Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Dom. XXVII A
4-X-2026

«Lo sacaron fuera de la viña y lo mataron» (Mt 21,39)

 Dios amante es el tema de la canción que Isaías pone en nuestros oídos: «Voy a cantar el amor de mi amigo por su viña». Se trata de un amor despreciado. «Una viña tenía mi amigo en un fértil collado. La entrecavó, quitó las piedras… Esperó que diese uvas, y ahí tenéis: agrazones». La viña es Israel, y Dios quien la cuida mostrando un amor solícito por ella. Esperó uvas, el fruto de la alegría, el fruto del amor… solo cosechó «agrazones», las uvas amargas del desprecio y el olvido, de la frialdad y la traición al amor de Dios. En este triste canto de amor traicionado se resume la Historia de Dios con Israel. 

Jesús toma el canto del profeta y lo propone de nuevo, el mismo canto sobre el amor traicionado, pero con un dramatismo inusitado, porque el desprecio lleva a dar muerte al que ofrece su amor. En su desprecio de Dios, Israel ha asesinado a los profetas que le han sido enviados para reclamarle el fruto debido. Y está listo para despreciar el último don de amor que Dios podía dar, último porque no le quedaba más: su propio corazón, que es su Hijo. Está dispuesto a llevarlo a la muerte más cruel. Así Jesús profetiza su propia muerte: «Les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron».

Cristo no habría tomado el canto de Isaías, ni el Evangelio inspirado por el Espíritu Santo nos lo transmitiría, si no hablase también a la Iglesia y si nosotros, de forma personal, no estuviésemos implicados de alguna manera en este canto sobre el desprecio de Dios. El Hijo ya ha ofrecido el sacrificio de su amor: lo que nosotros tenemos delante desde el principio es la ofrenda de Cristo amante que se vacía en la cruz. «Él nos amó primero». Cada domingo en el altar, el lugar del sacrificio, Cristo amante se nos ofrece. Cada generación de cristianos está ante Cristo vivo y su sacrificio eterno en la Eucaristía. Y en cada generación, santos reconocidos y santos no reconocidos dan el fruto que el Hijo busca. Pero también en cada generación de cristianos revive el desprecio de Israel: «el amor no es amado», que gritaba san Francisco por las calles. Es la apostasía que mata a Dios en el alma: «esperaba que diese uvas, pero dio agrazones». 

Vivimos una apostasía generalizada: al Dios que nos ha amado hasta entregarnos a su Hijo, al Hijo vivo que ofrece su sacrificio eterno por nosotros, lo hemos sacado fuera de nuestra vida, lo hemos rechazado. Como nación lo hemos rechazado: ya no somos una nación cristiana, ahora somos aconfesionales, sin fe, sin Dios, sin Cristo, y promulgamos leyes contra la ley de Dios: el divorcio, el aborto, la eutanasia… y permitimos todo tipo de injusticia y de crueldad. Ahora Cristo ya solo es un adorno: procesiones con valor turístico promueven las autoridades locales con nuestra complacencia, y nosotros mismos convertimos las catedrales en museos. Hemos convertido a Cristo en un adorno: «lo sacaron fuera de la viña y lo mataron».

Y no solo como nación, también personalmente. ¿Qué hacemos con el don de Dios, su Hijo amante que se nos ofrece en sacrificio en el altar? Nosotros, los cristianos de hoy, hablamos de su amor como si con él pudiéramos hacer lo que nos diera la gana: adulterar, robar, mentir, abortar, olvidarnos de nuestros mayores y dejarlos medio abandonados, decidir no tener hijos, dejarnos llevar por toda clase de impulsos sexuales, no rezar, no arrepentirnos de nuestros pecados, vivir cada día como si Dios no existiese, como si Cristo no hubiese muerto por nosotros. Y luego, venir a Misa el domingo que nos parezca bien y acercarnos a comulgar como si no pasara nada. ¿No es esto despreciar el valor enorme de la sangre que Cristo vertió por nosotros? ¿No es esto manosear a Cristo? ¿No es como decir que su amor no vale nada?: «lo sacaron fuera de la viña y lo mataron». Nos hemos convertido en gran medida en hijos apóstatas.

 

El canto de Isaías contenía una sentencia condenatoria: «os hago saber lo que haré con mi viña: quitar su valla y que sirva de leña, derruir su tapia y que sea pisoteada». E Israel, primero el reino del norte, luego el reino del sur, fue invadido y destruido. El canto que Cristo retoma profetizando su muerte, también contiene una sentencia condenatoria, cuando pregunta a los judíos a los que se dirige: «Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Y ellos mismos responden: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». Los mismos que lo llevarán a la muerte, pronunciaron su sentencia de antemano y lo que ocurrió fue que, después de la muerte de Cristo, los enemigos de Israel lo arrasaron y destruyeron su Templo, y hasta hoy Israel vive sin su Templo. 

Pero, ¿es que Dios castiga? Sí, Dios castiga para corregir. Lo dice el Nuevo Testamento: Dios reprende y castiga a sus hijos para corregirlos (Cf. Hb 12,7). ¿Creéis que apostatar como nación no tiene consecuencias? Mirad nuestra nación: parece romperse en trozos y es invadida. ¿Creéis que arrinconar a Dios en nuestra vida familiar y personal, menospreciando su amor y su ley, tratándolo como una cosa vana, no tiene consecuencias? Las consecuencias están a la vista en la inquietud, en la ansiedad, que domina cada vez más nuestras vidas, siempre insatisfechos, siempre buscando novedades.

«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo», concluyen los mismos que van a llevar a Cristo fuera de la ciudad para crucificarlo. Cristo, por su lado, concluye: «se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos». En cada generación Cristo arrebata la bendición de su amor a quien lo desprecia y se lo da a los pecadores que buscan contritos el perdón, a los humildes que se dejan guiar por la ley de Dios, a los que ansían su palabra y su rostro, a los sencillos que se estremecen ante la cruz y quieren amar a quien los ha amado, a los santos, conocidos o desconocidos de cada generación. Con las palabras de la Virgen María: «El Señor dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y aleja de sí, vacíos, a los ricos».

Que al mirarnos, el Señor reconozca en nosotros no hijos soberbios y apóstatas, sino hijos humildes, que miran la cruz como un tesoro y no quieren sino responder a su amor.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

 P. Enrique Santayana C.O.

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Homilía del domingo 4 de octubre de 2026, XXVII TO, ciclo A. En el Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares 

Autor;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha04-10-2026
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las tres estrellas del escudo de San Felipe Neri en amarillo con fono verde