Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

 DOMINGO DE RAMOS
29-III-2026
 

«Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde» (Mt 21,5)

 

 [Después del relato de la entrada de Jesús en Jerusalén]

 Queridos hermanos:

Desde Betfagé, en la cumbre del Monte de los Olivos, muy cerca y al Oriente de Jerusalén, se divisaba la ciudad santa y el gran Templo. Desde allí Jesús protagoniza una peculiar entrada en la ciudad, rodeada de misterio para todos, menos para él.
Venía de lejos, peregrinando por etapas, con sus discípulos más cercanos, a los que se habían ido uniendo otros muchos. Al salir de Jericó, tras curar a un ciego, lo han aclamado como «hijo de David», heredero del trono de Judá, y creen que, al llegar a Jerusalén, Jesús será proclamado rey. Alfombran su camino con ramas y con sus propios mantos y cantan: ¡Hosanna al Hijo de David!, palabras de un salmo usado por los judíos para avivar su deseo de la venida del Mesías Rey, el hijo de David. Ahora lo reconocen presente en Jesús. Es él, no hay que esperar más: ¡Hosanna al Hijo de David! Lo aclamaban como rey, aunque desconocían el misterio que este rey escondía.
Los habitantes de Jerusalén se ven sorprendidos y desconcertados ante la comitiva y sus cantos: «Toda la ciudad se sobresaltó». La ciudad se inquieta: «¿Quién es este?», dicen. Conocían a Jesús. «¿Quién es este?» era como decir: «¿Quién se cree este?». Tampoco ellos conocían el misterio que escondía el rey que despreciaban con frialdad e indiferencia.
Luego está Jesús, que se muestra con pleno conocimiento de todo lo que va a ocurrir y con total dominio de la situación. Se reconoce y se muestra como rey avanzando hacia Jerusalén, aclamado por unos y despreciado por otros. Solamente él conoce cómo va a acabar todo, solo él es dueño de su destino, y avanza hacia él libremente. Esta es su realeza, un poder que le hace libre ante cualquier fuerza. Nadie puede forzarlo. Pero hay algo extraño: en su majestad aparece humilde. No viene en un soberbio caballo, sino en un asno aún joven, que necesita ser acompañado por su madre. «Hija de Sión: mira a tu Rey, que viene a ti, humilde, montado en un pollino». Es como si en torno a Jesús resonase la segunda bienaventuranza: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra». Un rey humilde que se entrega, se da, manso y humilde. No quiere imponerse por la fuerza, ni destruir a los injustos, ni aniquilar a los malvados que atentan contra su vida. Esta humildad es para nosotros más incomprensible que su omnipotencia. Con su libertad plena avanza para entregarse en un acto de amor total y definitivo, sin forzar a nadie, esperando con mansedumbre nuestra respuesta. ¡Este es el gran misterio que solo él conoce! Unos lo despreciarán, otros, con sus propias debilidades y miserias, lo acogerán, aunque les desconcierte la cruz. Y ante el misterio de este amor humilde y libre, el misterio de nuestras propias personas: ¿qué haré yo con este Jesús que se me entrega?
Ahora nos unimos a las voces de quienes lo aclamaban como rey. Ojalá también nuestro corazón quede desconcertado primero, lleno de agradecimiento después. Ojalá, con nuestros pequeños o grandes pecados, estemos entre los que, al fin, acogen a Cristo, que se entrega. «Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde».


[Después de la lectura de la Pasión]

Queridos todos:
La lectura solemne de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, nos introduce en el misterio del amor de Dios para con nosotros. ¡Amor salvífico! ¡Amor que nos salva! Tres cosas breves quisiera deciros.

La primera, tiene que ver con la entrega libre y humilde de Cristo, de la que ya os hablaba al principio. Aquí la palabra clave es «entrega». En uno de los momentos iniciales de la narración hemos escuchado que Jesús estaba a la mesa con sus discípulos y les dijo: «Uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos se entristecen y le preguntan quién de ellos es. La respuesta de Jesús: me va a entregar «el que ha metido la mano conmigo en la fuente», es decir, uno de los que come conmigo, uno de los que comparte mi vida como amigo, uno de vosotros. Jesús ha evocado un viejo salmo que hablaba de la traición: «El que viene a verme habla con fingimiento, disimula su mala intención, y, cuando sale afuera, la dice. Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros […] Incluso mi amigo, en quien yo ponía mi confianza, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme» (Sal 40, 7-10). Uno de vosotros me va a entregar. En estas palabras está toda la carga emotiva de Jesús. Entonces, Judas pregunta: «¿Soy yo, Rabbí?». Y Jesús responde: «Tú lo has dicho».
Hasta aquí parece que hubiese un plan del que Jesús no se pudiera salir. Parece que es Judas quien lo entrega y que Jesús no puede más que sufrir lo que otros ejecutan. Pero justo entonces, Jesús va a hacer algo que cambia el sentido de todo, algo con lo que afirma que él es quien se entrega, libre, a la dolorosa traición del amigo y a los planes homicidas de sus enemigos, a una muerte injusta y terrible. «Tomó el pan, lo partió, lo dio a sus discípulos y les dijo: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo”» Está anticipando su muerte, está entregándose, está dándose en un acto de amor. Y sigue de la misma forma: «Tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: “Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza que será derramada por muchos para el perdón de los pecados”». Todo el poder de Cristo se manifiesta en estas palabras: es él quien se entrega en la cruz; anticipa esta entrega en el pan y el vino que convierte en su cuerpo y en su sangre; y lo da como alimento de salvación: «tomad, comed… bebed todos». Un acto de libertad soberana y también de entrega humilde: en un cuerpo que será roto en la cruz, en una sangre que se derramará como la sangre de un cordero llevado al matadero. A partir de la última cena, a partir de la Eucaristía, todo lo que Jesús sufre y padece, lo hace como quien se entrega libre y humilde. Y lo hace para nuestra salvación. Con sus propias palabras: «Para el perdón de los pecados». Que esta entrega suya es la de un verdadero rey, no la de un lunático, y que realmente es eficaz para la salvación eterna del hombre, se manifestará en el cumplimiento de la profecía de la resurrección que acompaña su entrega: «Os digo —y se dirige a los discípulos tras darles a beber del cáliz— que a partir de ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
 
La segunda cosa que os quería decir es que esta entrega de Cristo no es una memoria del pasado, es presente y actual. ¿Dónde? En el altar. ¡Actual en el altar! ¿Sabéis por qué llamamos altar a la mesa, sobre el que pronunciamos las palabras de Cristo: «Esto es mi cuerpo […] Esta es mi sangre»? Porque el lugar donde se sacrificaban los animales para el culto sagrado, se llamaba así: altar. Su nombre en griego, thysiasterion (θυσιαστήριον), significa eso: lugar del sacrificio. El altar de una iglesia católica es el lugar del sacrificio de Cristo, es la cruz. En él Cristo se hace presente. El pan consagrado es el mismo cuerpo clavado salvajemente en la cruz, que sufre la sed, los desgarros y la asfixia. El vino consagrado es la misma sangre que brota de sus heridas, que se derrama y corre por su cuerpo y se mezcla con el polvo del suelo. El pan y el vino consagrados son el mismo Jesús, vivo, que se sacrifica, el que se entrega voluntariamente por amor, el que sufre por nosotros la soledad, la lejanía de Dios, solo comparable con la soledad del infierno: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?». En el altar está él, no un recuerdo. Está él y actualiza su sacrificio por nosotros. En la liturgia estamos a los pies de Cristo en cada uno de los momentos de su Pasión y de su Resurrección. Esto solamente ocurre en la liturgia de la Iglesia, especialmente en al Eucaristía. Por eso quería invitaros a que, durante la Semana Santa, acudáis a la liturgia: a la Cena del Señor, el jueves por la tarde; a la celebración de la Pasión del Señor, en las primeras horas de la tarde del viernes; a la Vigilia Pascual, en la noche del sábado al Domingo; y a la Misa de Resurrección, en la misma mañana del Domingo. Esta es la liturgia donde Dios actualiza su obra amorosa por nosotros.
Todas las demás cosas son buenas si nos ayudan a vivir mejor estos momentos. Las esculturas o las pinturas, las procesiones, con sus grandes imágenes, el Viacrucis o la Hora Santa, pueden ayudarnos a no olvidar lo que pasó Cristo por nosotros. Pueden grabar en nuestra imaginación, en nuestra memoria y en nuestros afectos las llagas, los latigazos, las espinas, los clavos… Pero la liturgia va más allá: en ella obra Dios y nos pone delante de Cristo presente, nos pone ante él, en cada momento de su Pasión, de su muerte y de su resurrección, y, si nuestra alma está dispuesta, si nuestro corazón está dispuesto, la liturgia nos hace beber el amor salvífico que allí se derrama.
 
La tercera cosa que quería deciros es, justamente, a propósito de la disposición del alma que se necesita para que la liturgia dé fruto en cada uno de nosotros. La primera preparación necesaria es la confesión de los pecados. Si no os habéis confesado recientemente, hacedlo estos días antes del Jueves Santo. Pero hay más: si queréis adentraros en el misterio del amor de Dios y beber este amor que sana y sacia, buscad el silencio y la soledad para poneros frente a Dios y su Pasión por nosotros. Es tan grande este hecho, que toda la vida no basta para hacer nuestro el amor que aquí se nos ofrece. Buscad el tiempo y el lugar preciso para hacer oración, en soledad y silencio, meditando los relatos que los evangelistas nos hacen de la Pasión, de la muerte y de la resurrección. «Haz memoria de Jesucristo», le dice san Pablo a Timoteo, su hijo espiritual y su colaborador en el anuncio del Evangelio. Eso os digo yo: haced memoria de Cristo, de su muerte, de su sepultura, de su resurrección. En la soledad y en silencio de la oración, grabad en vuestros corazones cada uno de los momentos que se resumen en las palabras del Credo: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso».

 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
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