V Domingo Pascua
3-V-2026
«Creed en Dios y creed también en mí» (Jn 14,1)
El evangelio de hoy comienza a prepararnos para la Ascensión y Pentecostés. La Ascensión de Jesús implica que él no estará con su humanidad resucitada entre los apóstoles de la misma forma. Continuará con ellos, con una presencia real, pero distinta. Para eso nos prepara hoy dándonos un mandato.
Habitualmente, si pensamos en un mandato dado por Jesús, pesamos en «el mandamiento nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34). Pero el mandato de hoy se refiere a la fe: «Creed en Dios y creed también en mí». A continuación, dice que va a prepararnos una morada en el seno de su Padre y que volverá para llevarnos con él y que estemos siempre con él. Y esto es tan consolador que olvidamos fácilmente lo primero que hemos escuchado: «Creed en Dios y creed también en mí».
¿Qué significa «creer en»? ¿Qué significa creer en Dios? Significa algo más que creer que Dios existe y también algo más que creer a Dios. Si uno de vosotros quiere convencerme de que tiene un amigo de cualidades asombrosas, podría decirme: «Enrique, por favor, créeme; cree que mi amigo existe de veras». Diciéndome eso, me estarás pidiendo dos cosas: primero que te crea a ti, es decir, que crea lo que dices, tu palabra, tu testimonio. Segundo, me estás pidiendo que crea que tu amigo existe. Eso es creer a, y creer que. Puedo creerte a ti y puedo creer que lo que me dices es verdadero. De la misma forma, podemos creer que Dios existe y podemos creer a Dios.
Ahora, creer que Dios existe y creer a Dios son dos grados y dos aspectos del creer, que por sí solos no implican nuestro ser personal. Me explico. Puedo llegar a estar cierto de la existencia de Dios, por ejemplo, porque es razonable que exista un ser que dé razón del origen de todas las cosas, de su sentido, de su finalidad. Y así puedo llegar a decir con sinceridad: «Creo que Dios existe». Pero bien puede ser que esa forma de creer signifique poco para mí, para afrontar cada mañana, las dificultades de la vida, las elecciones constantes que tengo que hacer, y la enfermedad y la muerte.
Puedo llegar a estar cierto de la existencia de Dios, otro ejemplo, porque Dios, el ser mayor que el cual no cabe pensar otro, no puede no existir. Pero, además, el ser mayor que el cual no cabe pensar otro no puede no ser veraz. Así puedo llegar a tener certeza de que Dios existe y de que es veraz, y decir: «Creo que Dios existe y creo a Dios». Y a pesar de eso, es posible que yo viva como si Dios fuese ajeno a mí, extraño, que tiene poco que ver con mi felicidad, con mi trabajo, con mi vida cotidiana, o con el destino final de mi vida. Si no reparo en lo que Dios ha dicho de sí y de su relación conmigo, aunque crea que existe y aunque crea que lo que dice ha de ser verdadero, puede que Dios signifique poco para mí. Es decir, puedo creer que Dios existe y puedo creer a Dios sin amarlo, sin esperar en él, sin atender su palabra, no querer obedecer…, puedo incluso odiarlo. Es el caso de los demonios. ¿Creéis que los demonios no creen que Dios existe?, ¿que no creen que Dios es veraz? En un momento determinado, el apóstol Santiago dice que hasta los demonios creen que existe un solo Dios. «Lo creen y tiemblan» (St 3,19). Creen que Dios existe y que es veraz, pero no lo aman, sino que lo odian; no esperan en él, sino que viven en la desesperación; no creen en él. No tienen fe, aunque crean que Dios existe y que su palabra es cierta. Por tanto, creer en Dios es algo más que creer que Dios existe y más también que creer a Dios.
Creer en Dios significa dejarse tocar y amar por el Dios que existe y nos habla y viene a nosotros y se nos da en su Palabra hecha carne. Es acoger a este Dios, que se nos da como amor en su Hijo hecho hombre, en Jesús. Un ejemplo: María, que acoge al que es la Palabra en su seno, le da espacio en su ser, tanto que allí Dios se hace hombre. Eso es creer en Dios. Creer en Dios es acoger a este Dios que viene para estar junto a nosotros en su cuerpo humano, y para penetrar en nuestro espíritu con su Espíritu. Es un movimiento de Dios hacia nosotros, en el que nosotros acogemos a Dios.
Pero la fe, creer en, es también el movimiento por el cual, tocados por Cristo, salimos de nosotros mismos y, olvidados de nosotros, corremos detrás de Cristo hasta adentrarnos en él. El ejemplo es también María, que va detrás de Cristo y no se separa de él ni siquiera en la cruz. Y cuando su hijo falta en la tierra, el espíritu de María va tras él, al menos por el deseo, hasta la misma fosa que alberga su cuerpo, hasta los infiernos donde desciende su alma. Y cuando su Hijo resucita y asciende al cielo, la fe de María la lleva más allá de este mundo hasta el cielo. La fe es así «la marcha viviente hacia» Cristo. «La fe es la respuesta viva al llamamiento» de Dios, que nos atrae por el amor de su Hijo hecho hombre.
Por la fe acogemos a Dios en Cristo, cuando viene a nosotros, y corremos hacia Cristo en Dios, cuando sube al cielo. Por eso, el mandamiento de la fe es doble: «Creed en Dios y creed también en mí». E implica esta marcha viviente. De ahí que, justo después del mandamiento de la fe, Jesús nos hable de que él va al cielo y de que volverá para llevarnos con él: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas […] me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Ya sabéis el camino, dice. ¿Cuál creéis vosotros que es el camino? ¿Cuál es el camino de la fe? Tomás le pregunta eso: «Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?». La respuesta de Jesús, según lo que venimos diciendo, tiene su lógica. Dios ha venido a nosotros por su Hijo hecho hombre, la humanidad de Cristo es el camino de Dios hasta nosotros; y esta misma humanidad de Cristo es el camino que nos lleva hasta el seno de Dios. Así dice Jesús: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí». Cuando a Santa Teresa de Jesús la quisieron hacer recorrer caminos espirituales que se alejaban de la humanidad de Cristo, ella se negó y advirtió a sus hijas que no apartaran su atención, su oración, su meditación constante, de la humanidad de Cristo[1]. Por propia experiencia sabía que todos los bienes nos vienen por esa humanidad, «humanidad sacratísima», decía ella. Por eso debemos volver una y otra vez a los misterios de la vida de Jesús, a cada momento de su vida, a cada palabra, a cada gesto… hasta hacer de humanidad de Cristo algo así como nuestra casa.
Creer en Dios es acoger a su Hijo hecho hombre, es acogerlo en la pobreza de su humanidad, deformada porque lleva el pecado del mundo, en su humanidad clavada en la cruz, unida allí a todo hombre miserable y pobre; y acogerlo en su humanidad, gloriosa, que ha vencido la muerte. Y así es también reconocerlo y acogerlo en la humanidad de los pobres, con los que él se ha identificado; y en los débiles miembros de la Iglesia, que él ha hecho su Cuerpo; y sobre todo, en la Eucaristía, donde él permanece sustancialmente presente con toda su humanidad y su divinidad. Como veis, la fe es el esqueleto y el nervio de toda la vida cristiana, y sostiene el amor y la esperanza.
Después de haber visto en la Pascua la obra del amor de Dios en Cristo, ahora que él se dispone a ascender al cielo, toda nuestra vida depende de esta fe que él ordena: «No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí». El camino de esta fe es su humanidad, la santa humanidad de Cristo.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del V Domingo de Pascua, ciclo A
3 de mayo de 2026
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares. Madrid
3 de mayo de 2026
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares. Madrid
[1] Cf. SANTA TERESA DE JESÚS, Las moradas, VI, cap. 7,6