Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

«Felipe, el apóstol de la libertad» El musical.

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VIERNES SANTO
3 de abril de 2026

Las aguas no podrán apagar el amor,
ni anegarlo los ríos. (Ct 8,7)
 

No sé si es posible escuchar la Pasión sin experimentar un profundo dolor, una profunda gratitud, y un profundo amor, y fe, y esperanza. Todas esas cosas juntas. Un profundo dolor porque no es posible no padecer con Cristo que padece, que padece porque yo he pecado. Una profunda gratitud, porque ¿cómo no experimentar agradecimiento a quien nos ama hasta estos extremos? Un profundo amor humano, porque «el amor saca amor». Pero el amor de Cristo tiene algo propio, que no tiene ningún otro: muere sin morir, llega hasta la entrega de la muerte, pero no muere; y así, como un amor vivo, llega a nosotros y pone en nosotros una corriente de amor que tiende a él. Este amor que Cristo hace brotar en nosotros es nuestro, pero es más suyo que nuestro; es humano, pero no es meramente humano, porque su fuente y su fin es su amor eterno. Este es el principio de las virtudes teologales, que, inseparables, vienen siempre de la mano: la fe, la esperanza y la caridad. Las tres nacen en nosotros cuando reciben este amor que muere sin morir, que hiere nuestra alma y nos hace desearlo a él, buscarlo a él y esperar en él. La cruz es un seísmo cuando llega al alma: la llena de dolor y, a la vez, de gratitud; la rompe, y la pone en movimiento hacia él.
Ante la Pasión, que acabamos de oír, ante la cruz que en un momento se levantará ante nuestros ojos, es como si todo a nuestro alrededor se oscureciese, y como si en medio de esta oscuridad se abriese una brecha por la que entra una luz nueva. Quiero explicar esto a partir de una experiencia que muchos habréis vivido. Imagino que la mayoría, al menos los más mayores, habrá sufrido la muerte de alguien cercano y querido. Personalmente he tenido que vivir la muerte, hace poco, de un viejo amigo; años atrás, la de quien fue mi confesor y director espiritual; pero, sobre todo, recuerdo la muerte de mi padre. Y junto al dolor, recuerdo la extraña sensación de que todo se oscurecía: como si todo perdiese su color, su luz, su valor. A tu alrededor la gente sigue agobiada y triste, o alegre e ilusionada con sus cosas. Unos disfrutan de la vida y del sol, y otros sienten el peso del trabajo. Pero para ti, que has perdido un padre, todo eso que gira en torno parece irreal: «¡Vanidad de vanidades! ¡Todo vanidad!» (Qo 1,2). Todo vacío, como un sueño que se disipa al despertar, como un velo que cae… y todo es oscuridad. Y junto a este sentimiento, otro: el venir a la mente y permanecer allí el recuerdo de Jesús, y el venir su nombre a los labios; como si él, y solo él, fuese real, como si solo él tuviese luz y consistencia. En medio de la oscuridad, él, luz. En medio del vacío, él, real, vivo, presente.
 
Traigamos esta experiencia común a la Pasión que acabamos de escuchar. ¿Es posible escuchar cómo es traicionado, cómo es juzgado, cómo es traído y llevado, cómo es crucificado, cómo muere, cómo es puesto en la tumba fría, sin que todo en torno a nosotros se oscurezca? ¿Sin que todo pierda su luz, su calor, su consistencia, su brillo, su atractivo? Para quien alguna vez ha experimentado que la palabra de Cristo iluminaba las profundidades de su alma, para quien alguna vez se ha sabido perdonado y amado por él, para quien se ha percatado de ese poder único suyo que es tocar y habitar el centro del alma, que nadie más puede tocar ni habitar… Para ese, con la muerte de Cristo, todo se oscurece. Para el que le ama, aunque sea con un amor pobre, o en parte interesado; para el que le ama, aunque sea muchas veces con una mezcla de egoísmo y cobardía; para ese, ver cómo Cristo se eleva en la cruz es como si el sol se oscureciese en pleno día, y todo se hiciese nada y vacío. Y con ese dolor, la verdad: que el Hijo de Dios ha muerto por mis pecados, que ha muerto en mi lugar, que ha muerto para darme vida. ¡Dolor y verdad! ¡Dolor y la belleza inigualable de su amor! ¡Dolor y la grandeza infinita de su sacrificio! ¡Dolor y vida: la victoria de su amor!: «¡Las aguas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos»! (Ct 8,7) La muerte no podrá matar este amor, que permanecerá vivo para siempre.
Así que la oscuridad y el dolor dan pan paso a la fascinación de su amor, a la luz de su amor, que se convierte en juicio y medida de todas las cosas. «Todo lo que consideraba ganancia —dice san Pablo cuando la cruz de Cristo se le mete en el alma— todo lo que era para mí ganancia, ahora es pérdida a causa de Cristo. Más aún, considero que todo es basura en comparación con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3,7-8). Igual que nosotros, san Pablo no vio a Cristo crucificado, pero cuando la cruz se le clavó en el alma, Cristo crucificado se convirtió en el alma de su alma, en el corazón de su corazón, y ya solo se gloriaba de conocerlo a él, «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Cor 2,2). Y solo quería predicarlo a él: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero para nosotros, los llamados, ya seamos judíos o griegos, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23-24). Una vez que el crucificado grabó su imagen en el alma de Pablo, el mundo entero murió para el Apóstol, solo vivía Cristo.
Más aún, consideraba que él mismo había muerto con Cristo en la cruz. Murió con Cristo y renació un hombre nuevo. Así entiende el bautismo, como una participación en la muerte y en la vida nueva de Cristo: «¿No sabéis —escribe a los romanos— que cuantos fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo —sigue diciendo— fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,3-4). «Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,11).
 
Jesús, tú eres lo único valioso, «tú eres mi bien. Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. Tú eres mi bien, el lote de mi heredad y mi copa» (Sal 15,2-3.5). En el dolor de la cruz, ¡tu amor! En la oscuridad de la cruz, ¡tu luz! Ninguna luz brilla tanto como la de esta madera oscura. ¡Dejad que esta luz entre en vuestra inteligencia, en vuestra voluntad, en vuestra memoria! ¡Dejad que esta luz penetre en vuestro corazón! En tu corazón esta luz alumbra una verdad escondida allí desde siempre, desde que viniste a este mundo, aunque quizá nunca hasta ahora fue iluminada: que tu corazón fue creado para este amor crucificado; que fue creado para él y lo anhelaba, sin saber muy bien que era este el objeto de su deseo. Tu corazón anhelaba este amor, aunque no lo conocía y quizá ha andado por la vida perdido y confundido. Pero ahora, delante de la cruz, delante de Jesús crucificado, reconoce para quién fuiste creado. Reconoce a quien te ama y entrégate a él.
Dile con san Juan de Ávila: «En la cruz me buscaste, me encontraste, me curaste, me libraste y me amaste, dando tu vida y sangre por mí... Pues en la cruz te quiero buscar y en ella quiero encontrarte. Y libre del amor a mí mismo, quiero responder al excesivo amor que en la cruz me tuviste; quiero responder, amándote yo y padeciendo por ti, como tú moriste de amor por mí»[1].
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
P. Enrique Santayana C.O.

[1] Cf.: SAN JUAN DE ÁVILA, Cartas, 57

Archivos:
Homilía del Viernes Santo
3 de abril de 2026
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid
Autor-1699;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1699Lunes, 06 Abril 2026 09:58
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