Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

XXX Domingo TO A
25-X-2026

«Todo está cumplido» (Jn 19,30) 

«Se alían los reyes de la tierra y los principales conspiran –literalmente: «se reúnen a una»– contra el Señor y contra su Ungido», dice el salmo 2 (Sal 2,2 LXX), con este verbo griego que parece redundante, como si quisiera subrayar la acción que describe: «se reúnen a una». En la traducción no se aprecia, pero Mateo, en el griego original, usa esas palabras del salmo: los principales, los que tienen la autoridad, se reúnen todos a una, conspiran, contra el Ungido, contra Jesús. Oímos el domingo pasado que los fariseos se habían unido a los herodianos para tender una trampa a Jesús. Lo intentarían luego los saduceos y ahora los fariseos vuelven a la carga. Jesús no enseña tranquilamente, sino mientras es hostigado por sus enemigos hasta llevarlo a la cruz. Pero será ahí cuando muestre con más claridad la luz de la verdad que predica.

Habla un fariseo maestro de la ley, un escriba, un rabino: «Maestro, ¿cuál es el principal mandamiento de la ley?». La intención era torcida: buscaba algún punto débil en la doctrina de Jesús para atacarlo, pero la pregunta era pertinente, se la hacían los escribas, que habían recopilado 613 mandamientos de la Torá, de ellos 248 preceptos y 365 prohibiciones, y se esforzaban por clasificarlos y jerarquizarlos. ¿Cuál era el mandamiento principal que debía ordenar todos los demás? En la Biblia la ley es el camino de la vida, así que la pregunta sobre el mandamiento principal es la pregunta sobre cómo ordenar nuestros pasos para no perdernos, para que nuestra vida sea una vida cumplida, para alcanzar a Dios. Y eso nos incumbe del todo también a nosotros.

Jesús responde con sencillez con unos versículos del Deuteronomio: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero» (Dt 6,5). Debemos dar cabida a Dios en nuestra vida, «el corazón debe saber de él y dejarse tocar por él; igual el alma, el centro de nuestro querer y de nuestro decidir, y también la inteligencia, el pensamiento»[1]. Hemos de amarlo a él y hacer de él el centro de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad, de nuestra memoria, de nuestros afectos. 

Las palabras del Deuteronomio bastaban para esquivar la trampa farisaica, pero Jesús continúa y trae otras del Levítico: «El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas». Amar al prójimo, y hacerlo como a uno mismo, es el segundo mandamiento. 

Aquí «segundo» no indica dos cosas separadas, sino orden y proximidad, como cuando Jonatán, el hijo del rey Saúl, le dice a David, su amigo: «Tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo» (1 Sam 23,17). El segundo mandamiento va junto al primero, inseparable. Los dos mandamientos son como David y Jonatán, amigos del alma, van juntos siempre. Y son «semejantes», tienen cierto parecido. Que el amor a Dios y el amor al prójimo hayan de ir juntos y tengan parecido es lo más sorprendente de esta enseñanza de Jesús, porque, ¿qué es el hombre comparado con Dios? «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Sal 8,5). ¿Cómo puede ser semejante amar a Dios y amar al hombre? Veamos la lógica de este ir juntos y de esta semejanza.

Amar al hombre no es lo mismo que amar a Dios. El amor que le debemos a Dios es absoluto, con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente. Al hombre no le debemos un amor absoluto, pero sí: «como a ti mismo». Esto es: pensar en el otro como piensas en ti; y, en consecuencia, decidir pensando en el bien del otro como decides pensando en tu bien; y obrar, trabajar, cansarse por el otro, como lo haces por ti mismo. Al final, quien piensa en el otro, y toma decisiones en beneficio del otro, y se cansa y trabaja por otro, termina olvidándose de sí, entregándose, dando vida, y así llega a ser fecundo. ¿No es esto lo que ha hecho Cristo en la cruz? Ha pensado en mi bien, ha decidido ir hasta el fin por mi bien, ha obrado entregándose por mí y entregándose a mí. Y, haciendo todo esto, ha amado a Dios Padre con todo el corazón, con toda el alma, con toda su alma. Esa es una de las razones por las que puede decir en la cruz: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). Justamente, en medio del dolor y de la oscuridad terrible de la pasión, su amor brilla con una luz inigualable. ¿Qué tiene la cruz de Cristo que atrae las miradas de todos? «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). En ella hay una perfección humana inexplicable. Ese hombre destrozado, «ante quien se vuelve el rostro» (Is 53,3), posee una belleza inefable. En ese hombre, que se ha quedado en nada porque se ha vaciado, hay un bien infinito que nos atrae, «el más bello de los hombres» (Sal 45,44). Así da vida, sacia nuestra sed y se hace fecundo: «De sus entrañas brotarán ríos de agua viva» (Jn 7,38). La cruz es la fuente de la vida, de ella han bebido todas las generaciones cristianas: la pureza de las vírgenes ha bebido de esa fuente; la fortaleza de los mártires, la fidelidad de los esposos, la caridad de los que han servido a los pobres y a los enfermos, el celo de los pastores y de los misioneros, la sabiduría de los doctores. Veinte siglos de vida cristiana han brotado de esta fuente de amor a Dios y al hombre. 

Dios no es lo mismo que el hombre, y amar a Dios no es lo mismo que amar al prójimo, pero Cristo ha unido en la cruz las dos cosas: ha amado a Dios Padre y al hombre en el mismo acto de entrega. En la cruz se entrega del todo a su Padre; «a tus manos, Señor, entrego mi espíritu» (Lc 23,46); y en la cruz se entrega por la salvación del hombre: «esta es mi sangre que se derrama por muchos» (Mt 26,28).

Volvamos a la pregunta sobre el mandamiento principal, sobre cómo alcanzar la vida verdadera, y a la respuesta de Cristo. Míralo en la cruz: entenderás sus palabras. El amor a Dios y el amor al hombre llevado a su extremo, los dos amores en el mismo acto, que vence la muerte y se hace eterno por la resurrección, y desde entonces abraza el universo y la historia. En unos minutos, este acto de amor eterno se actualizará en el altar: amor que se entrega a Dios y al hombre. Es un amor que no envejece. Y nosotros nos alimentamos de él. No solo lo tenemos ante los ojos para imitarlo, sino que nos alimentamos de él. Cada uno de nosotros tiene acceso a Cristo, es amado por él y puede amarlo a él. Aquí está la clave. Unidos a él podemos avanzar en el camino de este doble mandamiento, ser también nosotros fecundos y decir: «Todo está cumplido». ¡Ojalá podamos decir esto el día de nuestra muerte!

Solo quiero añadir que Cristo responde a la pregunta del escriba fariseo no en medio de una charla amistosa, ni sentado en el estrado de un aula universitaria, sino asediado por sus enemigos mortales, que «se reúnen a una» para atentar contra él; y nosotros no aprendemos lo aprendemos con solo  escuchar tranquilamente el sermón, sino uniéndonos a Cristo en medio de la lucha diaria contra el mal, en medio de la maledicencia de unos o el egoísmo de otros, cuando nosotros mismos somos solicitados por la pereza para no cumplir con nuestro deber en casa o en el trabajo, etc. Y solo tenemos este tiempo, rodeado de odios, de crueldad, de injusticia, fuera y dentro de nosotros. Solo podemos aprender el doble precepto del amor unidos a Cristo en medio de las luchas diarias, en medio de las contrariedades de la vida. No esperéis mejores condiciones para seguirlo, uníos a él en los sacramentos y en la oración diaria y seguidlo. Él os enseñará. 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado 

P. Enrique Santayana C.O.

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Homilía del domingo 25 de octubre de 2026 XXX del Tiempo Ordinario. Ciclo A Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares

Autor;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha25-10-2026
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[1] BENEDICTO XVI, Homilía (Domingo, 23 de octubre de 2011).

las tres estrellas del escudo de San Felipe Neri en amarillo con fono verde