PARVUS FACTUS, PARVUS QUAEREBAT
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- Escrito por: P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Navidad
MISA MATUTINA
DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR – 2025
Ven cara a cara al Señor
(Is 52,8)
Dios se ha hecho hombre y ha nacido como hombre. Esta es la gran notica del día, ninguna otra. Añadamos algo: Se ha hecho hombre, buscando al hombre, ¡buscándonos! El hombre al que Dios ha venido a buscar es un ser creado para Dios, para la belleza de su amor, pero un ser que muchas veces se arrastra por la tierra y se conforma con amores pobres y decepcionantes; hecho para la libertad y el amor, se ve esclavo del pecado y condenado al olvido, a la soledad y la muerte. Nosotros somos este hombre y Dios nos busca y, buscándonos, se ha hecho hombre. San Agustín lo resume en una frase: «Se ha hecho pequeño, buscando a los pequeños». Nos creemos grandes, y nos engañamos. Darnos cuenta de nuestra real pequeñez es el principio que nos permite entender y gozar de Dios nacido hombre, niño en brazos de María.
Isaías habla de Judá y de Jerusalén en una situación de total debilidad e indefensión. Los judíos llevan setenta años en el exilio de Babilonia y la ciudad de Jerusalén ha quedado abandonada durante estos setenta años. Setenta años atrás, Jerusalén había sido asaltada por las tropas de Nabucodonosor, su población había sido masacrada y los supervivientes, en gran parte, habían sido llevados cautivos a Babilonia. Después de setenta años, la ciudad era una ruina: las murallas, el templo de Salomón…, todo tomado por las zarzas y los animales. Las calles vacías, las plazas tristes y las casas deshabitadas. Los judíos que quedaban solo podían esconderse cuando llegaban los samaritanos para rebuscar entre lo ya saqueado mil veces. Desde las ruinas vigilaban el horizonte no para defenderse, sino para esconderse. Este estado de debilidad extrema es nuestro estado de hombres.
Ahora, por la cumbre de los montes aparece alguien y los centinelas se ponen en guardia: quizá sea una nueva razia de los samaritanos. Pero no, es un mensajero y llega con una Buena Noticia: Ciro, rey de Persia, ha declarado la libertad de los judíos supervivientes del exilio en Babilonia. Ciro ha ordenado que los judíos vuelvan a Jerusalén y reconstruyan la ciudad y el templo. Y con su poder real impone su ley. Este es el significado de la palabra Evangelio: un mandato, que se realiza por la autoridad y el poder de quien lo promulga y así es buena noticia. Isaías ve a este mensajero que aparece sobre el monte y habla a los judíos humillados por setenta años, y en ellos a nosotros: ¡Álzate! ¡Levántate de tu postración! ¡Sacúdete el polvo! ¡Arráncate las cuerdas que te ataban por el cuello! ¡Prepárate para la fiesta! ¡Siéntate como una reina! Habíais sido vendidos como esclavos, ahora sois redimidos. Fuisteis esclavizados por los egipcios, luego oprimidos por los asirios, y vuestros opresores aullaban como lobos, pero ahora he venido yo. Aquí estoy. El «aquí estoy» es la voz del mensajero que ven los vigías, y el mensajero es Dios que viene a nuestras ruinas. En el silencio de la Nochebuena, la voz de Dios que dice «Aquí estoy» (Is 52,6) es el llanto del Niño que nace.
Viene Dios, como primavera que llega a la cumbre (Cf.: LXX) de los montes después de un largo invierno. Trae la paz de Dios: el perdón de los pecados y la reconciliación: «La paz os dejo, mi paz os doy», dirá cuando haya cumplido su misión de Redentor. Viene a hacer justicia del hombre vapuleado por el pecado. Su justicia divina se revelará en la cruz con un perdón sin límites. Y después de hacer justicia al hombre oprimido por el pecado, con su resurrección impondrá un nuevo orden y una nueva ley, el Reino de Dios: «Tu Dios reina». Nadie puede abrogar ni destruir este reino. ¡Qué hermosos sus pies!, dice Isaías, ¡qué hermosos los pies del mensajero! que trae la paz después de tanta guerra, de tanto pecado.
Entonces los centinelas cantan: «Tus vigías gritan, cantan… porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sion». Estos vigías son los profetas, que miraban de lejos los días del cumplimiento de todas las promesas; son los pastores convocados por los ángeles; son los apóstoles que dicen: «lo que hemos visto, lo hemos oído, eso os anunciamos»; y somos cada uno de los cristianos, que vemos cara a cara a Dios, que ha venido a nosotros. Le vemos cara a cara: Jesús, aquel en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad.
E Isaías se dirige a Jerusalén en ruinas, a la Iglesia siempre afectada por el pecado de sus hijos, a nosotros desolados por dentro por nuestros propios pecados, como estaba desolada Jerusalén, y dice: «Romped a cantar, ruinas de Jerusalén». Este es vuestro Dios. Viene a consolaros, viene a redimiros. Os consolará con un amor sin límites, os rescatará con su sangre preciosa. ¿Cómo no vamos a cantar este amor? ¿Cómo no vamos a cantar los cristianos, como san Ambrosio, o san Bernardo, o santa Teresa, a este Jesús que trae la verdadera alegría al corazón? «Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén». Los santos y los fieles cristianos siempre han cantado en este día. «Nada se canta con más suavidad, / nada se escucha con más agrado, / nada se piensa con más dulzura / que Jesús, el hijo de Dios», palabras de un famoso canto atribuido a san Bernardo.
En el último versículo, dice el profeta: «A la vista de todos, el Señor ha descubierto su brazo». El brazo expresa la fuerza de Dios cuando obra. Y Dios ha obrado nuestra salvación con su brazo desnudo, a la vista de todos, cuando su Hijo ha subido a la cruz. Allí, en alto, desnudo, a la vista de todos. Ha nacido desnudo, como un hombre de verdad, desprovisto de toda riqueza y de todo poder humano, débil, pequeño. Y de la misma forma vencerá en la cruz, para los débiles, para los pequeños, para los pecadores. Y porque esta redención es para todos, una redención universal, termina Isaías: «Y verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios». Y los cristianos llevamos esta salvación a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. Llevamos a Cristo vivo, «en vasijas de barro», que somos nosotros, para todos.
Por un instante, miremos a Jesús: es Dios, que se ha hecho hombre y ha nacido como hombre. Dios, eterno e infinito, más grande que el universo, que excede con mucho nuestra imaginación y nuestra razón, y se ha hecho pequeño buscando a los pequeños. ¿Y quién busca? Busca el que ama. Y ese amor nos ayuda a entender quién es Dios: es alguien que se define por el amor. Esa es la afirmación de la Trinidad: Dios es amor, Dios es Trinidad. No un ser solitario y huraño, sino una comunión amorosa de tres Personas. Un Padre que engendra eternamente por amor y unge con amor al Hijo. Un Hijo engendrado que lo recibe todo del Padre y ama al Padre. Y un vínculo amoroso entre el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo, con el que el Padre unge al Hijo y con el que el Hijo complace al Padre. Así, por el amor que Dios manifiesta al buscarnos, podemos llegar a entender que Dios mismo se define por el amor y es comunión, amor cumplido, Trinidad.
Sigamos un poco más con Jesús. De la Trinidad, Él es el Hijo. Y siendo el Amado del Padre, al hacerse hombre, se hace la Palabra con la que Dios nos ama. Nosotros, cuando amamos, expresamos nuestro amor por la palabra y por ella comunicamos nuestro corazón al amigo, al hijo, al esposo. Así Dios. Dios expresa su ser, su amor y se da a sí mismo por su Palabra, su Verbo, su Hijo. Y como dice el evangelista: «La Palabra, el Verbo, se ha hecho carne, y ha puesto su morada entre nosotros». Jesús, uno de la Trinidad, el Hijo eterno hecho hombre, es el Verbo de Dios, la Palabra con la que Dios nos ama, en la que Dios se nos da. Verlo a él es ver a Dios. A Dios le vemos cara a cara en la humanidad de Jesús y a partir de su nacimiento veremos hasta dónde llega el amor de Dios por nosotros y hasta dónde nos lleva ese amor, si nos dejamos tomar por él. Lo veremos paso a paso cada domingo en la liturgia.
Alegrémonos hoy, con solo verlo en brazos de María, débil y pequeño, Jesús, el Hijo de Dios, que se ha hecho pequeño buscando a los pequeños.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía en la Natividad del Señor, del 2025, en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
ENMANUEL
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- Escrito por: P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo IV
IV Domingo Adviento A
21-XII-2025
«La virgen está encinta y da a luz un hijo… Enmanuel»
(Is 7,14)
La lectura de Isaías es muy conocida, la escuchamos muchas veces en la liturgia. El rey Ajaz se estremece ante los ejércitos de Samaría y de Siria que se dirigen hacia Jerusalén, y la ciudad se estremece de miedo, «como se estremecen los árboles del bosque por el viento», dice la Escritura. En la persona del profeta Isaías, sacerdote importante de Jerusalén, Dios sale al paso del rey y le pide confianza. Y para que su alma pueda fiarse y dejar paso a la calma, le dice: pídeme un signo, que yo te lo daré; un signo «en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo». ¡Un gran signo! a la altura de la situación de vida o muerte en la que se encuentra la nación. La respuesta de Ajaz no puede ser más necia: «No lo pido, no quiero tentar a Dios». ¡Pero si es Dios quien por el profeta te está diciendo que se lo pidas! ¿Qué hay en el fondo? El convencimiento de que Dios no está, y de que tiene que enfrentarse solo ante el peligro. El rey cree estar solo. Y con ese triste convencimiento, su corazón no solo se ha llenado de miedo, sino que se ha empequeñecido. Ya no desea cosas grandes: ser un pueblo libre, el pueblo de Dios. Ahora, se conforma con sobrevivir y, desoyendo a Isaías, buscará auxilio en Asiria, la gran potencia del momento. Y Asiria le ayudará, pero ¡no gratis! Judá se convirtió en su vasallo.
Vengamos a nosotros, porque nuestro corazón, como el de Ajaz, se ha empequeñecido. Cuando Dios nos trae a la existencia, nos acompaña la llamada de su amor, que no pasa y no muere. Nos trae a la existencia para una vida grande, su vida. Pero enseguida creemos que Dios está lejos y nosotros solos. Y solos elegimos profesión, solos elegimos esposo o esposa, solos nos enfrentamos a los retos de la vida, solos ante la enfermedad o la muerte. ¡Solos! Y ocurre que se empequeñece nuestro corazón: olvidamos la llamada de Dios a ser señores del mundo, libres para un amor perfecto, y nos entregamos a cualquier pequeño consuelo: a alguien que me mire, al amor siempre pobre de un hombre, al amor siempre pobre de una mujer, a un sueldo… Hablo ahora solo de cosas buenas, pero a las que nos entregamos olvidando nuestra grandeza: que somos hijos de Dios y hemos venido a este mundo para alcanzar la vida de Dios. Solo aspiramos a cosas de este mundo, ¡no queremos tentar a Dios!, como el rey Ajaz. Como si fuese soberbia aspirar a la vida divina. ¡Pero si Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de alcanzarle a él! ¡Pero si es Dios quien ha dejado en nuestro corazón su voz que clama: «Busca mi rostro»!
La falta de confianza de Ajaz ofende a Dios, pero no se da por vencido: «¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios?», le dice el profeta al rey. Y sigue: «el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel». Un signo que conmueve el universo y sus leyes: una virgen que espera un hijo y un hijo que es Dios. Si nosotros nos olvidamos de Dios y así de nuestra grandeza, Dios viene a nuestra pequeñez, a un seno virginal y se hace Dios con nosotros. ¿Cumplirá Dios una promesa así? La respuesta la tenemos en la Navidad que nos disponemos a celebrar.
El evangelio de hoy nos ayuda a acercarnos a este cumplimiento de la promesa de Dios, de la mano de José. María se encontraba desposada con José. Ya eran esposos, aunque no habían comenzado la convivencia conyugal. San Mateo dice que José era un hombre justo, fiel a la ley divina, porque la ley expresa la voluntad de Dios. Por eso cuando José viene a saber que María, cuando no había comenzado la convivencia conyugal, espera un hijo, decide actuar conforme a la ley divina y repudiar a María, rechazarla como esposa. Sin embargo, la atención a la ley divina no es para José una simple atención a una ley escrita, es una atención a Dios, un estar dispuesto para Dios. Al escuchar la ley, José escucha a Dios, dialoga con él, por eso le va a ser fácil el paso siguiente. San Ambrosio dice que en José además de la justicia, se da la amabilidad, la piedad humana. Justicia porque no se plantea otra cosa que no sea hacer la voluntad de Dios; amabilidad, piedad humana, porque busca la forma menos gravosa para María: repudiarla en secreto. Esa forma elevada de justicia y esa piedad, le preparan para el paso siguiente: «se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». Conviene detenernos y aprender con José a mirar a Jesús: viene del Espíritu Santo, es decir, del Espíritu de Dios, que es vínculo de amor y, por eso también, Espíritu creador todopoderoso. Jesús es el don del amor libre y soberano de Dios. Es en este momento donde se va a mostrar la verdadera justicia de José: siempre dispuesto para Dios: en la obediencia a su ley y en la obediencia a su palabra directamente recibida. En cuanto recibe este mensaje del ángel, se levanta dispuesto a acoger a María bajo su protección de esposo. Así dice el Evangelio: «Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer». El texto griego subraya la prontitud de José, indicando que la acción de acoger a María fue inmediata, como si aún no hubiese terminado de abrir los ojos y ya estuviese buscando a María. José entra así, con su justicia, con su bondad y con su obediencia en el plan de Dios y contribuye con lo que le toca en el plan de la salvación universal.
Antes de la aparición en sueños del ángel, José se tumbó turbado, pero a diferencia de Ajaz, no rechaza el mensaje divino que le viene al encuentro en su angustia. José no esperaba un milagro así, fue sorprendido por Dios, con el gran signo anunciado siglos atrás por Isaías: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Dios se hace hombre para ser Dios con nosotros. Este es el gran signo que conmueve el orden del universo. Ese signo se levanta ante nosotros para sacarnos de nuestro olvido de Dios, del olvido de nuestra grandeza, para ensanchar nuestro corazón. Es posible que, olvidados de Dios y de nuestra grandeza, creyéndonos solos, nos hayamos conformado con una vida pequeña, peor aún, que nos hayamos conformado con nuestros pecados que nos llevan a la muerte, pero Dios no se ha olvidado de nosotros y viene a buscarnos en nuestra vida pobre, en medio de nuestras angustias y miserias. Se hace Dios con nosotros, para tomarnos con él. De repente nuestra vida gris se llena de luz. Una luz que vencerá el pecado y la muerte y estallará en la resurrección.
Dios nos llama a dos cosas: a la vida grande que habíamos olvidado, la vida divina, el amor trinitario, la habíamos olvidado, pero él nos la trae; y a colaborar, como José, cada uno con su misión particular, en el plan de la salvación eterna.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Venerable José Rivera - Vida y doctrina II
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- Escrito por: Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Venerable José Rivera - Vida y doctrina II
Mons. Demetrio Fernández González, Obispo emérito de Córdoba
| Ejercicio de los Sábados | |
Segunda charla de Mons. Demetrio Fernández sobre la vida y doctrina del venerable don José Rivera.
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Primer día: Venerable José Rivera - Vida y doctrina I
Santo Tomás Moro
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- Escrito por: Rubén Núñez
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Santo Tomás Moro
Padre Julio González
| Ejercicio de los Sábados | |
El padre Julio González nos presenta la vida de Santo Tomás Moro.
INMACULADA 2025
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- Escrito por: P. ENRIQUE SANTAYANA LOZANO C.O.
- Categoría: Festivos y solemnidades
8-XII-2025
«He aquí la esclava del Señor» (Lc 1,38)
Empecemos por san Pablo, que ayuda a entender el significado de la inmaculada concepción de María en el marco del plan con el que Dios inició la creación del mundo y del hombre. Desde los textos más antiguos, la Biblia afirma que el centro de la obra divina es el hombre. Él creó un mundo inmenso para el hombre. Contra todas las corrientes pesimistas, antiguas y modernas, que ven en el hombre algo oscuro, vil y despreciable, la Biblia entiende que hay algo grande, bello y bueno en él, algo por lo que Dios lo ha hecho centro de la creación. ¡Tanta belleza, tanta grandeza, tanto orden en sus leyes naturales, que la ciencia no para de descubrir! ¡Y todo para el hombre! «¿Qué es el hombre para que te fijes en él?», dice el salmo ocho. Hay un misterio de grandeza en nosotros, que la Escritura cifró en la expresión «imagen de Dios», y que solo se desvela con la encarnación, la muerte y la resurrección del Jesucristo. Cristo nos muestra el verdadero destino de Adán. San Pablo es el primer autor cristiano que reflexiona sobre este destino, el para qué de la creación del hombre. En la segunda lectura de hoy lo resume en tres ideas.
Primero, la SANTIDAD: El hombre ha sido creado para la santidad. Hasta entonces era vista en la Biblia como un atributo exclusivamente divino. Sin embargo, mirando a Cristo como verdadero Adán, san Pablo dice: «Dios nos eligiópara que fuésemos santos e intachables». Segundo, la FILIACIÓN DIVINA: Somos criaturas, no somos Dios, pero hemos sido creados para recibir su naturaleza, llegar a ser hijos de Dios y participar de las relaciones únicas de la Trinidad. La filiación divina no es un desarrollo natural de nuestro ser, sino un don sobrenatural, un don que viene de lo alto y nos eleva en el ser. Dios, ha dicho san Pablo: «nos ha destinado […] a ser sus hijos», un don sobrenatural que Dios nos ha concedido «en el Amado», en Cristo. Y tercero, la GLORIA DIVINA: Dios nos ha creado para que alcancemos una belleza y un bien tan grande que él pueda complacerse en nosotros. San Pablo lo dice así: «para que seamos alabanza de su gloria». Un siglo después, san Ireneo desarrolló esta idea: «La gloria de Dios es el hombre viviente; y la vida del hombre es ver a Dios»[1].
Pensamos que nuestro ser es despreciable y que nuestro futuro es gris, que no valemos nada. ¡Qué gran mentira del diablo que nos entristece y debilita nuestro ánimo! ¡Nosotros hemos sido creados para Dios! ¡Nuestro destino es Dios! Este es el plan de Dios. Pero hay algo importantísimo en este plan de Dios que no he mencionado. Es un plan amoroso, que se realiza en el amor. Pero ¿qué requiere el amor para ir adelante? Requiere reciprocidad: el amor necesita ser acogido y respondido. Solo así va adelante. Y eso, a su vez, requiere libertad. Dios creó al hombre libre para hacerlo capaz de amor, capaz de él (Homo capax Dei), libre para poder recibir su amor y libre para responder a él, pero entonces también capaz de decir «no». Y aquí llegamos al drama del pecado. Dios asumió el riesgo del pecado, y la Escritura nos dice que ya el primer hombre dio su no a Dios: el pecado original. El relato que hemos escuchado del Génesis se centra en las consecuencias inmediatas de ese pecado y en la reacción de Dios ante el pecado del hombre. La primera consecuencia del pecado es un oscurecimiento tal de la razón que el hombre se esconde de su único bien. El hombre se ve desnudo, despreciable, y se esconde de su único bien, se esconde de quien le ama. La razón del hombre se ofusca tanto que llega a considerar a Dios un adversario de su libertad, un enemigo de su felicidad, un castigador de su miseria: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí». El pecado original implica un oscurecimiento de la razón, que deja al hombre a merced del error; y un debilitamiento de la voluntad, que deja al hombre a merced del mal. Conclusión: nuestra libertad ha venido a menos.
Vamos a la reacción de Dios. No se puede entender sin aludir al diablo. Dios entiende que el pecado del hombre no nace de una maldad intrínseca del hombre, sino de un engaño. Adán, recién creado, es aún un ser infantil, inmaduro aún, y ha sido engañado por el diablo. Por tanto, Dios sentencia no al hombre sino al diablo, y promete que la misma raza humana, la mujer, María, y su descendencia, su hijo, Jesús, destruirá la obra diabólica: «Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón». El oscurecimiento de la razón, por el cual el hombre se esconde de su bien lo deshará Cristo, en la cruz: ella es el grito con el que Dios proclama su amor definitivo por el hombre y atrae al hombre hacia sí: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí», dirá Cristo. Y el mismo amor que se derrama desde la cruz, que por la resurrección es presente a todo hombre, es la fuerza que llega a nuestro corazón debilitado y lo fortalece. Mirando la cruz se deshace el engaño del diablo; bebiendo su amor en los sacramentos se fortalece el alma; y así volvemos a ser libres para amar y ser amados, para alcanzar el destino glorioso para el que Dios nos creó.
Pero para llegar a este punto de Cristo en la Cruz, Dios quiere contar con el sí de María, un sí pleno y libre, un sí no condicionado por el pecado, no condicionado por la debilidad de la voluntad y el oscurecimiento de la razón, que con el pecado original llega a todos los hombres. Por eso la preservó del pecado original, desde el instante de su concepción. María es la concebida sin que el pecado original y sus consecuencias, la toquen. La proclamación solemne del dogma de la Inmaculada Concepción de María dice así: «La bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha del pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano». La misma gracia que desde la cruz deshace para nosotros la obra del pecado, es la que Dios aplicó a María en su concepción, no para deshacer en ella la obra del pecado, sino para que el pecado no la tocase en absoluto.
En realidad, el ángel, cuando saluda a María, está diciendo ya, no solo que ella no tiene mancha alguna de pecado, sino que tiene todas las gracias divinas: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Y aquí llegamos al punto clave para contemplar y alegrarnos de este misterio de la Inmaculada Concepción de María. Ella es preservada del pecado y enriquecida con todas las gracias para decir sí y traer al mundo a Dios hecho hombre. Su concepción inmaculada le hace plenamente libre y dueña de sí. Con esa libertad plena se entrega al amor de Dios: «He aquí la esclava del Señor»; y con esa libertad plena dice sí a Dios: «Hágase en mí, según tu palabra», en un sí que abarca todo su ser y toda su vida, incluyendo la cruz de su Hijo. Ese sí por ser libre es meritorio y capaz de traer al mundo al que no cabe en el mundo, de hacer hombre al que creó al hombre. La libertad de la Inmaculada, don de Dios, y su sí, mérito de ella, nos dan al Salvador.
María Inmaculada, danos siempre a tu Hijo, danos siempre a nuestro Salvador.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del 8 de diciembre de 2025 en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
[1] SAN IRENEO DE LYON, Adversus Haereses IV,20.7
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