Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Dom XXVI A
(27.IX.2026)

«Antes de la muerte no alabes a nadie,
porque solo en su final se conoce a la persona»
(Si 11,28)

 El Señor nos propone en el libro de Ezequiel dos casos: un inocente, un justo, que obedece la ley de Dios, pero que termina apartándose de esa ley, y como consecuencia, muere. Y, luego, el caso contrario, un malvado que recapacita, abandona su maldad, se convierte y salva la vida. El primero se condena él mismo apartándose del bien y cometiendo la maldad. El segundo se salva él mismo apartándose de la maldad y obrando el bien. 

Son dos casos que Jesús tiene delante a lo largo de su vida, y de eso habla hoy. Estamos en el capítulo 21 de San Mateo, Jesús ya ha hecho su entrada triunfal en Jerusalén y encara la etapa final de su vida, caracterizada por un fuerte enfrentamiento con los fariseos, los sacerdotes principales y con los miembros del Sanhedrín, estos últimos son llamados también «los ancianos». Jesús ha expulsado a los mercaderes del Templo y los sacerdotes y los ancianos rechazan la autoridad de Jesús para obrar así. Entonces él, allí mismo, en el Templo, con una parábola, les hace una advertencia —resuena la enseñanza de Ezequiel—. Tenemos un padre y dos hijos. El padre manda a los dos hijos a trabajar a su viña. Uno comienza mal, se rebela, no quiere ir a trabajar, pero al final, recapacita y va. El otro comienza con buenas palabras, quizá con buenas intenciones, pero al final desobedece y no va. ¿Cuál de ellos hace la voluntad de su padre? Jesús está poniendo un espejo ante los ancianos y los sacerdotes, que no pueden sino decir lo que diría cualquiera: que el hijo que se mostraba rebelde es el que hace la voluntad de su padre, mientras que el hijo que parecía sumiso es el que desobedece. Dicho esto, Jesús aplica la parábola: los hijos desobedientes, los malvados que iban por el camino del mal, escucharon la predicación del Bautista, y recapacitaron. Ellos os llevan ahora la delantera: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, —es decir, a pesar de ver el milagro de la conversión de estos que iban por el camino de la perdición— vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis —no creísteis a Juan—». Hasta aquí llega lo que hemos escuchado del Evangelio. Ya sabéis que estos mismos a los que Jesús estaba advirtiendo colmaron la medida de su maldad y lo llevaron a la cruz. 

Muchos, o algunos, que iban por el camino de la perdición, con la predicación del Bautista se convirtieron y acogieron al que anunciaba Juan: a Jesús. Muchos, o algunos, se convirtieron ante las palabras y los milagros de Jesús. Muchos, o algunos, se convirtieron ante la muerte y la resurrección de Jesús. Y otros, que parecían buenos hijos, desoyeron la predicación de Juan, despreciaron la enseñanza y los milagros de Jesús, despreciaron su cruz, rechazaron el anuncio de su resurrección. Ante Jesús se cumple lo que el anciano Simeón había profetizado de él cuando entró en ese mismo templo donde ahora habla en los brazos de María cuarenta días después de nacer: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción […] para que se pongan de manifiesto los corazones de muchos» (Lc 2, 34-35).

Ahora hemos de volver la mirada sobre nosotros. Hay dos cosas importantes: Lo importante es, en primer lugar, no cómo comencemos, sino cómo terminemos: si ya hacemos el bien, perseverando en él más y más; si vivimos mal, convirtiéndonos. El que vive bien ha de vigilar para no enorgullecerse y terminar cayendo. El que vive mal no ha de perder la esperanza porque Cristo espera y llama, solo ha de volver a él. Lo importante es el final. Ya dice el Eclesiástico: «Antes de la muerte no alabes a nadie, porque solo en su final se conoce a la persona». (Si 11,28). Lo importante es cómo terminemos la carrera de la vida. Hemos de vigilar hasta el fin, sabiendo que podemos caer, y hemos convertirnos cada día, con confianza en la misericordia de Dios, hasta el fin.

Y en segundo lugar, lo importante de esta carrera no está en las buenas palabras, en los buenos sentimientos, en la buena apariencia, sino en la obediencia real a Dios. Él nos ha salido al paso en Cristo y marca el camino para que lo sigamos, para que vayamos con él, para que, al final, nuestro corazón sea el suyo; y en nosotros Dios vea la imagen de su Hijo, la imagen de Jesucristo, el verdadero hijo, obediente, que viene a este mundo para hacer la voluntad de su Padre y que nos llama a seguirlo. Hasta aquí nos trae san Pablo con la segunda lectura. Habla de Cristo y dice de él que, siendo Dios, se despojó de sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose hombre. Y ya hombre, se humilló más aún, obedeciendo hasta la muerte, la muerte terrible y vergonzosa de la cruz. Aquí se revela la verdad de su corazón de Hijo: en una obediencia perfecta hasta el final, y no de palabra o con buenos sentimientos, sino de verdad, aunque sus sentimientos iban en contra y en el huerto había dicho «si es posible, que pase de mí este cáliz». Pero dejó de lado sus sentimientos e hizo suya la voluntad de su Padre para obedecerlo hasta el final. Y termina el himno: «Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre». En su final se conoce a la persona: su corazón filial y también su gloria.

Nosotros hemos de seguir a Cristo, perseverando en su camino o convirtiéndonos a él, da igual, pero hasta el final, hasta que nuestro corazón sea el suyo, corazón de hijo obediente. Las palabras que san Pablo dirigía a la comunidad de Filipos para llamarles a la humildad, al amor mutuo y la fidelidad a Cristo, son las que Dios nos dirige a nosotros: «Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús: el cual, siendo Dios…».

Conversión, perseverancia, obediencia real a Dios, comunión de corazón y de vida con Cristo. Ese es nuestro camino.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado 

P. Enrique Santayana C.O.

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Homilía del 27 de septiembre de 2026 (XVI TO-A) Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares. Madrid

Autor;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha28-09-2026
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las tres estrellas del escudo de San Felipe Neri en amarillo con fono verde