«Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde» (Mt 21,5)
[Después del relato de la entrada de Jesús en Jerusalén]
Queridos hermanos:
Desde Betfagé, en la cumbre del Monte de los Olivos, muy cerca y al Oriente de Jerusalén, se divisaba la ciudad santa y el gran Templo. Desde allí Jesús protagoniza una peculiar entrada en la ciudad, rodeada de misterio para todos, menos para él.
Venía de lejos, peregrinando por etapas, con sus discípulos más cercanos, a los que se habían ido uniendo otros muchos. Al salir de Jericó, tras curar a un ciego, lo han aclamado como «hijo de David», heredero del trono de Judá, y creen que, al llegar a Jerusalén, Jesús será proclamado rey. Alfombran su camino con ramas y con sus propios mantos y cantan: ¡Hosanna al Hijo de David!, palabras de un salmo usado por los judíos para avivar su deseo de la venida del Mesías Rey, el hijo de David. Ahora lo reconocen presente en Jesús. Es él, no hay que esperar más: ¡Hosanna al Hijo de David! Lo aclamaban como rey, aunque desconocían el misterio que este rey escondía.
Los habitantes de Jerusalén se ven sorprendidos y desconcertados ante la comitiva y sus cantos: «Toda la ciudad se sobresaltó». La ciudad se inquieta: «¿Quién es este?», dicen. Conocían a Jesús. «¿Quién es este?» era como decir: «¿Quién se cree este?». Tampoco ellos conocían el misterio que escondía el rey que despreciaban con frialdad e indiferencia.
Luego está Jesús, que se muestra con pleno conocimiento de todo lo que va a ocurrir y con total dominio de la situación. Se reconoce y se muestra como rey avanzando hacia Jerusalén, aclamado por unos y despreciado por otros. Solamente él conoce cómo va a acabar todo, solo él es dueño de su destino, y avanza hacia él libremente. Esta es su realeza, un poder que le hace libre ante cualquier fuerza. Nadie puede forzarlo. Pero hay algo extraño: en su majestad aparece humilde. No viene en un soberbio caballo, sino en un asno aún joven, que necesita ser acompañado por su madre. «Hija de Sión: mira a tu Rey, que viene a ti, humilde, montado en un pollino». Es como si en torno a Jesús resonase la segunda bienaventuranza: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra». Un rey humilde que se entrega, se da, manso y humilde. No quiere imponerse por la fuerza, ni destruir a los injustos, ni aniquilar a los malvados que atentan contra su vida. Esta humildad es para nosotros más incomprensible que su omnipotencia. Con su libertad plena avanza para entregarse en un acto de amor total y definitivo, sin forzar a nadie, esperando con mansedumbre nuestra respuesta. ¡Este es el gran misterio que solo él conoce! Unos lo despreciarán, otros, con sus propias debilidades y miserias, lo acogerán, aunque les desconcierte la cruz. Y ante el misterio de este amor humilde y libre, el misterio de nuestras propias personas: ¿qué haré yo con este Jesús que se me entrega?
Ahora nos unimos a las voces de quienes lo aclamaban como rey. Ojalá también nuestro corazón quede desconcertado primero, lleno de agradecimiento después. Ojalá, con nuestros pequeños o grandes pecados, estemos entre los que, al fin, acogen a Cristo, que se entrega. «Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde».
[Después de la lectura de la Pasión]
Queridos todos: La lectura solemne de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, nos introduce en el misterio del amor de Dios para con nosotros. ¡Amor salvífico! ¡Amor que nos salva! Tres cosas breves quisiera deciros.
La primera, tiene que ver con la entrega libre y humilde de Cristo, de la que ya os hablaba al principio. Aquí la palabra clave es «entrega». En uno de los momentos iniciales de la narración hemos escuchado que Jesús estaba a la mesa con sus discípulos y les dijo: «Uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos se entristecen y le preguntan quién de ellos es. La respuesta de Jesús: me va a entregar «el que ha metido la mano conmigo en la fuente», es decir, uno de los que come conmigo, uno de los que comparte mi vida como amigo, uno de vosotros. Jesús ha evocado un viejo salmo que hablaba de la traición: «El que viene a verme habla con fingimiento, disimula su mala intención, y, cuando sale afuera, la dice. Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros […] Incluso mi amigo, en quien yo ponía mi confianza, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme» (Sal 40, 7-10). Uno de vosotros me va a entregar. En estas palabras está toda la carga emotiva de Jesús. Entonces, Judas pregunta: «¿Soy yo, Rabbí?». Y Jesús responde: «Tú lo has dicho».
Hasta aquí parece que hubiese un plan del que Jesús no se pudiera salir. Parece que es Judas quien lo entrega y que Jesús no puede más que sufrir lo que otros ejecutan. Pero justo entonces, Jesús va a hacer algo que cambia el sentido de todo, algo con lo que afirma que él es quien se entrega, libre, a la dolorosa traición del amigo y a los planes homicidas de sus enemigos, a una muerte injusta y terrible. «Tomó el pan, lo partió, lo dio a sus discípulos y les dijo: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo”» Está anticipando su muerte, está entregándose, está dándose en un acto de amor. Y sigue de la misma forma: «Tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: “Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza que será derramada por muchos para el perdón de los pecados”». Todo el poder de Cristo se manifiesta en estas palabras: es él quien se entrega en la cruz; anticipa esta entrega en el pan y el vino que convierte en su cuerpo y en su sangre; y lo da como alimento de salvación: «tomad, comed… bebed todos». Un acto de libertad soberana y también de entrega humilde: en un cuerpo que será roto en la cruz, en una sangre que se derramará como la sangre de un cordero llevado al matadero. A partir de la última cena, a partir de la Eucaristía, todo lo que Jesús sufre y padece, lo hace como quien se entrega libre y humilde. Y lo hace para nuestra salvación. Con sus propias palabras: «Para el perdón de los pecados». Que esta entrega suya es la de un verdadero rey, no la de un lunático, y que realmente es eficaz para la salvación eterna del hombre, se manifestará en el cumplimiento de la profecía de la resurrección que acompaña su entrega: «Os digo —y se dirige a los discípulos tras darles a beber del cáliz— que a partir de ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
La segunda cosa que os quería decir es que esta entrega de Cristo no es una memoria del pasado, es presente y actual. ¿Dónde? En el altar. ¡Actual en el altar! ¿Sabéis por qué llamamos altar a la mesa, sobre el que pronunciamos las palabras de Cristo: «Esto es mi cuerpo […] Esta es mi sangre»? Porque el lugar donde se sacrificaban los animales para el culto sagrado, se llamaba así: altar. Su nombre en griego, thysiasterion (θυσιαστήριον), significa eso: lugar del sacrificio. El altar de una iglesia católica es el lugar del sacrificio de Cristo, es la cruz. En él Cristo se hace presente. El pan consagrado es el mismo cuerpo clavado salvajemente en la cruz, que sufre la sed, los desgarros y la asfixia. El vino consagrado es la misma sangre que brota de sus heridas, que se derrama y corre por su cuerpo y se mezcla con el polvo del suelo. El pan y el vino consagrados son el mismo Jesús, vivo, que se sacrifica, el que se entrega voluntariamente por amor, el que sufre por nosotros la soledad, la lejanía de Dios, solo comparable con la soledad del infierno: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?». En el altar está él, no un recuerdo. Está él y actualiza su sacrificio por nosotros. En la liturgia estamos a los pies de Cristo en cada uno de los momentos de su Pasión y de su Resurrección. Esto solamente ocurre en la liturgia de la Iglesia, especialmente en al Eucaristía. Por eso quería invitaros a que, durante la Semana Santa, acudáis a la liturgia: a la Cena del Señor, el jueves por la tarde; a la celebración de la Pasión del Señor, en las primeras horas de la tarde del viernes; a la Vigilia Pascual, en la noche del sábado al Domingo; y a la Misa de Resurrección, en la misma mañana del Domingo. Esta es la liturgia donde Dios actualiza su obra amorosa por nosotros.
Todas las demás cosas son buenas si nos ayudan a vivir mejor estos momentos. Las esculturas o las pinturas, las procesiones, con sus grandes imágenes, el Viacrucis o la Hora Santa, pueden ayudarnos a no olvidar lo que pasó Cristo por nosotros. Pueden grabar en nuestra imaginación, en nuestra memoria y en nuestros afectos las llagas, los latigazos, las espinas, los clavos… Pero la liturgia va más allá: en ella obra Dios y nos pone delante de Cristo presente, nos pone ante él, en cada momento de su Pasión, de su muerte y de su resurrección, y, si nuestra alma está dispuesta, si nuestro corazón está dispuesto, la liturgia nos hace beber el amor salvífico que allí se derrama.
La tercera cosa que quería deciros es, justamente, a propósito de la disposición del alma que se necesita para que la liturgia dé fruto en cada uno de nosotros. La primera preparación necesaria es la confesión de los pecados. Si no os habéis confesado recientemente, hacedlo estos días antes del Jueves Santo. Pero hay más: si queréis adentraros en el misterio del amor de Dios y beber este amor que sana y sacia, buscad el silencio y la soledad para poneros frente a Dios y su Pasión por nosotros. Es tan grande este hecho, que toda la vida no basta para hacer nuestro el amor que aquí se nos ofrece. Buscad el tiempo y el lugar preciso para hacer oración, en soledad y silencio, meditando los relatos que los evangelistas nos hacen de la Pasión, de la muerte y de la resurrección. «Haz memoria de Jesucristo», le dice san Pablo a Timoteo, su hijo espiritual y su colaborador en el anuncio del Evangelio. Eso os digo yo: haced memoria de Cristo, de su muerte, de su sepultura, de su resurrección. En la soledad y en silencio de la oración, grabad en vuestros corazones cada uno de los momentos que se resumen en las palabras del Credo: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso».
Jesús se dirige a la muerte. Esta es la tremenda verdad que se muestra en el texto de la resurrección de Lázaro. Jesús va a la muerte. Cuando, después de haber recibido la noticia de la enfermedad de Lázaro, dice a los suyos: «Vamos a Judea», es como si dijese: «Vamos a mi muerte». Porque en Judea, la provincia donde estaba la capital, Jerusalén, las autoridades ya buscaban cómo acabar con él. Todo el mundo lo sabía y los discípulos tenían miedo: «Señor, hace poco querían apedrearte». Intentaban disuadirlo: «Señor, si duerme, se salvará»; como diciendo: «No parece tan grave; no será necesario que vayas». ¡Qué fácilmente esperamos que otros hagan pequeños o grandes sacrificios por nosotros, pensando que nuestro caso lo merece! ¡Y qué fácilmente excusamos nuestro sacrificio, en lo poco o en lo mucho!: «¡Seguro que no es tan necesario!». En Jesús vemos lo que no vemos en nosotros: su disposición y su decisión de ir al sacrificio por aquel a quien ama.
Entonces, cuando Jesús dice con claridad que Lázaro ha muerto y muestra su decisión de ir, Tomás, con un tono de ironía y de queja, dice: «Vayamos también nosotros y muramos con él». A pesar de esta ironía quejumbrosa, hay que decir que Tomás va. Con miedo, con queja… como sea, pero va. ¿Qué haremos nosotros? Es mucho mejor ir con miedo y a regañadientes que mirar a Tomás con un poco de desprecio desde nuestra cómoda posición y no dar un paso adelante con Cristo. O ¿es que creemos que esto es solo una historia del pasado a la que podemos asomarnos sin que nos afecte? No, tiene que ver con nosotros. Jesús va a la muerte, y los suyos, de todos los tiempos, con más o menos miedo, con más o menos generosidad, van con él, ¡como Tomás!
Pero miremos a Jesús. Sabe lo que va a hacer, sabe que va a realizar el más grande de sus milagros, y sabe que justamente por ese milagro, las autoridades judías, que ya querían matarlo, se reunirán y decidirán solemnemente acabar con él. Si siguiésemos leyendo el Evangelio es lo que encontraríamos después de la narración de la resurrección de Lázaro. Por tanto, esta es la gran verdad: Jesús se encamina a la muerte.
El segundo dato es que Jesús se dirige a la muerte para sacar de la muerte a su amigo. Lázaro era un amigo personal de Jesús. En el cenáculo, antes de salir hacia el Huerto de los Olivos, Jesús llamaría amigos a los Apóstoles. Y sabemos que, entre todos ellos, Juan era el discípulo amado. Fuera del grupo de los Doce los evangelistas solo nos hablan de un amigo de Jesús, Lázaro, hermano de Marta y María. Al menos en tres ocasiones el Evangelio sitúa a Jesús en la casa de Lázaro. Era su amigo. Cuando enferma, sus hermanas mandan este recado: «Señor, el que tú amas está enfermo». Poco después vuelve a decir el evangelista: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Y enseguida leemos de nuevo que Jesús dice: «Lázaro, nuestro amigo». Al llegar a Betania, el diálogo que tiene Jesús con las hermanas supone un trato familiar, el trato de los amigos. Y algunos de los presentes, al ver llorar a Jesús, dijeron: «¡Cómo lo quería!». El amor de Cristo por cada uno nadie puede sondearlo, pero todos sabían que Jesús era amigo de aquel hombre. Este es el dato: Cristo amaba a Lázaro como a un amigo del alma y se dirige a la muerte para sacar de ella a su amigo.
Fijémonos en otro dato que nos da san Juan. Dice que cuando vio a María llorando a sus pies, y que los que la acompañaban también lloraban, él «se conmovió en su espíritu, se estremeció». Juan pone de manifiesto lo íntimo de Cristo, lo que habitualmente nadie puede ver. En lo íntimo, se conmueve y se estremece. Y pocas líneas más adelante vuelve a repetir la misma idea: «Jesús, conmovido de nuevo en su interior». Cristo es sensible al dolor y a la oscuridad de los que le rodean. Hace suyo su dolor y su turbación, hasta sufrirlo él mismo. Pero hay que entender esto bien: Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y eso nos podría llevar a pensar que sufre en su sensibilidad humana. Es así, sufre en su sensibilidad humana, en su corazón humano, pero ¿quién sufre? Sufre él, no una parte de él, sino él, sufre su persona: el Hijo eterno de Dios que se ha hecho hombre, el Verbo. Dios hecho hombre es quien sufre con el hombre. Dice San John H. Newman: «Igual que las miserias de los hombres le arrastraron a bajar [del cielo] a este mundo [para redimirlo], así las lágrimas de los hombres le tocaron de forma inmediata. Tenía el oído abierto, y el sonido del llanto alcanzó enseguida su corazón». Así pues, Cristo hace suyo el dolor de los que allí se duelen, hace suya la zozobra, los porqués, la oscuridad, la falta de esperanza y la falta de fe… ¡todo! Cristo nunca pecó, pero ha venido a hacer suyo todo lo nuestro y también nuestro pecado. Cristo hace suyo lo nuestro: «se conmovió en su espíritu, se estremeció». Dos veces dice san Juan que Cristo se conmueve en lo más profundo de su ser. Y entre esas dos veces, también llora. Cuando lo llevaron ante la tumba de su amigo, «se echó a llorar».
¿Por qué llora? ¿No sabía lo que iba a hacer enseguida? Sí, lo sabía. «Sabía que, aunque todo parecía triste y sin salida, a pesar de las lágrimas y los lamentos de sus amigos, a pesar del cadáver de ya cuatro días, a pesar de la tumba y de la losa que la cerraba, él tenía un poder que vencía a la muerte y estaba a punto de emplearlo». «¡Lázaro, sal fuera!»¡Y salió el muerto de cuatro días! Sabía lo que iba a hacer, y sabe que, por ese milagro, los jefes de los judíos se van a determinar a acabar con él; y en su inteligencia y en su sensibilidad, anticipa su angustia en los Olivos, su angustia en la cruz, su propia muerte, su sepultura. Todo eso se anticipa en sus lágrimas. «Él bajaba a la tumba que Lázaro abandonaba». Nosotros lloramos por los amigos que mueren, pero no podemos morir en su lugar. Cristo llora y saca del sepulcro entrando en él. El próximo domingo escucharemos cómo padece y muere en la cruz y es puesto en el sepulcro. Y el signo de la resurrección de Lázaro y las lágrimas de Cristo nos hacen entender, que él va a la cruz por aquel a quien ama, por Lázaro, y uno a uno, por cada hombre, por cada uno en particular, por cada uno como por el amigo amado que lo acogía en su casa.
En Ezequiel hemos escuchado: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros». Habla de nosotros, viene a sacarnos de nuestros sepulcros, de nuestras miserias, de nuestros pecados, de las tristes consecuencias de nuestros pecados que lastran nuestra vida en la tierra, de la terrible condena que merecen nuestros pecados, de la muerte eterna. Él baja a la tumba que nosotros abandonamos.
¿Crees esto? A Marta, la hermana, cuando sale fuera a buscarlo, le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Toda nuestra vida depende de la fe en Cristo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Marta dice que cree, pero su alma se resiste, su hermano lleva cuatro días en la fosa, ya está en descomposición y cuando Jesús ordena quitar la losa, ella objeta: «Señor, ya huele mal. Lleva cuatro días». Así nos vemos a nosotros mismos, así vemos a los demás: muertos y en proceso de descomposición. Pero Jesús insiste en pedir nuestra fe: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
El que es la vida viene a nuestro sepulcro para sacarnos de él. Nos busca el que nos ama, porque «en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero».
¡Búscanos, Señor! ¡No dejes de buscarnos, una y otra vez! ¡Búscanos y sácanos del sepulcro! ¡No dejes de amarnos para que también nosotros te amemos y te busquemos! ¡Para que también nosotros queramos estar contigo! Aunque sea como Tomás, entre quejas y miedos, que también nosotros te amemos y te busquemos y compartamos tu cruz.
«La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5)
En la primera lectura encontramos a Israel en el desierto con una necesidad apremiante de agua, tan acuciante que le lleva a la desesperación: ¿Dónde está Dios? Ya no recuerda las mil maravillas que Dios ha obrado desde la salida de Egipto y se desespera: «¿Está o no está Dios entre nosotros?» Esta pérdida de esperanza es una ofensa a Dios. ¡Es tan frecuente que a lo largo de la vida nos encontremos en situaciones de sufrimiento, de soledad, de necesidad o de oscuridad, y nos creamos abandonados por Dios! Se nos olvida que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien»(Rm 8,28) y que «ya vivamos, ya muramos, somos del Señor» (Rm 14,8) y, según el mismo Cristo ha prometido, nada ni nadie, ni siquiera la muerte, nos arrebatará de su mano (Cf: Jn 10, 28). Por eso, la pérdida de esperanza en un cristiano es una ofensa grave, aunque no agota la misericordia de Dios, no agota su amor. En aquella ocasión, en el desierto, Dios les dio a los judíos agua de la roca. Moisés golpeó con su cayado la roca y de la roca brotó agua que sació la sed del pueblo.
San Pablo, muchos siglos después interpretó que este hecho tenía un significado oculto, porque esa roca de la que brotó agua anunciaba a Cristo, herido con la lanza del soldado y del que brota un amor que cura el pecado de todo el que se acerca a él y sacia la sed de su alma, sed que ninguna criatura puede saciar, solo este amor humano y divino que brota de su costado traspasado. Dios no nos ha dado a Cristo para eliminar los sufrimientos y los momentos oscuros de la vida, sino para esto otro: para perdonar nuestros pecados y saciar la sed del alma eterna. En la cruz, de su costado herido, Cristo dejó brotar su amor. En el altar, donde se actualiza la cruz, en cada Eucaristía, Cristo sigue dejando brotar esta fuente de amor.
Quien se acerca a Cristo con esta esperanza es perdonado y saciado. Dice hoy el Apóstol: «La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado». El amor de Dios es el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. Amor que brota del Crucificado como un caudal incontenible. Y llega a nosotros y penetra en nosotros, cuando nos acercamos a Cristo con esa esperanza, buscando lo que él nos quiere dar.
Es sobre todo el Evangelio según san Juan el que identifica el agua de Cristo con el don de su Espíritu, el don del amor divino, que limpia y sacia, que perdona y trae la gloria al alma. Así aparece el agua en el diálogo de Jesús y la samaritana.
La samaritana no va buscando a Jesús. Se encuentra con él, porque él ha ordenado las cosas para este encuentro. Ella no está buscando ni un remedio a su pecado, ni la saciedad del alma. La mayoría de las veces vivimos ignorando que estamos hechos para Dios y que nuestro destino, de gloria o de perdición, es eterno. A ella, como tantas veces a nosotros, le bastaba saciar la sed de su cuerpo. Las necesidades que tenemos de las cosas buenas de este mundo manifiestan y esconden, a la vez, la necesidad radical de nuestra alma: Dios, el único necesario. Y nuestro pecado, no hecho con el propósito primero de ofender a Dios, sino, la mayoría de las veces, buscando un poco de descanso o un placer fugaz, esconde la insatisfacción interior del alma. Jesús inicia un diálogo que lleva a la samaritana al interior de su propio corazón, a reconocer su pecado y a confesar a Jesús como el Mesías. La mujer se da cuenta de que este hombre lee su alma, toca el misterio escondido de su alma, que ni siquiera ella es capaz de entender. No sabe quién es Jesús, no sabe que es el Hijo de Dios hecho hombre, no sabe nada de él, pero sabe que ha alcanzado el centro del alma, que nadie puede alcanzar. Así intuye que no puede ser uno más, y corre al pueblo para decir a todos: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?»
El diálogo de la mujer con Jesús queda abierto, no hay una conclusión, no la escuchamos pedir perdón ni suplicar el agua que sacie la sed de su alma… el diálogo no termina aquí, porque es el diálogo que Cristo quiere establecer con cada hombre y su última palabra está en la cruz. Allí volveremos a escuchar de sus labios: «Tengo sed» (Jn 19,28). San Agustín interpreta que Cristo tiene sed de la fe: el reconocimiento de que es él quien conoce nuestro corazón y el que puede curarlo y saciarlo; sed de la fe que es capaz de abrazar el amor que él nos ofrece y que hace brotar ese mismo amor en nuestra alma.
El mismo san Agustín, el gran doctor del corazón, invita a volver al interior, al corazón, «redite ad cor»[1], «volved al corazón». Y eso mismo os digo a vosotros: Cristo ha iniciado un diálogo con nosotros, un diálogo que concluirá con su última palabra: su cruz y su resurrección. Cristo tiene sed de ti y quiere despertar en ti la sed de él. «Si conocieras el don de Dios [si conocieras lo que te quiero dar] y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». Para continuar el diálogo con él es necesario que volvamos al corazón y le pidamos a Dios la luz necesaria para reconocer nuestro pecado, para reconocer la sed de nuestra alma, y para reconocer que solo él es capaz de entrar allí, en nuestro santuario interior. Esto no se hace sino en el silencio y en la intimidad de la oración. No hablo de una oración ideal, sino de la oración que a cada uno le es posible conforme a su situación personal y a su vocación. La soledad de la escena del evangelio de hoy: Jesús a solas con la samaritana, los demás no están, nos dice, como en otros episodios del Evangelio según san Juan, que hay diálogos que Cristo solo puede tener en la soledad y en la intimidad del alma. «Volved al corazón», en el silencio y en la soledad con Cristo. Pedidle la luz necesaria para reconocer vuestro pecado, para reconocer la sed del alma, para reconocer que él sí toca vuestra alma y mantened este diálogo con él hasta que lo veáis elevado en la cruz, clamando «Tengo sed» (Jn 19,28).
«Ni el ojo vio, ni el oído oyó… lo que Dios había preparado para los que lo aman» (1 Cor 2,9)
Queridos hermanos:
No perdáis de vista que la Cuaresma es un camino de penitencia, el que Cristo camina. Va hacia la cruz por nuestras culpas, hace penitencia por nosotros hasta morir. Pero su muerte es algo más que penitencia: un derramarse su amor sobre nosotros, un amor que debe herirnos en el alma, para llevarnos también a nosotros a hacer penitencia con él. Cristo hace penitencia por nosotros, ¿no haremos nosotros penitencia con él?
El camino penitencial se abrió el domingo pasado con las tentaciones de Cristo. En este domingo se nos propone el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración. Considerados juntos, los dos momentos anticipan la muerte y la resurrección. La lucha de Jesús con el tentador anticipa el gran duelo de la pasión, mientras que su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. En las tentaciones vemos a Cristo que, en su humanidad, tan verdadera como la nuestra, es tentado, vence la tentación, se dirige a la cruz, y allí su humanidad es rota por el pecado. En la Transfiguración vemos esa humanidad que anticipa ya la gloria de la resurrección. Es su humanidad la que lleva el pecado y es también su humanidad la que recibe la gloria de la divinidad.
Os voy a decir lo que no es ni su humanidad ni la transfiguración. Su humanidad no es un vestido que el Hijo eterno se ha puesto al venir a este mundo para luego quitarse, y que esconde debajo su verdadero ser divino, su luz. Muy distinto: el Verbo de Dios se ha hecho hombre. Ha tomado la humanidad como su propia sustancia, y desde ese momento, y para toda la eternidad, su humanidad es tan propiamente suya como lo es su divinidad. Por eso, la Transfiguración no es como si se abriese un poco los vestidos de la humanidad para dejar ver algo de la divinidad oculta debajo, sino que su humanidad muestra la gloria que recibe del Verbo eterno. Una gloria tan de su humanidad como lo es de su divinidad. Cuando llegue la resurrección, su humanidad tendrá en plenitud esa gloria. Nada en la vida de Cristo es mera apariencia. Sus tentaciones son verdaderas tentaciones, no apariencia de tentaciones. Y la gloria de su humanidad es verdadera gloria de su humanidad.
Esa humanidad de Jesús, que realmente sufre y va a morir, que realmente va a resucitar plena de gloria, somos también nosotros, si nos unimos a él por la fe y el amor. Una frase de san Pablo resume lo que quiero decir: «Si morimos con él, viviremos con él» (2 Tim 2,11) Así se resumen los dos primeros domingos de Cuaresma: si nos unimos a él en el camino penitencial que lleva a la cruz, triunfaremos con él, viviremos con él. La Transfiguración nos muestra la gloria del hombre unido íntimamente a Dios, gloria que brilla primero en Jesús y después en su Iglesia. En Jesús plenamente en la resurrección, anticipadamente en la transfiguración. En la Iglesia plenamente cuando pase este mundo, anticipadamente en la vida de los santos: de Santa María Virgen, de los mártires, y de todos los santos que jalonan su historia hasta que llegue el fin. La Transfiguración nos muestra la gloria del hombre tal como Dios la pensó antes de dar inicio la creación, la gloria a la que Cristo nos lleva.
Quiero decirlo más claramente: ¿en qué consiste esta gloria? En la unión de hombre con Dios; unión íntima, de inteligencia, de voluntad, de corazón; unión a la que se accede por la fe y que se sella con un amor eterno, que nos une a Dios sin destruirnos, sin que dejemos de ser quienes somos. Por ese motivo tiene lugar en el monte. En el Antiguo Testamento el monte era el lugar privilegiado para la oración, y Jesús subía al monte muchas noches para la oración, para el diálogo con Dios, para la unión con él. La unión del hombre y Dios es la gloria anunciada en la Transfiguración.
Esta gloria constituía, desde antes de que Dios diese comienzo la creación, el centro de su designio, de su plan, de su querer. ¿Para qué dio comienzo a la creación? Para llevar al hombre a la gloria, para llevar al hombre a la unión amorosa con él. Este plan había permanecido oculto hasta que Cristo lo manifestó. Nadie había podido imaginar una gloria tan grande para un ser aparentemente tan pequeño como el hombre, sobre todo después del pecado original y después de una historia tan terrible de pecados como la que no dejamos de acumular. Era algo impensable. Dice san Pablo: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre pudo nunca imaginar, lo que Dios había preparado para los que lo aman» (1 Cor 2,9). La revelación de este plan de Dios para nosotros es una luz que explica toda la Historia de la Salvación, desde la creación en adelante. Por eso alrededor de esta humanidad del Verbo que se encamina a la resurrección, aparecen Moisés y Elías. Moisés representa la Ley y Elías representa a los profetas, es decir, la Escritura, toda la Historia de la Salvación. Ellos reciben de Cristo la luz, se entienden a partir de él, porque él es su meta. A partir de Cristo, que une en sí la humanidad con Dios, se esclarece toda la historia de la Salvación, se esclarece nuestra historia. Dios te ha creado para esta gloria. Este es el fin que Dios ha querido siempre para ti.
¿Habéis escuchado lo que dice Pedro entonces? «Señor, qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas…». Expresa así una verdad: estamos hechos para esta gloria. Al verla, nuestro corazón la reconoce y dice: ¡Esto es lo que buscaba! ¡A tientas! ¡Lo que he buscado tantas veces equivocándome! ¡Lo que ya pensaba que no encontraría nunca! ¡Lo que pensaba que solo podía ser una ilusión vana de mi mente!: la visión de Dios, la unión con Dios. De esta forma, la Transfiguración desvela el misterio de nuestro propio corazón: nos muestra el objeto antes desconocido y ahora revelado de nuestro corazón. «Señor, qué bien se está aquí».
Un detalle más. Dice san Mateo, que todavía estaba Pedro diciendo estas cosas cuando escucharon la voz de Dios, que les llenó de miedo y que les hizo tirarse al suelo. El corazón de Pedro, como el nuestro, aún experimenta miedo ante la voz de Dios sin velos… Su corazón, como el nuestro, aún necesita purificarse para el amor verdadero, aún necesita perfeccionarse para el amor verdadero. Aún no ha acabado su noviciado, su periodo de formación… tiene que recorrer todo el camino de la mano de Cristo. «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. ¡Escuchadlo!».
Nosotros necesitamos seguir a Cristo hasta la cruz. Como dirá san Pablo en otro lugar: «Olvidándome de lo que queda atrás, me lanzo hacia lo que está por delante. Corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús» (Flp 3,13-14). Es necesario afrontar hasta el final el camino de Cristo, que va a la cruz. Solo él, en este camino, nos purifica, nos enseña a amar y nos lleva al amor eterno.
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. ¡Escuchadlo!» Es necesario seguir a Cristo, en la vida concreta y real. Pero el imperativo «escuchadlo» hace referencia directa a la oración. No andaremos este camino sin dedicar tiempo a escuchar a quien es la Palabra de Dios, sin mirarlo, sin escucharlo. Es una exigencia muy concreta para nosotros en la Cuaresma: debemos esforzarnos por escuchar a Cristo en la oración, dejar que su palabra resuene en el alma, dejar que ella nos enseñe.