«Yo… en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20)
Queridos hermanos: Igual que el domingo pasado, Jesús se dirige a los suyos preparando su Ascensión y Pentecostés. Después de la Ascensión, los apóstoles ya no verán a Jesús en esa carne que tomó de María: ni por los caminos de Galilea, ni enseñando en el Templo, ni rezando en Getsemaní, ni pendido en la cruz, ni resucitado con sus llagas y su cuerpo glorioso. No lo veremos en esta carne hasta el momento en que vuelva a juzgar el mundo. Ahora nos prepara para una nueva presencia, que no impresiona las retinas, ni los oídos, ni los dedos, pero que sí alcanza el espíritu de quien lo ama. La fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes teologales, son los lazos por los cuales el espíritu de Cristo y nuestro espíritu se unen, uno con otro, con una inmediatez que la sola presencia corporal no consigue.
Recordad que el domingo pasado Jesús daba un doble mandamiento sobre la fe: «creed en Dios y creed también en mí». Hoy empieza hablando del amor a él, de la virtud teologal de la caridad: «Si me amáis». Pero más que mandar, parece hablar como quien suplica, más acorde con la naturaleza de su amor, que hiere nuestra alma muriendo en la cruz, que pide dándose en la Eucaristía. Como quien ama demasiado, mendiga más que ordena. Pero a su amor une la obediencia: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». De varias formas, a lo largo del Evangelio, Jesús insiste en vincular el amor a él y la obediencia a sus mandamientos. Después de lavar los pies a los doce, les dice: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,15). La vida de Cristo se convierte así en mandato. El que lo ama toma su vida como norma, y no quiere sino vivir como él, con él, unido a él. Solo cuando empezamos a obedecer amando lo que él ama, amando como él ama, en su entrega, en su sacrificio… nos unimos a él. Su amor en la cruz puede herir nuestra alma e infundir en ella el deseo de amarlo, pero hasta que no comparte su vida, es solo un deseo. Solo en la obediencia a él, en el seguimiento, en el compartir la misma vida, se realiza y se expresa el amor a él. Hasta ese momento nuestro amor solo es de palabra, y Jesús solo una idea borrosa en nuestra mente. Si no lo obedecemos, solo lo conocemos de lejos y nuestro amor por él no es real: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos».
Y con el amor a Cristo viene una promesa: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad». Muchas cosas en una sola frase. «Paráclito» significa, en griego, abogado, defensor. «El primer paráclito [nuestro primer defensor] es el Hijo encarnado [Cristo], que vino para defender al hombre del acusador por antonomasia, que es satanás»[1]. Pero, al ascender al cielo, Jesús pide al Padre y con el Padre manda el Espíritu Santo, consolador, abogado, defensor, paráclito… para que, a partir de ese momento, esté siempre con ellos. Al Espíritu Santo lo llama el Espíritu de la verdad. Es el defensor porque trae al corazón el testimonio de la verdad. Recordad que, también el domingo pasado, Jesús dijo: «Yo soy el camino, y la verdad y la vida». Cristo nos ha revelado la verdad de Dios: que Dios es amor, que es Trinidad, y su amor por nosotros. En la cruz nos mostró esta verdad de Dios. Y Cristo es también la verdad que desconocíamos de nosotros mismos: en la misma cruz, amando hasta la perfección, nos enseña la verdadera medida del hombre, que alcanza por el amor; y en la resurrección nos muestra que ese amor alcanza la vida de Dios, la vida eterna. Cristo es la verdad: nos muestra la verdad de Dios y del hombre. El Espíritu Santo es el espíritu de la verdad porque da testimonio de Cristo: de la verdad de Dios y de nuestra propia verdad, lo que Cristo nos ha revelado. Y este testimonio de la verdad lo da en nuestro interior. Así nos da firmeza y nos defiende de satanás, que nos acusa con mentira, que quiere hacernos creer que estamos solos en el mundo, lejos de Dios y de su amor, que no valemos nada y que nuestra vida se reduce a este mundo. El Espíritu de la verdad, el Paráclito, es el don que Cristo promete enviar de junto al Padre a quien lo ama y obedece sus mandamientos. Solo los que aman a Cristo pueden recibirlo. «El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros». Los apóstoles, que aman a Cristo, y que ya han empezado a seguirlo, a compartir su vida, a pesar de todas sus flaquezas, ya poseen en parte este espíritu, que se comunica en la relación estrecha con él, porque ese Espíritu es lo más íntimo de su maestro, lo que se da en cada palabra y en cada gesto. Lo tienen, pero no en plenitud. Lo poseerán en plenitud cuando Cristo termine de revelar la verdad con su muerte y resurrección. Entonces estarán en disposición de recibir el Espíritu de Cristo, que será ya para siempre un navegar en el misterio revelado de la persona y de la obra de Cristo.
Por eso añade Cristo: «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros». Con su Espíritu viene él, viene Cristo, pero más íntimamente. Entonces «el mundo no me verá», porque no verá mi cuerpo que impresiona los sentidos de la vista o del oído o del tacto. Pero vosotros, los que me amáis, sí: «porque sigo viviendo». Me veréis con los sentidos sobrenaturales del alma, la fe, la esperanza, la caridad. Y con esta percepción espiritual, «entonces sabréis», es decir, saborearéis con el alma, tendréis experiencia espiritual, de la gran verdad —con sus palabras—: «que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». El misterio de la comunión trinitaria, por el cual el Padre vive en el Hijo, y el Hijo en el Padre, con el Espíritu Santo, se abre en la persona de Cristo al hombre. «Entre Dios Padre y los discípulos se entabla, gracias a la mediación del Hijo y del Espíritu Santo, una relación íntima de reciprocidad»[2]: «yo … en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». Y vuelve recordar la condición del amor: el que acepta mis mandamientos, el que me ama. A ese «me manifestaré».
Queridos hermanos, todo nos llama a esta relación con el Dios Uno y Trino, a adentrarnos en las relaciones de la Trinidad, abierta para nosotros en Cristo y en su Espíritu. Dejemos que el amor del que murió por nosotros y vive hiera nuestro corazón y, llevados por un amor verdadero, obedezcamos a Cristo, hagamos de su vida nuestra vida, tomemos su vida y sus palabras como la norma y el mandato de nuestra vida. Olvidados de nosotros mismos, amémosle a él y esperemos un incremento constante de su Espíritu Santo, que nos haga adentrarnos en su intimidad, en el océano del amor trinitario.
El evangelio de hoy comienza a prepararnos para la Ascensión y Pentecostés. La Ascensión de Jesús implica que él no estará con su humanidad resucitada entre los apóstoles de la misma forma. Continuará con ellos, con una presencia real, pero distinta. Para eso nos prepara hoy dándonos un mandato.
Habitualmente, si pensamos en un mandato dado por Jesús, pesamos en «el mandamiento nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34). Pero el mandato de hoy se refiere a la fe: «Creed en Dios y creed también en mí». A continuación, dice que va a prepararnos una morada en el seno de su Padre y que volverá para llevarnos con él y que estemos siempre con él. Y esto es tan consolador que olvidamos fácilmente lo primero que hemos escuchado: «Creed en Dios y creed también en mí».
¿Qué significa «creer en»? ¿Qué significa creer en Dios? Significa algo más que creer que Dios existe y también algo más que creer a Dios. Si uno de vosotros quiere convencerme de que tiene un amigo de cualidades asombrosas, podría decirme: «Enrique, por favor, créeme; cree que mi amigo existe de veras». Diciéndome eso, me estarás pidiendo dos cosas: primero que te crea a ti, es decir, que crea lo que dices, tu palabra, tu testimonio. Segundo, me estás pidiendo que crea que tu amigo existe. Eso es creer a, y creer que. Puedo creerte a ti y puedo creer que lo que me dices es verdadero. De la misma forma, podemos creer que Dios existe y podemos creer a Dios.
Ahora, creer que Dios existe y creer a Dios son dos grados y dos aspectos del creer, que por sí solos no implican nuestro ser personal. Me explico. Puedo llegar a estar cierto de la existencia de Dios, por ejemplo, porque es razonable que exista un ser que dé razón del origen de todas las cosas, de su sentido, de su finalidad. Y así puedo llegar a decir con sinceridad: «Creo que Dios existe». Pero bien puede ser que esa forma de creer signifique poco para mí, para afrontar cada mañana, las dificultades de la vida, las elecciones constantes que tengo que hacer, y la enfermedad y la muerte.
Puedo llegar a estar cierto de la existencia de Dios, otro ejemplo, porque Dios, el ser mayor que el cual no cabe pensar otro, no puede no existir. Pero, además, el ser mayor que el cual no cabe pensar otro no puede no ser veraz. Así puedo llegar a tener certeza de que Dios existe y de que es veraz, y decir: «Creo que Dios existe y creo a Dios». Y a pesar de eso, es posible que yo viva como si Dios fuese ajeno a mí, extraño, que tiene poco que ver con mi felicidad, con mi trabajo, con mi vida cotidiana, o con el destino final de mi vida. Si no reparo en lo que Dios ha dicho de sí y de su relación conmigo, aunque crea que existe y aunque crea que lo que dice ha de ser verdadero, puede que Dios signifique poco para mí. Es decir, puedo creer que Dios existe y puedo creer a Dios sin amarlo, sin esperar en él, sin atender su palabra, no querer obedecer…, puedo incluso odiarlo. Es el caso de los demonios. ¿Creéis que los demonios no creen que Dios existe?, ¿que no creen que Dios es veraz? En un momento determinado, el apóstol Santiago dice que hasta los demonios creen que existe un solo Dios. «Lo creen y tiemblan» (St 3,19). Creen que Dios existe y que es veraz, pero no lo aman, sino que lo odian; no esperan en él, sino que viven en la desesperación; no creen en él. No tienen fe, aunque crean que Dios existe y que su palabra es cierta. Por tanto, creer en Dios es algo más que creer que Dios existe y más también que creer a Dios.
Creer en Dios significa dejarse tocar y amar por el Dios que existe y nos habla y viene a nosotros y se nos da en su Palabra hecha carne. Es acoger a este Dios, que se nos da como amor en su Hijo hecho hombre, en Jesús. Un ejemplo: María, que acoge al que es la Palabra en su seno, le da espacio en su ser, tanto que allí Dios se hace hombre. Eso es creer en Dios. Creer en Dios es acoger a este Dios que viene para estar junto a nosotros en su cuerpo humano, y para penetrar en nuestro espíritu con su Espíritu. Es un movimiento de Dios hacia nosotros, en el que nosotros acogemos a Dios.
Pero la fe, creer en, es también el movimiento por el cual, tocados por Cristo, salimos de nosotros mismos y, olvidados de nosotros, corremos detrás de Cristo hasta adentrarnos en él. El ejemplo es también María, que va detrás de Cristo y no se separa de él ni siquiera en la cruz. Y cuando su hijo falta en la tierra, el espíritu de María va tras él, al menos por el deseo, hasta la misma fosa que alberga su cuerpo, hasta los infiernos donde desciende su alma. Y cuando su Hijo resucita y asciende al cielo, la fe de María la lleva más allá de este mundo hasta el cielo. La fe es así «la marcha viviente hacia» Cristo. «La fe es la respuesta viva al llamamiento» de Dios, que nos atrae por el amor de su Hijo hecho hombre.
Por la fe acogemos a Dios en Cristo, cuando viene a nosotros, y corremos hacia Cristo en Dios, cuando sube al cielo. Por eso, el mandamiento de la fe es doble: «Creed en Dios y creed también en mí». E implica esta marcha viviente. De ahí que, justo después del mandamiento de la fe, Jesús nos hable de que él va al cielo y de que volverá para llevarnos con él: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas […] me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Ya sabéis el camino, dice. ¿Cuál creéis vosotros que es el camino? ¿Cuál es el camino de la fe? Tomás le pregunta eso: «Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?». La respuesta de Jesús, según lo que venimos diciendo, tiene su lógica. Dios ha venido a nosotros por su Hijo hecho hombre, la humanidad de Cristo es el camino de Dios hasta nosotros; y esta misma humanidad de Cristo es el camino que nos lleva hasta el seno de Dios. Así dice Jesús: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí». Cuando a Santa Teresa de Jesús la quisieron hacer recorrer caminos espirituales que se alejaban de la humanidad de Cristo, ella se negó y advirtió a sus hijas que no apartaran su atención, su oración, su meditación constante, de la humanidad de Cristo[1]. Por propia experiencia sabía que todos los bienes nos vienen por esa humanidad, «humanidad sacratísima», decía ella. Por eso debemos volver una y otra vez a los misterios de la vida de Jesús, a cada momento de su vida, a cada palabra, a cada gesto… hasta hacer de humanidad de Cristo algo así como nuestra casa.
Creer en Dios es acoger a su Hijo hecho hombre, es acogerlo en la pobreza de su humanidad, deformada porque lleva el pecado del mundo, en su humanidad clavada en la cruz, unida allí a todo hombre miserable y pobre; y acogerlo en su humanidad, gloriosa, que ha vencido la muerte. Y así es también reconocerlo y acogerlo en la humanidad de los pobres, con los que él se ha identificado; y en los débiles miembros de la Iglesia, que él ha hecho su Cuerpo; y sobre todo, en la Eucaristía, donde él permanece sustancialmente presente con toda su humanidad y su divinidad. Como veis, la fe es el esqueleto y el nervio de toda la vida cristiana, y sostiene el amor y la esperanza.
Después de haber visto en la Pascua la obra del amor de Dios en Cristo, ahora que él se dispone a ascender al cielo, toda nuestra vida depende de esta fe que él ordena: «No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí». El camino de esta fe es su humanidad, la santa humanidad de Cristo.
«Os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas» (1 Pe 2,25)
Queridos todos:
La imagen del pastor, del buen pastor, es la imagen más antigua con que los cristianos representaron a Jesús. Antes de que se hiciese común representarlo en la cruz, los primeros cristianos lo pintaron y lo esculpieron como un pastor que amorosamente lleva sobre sus hombros una oveja.
El que había muerto por ellos en la cruz, el que había resucitado y vivía, era el buen pastor que les conducía hacia Dios, en medio de las dificultades de la vida, en medio de las persecuciones y de la misma muerte, que muchos tenían que afrontar por Cristo. Para nosotros es igual: Cristo es el buen pastor que ha corrido tras nosotros hasta alcanzarnos, porque no soporta ni nuestra ausencia ni nuestra perdición. Haciendo suyas nuestra naturaleza y nuestras culpas, se ha adelantado y se ha ofrecido en la cruz, mostrándonos la belleza de un amor inimaginable. Y venciendo la muerte, corre por delante de nosotros hasta Dios para hacer del seno de Dios nuestra morada. Y ahora que desde el cielo con los lazos de su amor tira de nuestro corazón para tienda hacia él, no deja ni un solo día de buscarnos con su palabra, que nos corrige y nos anima; no deja de amarnos en la eucaristía, actualizando su amor en la cruz, alimentándonos de él y uniéndonos a él; no deja de auxiliarnos con el sacerdocio, con el que gobierna, enseña y santifica a su grey. Palabra, Eucaristía y sacerdocio son los grandes instrumentos con los que el buen pastor, Jesús, nos conduce.
Dos motivos tenían los primeros cristianos para representar a Cristo con la imagen del buen pastor. El primero era que el mismo Jesús había dicho que él es buen pastor; hemos escuchado hoy un fragmento de esas palabras suyas. El segundo motivo vino después, cuando reconocieron en Jesús, muerto en la cruz y resucitado, la correspondencia perfecta a esas palabras que habían escuchado antes de la pasión. Al ver resucitado al que había muerto de amor en la cruz, los apóstoles entendieron las palabras de Jesús. Él es realmente el buen pastor.
Había dicho: «El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido». Los falsos y malos pastores se acercan con engaño y violencia. Quieren saltar la valla o forzar la puerta. Cristo, sin embargo, se acerca a nosotros con la franqueza de su amor abiertamente declarado en la cruz. Amor desnudo, nada más que amor, con ese amor llama a la puerta de nuestra libertad y espera nuestra respuesta libre. Cristo viene y se da, viene y ama, ama y espera. Y hace ovejas suyas a las que abren la puerta a su amor. Eso es entrar por la puerta. «El que entra por la puerta es pastor de las ovejas». Solo él se ha acercado a nosotros con un amor así, por eso solo él es el buen pastor. No hay otro. Él asociará a algunos hombres a ese oficio. A Pedro le dirá por tres veces: «Apacienta mis ovejas». Pedro, y los demás apóstoles, y sus sucesores, los obispos, y los colaboradores de los obispos, los sacerdotes, hemos sido llamados a pastorear sus ovejas, ovejas de Cristo, que no nuestras. Pero no se multiplican los pastores, porque él sigue siendo el único pastor. Los demás debemos pasar por la puerta que él ha abierto, la de la cruz: primero, para ir tras él y alcanzar con el resto de los cristianos la salvación; segundo, para asociarnos a él y hacer que él llegue a todos a través de la entrega de nuestras personas. San Agustín decía a los cristianos de Hipona, donde era obispo: «con vosotros soy cristiano; para vosotros, obispo». El sacerdote hace presente en su persona a Cristo. Y así Cristo sigue siendo el verdadero y único pastor.
Y los que le abren el alma, esos son sus ovejas; ellas «atienden su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas». El texto griego subraya, más que la traducción, ese «sus ovejas»: «sus propias ovejas», a las que escuchan la llamada de su amor. Porque él no violenta ni engaña. Porque no hay amor sin libertad. Sus ovejas lo siguen «porque conocen su voz». El amor extremo y desnudo con el que Cristo crucificado nos llama, es una voz que reconocemos. Nuestra alma estaba grabada desde el seno materno con la llamada y el deseo de un amor así, y ahora, asombrada, lo reconoce, se alegra y lo sigue. Casi instintivamente, como un bebé reconoce el pecho de su madre y busca allí su alimento, así nuestra alma reconoce en el amor de Cristo, aquel para quien ha sido creada, y va detrás de él. Como dice el Cantar de los Cantares: «He encontrado el amor de mi alma, lo he abrazado y no lo dejaré jamás».
A esas ovejas las llama «por su nombre». El amor con el que Cristo nos ama no es un amor universal que luego se hace particular, no un amor dado a un conjunto, que luego se personaliza, sino un amor dado desde el principio uno a uno: a Lázaro, a Juan, a Pedro, a Andrés… a san Agustín, a san Felipe, hasta alcanzar a todos los suyos, hasta alcanzarte a ti. Insisto: no es un amor a todos, que luego se hacer particular; sino un amor particular que va abrazando uno a uno, hasta alcanzar a todos. El amor de Cristo por mí es absolutamente mío, original: me ha amado con un amor único y exclusivo. Tú eres único para Cristo, no una repetición de otro. Así amó a su Madre, a la Magdalena, a Marta, a santa Teresa, a santa Mónica, y a ti.
Llama a sus ovejas por su nombre «y las saca fuera». En otro lugar les dice Jesús a los apóstoles: «Yo os he escogido, sacándoos del mundo». ¿Qué es sacarlas fuera?, ¿qué es sacarlas de este mundo? En este mundo todo amor es pequeño y muere. Aunque sea verdadero, no lo es tanto como para saciar nuestra alma, y, además, muere. Se marchitan las ilusiones, y lo que parecen grandes logros, con el tiempo, se derrumba. «¡Vanidad de vanidades! Todo es vanidad y caza de viento». Todo, el universo entero, es pobre, pequeño e insuficiente para el alma humana, no porque el universo sea feo o malo, sino porque el alma es aún más grande. Peor aún: este mundo está herido por el pecado y experimentamos constantemente su crueldad y su opresión. La injusticia, la mentira, la deslealtad, la infidelidad, la ingratitud, la guerra… el pecado nos cerca y nos oprime. También dentro de nosotros mismos: se mueve la avaricia, que nos hace cansados los días; la triste envidia, la pegajosa lujuria. Todo eso es lo que encontramos en este mundo, y oprime el alma. De él nos saca Cristo. Ha roto con su resurrección los límites del mundo para introducirnos en el océano infinito del amor de Dios. La cruz es una herida en la miseria de este mundo. Con ella Cristo ha plantado en medio del mundo un amor verdadero, eterno, inmortal y perfecto; con ella, resucitando, ha abierto el cielo, ha roto todas las barreras y ha dejado atrás todas la estrecheces físicas, morales, espirituales, para entrar con los suyos en el océano infinito y luminoso del amor divino.
Jesús es el Buen Pastor que nos conduce más allá de todo lo que el hombre puede imaginar, pensar o desear. Nos conduce hacia el mismo Dios. Entender que Jesús es el Buen Pastor es también entender que nuestra vida depende de él. Que nuestro camino y nuestro destino están determinados por el buen pastor, no por nosotros. Eso es lo que entiende el apóstol Pedro, y les dice a los cristianos: «andabais errantes», cada uno por donde podía o por donde quería, «pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas», os habéis puesto tras él, bajo su guía y su protección. Los males de muchos cristianos, su estancamiento en el camino de la fe, en la vida espiritual, en el ejercicio de la caridad, nacen de este no dejar de gobernarse a sí mismos, de no dejar que Cristo los gobierne. En una ocasión san John H. Newman escribió: «Quise elegir y controlar mi propio camino, pero ahora, ¡guíame Tú!». Entregarse en manos de Cristo, rendirse a su amor, abrir el alma a un horizonte que antes no habíamos atisbado, el de la eternidad y la santidad de Dios, eso es el principio de nuestra vida como cristianos. Termino con un fragmento un poco más amplio de las palabras de Newman:
«Guíame, Luz Amable, en medio de la envolvente tiniebla, ¡guíame Tú! La noche es oscura y estoy lejos de casa, ¡guíame Tú! Guarda Tú mis pasos; no pido ver el lejano horizonte, un paso más me basta. Antes yo no era así, jamás pensé que Tú debieras guiarme. Amé elegir y controlarmi propio camino, pero ahora, ¡guíame Tú!»
¡El día del Señor, Dies Domini, Domingo! Este es el nombre que recibió el día en el que Jesús resucitó. Los apóstoles, hebreos, tenían como día sagrado el sábado, el sabat. En su mentalidad judía no cabía cambiar ese día sagrado. Solo un hecho incontestable, con el que se dieron de bruces, una acción de Dios más grande que la misma creación del cielo y de la tierra, más grande que la liberación de Egipto, hizo que dejasen a un lado el sabat, para afirmar este día como día sagrado. Ese hecho incontestable fue la resurrección de Jesús. El domingo grita al mundo que Cristo ha resucitado, y el mundo quiere acallarlo, haciendo que lo vivamos como cualquier otro día. También Pedro lo grita ante los judíos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, […] entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó».
Cuando los cristianos celebramos el Domingo anunciamos que Cristo ha resucitado. Cuando dejamos de trabajar para dedicar este día a Dios, les decimos a los hombres que hay un amor eterno que nos hace eternos, el amor de Cristo, porque ha resucitado. Este es el hecho que nos convoca: más grande que la creación del cielo y de la tierra, la más grande de las maravillas obradas por Dios.
El evangelio, hoy de san Lucas, nos lleva de nuevo al primer domingo, a la mañana de la resurrección, y dirige nuestra mirada a dos discípulos de los que apenas sabemos nada.
Llama la atención que no reconociesen a Jesús cuando se acercó a ellos. No fue cosa de un instante: se acercó, caminó con ellos, habló durante un largo trecho, les enseñó que lo ocurrido con Jesús era lo que mucho antes habían anunciado la Escritura. ¡Y aún así no lo reconocieron! Hay otros casos similares: María Magdalena, por ejemplo, que confunde al resucitado con el hortelano. Pero Cristo resucitó con su cuerpo, con su entera humanidad, alma y cuerpo. Entonces, ¿por qué no lo reconocen? Lo que ocurre es que Jesús, a voluntad, se deja reconocer o lo impide. Su cuerpo ha vencido la muerte, y ha vencido también los límites que impone al cuerpo esta primera creación en la que vivimos: entra en una sala sin necesidad de abrir las puertas, aunque su cuerpo es verdadero; y de la misma forma se adentra en el alma de sus fieles, para habitar en ellos. Nosotros escuchamos su palabra y en su palabra se nos da, pero no podemos adueñarnos de él. Siempre es posible que escuchemos sus palabras, pero no a Él; que memoricemos y estudiemos sus palabras, pero que él se nos escape. Por el contario, es también posible que otros, que guardan sus palabras con humildad, sean agraciados por su presencia íntima y por el conocimiento que solo la cercanía íntima da. Igual cuando nos acercamos a le Eucaristía: comulgamos su cuerpo, pero no nos convertimos en sus dueños; y él, interiormente, se comunica a quien quiere. Desde la resurrección, su cuerpo glorioso y su alma no están limitados por las leyes que condicionan nuestra humanidad.
Esto nos lleva a considerar cómo es la presencia de Cristo resucitado entre nosotros. Caminaba Cristo con los de Emaús, como caminan, dialogan y comparten sus pensamientos los amigos, aunque ellos no se percataban. Cristo resucitado camina con nosotros, muchas veces sin que nos demos cuenta. De las palabras de los dos de Emaús se deduce que habían perdido la esperanza. ¡Y la falta de esperanza es un pecado! Un pecado que no fue capaz de mantener lejos a Cristo de los suyos. Aunque habían perdido la esperanza, lo cierto es que volvían hablando de Jesús: mantenían el amor por él. Era un amor pobre, insuficiente para conocer de verdad a su maestro. Pero iban hablando de él, aún lo amaban. Eso le bastó al Resucitado para entablar conversación y acompañarlos recorriendo la Escritura: «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras». ¡Qué importante mantener la memoria de Cristo en el alma! ¡Y qué importante recorrer la Escritura para conocer el rostro de Cristo! Por eso la Iglesia incluye la escucha de la Palabra de Dios y su explicación en la celebración de los sacramentos. No para que los sacerdotes, sin preparar la homilía, salgan del paso como puedan; ni para que los fieles no hagan lo posible para escuchar y que los otros también puedan escuchar: con su silencio, con su postura, con el cuidado de los niños, con su atención. El caso es que basta mantener la memoria de Cristo, un mínimo amor a él, para que él se acerque, camine y dialogue con nosotros. En ese diálogo, él nos abre el corazón. Abrió el de los dos discípulos de Emaús y le invitaron a entrar en su casa para pasar la noche. Y él, sin que ellos supieran aún que se trataba de su maestro, «entró para quedarse con ellos». Hay aquí una verdad muchas veces confirmada en el Evangelio: ¡que él quiere quedarse con nosotros! Como cuando les dice a los suyos antes de ascender al cielo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Estas palabras las recoge san Mateo y suenan como más institucionales, pero las que hemos escuchado en el evangelio de hoy suenan como palabras que hablan de los amigos: «entró para quedarse con ellos».
Aquí viene el momento culminante. Puestos a la mesa, quiso que lo reconocieran. Es el momento en el que él consagró y partió el pan: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron». Cuando, más adelante, los dos de Emaús cuenten lo que les ha ocurrido, hablarán justo de este momento: «Se pusieron a contar lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan». La narración subraya la importancia de este momento. Pero, cuando lo reconocieron, él desapareció de su vista. Vuelvo a leer: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista». Atención, porque no dice: «se fue»; sino: «desapareció de su vista». Desapareció de la vista, ¡permaneció en la Eucaristía! Permaneció, porque había entrado para quedarse con ellos. Esta es la presencia y la compañía de Cristo resucitado: la Eucaristía. No es sensible, pero sí real, presencia sustancial. Os lo dije el domingo pasado: la Pascua es la fiesta del Resucitado, y así de la Eucaristía, y así también de la Iglesia. Porque donde está la Iglesia, está la Eucaristía, está Cristo vivo, presente, en cuerpo y alma, aunque no sea visible. Quiere quedarse con nosotros: no solo caminando al lado, quiere más, habitar nuestra alma: «entró para quedarse con ellos». Los dos de Emaús, que se alejaban de la comunión práctica y real de los Apóstoles y de sus hermanos, vuelven a ellos enseguida, aunque es de noche. —En la pascua todo el mundo corre—. Vuelven donde sus hermanos, donde los apóstoles, donde Pedro, y reciben la confirmación de los hechos: «Es verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón —Simón Pedro—».
Domingo, Resurrección, Escritura, Eucaristía, comunión con la Iglesia, con los Apóstoles, con Pedro. He aquí los elementos de la vida de los cristianos, que esperan el Domingo sin ocaso. Mientras tanto, el Crucificado que vive, el que nos ama, cumple su promesa: se queda con nosotros.