Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

V Dom Cuaresma A
22-III-2026

«El que tú amas está enfermo» (Jn 11,3) 

Jesús se dirige a la muerte. Esta es la tremenda verdad que se muestra en el texto de la resurrección de Lázaro. Jesús va a la muerte. Cuando, después de haber recibido la noticia de la enfermedad de Lázaro, dice a los suyos: «Vamos a Judea», es como si dijese: «Vamos a mi muerte». Porque en Judea, la provincia donde estaba la capital, Jerusalén, las autoridades ya buscaban cómo acabar con él. Todo el mundo lo sabía y los discípulos tenían miedo: «Señor, hace poco querían apedrearte». Intentaban disuadirlo: «Señor, si duerme, se salvará»; como diciendo: «No parece tan grave; no será necesario que vayas». ¡Qué fácilmente esperamos que otros hagan pequeños o grandes sacrificios por nosotros, pensando que nuestro caso lo merece! ¡Y qué fácilmente excusamos nuestro sacrificio, en lo poco o en lo mucho!: «¡Seguro que no es tan necesario!». En Jesús vemos lo que no vemos en nosotros: su disposición y su decisión de ir al sacrificio por aquel a quien ama.
Entonces, cuando Jesús dice con claridad que Lázaro ha muerto y muestra su decisión de ir, Tomás, con un tono de ironía y de queja, dice: «Vayamos también nosotros y muramos con él». A pesar de esta ironía quejumbrosa, hay que decir que Tomás va. Con miedo, con queja… como sea, pero va. ¿Qué haremos nosotros? Es mucho mejor ir con miedo y a regañadientes que mirar a Tomás con un poco de desprecio desde nuestra cómoda posición y no dar un paso adelante con Cristo. O ¿es que creemos que esto es solo una historia del pasado a la que podemos asomarnos sin que nos afecte? No, tiene que ver con nosotros. Jesús va a la muerte, y los suyos, de todos los tiempos, con más o menos miedo, con más o menos generosidad, van con él, ¡como Tomás!
Pero miremos a Jesús. Sabe lo que va a hacer, sabe que va a realizar el más grande de sus milagros, y sabe que justamente por ese milagro, las autoridades judías, que ya querían matarlo, se reunirán y decidirán solemnemente acabar con él. Si siguiésemos leyendo el Evangelio es lo que encontraríamos después de la narración de la resurrección de Lázaro. Por tanto, esta es la gran verdad: Jesús se encamina a la muerte.
 
El segundo dato es que Jesús se dirige a la muerte para sacar de la muerte a su amigo. Lázaro era un amigo personal de Jesús. En el cenáculo, antes de salir hacia el Huerto de los Olivos, Jesús llamaría amigos a los Apóstoles. Y sabemos que, entre todos ellos, Juan era el discípulo amado. Fuera del grupo de los Doce los evangelistas solo nos hablan de un amigo de Jesús, Lázaro, hermano de Marta y María. Al menos en tres ocasiones el Evangelio sitúa a Jesús en la casa de Lázaro. Era su amigo. Cuando enferma, sus hermanas mandan este recado: «Señor, el que tú amas está enfermo». Poco después vuelve a decir el evangelista: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Y enseguida leemos de nuevo que Jesús dice: «Lázaro, nuestro amigo». Al llegar a Betania, el diálogo que tiene Jesús con las hermanas supone un trato familiar, el trato de los amigos. Y algunos de los presentes, al ver llorar a Jesús, dijeron: «¡Cómo lo quería!». El amor de Cristo por cada uno nadie puede sondearlo, pero todos sabían que Jesús era amigo de aquel hombre. Este es el dato: Cristo amaba a Lázaro como a un amigo del alma y se dirige a la muerte para sacar de ella a su amigo.
Fijémonos en otro dato que nos da san Juan. Dice que cuando vio a María llorando a sus pies, y que los que la acompañaban también lloraban, él «se conmovió en su espíritu, se estremeció». Juan pone de manifiesto lo íntimo de Cristo, lo que habitualmente nadie puede ver. En lo íntimo, se conmueve y se estremece. Y pocas líneas más adelante vuelve a repetir la misma idea: «Jesús, conmovido de nuevo en su interior». Cristo es sensible al dolor y a la oscuridad de los que le rodean. Hace suyo su dolor y su turbación, hasta sufrirlo él mismo. Pero hay que entender esto bien: Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y eso nos podría llevar a pensar que sufre en su sensibilidad humana. Es así, sufre en su sensibilidad humana, en su corazón humano, pero ¿quién sufre? Sufre él, no una parte de él, sino él, sufre su persona: el Hijo eterno de Dios que se ha hecho hombre, el Verbo. Dios hecho hombre es quien sufre con el hombre. Dice San John H. Newman: «Igual que las miserias de los hombres le arrastraron a bajar [del cielo] a este mundo [para redimirlo], así las lágrimas de los hombres le tocaron de forma inmediata. Tenía el oído abierto, y el sonido del llanto alcanzó enseguida su corazón». Así pues, Cristo hace suyo el dolor de los que allí se duelen, hace suya la zozobra, los porqués, la oscuridad, la falta de esperanza y la falta de fe… ¡todo! Cristo nunca pecó, pero ha venido a hacer suyo todo lo nuestro y también nuestro pecado. Cristo hace suyo lo nuestro: «se conmovió en su espíritu, se estremeció». Dos veces dice san Juan que Cristo se conmueve en lo más profundo de su ser. Y entre esas dos veces, también llora. Cuando lo llevaron ante la tumba de su amigo, «se echó a llorar».
¿Por qué llora? ¿No sabía lo que iba a hacer enseguida? Sí, lo sabía. «Sabía que, aunque todo parecía triste y sin salida, a pesar de las lágrimas y los lamentos de sus amigos, a pesar del cadáver de ya cuatro días, a pesar de la tumba y de la losa que la cerraba, él tenía un poder que vencía a la muerte y estaba a punto de emplearlo». «¡Lázaro, sal fuera!»¡Y salió el muerto de cuatro días! Sabía lo que iba a hacer, y sabe que, por ese milagro, los jefes de los judíos se van a determinar a acabar con él; y en su inteligencia y en su sensibilidad, anticipa su angustia en los Olivos, su angustia en la cruz, su propia muerte, su sepultura. Todo eso se anticipa en sus lágrimas. «Él bajaba a la tumba que Lázaro abandonaba». Nosotros lloramos por los amigos que mueren, pero no podemos morir en su lugar. Cristo llora y saca del sepulcro entrando en él. El próximo domingo escucharemos cómo padece y muere en la cruz y es puesto en el sepulcro. Y el signo de la resurrección de Lázaro y las lágrimas de Cristo nos hacen entender, que él va a la cruz por aquel a quien ama, por Lázaro, y uno a uno, por cada hombre, por cada uno en particular, por cada uno como por el amigo amado que lo acogía en su casa.
En Ezequiel hemos escuchado: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros». Habla de nosotros, viene a sacarnos de nuestros sepulcros, de nuestras miserias, de nuestros pecados, de las tristes consecuencias de nuestros pecados que lastran nuestra vida en la tierra, de la terrible condena que merecen nuestros pecados, de la muerte eterna. Él baja a la tumba que nosotros abandonamos.
¿Crees esto? A Marta, la hermana, cuando sale fuera a buscarlo, le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Toda nuestra vida depende de la fe en Cristo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Marta dice que cree, pero su alma se resiste, su hermano lleva cuatro días en la fosa, ya está en descomposición y cuando Jesús ordena quitar la losa, ella objeta: «Señor, ya huele mal. Lleva cuatro días». Así nos vemos a nosotros mismos, así vemos a los demás: muertos y en proceso de descomposición. Pero Jesús insiste en pedir nuestra fe: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
El que es la vida viene a nuestro sepulcro para sacarnos de él. Nos busca el que nos ama, porque «en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero».
¡Búscanos, Señor! ¡No dejes de buscarnos, una y otra vez! ¡Búscanos y sácanos del sepulcro! ¡No dejes de amarnos para que también nosotros te amemos y te busquemos! ¡Para que también nosotros queramos estar contigo! Aunque sea como Tomás, entre quejas y miedos, que también nosotros te amemos y te busquemos y compartamos tu cruz.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del V Domingo de Cuaresma, ciclo A
22 de marzo de 2026
Oratorio de San Felipe Neri.
Alcalá de Henares. Madrid
Autor-1698;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1698Lunes, 23 Marzo 2026 19:23
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