. Entender que Jesús es el Buen Pastor es también entender que nuestra vida depende de él. Que nuestro camino y nuestro destino están determinados por el buen pastor, no por nosotros. Eso es lo que entiende el apóstol Pedro, y les dice a los cristianos: «andabais errantes», cada uno por donde podía o por donde quería, «pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas», os habéis puesto tras él, bajo su guía y su protección. Los males de muchos cristianos, su estancamiento en el camino de la fe, en la vida espiritual, en el ejercicio de la caridad, nacen de este no dejar de gobernarse a sí mismos, de no dejar que Cristo los gobierne. En una ocasión san John H. Newman escribió: «Quise elegir y controlar mi propio camino, pero ahora, ¡guíame Tú!». Entregarse en manos de Cristo, rendirse a su amor, abrir el alma a un horizonte que antes no habíamos atisbado, el de la eternidad y la santidad de Dios, eso es el principio de nuestra vida como cristianos. Termino con un fragmento un poco más amplio de las palabras de Newman:

«Guíame, Luz Amable, en medio de la envolvente tiniebla,
¡guíame Tú!
La noche es oscura y estoy lejos de casa,
¡guíame Tú!
Guarda Tú mis pasos; no pido ver
el lejano horizonte, un paso más me basta.
Antes yo no era así, jamás pensé que Tú
debieras guiarme.
Amé elegir y controlar mi propio camino, pero ahora,
¡guíame Tú!»

 

 

 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
 
 
Archivos:
Homilía de IV Domingo de Pascua,
26 de abril de 2026
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares. Madrid
Autor-1703;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1703Domingo, 26 Abril 2026 20:25
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