III Domingo de Adviento. C
15-XII-2024
«En medio de ti» (Sof 3,17)
Queridos hermanos,
Hemos llegado al tercer domingo de Adviento, llamado en latín «gaudete», que significa «alegraos». Esta llamada a la alegría se expresa en dos signos de la liturgia: color penitencial, el morado, se aligera con el rosa; y en la corona de adviento se enciende una vela distinta, más festiva que las otras. Todo converge en este imperativo: «alegraos», tomado de san Pablo, tal como lo hemos escuchado en la segunda lectura: «Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito […] El Señor está cerca». Está claro cuál es el contenido de esta alegría: la cercanía del Señor, cercanía de la Navidad. Nuestra alegría no nace de cerrar los ojos al dolor, de olvidar la enfermedad o el pecado. Mucha gente, quizá alguno de vosotros, no podría, aunque quisiera, olvidar estas cosas y alegrarse, sin más. El contenido de nuestra alegría es la cercanía de Dios: «Alegraos en el Señor», que no depende de los vientos de la fortuna y las cambiantes circunstancias de la vida, ni siquiera de nuestros estados de ánimo. El Señor está cerca y sean como sean las circunstancias de nuestra vida, nos trae la alegría, Cristo es la alegría de nuestro corazón. Esta es la idea clave.
Las lecturas nos ayudan a dos cosas: primero, a sopesar esta realidad que nos trae la alegría, a tomar en nuestras manos, por decirlo de alguna forma, esta realidad, la sustancia de la alegría, el Señor que está cerca; en segundo lugar, nos ayudan también a enderezar nuestra vida hacia este acontecimiento. ¡Las dos cosas! Porque nuestra alegría tiene un objeto que no depende de nosotros, que se nos da: el Señor que viene. Pero no solo viene, también llama a cada uno, para que los ojos del alma se abran a él, para que nuestro corazón se levante, para que nuestra vida se entone con este venir de Dios.
El profeta Sofonías, un poco anterior al gran Jeremías, tiene dos grandes líneas de predicación: por un lado, fustiga a aquellos que se han olvidado de Dios para poner su confianza en los ídolos, los de siempre, el poder, las riquezas, el placer, y así se han olvidado también de la ley, del amor debido a Dios y al prójimo. Por otro lado, Sofonías se dirige a los «pobres de Dios», a los que, a pesar de los sufrimientos de la vida y de las propias miserias, siguen esperando en Dios. Son los mismos a los que Jesús dirigirá las bienaventuranzas: «Dichosos los pobres de espíritu; porque de ellos es el Reino de los cielos». Nos convendría a nosotros identificarnos y contarnos entre los «pobres de Dios». Lo haremos, si tomamos las desgracias que nos afligen para volvernos al Señor y decir: «Señor, espero en ti». Nos contaremos entre los pobres de Dios, si afligidos por la pobreza de nuestras virtudes y por la abundancia de nuestras miserias morales, nos volvemos a Dios y decimos con el alma: «Señor, espero en ti».
A los «pobres de Dios» se dirigen las palabras que hoy hemos escuchado de Sofonías. Les exhorta a la alegría, porque el Señor viene. La misma idea que en san Pablo. Y, aunque el profeta habla mucho antes de que el Señor se haga hombre y nazca como hombre, lo da por hecho y contempla al Señor ya presente en medio de sus pobres: «Alégrate, hija de Sión. Grita de gozo, Israel. Regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén […] El Señor está en medio de ti». Por eso, no temas mal alguno y él te salvará de todos tus males. En lengua hebrea, la expresión «en medio de ti» recuerda al vientre donde se gesta al niño que está por nacer. Por eso, la Tradición de la Iglesia vio aquí un anuncio de María Virgen que lleva en su seno al Señor, un eco de las palabras del Ángel a María: «Alégrate […], el Señor está contigo». El Señor viene no como algo externo, sino como aquel Dios que se hace nuestro, que viene a vivir con nosotros, a compartir nuestra vida, a adentrarse en nuestro corazón, el Dios de nuestras entrañas.
Pero hay otra afirmación muy hermosa en las palabras de Sofonías: que el Señor mismo se alegra: «El Señor, tu Dios […] se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo, como en día de fiesta». Dios no viene a la fuerza, viene y se alegra de adentrarse en nuestra alma. Se alegra cuando llega a todos los que se hacen pequeños y débiles, y ponen su confianza en él. ¿Qué motivo puede haber para que el Señor se alegre de estar con nosotros? Solo un amor inexplicable. Se alegra, porque nos ama y eso mismo es lo que nos renueva. Es su amor el que nos levanta de la postración de nuestras miserias, el que renueva nuestro ser y nos da la alegría.
Ante esto, nosotros podemos preguntar —como preguntaban los judíos que se acercaban a escuchar al Bautista—: «¿Qué hemos de hacer?». El Señor está cerca y nuestro espíritu ya se alegra por ello. Ahora, ¿qué hemos de hacer nosotros? La respuesta es sencilla: ejercitarnos en la caridad de la que somos capaces. ¡Caridad! Quizá no la caridad en grado máximo, sino solo aquella de la que somos capaces y que a veces solo será justicia, algo que no llega a ser caridad y está por debajo de ella.
Mirad las cosas concretas que les dice el Bautista a los que están allí escuchando: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; el que tenga comida, haga lo mismo». Esto es ejercer la caridad. Recordemos las obras de misericordia, corporales y espirituales. Nos cuenta san Lucas que habían ido también allí unos recaudadores de impuestos, los publicanos. ¿Qué les dice? «No exijáis más de lo establecido». Esto es mera justicia, ¡menos que la caridad! Y algo parecido a un grupo de soldados: «No os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». De nuevo, simple justicia. El ejercicio pobre de la caridad, —insisto en esto de pobre, porque muchas veces no somos capaces de una caridad desbordante—, que a veces no llega siquiera a ser caridad y se queda en mera justicia, eso, por pequeño que sea, abre las puertas de nuestra alma al que es la verdadera caridad, al que es verdadero amor, un fuego de amor, a Dios, que cuando viene es capaz de encender, purificar, transformar, abrasar, renovar nuestro ser entero.
Así se entiende lo que añade el Bautista: «Él, [el Señor, que está cerca] os bautizará con Espíritu Santo y fuego». Literalmente: «Él os sumergirá en el amor abrasador», porque bautizar significa sumergir, y porque el Espíritu Santo y el fuego de Dios es la misma cosa: el amor eterno de Dios, que cuando llega al hombre, que libremente le abre el corazón, lo abrasa, no para matarlo, sino para encenderlo y renovarlo.
Alegraos en el Señor, que está cerca, que viene a nosotros, a lo más íntimo, con el fuego de su amor en la Eucaristía, para encendernos y renovarnos. Y mientras este fuego nos renueva, ejercitémonos en la justicia y en la caridad, en las obras de misericordia, las que son posibles para cada uno.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado