Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

MISA MATUTINA
DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR – 2025

Ven cara a cara al Señor
(Is 52,8)

 
Dios se ha hecho hombre y ha nacido como hombre. Esta es la gran notica del día, ninguna otra. Añadamos algo: Se ha hecho hombre, buscando al hombre, ¡buscándonos! El hombre al que Dios ha venido a buscar es un ser creado para Dios, para la belleza de su amor, pero un ser que muchas veces se arrastra por la tierra y se conforma con amores pobres y decepcionantes; hecho para la libertad y el amor, se ve esclavo del pecado y condenado al olvido, a la soledad y la muerte. Nosotros somos este hombre y Dios nos busca y, buscándonos, se ha hecho hombre. San Agustín lo resume en una frase: «Se ha hecho pequeño, buscando a los pequeños». Nos creemos grandes, y nos engañamos. Darnos cuenta de nuestra real pequeñez es el principio que nos permite entender y gozar de Dios nacido hombre, niño en brazos de María.
 
Isaías habla de Judá y de Jerusalén en una situación de total debilidad e indefensión. Los judíos llevan setenta años en el exilio de Babilonia y la ciudad de Jerusalén ha quedado abandonada durante estos setenta años. Setenta años atrás, Jerusalén había sido asaltada por las tropas de Nabucodonosor, su población había sido masacrada y los supervivientes, en gran parte, habían sido llevados cautivos a Babilonia. Después de setenta años, la ciudad era una ruina: las murallas, el templo de Salomón…, todo tomado por las zarzas y los animales. Las calles vacías, las plazas tristes y las casas deshabitadas. Los judíos que quedaban solo podían esconderse cuando llegaban los samaritanos para rebuscar entre lo ya saqueado mil veces. Desde las ruinas vigilaban el horizonte no para defenderse, sino para esconderse. Este estado de debilidad extrema es nuestro estado de hombres.
Ahora, por la cumbre de los montes aparece alguien y los centinelas se ponen en guardia: quizá sea una nueva razia de los samaritanos. Pero no, es un mensajero y llega con una Buena Noticia: Ciro, rey de Persia, ha declarado la libertad de los judíos supervivientes del exilio en Babilonia. Ciro ha ordenado que los judíos vuelvan a Jerusalén y reconstruyan la ciudad y el templo. Y con su poder real impone su ley. Este es el significado de la palabra Evangelio: un mandato, que se realiza por la autoridad y el poder de quien lo promulga y así es buena noticia. Isaías ve a este mensajero que aparece sobre el monte y habla a los judíos humillados por setenta años, y en ellos a nosotros: ¡Álzate! ¡Levántate de tu postración! ¡Sacúdete el polvo! ¡Arráncate las cuerdas que te ataban por el cuello! ¡Prepárate para la fiesta! ¡Siéntate como una reina! Habíais sido vendidos como esclavos, ahora sois redimidos. Fuisteis esclavizados por los egipcios, luego oprimidos por los asirios, y vuestros opresores aullaban como lobos, pero ahora he venido yo. Aquí estoy. El «aquí estoy» es la voz del mensajero que ven los vigías, y el mensajero es Dios que viene a nuestras ruinas. En el silencio de la Nochebuena, la voz de Dios que dice «Aquí estoy» (Is 52,6) es el llanto del Niño que nace.
Viene Dios, como primavera que llega a la cumbre (Cf.: LXX) de los montes después de un largo invierno. Trae la paz de Dios: el perdón de los pecados y la reconciliación: «La paz os dejo, mi paz os doy», dirá cuando haya cumplido su misión de Redentor. Viene a hacer justicia del hombre vapuleado por el pecado. Su justicia divina se revelará en la cruz con un perdón sin límites. Y después de hacer justicia al hombre oprimido por el pecado, con su resurrección impondrá un nuevo orden y una nueva ley, el Reino de Dios: «Tu Dios reina». Nadie puede abrogar ni destruir este reino. ¡Qué hermosos sus pies!, dice Isaías, ¡qué hermosos los pies del mensajero! que trae la paz después de tanta guerra, de tanto pecado.
Entonces los centinelas cantan: «Tus vigías gritan, cantan… porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sion». Estos vigías son los profetas, que miraban de lejos los días del cumplimiento de todas las promesas; son los pastores convocados por los ángeles; son los apóstoles que dicen: «lo que hemos visto, lo hemos oído, eso os anunciamos»; y somos cada uno de los cristianos, que vemos cara a cara a Dios, que ha venido a nosotros. Le vemos cara a cara: Jesús, aquel en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad.
E Isaías se dirige a Jerusalén en ruinas, a la Iglesia siempre afectada por el pecado de sus hijos, a nosotros desolados por dentro por nuestros propios pecados, como estaba desolada Jerusalén, y dice: «Romped a cantar, ruinas de Jerusalén». Este es vuestro Dios. Viene a consolaros, viene a redimiros. Os consolará con un amor sin límites, os rescatará con su sangre preciosa. ¿Cómo no vamos a cantar este amor? ¿Cómo no vamos a cantar los cristianos, como san Ambrosio, o san Bernardo, o santa Teresa, a este Jesús que trae la verdadera alegría al corazón? «Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén». Los santos y los fieles cristianos siempre han cantado en este día. «Nada se canta con más suavidad, / nada se escucha con más agrado, / nada se piensa con más dulzura / que Jesús, el hijo de Dios», palabras de un famoso canto atribuido a san Bernardo.
En el último versículo, dice el profeta: «A la vista de todos, el Señor ha descubierto su brazo». El brazo expresa la fuerza de Dios cuando obra. Y Dios ha obrado nuestra salvación con su brazo desnudo, a la vista de todos, cuando su Hijo ha subido a la cruz. Allí, en alto, desnudo, a la vista de todos. Ha nacido desnudo, como un hombre de verdad, desprovisto de toda riqueza y de todo poder humano, débil, pequeño. Y de la misma forma vencerá en la cruz, para los débiles, para los pequeños, para los pecadores. Y porque esta redención es para todos, una redención universal, termina Isaías: «Y verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios». Y los cristianos llevamos esta salvación a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. Llevamos a Cristo vivo, «en vasijas de barro», que somos nosotros, para todos.
 
Por un instante, miremos a Jesús: es Dios, que se ha hecho hombre y ha nacido como hombre. Dios, eterno e infinito, más grande que el universo, que excede con mucho nuestra imaginación y nuestra razón, y se ha hecho pequeño buscando a los pequeños. ¿Y quién busca? Busca el que ama. Y ese amor nos ayuda a entender quién es Dios: es alguien que se define por el amor. Esa es la afirmación de la Trinidad: Dios es amor, Dios es Trinidad. No un ser solitario y huraño, sino una comunión amorosa de tres Personas. Un Padre que engendra eternamente por amor y unge con amor al Hijo. Un Hijo engendrado que lo recibe todo del Padre y ama al Padre. Y un vínculo amoroso entre el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo, con el que el Padre unge al Hijo y con el que el Hijo complace al Padre. Así, por el amor que Dios manifiesta al buscarnos, podemos llegar a entender que Dios mismo se define por el amor y es comunión, amor cumplido, Trinidad.
Sigamos un poco más con Jesús. De la Trinidad, Él es el Hijo. Y siendo el Amado del Padre, al hacerse hombre, se hace la Palabra con la que Dios nos ama. Nosotros, cuando amamos, expresamos nuestro amor por la palabra y por ella comunicamos nuestro corazón al amigo, al hijo, al esposo. Así Dios. Dios expresa su ser, su amor y se da a sí mismo por su Palabra, su Verbo, su Hijo. Y como dice el evangelista: «La Palabra, el Verbo, se ha hecho carne, y ha puesto su morada entre nosotros». Jesús, uno de la Trinidad, el Hijo eterno hecho hombre, es el Verbo de Dios, la Palabra con la que Dios nos ama, en la que Dios se nos da. Verlo a él es ver a Dios. A Dios le vemos cara a cara en la humanidad de Jesús y a partir de su nacimiento veremos hasta dónde llega el amor de Dios por nosotros y hasta dónde nos lleva ese amor, si nos dejamos tomar por él. Lo veremos paso a paso cada domingo en la liturgia.
Alegrémonos hoy, con solo verlo en brazos de María, débil y pequeño, Jesús, el Hijo de Dios, que se ha hecho pequeño buscando a los pequeños.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía en la Natividad del Señor, del 2025, en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Autor-1685;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1685Jueves, 25 Diciembre 2025 21:15
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Descargar-1685 112
 
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