Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Dom XXIX A
18-X-2026

«Dad a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21)

 En el s. VI antes de Cristo el pueblo judío, vencido por Nabucodonosor, llevaba muchos años exiliado en Babilonia. Pero en Persia surgió una nueva fuerza, la de Ciro, que empezó a extender su poder hasta llegar a la gran Babilonia. Conquistada Babilonia, tomó una decisión sorprendente: dar la libertad a los judíos. Después de setenta años, podían volver a su tierra, reconstruir Jerusalén y levantar de nuevo el Templo destruido.

Nabucodonosor, el que los había invadido, destruido y llevado al destierro, no conocía al Dios verdadero; Ciro, el que les dio la libertad, tampoco. Los dos obraron según sus propias luces e intereses: uno sometiendo, otro concediendo la libertad. Pero sin saberlo, ambos obedecían al único Señor del mundo y de la historia, que por medio de Nabucodonosor corregía el pecado de su pueblo, y por medio de Ciro curaba sus heridas. Ciro es un instrumento de Dios: «Yo —dice Dios, y este “yo” hay que enfatizarlo— yo te he tomado de la mano para que gobiernes las naciones…». Es Dios quien gobierna, y no de forma caprichosa, sino siguiendo un plan benéfico para sus elegidos.

Esto encierra una importante enseñanza. No estamos en manos de este o de aquel poder benigno o maligno, de sus decisiones justas o injustas. Por encima de todos está el Dios bueno y sabio que hizo el cielo y la tierra, y nosotros estamos en sus manos. Todo está bajo el supremo dominio de Dios y ningún poder terreno es capaz, aunque lo intente, de arrebatarle a Dios este dominio. Cuando sufrimos a gobernantes ignorantes y malvados, o cuando poderes crueles se ciernen sobre nosotros… hemos de recordar que solo Dios gobierna, que estamos en sus manos. Él nos conduce por caminos que no conocemos y así aprendemos que tampoco nosotros somos nuestros propios señores, tampoco nosotros nos pertenecemos. La autonomía absoluta del hombre es una mentira. Dos veces lo repite hoy: «Yo soy el Señor y no hay otro. Fuera de mí no hay dios».

Las palabras de Jesús nos llevan a un conocimiento más profundo de todo esto. Los fariseos y los herodianos, enemigos acérrimos entre ellos, se alían para preparar una trampa a Jesús. Le llaman «maestro» y le dicen: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias». Dicen la verdad, no porque creyeran en ella, sino para halagarlo y que bajase la guardia. Tras el halago, la trampa: «¿debemos o no pagar impuesto al César?». Si contesta afirmativamente, los fariseos le acusarán de colaborar con Roma, los paganos idólatras. Si contesta negativamente, los herodianos le acusarán de rebelarse contra el César. Todos conocéis la respuesta: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». 

Es una enseñanza que será muy importante para la doctrina de la Iglesia: El poder político tiene su ámbito propio, como lo tiene la ciencia, el arte, o la medicina, y ha de preservarse la justa autonomía entre el ámbito político y el religioso: ¿de quién son la imagen y la inscripción del denario? Del César. Pues «Dad al César lo que es del César». Pero ese poder tiene un límite: aquello que Dios ha marcado con su sello, porque es suyo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

¿Qué es de Dios? En principio, toda la creación es de Dios. Él ha dejado su huella en la belleza, la grandeza, el orden, la inteligibilidad de todo el universo. Todo es de Dios, pero entre todas las criaturas, en una ha grabado su imagen, en el hombre, varón y mujer, el ser humano. Dios todo lo creó para el hombre y solamente a él lo creó a su imagen: «Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra”. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gn 1,26-27). Imagen de Dios significa un cierto parecido con Dios. ¿Qué define a Dios? Lo dirá san Juan: «Dios es amor» (1Jn 4,8). Es Trinidad, es comunión, es amor. Por tanto, ser creados a imagen de Dios significa ser creado por amor, ser creados para ser amados y para amar. La afirmación del Génesis, «a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó», ya esboza esta vocación al amor. Y el amor implica libertad, implica voluntad, implica razón. Somos una pequeña imagen de Dios, lo somos desde el origen, pero Dios ha hecho algo más: al hacerse hombre ha grabado nuestra humanidad en su propio ser, para siempre. Dios lleva nuestro sello de forma indeleble, él mismo se lo ha impreso: se ha hecho hombre. Y así nos llama a un amor más grande: a un amor con él como sus semejantes. Como son semejantes el varón y la mujer cuando los une el amor del matrimonio, así Dios, al hacerse hombre, nos llama para hacernos semejantes a él, y ser amados por él como “semejantes”, participando de su ser y de su vida, como los esposos se convierten en un solo ser y participan de una única vida. Llevamos la marca de Dios. Él ha sellado su ser con nuestro ser y a nosotros nos ha sellado con su amor, al hacerse hombre, al morir por nosotros, al darnos su Espíritu. Llevamos la marca de Dios.

Volvamos a las palabras de Jesús: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Nosotros somos de Dios. Así como un amigo es de su amigo, así como un esposo es de su esposa, de forma análoga, nosotros somos de Dios. No solo estamos en sus manos, sino que somos suyos por el amor con que nos ha creado a su imagen, por el amor con que se nos ha entregado en la cruz y nos ha hecho suyos. El jueves pasado celebrábamos a Santa Teresa de Jesús. Su nombre lo dice todo: «de Jesús». Ella se sabía de él, su amor la había hecho suya y ella se entregó a él. Ella fue dichosa al reconocerse de Jesús y al entregarse a él. Nosotros seremos dichosos y libres si reconocemos que somos suyos y nos entregamos a él. No somos nuestros propios dueños. Somos del que nos ha amado y ha pagado por nosotros con su sangre, y cada uno de nosotros responderemos personalmente ante él. Al final, no tendremos que dar cuenta ante la mentalidad común; ni ante los sabios de este mundo, que nos dicen lo que tenemos que pensar; ni ante los poderosos de este mundo, que nos dicen lo que tenemos que hacer. Al final solo daremos cuenta ante Dios. Su amor es un imperativo: «Dad a Dios lo que es de Dios». Démosle a Dios lo que es de Dios. Démosle nuestro ser y nuestra vida.  

Los poderes de este mundo han de respetar lo que es de Dios. Cuando dictan o cuando ejecutan leyes han de respetar este ser propiedad de Dios. Ni un rey absoluto, ni un dictador, ni un gobierno democrático, ni una mayoría… ¡Ningún poder de este mundo tiene autoridad ilimitada sobre un hombre por pobre o débil que sea! Y aunque el poder de este mundo se haga injusto y cruel, no lo temáis nunca. Estamos en manos de Dios y nadie nos arrebatará de su mano. 

San Pablo expresa bien lo que esto significa: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? […] ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […]. Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 31b. 35. 38-39).

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado 

P. Enrique Santayana C.O.

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Homilía del domingo 18 de octubre de 2026, XXIX del tiempo ordinario, ciclo A Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares

Autor;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha18-10-2026
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las tres estrellas del escudo de San Felipe Neri en amarillo con fono verde