Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Domingo XXIV A
13-IX-2026
 

«Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial,
si cada cual no perdona de corazón a su hermano» (Mt 18,35)


«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Pedro le pregunta a Jesús si a un hermano que le ofende tiene que perdonarlo «siete veces», es decir, muchas veces. Jesús le responde: «No te digo siete, sino setenta veces siete», es decir, siempre. Jesús exige que perdonemos a quien nos ofende. Los cristianos de todas las épocas han escuchado estas palabras tan difíciles de aceptar y de poner en práctica, y hoy nos toca a nosotros. 

Primero querría hacer frente a una duda que puede surgirnos: Este perdón que nos exige Jesús, ¿nos deja indefensos a los cristianos? Podríamos concretar un poco más: 1º. Cuando sufrimos una ofensa grave, ¿podemos hacer justicia y, al tiempo, perdonar? ¿Podemos pedir a la autoridad competente que nos haga justicia y, al tiempo, perdonar? ¿O el perdón que Jesús nos exige implica quedar indefensos ante la injusticia? 2º. Cuando sufrimos una agresión o vemos una agresión, ¿podemos defender nuestra vida y nuestros bienes del malvado, y, al tiempo, perdonar? ¿Podemos defender la vida y los bienes de los otros y, al tiempo, perdonar?

La respuesta rápida y segura, para que nadie se vea confundido, es que el perdón no suprime ni la necesidad de la justicia, que es necesario preservar, ni la legítima defensa de la vida y de los bienes, ni la obligación de defender la vida de los débiles, de la familia o de la patria ante una agresión injusta. Esto no es una opinión personal, ni de un obispo concreto, ni de un teólogo, ni de un papa, ni mía, sino doctrina de la Iglesia católica. Un ejemplo de perdón que no excluye la justicia: os recuerdo al Papa Juan Pablo II visitando y dando su perdón personal a aquel hombre, Alí Agka, que casi lo mata a tiros el 13 de mayo de 1981. El perdón del Papa no exigió que fuese excarcelado. Ejemplo de perdón que no excluye la defensa legítima: Santa Juana de Arco, en Francia, en lucha contra los ingleses; o el Rey Fernando III de Castilla, que reconquistó a los musulmanes invasores, entre otras ciudades, Sevilla. No puedo alargarme en este asunto. Os recomiendo que leáis lo que dice el Catecismo, cuando explica el quinto mandamiento. Allí recoge la doctrina milenaria de la Iglesia: Habla de la legítima defensa en los números 2262-2267. Habla de la guerra, también de la guerra justa, en los números 2302-2317. Todo esto cuando comenta el quinto mandamiento de la ley de Dios. Y luego habla del perdón al explicar la petición del Padrenuestro «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

Aclarado que el perdón no excluye la justicia, ni la legitimidad, a veces la obligación, de la defensa, centrémonos en el Evangelio de hoy. ¿Qué es perdonar? Perdonar es, en primer lugar, algo que ha de ocurrir en nuestro interior: renunciar al odio y al deseo de venganza. El odio es un sentimiento intenso de repulsa y deseo de mal hacia alguien. Perdonar es, por tanto, purificar el corazón del resentimiento y del odio, renunciar a la venganza. En segundo lugar, el perdón es algo que tiene que ver con actos externos: implica hacer el bien, el que debo a todos, también al que me ha ofendido. Un perdón más perfecto implica hacer el bien, el que hago a los que amo, también al que me ha ofendido. En tercer lugar, el perdón, para llegar a ser aún más perfecto, como el perdón que nosotros hemos recibido ya de Dios y que esperamos recibir aún en el futuro, implica transformar la herida provocada por la ofensa en fuente de misericordia y de amor, como las llagas de Cristo, provocadas por nuestras ofensas a él y convertidas por él en fuente de su amor por nosotros. 

Como veis, aunque el perdón no significa renunciar a la justicia ni a la defensa de la vida y de los bienes, todo esto que he dicho es bien difícil. De todo, lo menos difícil es hacer el bien, el que debo a todos, a quien me ofende. Debo auxiliar a cualquiera en dificultades, debo ser amable con cualquiera: y también debo ser amable con quien me ha ofendido muchas veces y posiblemente siga haciéndolo en el futuro; también a él debo auxiliarle si está en dificultades. Esto, aunque sea difícil, puedo hacerlo, son actos que dependen de mi voluntad. Un poco más difícil, aunque también posible, es tratar a este malvado como trato a los que amo. Un ejemplo: rezo por los amigos que me quieren, y rezo también por los que me han traicionado. Hago un pequeño regalo a los compañeros en su cumpleaños, y lo hago también al compañero que me injuria. Auxiliaría a un amigo que está ahogándose, incluso arriesgando mi vida, y lo haría también por uno que me ha robado. Todo esto es ciertamente difícil, pero puedo hacerlo, son actos que dependen de mi voluntad. 

Lo más difícil del perdón es lo que tiene que ver con el corazón: eliminar del corazón la repulsa, el resentimiento, el odio, el desprecio hacia quien me ha ofendido. El Catecismo Romano (1566), reconoce que muchos, aunque quieran, no serán capaces de borrar de su corazón cierto resentimiento y aversión. Pero esto, dice, no debe angustiar la conciencia, porque la voluntad sincera del alma no puede anular las pasiones, que se sustraen a nuestra libertad[1]. La cosa está en que tengamos la voluntad sincera de eliminar de nuestro corazón esos sentimientos, aunque no lo consigamos del todo. Basta esta voluntad sincera para poder rezar el Padrenuestro con sinceridad y pedir que se nos perdonen los pecados al tiempo que pedimos que Dios nos enseñe a perdonar: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Sobre este perdonar de corazón, vuelve el Catecismo de la Iglesia Católica, reconociendo que no solo es difícil, sino imposible para nosotros: no está en nuestra mano, solo el Espíritu Santo puede hacerlo en nosotros, haciéndonos participar de un amor más grande que el que puede nacer de nosotros, haciéndonos participar del amor de la Trinidad[2].

Es aquí donde debemos llegar: adentrarnos en el amor de la Trinidad de tal forma que nuestro pobre corazón se una al corazón de Cristo, que nuestro pobre amor se transfigure en el amor de Cristo: que nuestro corazón y nuestro amor sean su corazón y su amor; entonces el perdón perfecto es posible. ¿Cómo se hace esto? Mirando la cruz. «Mirarán al que traspasaron». El amor de la Trinidad se nos da y se nos expresa en la Cruz de Cristo. 

En la cruz vemos la gravedad de nuestro pecado. Nuestra ofensa es tan grande que el Hijo de Dios hecho hombre ha sido herido de muerte por ella. Nuestra deuda es infinita. No grande, sino infinita. En virtud del amor al que hemos ofendido, nuestra deuda es infinita. Sin embargo, en la cruz vemos también un perdón inmerecido. Es bueno que nuestra inteligencia capte esta verdad de la gravedad de nuestro pecado, pero también nuestra sensibilidad debe dejarse herir al reconocer su culpa. Es necesario que nuestra culpa pese sobre nuestra sensibilidad, para que tengamos una aprehensión real de la gravedad de nuestro pecado. No os quedéis en la madera tallada y pintada, mirad a Jesús real, con heridas reales, con sangre real, con dolores atroces en sus manos, en sus pies, en su cabeza, con oscuridad real en su alma. Son mis ofensas, mis deudas.

Pero mirad también estas heridas en su cuerpo y en su alma convertidas por su amor en fuente de su perdón, perdón real que llega a mí, y me saca de mi postración, y me promete el paraíso, y me eleva hasta él.

Hace falta plantarse muchas veces ante esta imagen, no solo la de madera, sino la de Cristo real, para que el peso de nuestra ofensa y el dulce perdón sea algo más que una idea verdadera, y transforme hasta lo más hondo de nuestro corazón, hasta hacerlo capaz del gran perdón, del perdón que es un milagro: las heridas que hemos recibido por nuestros hermanos convertidas en las llagas de Cristo, por donde brota su perdón y su amor. Hace falta acercarse muchas veces al confesionario, muchas veces a la comunión de su cuerpo, para que nuestro corazón y nuestro amor sean su corazón y su amor, para que su misericordia transforme nuestro corazón inmisericorde y podamos decir con toda verdad: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

P. Enrique Santayana C.O.

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Autor;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha13-09-2026
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[1] Catecismo Romano, Parte IV, cap. sobre la quinta petición
[2] Cf.: CCE 2842

las tres estrellas del escudo de San Felipe Neri en amarillo con fono verde