VI Dom. Pascua A
10-V-2026
«Yo… en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20)
Queridos hermanos:
Igual que el domingo pasado, Jesús se dirige a los suyos preparando su Ascensión y Pentecostés. Después de la Ascensión, los apóstoles ya no verán a Jesús en esa carne que tomó de María: ni por los caminos de Galilea, ni enseñando en el Templo, ni rezando en Getsemaní, ni pendido en la cruz, ni resucitado con sus llagas y su cuerpo glorioso. No lo veremos en esta carne hasta el momento en que vuelva a juzgar el mundo. Ahora nos prepara para una nueva presencia, que no impresiona las retinas, ni los oídos, ni los dedos, pero que sí alcanza el espíritu de quien lo ama. La fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes teologales, son los lazos por los cuales el espíritu de Cristo y nuestro espíritu se unen, uno con otro, con una inmediatez que la sola presencia corporal no consigue.
Igual que el domingo pasado, Jesús se dirige a los suyos preparando su Ascensión y Pentecostés. Después de la Ascensión, los apóstoles ya no verán a Jesús en esa carne que tomó de María: ni por los caminos de Galilea, ni enseñando en el Templo, ni rezando en Getsemaní, ni pendido en la cruz, ni resucitado con sus llagas y su cuerpo glorioso. No lo veremos en esta carne hasta el momento en que vuelva a juzgar el mundo. Ahora nos prepara para una nueva presencia, que no impresiona las retinas, ni los oídos, ni los dedos, pero que sí alcanza el espíritu de quien lo ama. La fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes teologales, son los lazos por los cuales el espíritu de Cristo y nuestro espíritu se unen, uno con otro, con una inmediatez que la sola presencia corporal no consigue.
Recordad que el domingo pasado Jesús daba un doble mandamiento sobre la fe: «creed en Dios y creed también en mí». Hoy empieza hablando del amor a él, de la virtud teologal de la caridad: «Si me amáis». Pero más que mandar, parece hablar como quien suplica, más acorde con la naturaleza de su amor, que hiere nuestra alma muriendo en la cruz, que pide dándose en la Eucaristía. Como quien ama demasiado, mendiga más que ordena. Pero a su amor une la obediencia: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». De varias formas, a lo largo del Evangelio, Jesús insiste en vincular el amor a él y la obediencia a sus mandamientos. Después de lavar los pies a los doce, les dice: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,15). La vida de Cristo se convierte así en mandato. El que lo ama toma su vida como norma, y no quiere sino vivir como él, con él, unido a él. Solo cuando empezamos a obedecer amando lo que él ama, amando como él ama, en su entrega, en su sacrificio… nos unimos a él. Su amor en la cruz puede herir nuestra alma e infundir en ella el deseo de amarlo, pero hasta que no comparte su vida, es solo un deseo. Solo en la obediencia a él, en el seguimiento, en el compartir la misma vida, se realiza y se expresa el amor a él. Hasta ese momento nuestro amor solo es de palabra, y Jesús solo una idea borrosa en nuestra mente. Si no lo obedecemos, solo lo conocemos de lejos y nuestro amor por él no es real: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos».
Y con el amor a Cristo viene una promesa: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad». Muchas cosas en una sola frase. «Paráclito» significa, en griego, abogado, defensor. «El primer paráclito [nuestro primer defensor] es el Hijo encarnado [Cristo], que vino para defender al hombre del acusador por antonomasia, que es satanás»[1]. Pero, al ascender al cielo, Jesús pide al Padre y con el Padre manda el Espíritu Santo, consolador, abogado, defensor, paráclito… para que, a partir de ese momento, esté siempre con ellos. Al Espíritu Santo lo llama el Espíritu de la verdad. Es el defensor porque trae al corazón el testimonio de la verdad. Recordad que, también el domingo pasado, Jesús dijo: «Yo soy el camino, y la verdad y la vida». Cristo nos ha revelado la verdad de Dios: que Dios es amor, que es Trinidad, y su amor por nosotros. En la cruz nos mostró esta verdad de Dios. Y Cristo es también la verdad que desconocíamos de nosotros mismos: en la misma cruz, amando hasta la perfección, nos enseña la verdadera medida del hombre, que alcanza por el amor; y en la resurrección nos muestra que ese amor alcanza la vida de Dios, la vida eterna. Cristo es la verdad: nos muestra la verdad de Dios y del hombre. El Espíritu Santo es el espíritu de la verdad porque da testimonio de Cristo: de la verdad de Dios y de nuestra propia verdad, lo que Cristo nos ha revelado. Y este testimonio de la verdad lo da en nuestro interior. Así nos da firmeza y nos defiende de satanás, que nos acusa con mentira, que quiere hacernos creer que estamos solos en el mundo, lejos de Dios y de su amor, que no valemos nada y que nuestra vida se reduce a este mundo. El Espíritu de la verdad, el Paráclito, es el don que Cristo promete enviar de junto al Padre a quien lo ama y obedece sus mandamientos. Solo los que aman a Cristo pueden recibirlo. «El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros». Los apóstoles, que aman a Cristo, y que ya han empezado a seguirlo, a compartir su vida, a pesar de todas sus flaquezas, ya poseen en parte este espíritu, que se comunica en la relación estrecha con él, porque ese Espíritu es lo más íntimo de su maestro, lo que se da en cada palabra y en cada gesto. Lo tienen, pero no en plenitud. Lo poseerán en plenitud cuando Cristo termine de revelar la verdad con su muerte y resurrección. Entonces estarán en disposición de recibir el Espíritu de Cristo, que será ya para siempre un navegar en el misterio revelado de la persona y de la obra de Cristo.
Por eso añade Cristo: «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros». Con su Espíritu viene él, viene Cristo, pero más íntimamente. Entonces «el mundo no me verá», porque no verá mi cuerpo que impresiona los sentidos de la vista o del oído o del tacto. Pero vosotros, los que me amáis, sí: «porque sigo viviendo». Me veréis con los sentidos sobrenaturales del alma, la fe, la esperanza, la caridad. Y con esta percepción espiritual, «entonces sabréis», es decir, saborearéis con el alma, tendréis experiencia espiritual, de la gran verdad —con sus palabras—: «que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». El misterio de la comunión trinitaria, por el cual el Padre vive en el Hijo, y el Hijo en el Padre, con el Espíritu Santo, se abre en la persona de Cristo al hombre. «Entre Dios Padre y los discípulos se entabla, gracias a la mediación del Hijo y del Espíritu Santo, una relación íntima de reciprocidad»[2]: «yo … en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». Y vuelve recordar la condición del amor: el que acepta mis mandamientos, el que me ama. A ese «me manifestaré».
Queridos hermanos, todo nos llama a esta relación con el Dios Uno y Trino, a adentrarnos en las relaciones de la Trinidad, abierta para nosotros en Cristo y en su Espíritu. Dejemos que el amor del que murió por nosotros y vive hiera nuestro corazón y, llevados por un amor verdadero, obedezcamos a Cristo, hagamos de su vida nuestra vida, tomemos su vida y sus palabras como la norma y el mandato de nuestra vida. Olvidados de nosotros mismos, amémosle a él y esperemos un incremento constante de su Espíritu Santo, que nos haga adentrarnos en su intimidad, en el océano del amor trinitario.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] BENEDICTO XVI, Homilía, 27-IV-2008
[2] Ibid.Archivos:
Homilía de VI Domingo de Pascua, ciclo A (10-V-2026)
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid