IV Domingo de Pascua C
11-V-2025
11-V-2025
«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna» (Jn 10,27-28a)
Jesús se nos presenta como el buen Pastor. Antes de adentrarnos en sus palabras, quiero deciros que esta fue la primera forma que tuvieron los cristianos primitivos para representar a Cristo: como un pastor bueno, con una oveja sobre sus hombros y rodeado de otras ovejas. Así aparece, por ejemplo, en las catacumbas romanas. Jesús, llevando dulcemente sobre sus hombros a la oveja enferma, conduciendo a las demás. Fue la imagen que se grabó en la imaginación de los primerísimos cristianos, la que consolaba sus penas, la que encendía su afecto.
Ahora, cuando el Señor pronunció las palabras que acabamos de escuchar, tenía delante a los que le seguían como discípulos y a quienes lo rechazaban. A estos últimos les dice: «vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas». Por tanto, hay unos que son ovejas de Cristo y otros que no lo son. El hecho de que Jesús marque una división tan clara, nos alerta. Si no estoy entre sus ovejas tengo motivos para entristecerme, más aún, para temer por mi salvación eterna y buscar los medios para convertirme. Porque llegará un día, el del juicio final, en el que esta división será definitiva, cuando Cristo vuelva en su gloria: «Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras». No hace falta que recordemos todo ese pasaje en el que Jesús anuncia la sentencia definitiva que allí se producirá.
Las palabras del evangelio de hoy se centran en los que Jesús sí considera sus ovejas: «Mis ovejas escuchan mi voz». La primera característica de los que son de Cristo es que lo escuchan, están atentos a su voz. No dejan que su palabra se pierda, sino que están atentos a ella y, como María, la guardan en el corazón. Además, en la Biblia, «escuchar» implica también «obedecer»: escuchar, guardar, obedecer. Por eso en otra ocasión dice Jesús: «El que acepta mis mandamientos y los guarda [se rige por ellos], ese me ama». Así pues, «mis ovejas», las que son realmente mías, «escuchan mi voz», guardan mi palabra y la obedecen.
Sigue Jesús: a esas ovejas «yo las conozco». Cristo conoce a los que escuchan su voz en dos sentidos. Primero: al ver en ellos la obediencia a su palabra, los reconoce como algo propio. Tienen su voz en los oídos y en su memoria, en el corazón, esa misma palabra se trasluce en sus obras, en su forma de vivir, en el transcurrir de sus días. Y Jesús, al ver su palabra viva en sus discípulos, los reconoce como propios, como quienes están muy cerca de su corazón. Segundo: decir que Cristo conoce a los suyos es decir que Cristo los ama con ese amor que solo es posible cuando la persona amada permite que el amor penetre en su alma. Cristo ama a todos, pero estos le han abierto la puerta, y su amor puede avanzar en ellos hasta que «el corazón habla al corazón». El conocer de Cristo viene a ser un caminar suyo hasta lo más íntimo de quien acoge su palabra.
Pero entonces añade: «y ellas me siguen». Porque una vez que Cristo ha tocado el corazón, entonces este ha de caminar también para adentrarse en el corazón de Cristo, que no es un viaje meramente sentimental, ni siquiera solo espiritual, sino la comunión con la vida, con la voluntad, con la mente y con los sentimientos de Cristo. El domingo pasado veíamos un ejemplo cuando el Señor llegaba con sus palabras hasta lo más hondo del corazón de Pedro, para terminar diciéndole: «Sígueme»; que para Pedro será dar a su pensamiento, a su voluntad, a su sensibilidad… la forma de Cristo, y seguir sus huellas, hasta compartir incluso su cruz. También san Pablo lo expresa cuando, prisionero, escribe a los filipenses y les dice que quiere morir la misma muerte que su Señor, porque ha sido alcanzado por el amor de Cristo crucificado y ahora quiere también él alcanzar a Cristo, amar a su Señor crucificado compartiendo su misma muerte, para vivir con él: «muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos».
Y este es ya un paso más, porque el morir con Cristo, en correspondencia a su amor, tiene la promesa de vivir con él, y él está en Dios y es Dios. Dios es la meta a la que Cristo nos arrastra con su amor, es el lugar al que ha llegado con su humanidad y tira de nosotros hasta allí con su amor. La salvación que Cristo nos ofrece no es solo dar un sentido intramundano a esta vida, no es solo permitir una cultura donde cada hombre es mirado con misericordia, más aún, con admiración como imagen de Dios… La salvación que Cristo ofrece no es solo la de suscitar una cultura donde surge la ciencia, la universidad, los hospitales, el cuidado de los débiles… La salvación que Cristo nos ofrece es alcanzar a Dios. Y todo lo demás cobra sentido por esto: alcanzar a Dios. «Me voy para prepararos sitio», les dijo a los suyos antes de morir. Así pues, quien le sigue, alcanza a Dios. Por eso dice: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna».
Cristo es pastor no simplemente para guiarnos por esta vida, sino para llevarnos hasta Dios. Cuando pronunció estas palabras, en los días de su vida mortal, sus discípulos no podían pensar en esto. Lo seguían como a un pastor porque ya con él la vida estaba llena de bien, pero no podían imaginar dónde llegaría el Pastor y dónde llegarían ellos detrás de él. Sin embargo, después de morir y resucitar, de alcanzar a Dios y de mostrarse uno con él, también en su humanidad, los suyos entendieron que Cristo es el Pastor para llevarnos a la vida de Dios, para darnos a Dios.
Él ha ido delante de nosotros para inaugurar un espacio que antes no existía, un espacio para el hombre en el seno de Dios. No al lado de Dios, ni ante Dios, sino en el seno de Dios. Los ángeles están ante Dios, adorándolo. Y ese será su lugar eternamente. Nosotros no somos tan grandes ni tan perfectos como los ángeles, pero Cristo se ha unido a nosotros y nos ha unido a él por un vínculo de amor eterno: unos con él, hijos con él, y ocuparemos el lugar que le es propio a él, el que ocupa como Hijo Eterno de Dios, Uno con Dios: «Yo y el Padre somos uno», dice. Cristo resucitado, el «pastor de nuestras almas», nos conduce a esa unidad. En él también nosotros seremos uno.
Pero no quiero terminar sin volver al principio. Es necesario que Cristo reconozca en nosotros sus ovejas, porque escuchamos su palabra, porque la guardamos, porque la obedecemos.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares, Madrid
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