Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

V Dom. Pascua C
18-V-2025

«Ahora es glorificado el Hijo del hombre» (Jn 13,31)

 Estamos en Pascua, celebramos su V domingo. Y, sin embargo, el evangelio nos retrotrae a la Pasión. El pasaje de hoy comienza en el momento en el que Judas sale del cenáculo para encontrarse con los guardias del Templo y conducirlos hasta Jesús. Jesús queda en el cenáculo con los otros discípulos. Es el comienzo de la Pasión, y Jesús dice: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él». Es decir: «Ahora voy a ser glorificado y mi Padre va a ser glorificado en mí». Podemos preguntarnos por qué habla Jesús de su glorificación y de la glorificación de su Padre cuando va a ser humillado hasta lo inimaginable, cuando el Padre va a tener que contemplar cómo desprecian a su Hijo y en su Hijo a él.

Para entender esta aparente contradicción tenemos que retomar el primer versículo de este capítulo de san Juan: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo[1]» (Jn 13,1). Los amó hasta el extremo, hasta el final, hasta la perfección. La glorificación del Padre y del Hijo consiste en la realización perfecta del amor del Hijo en su humanidad, realización que se lleva a cabo en la entrega que de sí hace Cristo en su pasión y muerte.
La gloria, del Padre y del Hijo, está en ese amor que se realiza entregándose por nosotros, muriendo por nosotros. La gloria está en ese amor llevado a la perfección en el padecer y morir. Ese amor realizado hace presente la gloria de Dios en medio de la muerte en cruz y vence la muerte. La resurrección está contenida en su muerte por amor. Ya profetizaba este amor de Cristo el Cantar de los Cantares: «Las aguas torrenciales [las aguas mortales] no podrán apagar el amor» (Cant 8,7). El Hijo y el Padre son glorificados en este amor que se entrega hasta la muerte y vence la muerte, por este amor que ahora se muestra vivo y eterno. Cuando los cristianos miramos la cruz, vemos un amor viviente que nos llama.
 
Demos un paso más. Este amor es la gloria de Dios y es también lo que nos cautiva del Crucificado y de su Padre, que nos lo da. Lo que nos ha cautivado es el amor con el que el Padre nos da a su Hijo amado. No el dolor o la angustia… lo que ha cautivado a los hombres desde que Cristo abrió sus brazos y fue elevado sobre el madero es su amor por nosotros, y que es un amor que vence la muerte. En su entrega es un amor perfecto, en su resurrección es un amor vivo; y así se convierte en una red que captura y conquista nuestro corazón. San Felipe Neri comparó el amor de Cristo con una red que atrae hacia él nuestro corazón[2]. No con la fuerza y la violencia física, no con la contundencia de un razonamiento irrefutable que doblega la razón, no con una especie de fuerza espiritual que someta y anule nuestra voluntad, sino con la persuasión de su amor, que ni somete ni obliga, sino que llama a nuestra libertad, a nuestra razón, a nuestra voluntad, a nuestro amor: «cor ad cor loquitur». El corazón llama al corazón.
Así, el amor de Cristo llama a nuestro corazón y se convierte en mandamiento, el mandamiento más apremiante, el mandamiento definitivo y nuevo; nuevo porque nace del amor realizado en la cruz y resucitado. Es el mandamiento a amar a quien nos ha amado, de amar a quien él ama, de amar como él ama. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros». Es el mandamiento de unirnos a Cristo en su amor a los otros. Dios ya había dado el mandamiento del amor en el Antiguo Testamento, la novedad está en que ahora él nos precede en este amor, su amor se convierte en la fuente de nuestro amor y en nuestro modelo, en la medida y la norma de nuestro amor: «amaos como yo os he amado». Basta mirar a Cristo para entender que este mandamiento lo exige todo de nosotros.
 
Muchas veces, cuando consideramos el amor de Cristo, el amor de Dios, este se convierte en una especie de espejismo ante nuestros ojos: quisiéramos abrazarlo, pero se nos escapa, como se escapa un espejismo a quien está sediento en medio del desierto. Entendemos que Cristo nos ama, pero no somos capaces de hacerlo realmente nuestro, como hacemos nuestro el amor de otras personas, aunque sean amores pequeños y limitados. Reconocemos que es perfecto, pero es como si nunca llegase a ser realmente nuestro. Y es que, para hacerlo nuestro tenemos que responder a su llamada, a su mandato. Solamente en la realización concreta de este mandamiento de amor al prójimo nos unimos a Cristo y él se hace real para nosotros. Si no amamos con él, no estamos unidos a él y lo conocemos solo desde lejos, solo como una idea, una imagen borrosa en nuestra mente. Solo el que ama con él y muere con él por amor se hace su discípulo y se une a él y lo conoce realmente. Empecemos a ser discípulos amando de verdad con Cristo que nos ama.
 
Termina Jesús diciendo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros». Porque este amor es lo que caracteriza a Cristo, es lo que lo hace visible, lo que da al mundo una imagen real de Cristo. «Esta y solamente esta será “la señal”. Ninguna otra peculiaridad de la Iglesia puede convencer al mundo de la verdad y de la necesidad de la persona y de la doctrina de Cristo. El amor vivido y repartido por los cristianos será la demostración de todas las doctrinas, de todos los dogmas y de todas las normas morales de la Iglesia de Cristo»[3].

 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.

[1] «Hasta el extremo», «εἰς τέλος»

[2] «Vorrei saper da te come egli è fatta, / questa rete d’amor che tanti abbraccia».

[3] HANS URS VON BALTHASAR, La luz de la Palabra (Encuentro, Madrid 1994) 247.

Archivos:
Homilía del V Domingo de Pascua, ciclo C
18 de mayo de 2025
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
Autor-1669;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1669Domingo, 18 Mayo 2025 14:15
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