Queridos hermanos, vayamos al Evangelio, paso a paso. Para entenderlo mejor quiero referir lo que precede a las palabras que hemos escuchado hoy. Jesús está en el Templo de Jerusalén, rodeado de gente, de los suyos y de otros. Alza los ojos, mira alrededor y, más allá de las apariencias, ve algo que nadie ve. Dice san Lucas: «Alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo: «En verdad os digo que esa pobre viuda ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
Aquí enlazamos ya con lo que hemos escuchado hoy. Jesús sigue atento, escucha a unos hablar sobre la grandeza y la belleza del Templo, toma pie de lo que dicen y nos enseña a mirar más allá de la apariencia, a mirar algo que, en realidad, solo él sabe: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». El Templo era un edificio suntuoso y bellísimo. Era una construcción realmente imponente. Pero Jesús, que había alabado la grandeza de la insignificante viuda a la que nadie prestaba atención, mira la grandeza del templo y ve la realidad que se oculta a todos: no quedará piedra sobre piedra. Realmente fue así, los judíos se levantaron en armas contra Roma, y Roma aplastó Jerusalén a sangre y fuego. Unos años después de la muerte de Cristo, en el año setenta, Jerusalén fue arrasada por las tropas de Vespasiano y Tito. Los que escuchaban, judíos que amaban su país y el Templo, profundamente contrariados le preguntan: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?». Pero Jesús no satisface esta pregunta. No quiere pararse en el fin de Jerusalén, quiere ir aún más allá, cuando al final de la vida de cada uno de nosotros, y también al final de la historia del mundo, todo se tambalee: el orden de nuestra vida, lo que creemos seguro, aquello en lo que ponemos el corazón y los afectos. Todo caerá cruelmente. Ese momento de crisis en el que el diablo se acerca para prometernos una falsa salvación. Y advierte sobre ese momento: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida». Es necesario para que se cumpla el plan salvífico de Dios que todo llegue a su fin y dé paso a la nueva creación. Ha de terminar nuestra vida en la tierra, para dar inicio a nuestra vida en Dios. La existencia de este mundo creado ha de llegar a su fin para que podamos ver el cielo nuevo y la tierra nueva que Cristo ha inaugurado. Él dice en el Apocalipsis: «Todo lo hago nuevo»; y para alcanzar esa nueva creación, la vieja ha de concluir.
Ahora bien, en este mundo afectado por el pecado, en el que el diablo lucha por arrancarnos de las manos bondadosas del Creador, el fin está marcado por la violencia, la injusticia. Después de hacerse hombre, ¿ha llegado Cristo tranquilamente hasta la gloria de la Trinidad? No, sino que ha sufrido violencia. No alcanza la resurrección sin antes padecer injusticia y violencia. Así, también la creación y nosotros, para alcanzar la vida nueva, sufrimos enfermedades, injusticias, abandonos, decepciones de amigos, decepciones de hijos… y finalmente, la muerte. Y Jesús, que va por delante de nosotros, da dos indicaciones: no hagáis caso de los que usen el nombre de Cristo para prometeros una salvación fácil, y no os dejéis llevar por el pánico, porque, aunque el diablo piense destruir la obra del Creador, al final, se cumple el plan salvífico de Dios, el único que tiene en sus manos la creación y la historia del hombre.
Añade Jesús ahora otra noticia: No solo el final de la vida personal de cada uno y el final del mundo están marcados por la guerra. El diablo, rabioso, envidioso del destino para el que Dios nos ha creado, envidioso del destino que Cristo nos ha ganado con su sangre, nos hace la guerra siempre. Y nosotros no solo no tenemos que dejarnos llevar por el pánico, sino que debemos aprovechar para dar testimonio de aquel en quien confiamos, porque nos ha amado. Así enseña Jesús: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio».
Añade Jesús advirtiendo de algo que nos cuesta asumir. Esta lucha en la que estamos metidos contra un enemigo más poderoso que nosotros, ¿la venceremos con nuestra propia inteligencia? No, nuestro enemigo es más listo que nosotros. ¿Con nuestra propia voluntad? No, nuestro enemigo sabe esperar el momento de debilidad, de cansancio, de tristeza, para tentarnos. Esto es lo que nos cuesta asumir: que nuestra fuerza y nuestra victoria vienen de Cristo: «Meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro». La advertencia tiene una segunda parte, que también nos cuesta asumir: que en muchas ocasiones aquellos a los que amamos se ponen de parte del mal, consciente o inconscientemente, y se convierten en instrumentos con los que el diablo intenta arrancarnos de las manos de Dios: «Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre».
La verdad es que todo esto parece terrible. ¡Lo es! ¡Como es terrible la cruz de Jesús! Pero lo que el diablo no sabe es que, en el dolor que provoca su crueldad, el corazón del Justo se perfecciona amando: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». En medio de ese dolor llega a su realización más perfecta el amor del Dios hecho hombre y el amor de los que se unen a él, de los santos. Por eso advertía ya el Espíritu Santo en el Antiguo Testamento: «Hijo, si te acercas al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties […]. Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido. […] Sé paciente en la adversidad […], porque el oro se perfecciona en el fuego y los elegidos, en la fragua de la humillación» (Si 2,1-5). Dios da forma al corazón de los santos en medio de las pruebas, corporales y espirituales, interiores y exteriores. Así se prepara en nuestro pecho el fuego de los santos, así se da forma en nosotros a aquel amor cuya belleza brillará por toda la eternidad. De ahí las palabras finales que hemos escuchado: «Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».
Ante la amenaza de fuerzas que nos superan, ante la injusticia y el dolor… parece que lo perdemos todo, como parecía que se perdía la vida, las palabras, la belleza del hombre de Nazaret cuando los golpes deformaban su cuerpo, cuando las acusaciones caían sobre él y su alma se llenaba de la oscuridad del pecado de todos los hombres. Lo expresa el salmo: «mis días se desvanecen como humo, mis huesos queman como brasas; mi corazón está agostado como hierba, […] se me pega la piel a los huesos. […] Mis enemigos me insultan sin descanso; furiosos contra mí, me maldicen. […] me voy secando como la hierba». Parecía que todo se perdía. Pero no, el Padre guardaba todo, y él oraba desde el fondo del alma: «mis enemigos […] acechan mi vida. Dicen: “Dios lo ha abandonado; perseguidlo, agarradlo, que nadie lo defiende”. Dios mío, no te quedes lejos, ven aprisa a socorrerme. […] Dios mío, ¿quién como tú? Me hiciste pasar por peligros, muchos y graves: de nuevo me darás la vida, me harás subir de lo hondo de la tierra; acrecerás mi dignidad, de nuevo me consolarás. Y yo te daré gracias, Dios mío, con el arpa, por tu lealtad; tocaré para ti la cítara, Santo de Israel; te aclamarán mis labios, Señor; mi alma, que tú rescataste».
Con esta certeza se enfrentó Jesús a la cruz y esta certeza quiere meter y plantar en nuestro corazón: que Dios nos rescatará, sin que nada se pierda. Nos rescatará con todo lo bueno, todo lo noble, con todo el bien que hayamos obrado, con todo el bien escondido en nuestra alma, oculto a los ojos del mundo, pero manifiesto a sus ojos: «Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá; con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas»
Muerte de nuestra hija y vida nueva en Dios Los esposos Jorge Megías y Purificación Roca nos dan su testimonio sobre la muerte de su hija y cómo vivieron su duelo en Dios.
«Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,14)
Jesús, con una parábola, nos habla del modo de hacer oración, y, en último término, del modo de situarnos vitalmente ante Dios. El inicio del relato evangélico nos muestra por qué Jesús nos habla de este asunto: «Dijo esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás». El Señor observa, seguramente en el Templo de Jerusalén, cómo se comportan algunos despreciando a otros; se percata también de su actitud ante Dios: seguros de sí mismos; y ve el corazón y allí la causa de todo: se creen justos.
Tenemos que explicar qué es la justicia según la Biblia, y qué es eso de «considerarse justos». La justicia es dar a Dios lo que se le debe a Dios y al hombre lo que se le debe al hombre. ¿Qué se le debe a Dios? El Antiguo Testamento lo resume así: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (Dt 6,4). ¿Qué se le debe al prójimo?: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18). Pero, qué difícil resulta entender bien esto ¡en la práctica! Con respecto a Dios. Cuando pensamos en el amor de Dios hacia nosotros, imaginamos que él tiene la obligación de servirnos en las mil circunstancias de la vida; pero cuando pensamos en el amor que le debemos nosotros a Dios, nos imaginamos que casi por el mero hecho de respirar ya hemos cumplido. Pero solo son ¡imaginaciones! ¡Imaginamos que amamos a Dios! Solo eso. Casi nadie —y esto es un hecho— se confiesa de no amar a Dios como él merece ser amado, no solo con un pensamiento fugaz a lo largo del día, sino con las obras diarias, con una vida ordenada a él. ¿Amas tú a Dios con todo el corazón, con toda el alma…? ¿Qué dirías? Dime en qué se traduce ese amor. Si miras al Crucificado, verás en qué se traduce su amor por ti; dime en qué se traduce tu amor por él. Con respecto al amor al prójimo. Cristo llevó a su perfección este mandamiento en dos sentidos: primero, haciendo a cada hombre, lejano a él por sus pecados, “su prójimo”, su cercano, el que le importa; segundo, amándolo con una medida extrema, la de la entrega hasta la muerte. Ahora, dime cuántos entran dentro de tu lista de “prójimos” y verás lo pequeña que es esa lista. Y dime también en qué se traduce ese amor, y verás que tu amor no llega muy lejos. Pero no solemos hacer este examen, nos dejamos llevar por la imaginación y terminamos creyendo que amamos a Dios y al prójimo, nos creemos justos. Y así, nos acercamos a Dios con la cabeza alta, interiormente, y miramos a muchos por encima del hombro. Os digo que, si nos reconocemos entre estos a los que Jesús corrige, habremos dado un paso muy importante.
Vayamos a la parábola que Jesús propone para corregir este engaño tan habitual y tan pernicioso de creernos justos. Estamos en el Templo de Jerusalén, en el atrio de los judíos, la parte donde solo podían entrar los varones israelitas, y allí aparece un fariseo, para la época, prototipo de judío cumplidor de la ley. Seguramente camina hacia adelante, «como si el Templo le perteneciera», hasta un lugar preminente, y empieza a rezar, de pie, lo común entre los judíos, pero el evangelio dice “erguido”, esto es, insinuando una actitud arrogante[1]. Y hemos escuchado: «oraba en su interior»[2]. La verdad es que esta traducción nos despista. El original griego dice: «oraba junto a sí». ¿Qué significa esto? No que orase interiormente, sino que hablaba consigo mismo, «oraba para sí»: sin darse cuenta, dirigía su oración a sí mismo, no a Dios. Y por eso, el contenido de su oración es una alabanza de sí mismo, y un desprecio hacia los otros. El que se cree justo, al final sustituye a Dios por su enorme yo. Pero cuando hace esto, entonces, está solo. Aunque no lo sepa, el fariseo es un ateo, un hombre sin Dios y sin nadie, uno que ha matado a Dios en su corazón, a Dios y al prójimo. Está él solo. Jesús dirá que este hombre no salió del templo «justificado». ¡Atención! ¡Atención a lo que nos puede llevar el creernos justos! El maldito orgullo nos cierra las puertas de la gracia y puede cerrarnos las puertas del cielo. Puede dejarnos sin Dios.
Sin embargo, ahora aparece ante nosotros algo consolador. Ha entrado también en el Templo un publicano, el prototipo de pecador, alejado de Dios y de la comunidad judía, por ladrón y por traidor. Al entrar en el atrio de los judíos, se ha quedado atrás, como quien atraviesa sin invitación y sin permiso el umbral de una casa que no es la suya. No se atreve siquiera a levantar sus ojos. Es un gran pecador, pero nos aventaja a todos, quizás, en una cosa: sabe que no es digno de Dios, que no es digno de estar en su presencia, que no es justo, que ni ama a Dios, ni ama a su prójimo. Lo sabe, y se avergüenza. Algunos lo saben y se enorgullecen. Pero no es este el caso, este lo sabe y se avergüenza. Y hace algo más: mientras se golpea el pecho confesándose culpable, suplica, que es un acto de audacia, un momento en el que, saliendo de sí mismo, se fija en Dios y pide perdón, pide auxilio: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Mirad que en unas pocas frases Jesús ha descrito un movimiento del alma que tiene varios pasos: primero, el reconocimiento del pecado; después la vergüenza y el dolor; después la audacia de mirar más allá de la propia miseria, de mirar a Dios, de confiar en su misericordia y de suplicar. Todos esos pasos son necesarios. Algunos reconocen sus pecados para enorgullecerse de ellos, algo realmente diabólico. Otros llegan a avergonzarse y a dolerse, pero se resignan, se dejan llevar por su miseria y parece que su vida se va por el desagüe, en una especie de triste apatía. Hace falta el paso decisivo: mirar más allá de uno mismo, mirar a Dios y suplicarle a él. «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador». Este, dice Jesús, salió de allí justificado.
Así, el que se creía justo, por su soberbia, se convierte en un hombre sin Dios, en un ateo. Y el que estaba alejado de Dios por sus muchos pecados, por su humildad, es socorrido, justificado, reconciliado, se convierten en amigo de Dios. La humildad nos abre las puertas de la gracia, las puertas del cielo, nos da a Dios como tú del alma. «La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que no alcanza su destino», decía la primera lectura, y es así, la oración del humilde rompe el cerco del pecado y alcanza a Dios, llega a su corazón, y Dios derrama su gracia sobre él: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». En la cruz Cristo le ha prestado su voz al humilde y ha hecho suya su súplica. Con Cristo el humilde es escuchado y exaltado. Con Cristo el humilde tendrá a Dios como su gloria y con Cristo dirá: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti me levanto» (Sal 63,2). El soberbio se tiene a sí mismo, el humilde tendrá a Dios.
Santa Teresita de Lisieux pensando en este pasaje decía algo que podemos hacer nuestro. Decía: «Yo sé hacia dónde quiero correr… No me lanzo hacia el primer puesto, sino hacia el último. En lugar de ir adelante con el fariseo, repito llena de confianza la súplica humilde del publicano»: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] La verdad es que el matiz moral, de arrogancia que señala la traducción litúrgica («erguido») no está en el texto griego, al menos de forma clara. Lo mantengo, porque así lo hacen muchos intérpretes tradicionales y es coherente con el sentido del texto. [2] Aquí hay un matiz en el que no puedo entrar: lo extraño que era para un judío una oración que no fuese vocal, que no fuese recitada con los labios. Quizá ahí se expresa ya lo que señalo a continuación, siguiendo a otros, sobre el “junto a sí”, (πρὸςἑαυτὸν)
«Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18,8)
La Escritura nos presenta hoy la oración en el centro de una lucha por la vida: Israel es atacado y Josué sale a la batalla mientras Moisés sube al monte y eleva los brazos hacia Dios, suplicando la victoria, suplicando la vida. Mientras Moisés ora así, vence Josué. La oración perseverante es dura, es también penitencia, y Moisés tiene que ser auxiliado para mantener los brazos en alto, para mantener la oración. Solo así el Pueblo de Dios alcanza la victoria sobre el enemigo que quiere aniquilarlo. La oración es una cuestión de vida o muerte. Y en la lucha decisiva de la vida es el único medio del que no podemos prescindir.
Estamos acostumbrados a lo contrario: confiamos en lo que podemos hacer con medios humanos y, consumidos esos medios, entonces rezamos un poco. La escena de Josué combatiendo a Amalec, con Moisés en el monte, con sus manos extendidas hacia Dios, ayudado por Aarón y Jur, nos dice lo contrario: el medio necesario para la victoria es la oración, de ella depende la supervivencia del Pueblo: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra». No nos salvará nuestra fuerza, ni nuestro valor, ni nuestra inteligencia: «Yo no confío en mi arco, ni mi espada me da la victoria» (Sal 44,7). Tampoco de las fuerzas de este mundo nos vendrá la salvación: ni del poder político, ni del poder económico, ni de la ciencia: «No os salvará Asiria» (Os 14,3); «¡Ay de los que buscan auxilio en Egipto!» (Is 31,1). La salvación solo nos viene del cielo: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra». Y la oración, y la penitencia que la hace persistente, es el instrumento para invocar el auxilio del cielo.
Es necesario, ahora, que entendamos cuál es la guerra en la que estamos metidos nosotros y para la cual la oración es el medio necesario. Vamos al Evangelio. Jesús venía hablando del tiempo en el que él volvería como juez, un tiempo caracterizado por la apostasía generalizada, esto es, por el rechazo de los hombres (Cf.: Lc 17,25). Así como la mayoría de Israel reprobó a Cristo en su primera venida, así habrá un gran rechazo de Cristo antes de su vuelta como juez. Y la lucha para la cual es necesaria la oración consiste en mantener la fe. En medio de un mundo que nos dice que Cristo ya no cuenta, que la salvación hemos de buscarla nosotros en esta tierra y que no existe más que esta vida, en medio de un mundo dominado por el mal y la injusticia, por la avaricia, por el amor al dinero, por el egoísmo y el crimen, por la lujuria desbordada… En medio de un mundo que detesta la verdad y persigue de mil formas al que busca a Dios y quiere seguir su ley, la lucha definitiva es mantener la fe: la certeza de que Dios existe y lo ha creado todo, que se nos ha revelado en su Hijo hecho hombre como un Dios trino, un Dios que es amor, y que nos ama, personalmente, hasta el extremo de la cruz, que me ha abierto el camino de la vida eterna, la vida con él. Mantener la fe es mantener esta certeza sobre Dios y acogerlo a él, su oferta de salvación, su amor, su persona, y entregarme yo a él y caminar por el camino de sus mandatos, ponerme en sus manos, y decir: «Padre nuestro…». Pues bien, «en los últimos tiempos [cuya llegada desconocemos, pero que se anticipa siempre en el presente de la Iglesia] será tan grande la iniquidad de los hombres y tan generalizada la apostasía, que cualquier medio humano será absolutamente ineficaz; solo quedará el gran remedio de la oración» (Dolindo Ruotolo).
En medio de esa lucha, él vendrá como juez justo a socorrer a los que claman a él día y noche. Tomará a los suyos y dejará al resto. Unos y otros vivimos juntos, trabajamos juntos, vamos juntos por la calle: «Estarán dos juntos: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán» (Lc 17,34-35). Es el juicio del juez justo[1]. «El fiel (el que mantiene la fe) será tomado, el infiel, será dejado»[2] (San Ambrosio).
Solo la oración constante es capaz de mantener la fe. Y por eso Jesús, «para enseñarles que era necesario orar siempre, sin desfallecer, les dijo una parábola». La parábola pone frente a frente a una viuda y a un juez inicuo. La viuda en la Biblia, junto con el huérfano, es el ser más desvalido del pueblo, depende de la bondad de los otros. En la parábola, la viuda, indefensa, sufre la injusticia, y clama al juez, pero es un juez inicuo, «ni temía a Dios, ni le importaban los hombres». La viuda no tiene ninguna posibilidad, pero insiste, sin cansarse, es inoportuna, hasta que logra que el juez la atienda. Y Jesús saca la conclusión de la parábola: Si el juez injusto termina haciendo justicia a la viuda, «¿no hará justicia Dios a sus elegidos que claman a él día y noche? ¿Acaso Les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar». ¿Pero nos daremos cuenta nosotros de que nos encontramos en medio de una guerra y de que el mundo quiere arrancarnos la fe y separarnos de Dios? ¿No vemos al mundo avanzar posiciones en nuestra propia familia y dentro de nosotros mismos? ¿No nos daremos cuenta de que en esta guerra estamos en una situación de debilidad, cada cristiano personalmente y la Iglesia en su conjunto? ¿Seguiremos creyendo que nos ayudará tal o cual partido político? ¿Seguiremos creyendo que saldremos adelante con las armas de este mundo? La salvación no nos viene de nuestra astucia en la lucha política; ni de ocupar las cátedras de las universidades y poder exponer nuestra visión del mundo, del hombre y de Dios. No recibiremos la salvación por copar los medios de comunicación, aunque sea con la sana intención de hacer llegar a muchos el mensaje evangélico… Los cristianos laicos tendrán que luchar en todos esos lugares, como Josué en el llano, pero el único medio del que no podemos prescindir es la oración: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra».
Estamos en una guerra por la fe, y en una situación de debilidad grande. Sin embargo, tenemos un arma poderosa: la oración. Cuando un hombre eleva los ojos al crucifijo y suplica, hace un acto de fe y mantiene viva su fe. Cuando un hombre se arrodilla ante el Santísimo y gime por el dolor que le supera o que no entiende, hace un acto de fe y mantiene viva su fe. Cuando un hombre, en medio del pecado generalizado, que también le llega a él y muerde su alma, eleva sus ojos al cielo y clama misericordia, hace un acto de fe y mantiene viva la fe. Cuando un hombre ve peligrar la unidad de su matrimonio y reza el Rosario, implorando el auxilio de la Madre de Dios, hace un acto de fe y mantiene la fe en medio de su desconsuelo. Cuando un hombre deja sus ocupaciones cotidianas y se pone ante el Santísimo para adorar, hace un acto de fe y mantiene viva la fe. Este es el punto fundamental. El Señor vendrá y hará justicia a los suyos, les dará la salvación que esperan; pero, ¿estaré yo entre esos que claman a él día y noche? «¿Encontrará fe en la tierra?». La oración es una cuestión de vida o muerte, porque en la lucha decisiva de la vida, la lucha por mantener la fe, la oración es el único medio del que no podemos prescindir.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] Esa separación aparece también, expresada de otra forma, en el anuncio del juicio final de san Mateo, donde el Juez justo separa a los hombres como se separa las ovejas de las cabras (Cf.: Mt 25,32-33)
[2] SAN AMBROSIO, Exposición del Evangelio según san Lucas, VIII, 52. Cf.: «La comunidad de vida no iguala los méritos de los hombres» (Ibid.: VIII, 47)