Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

8-XII-2024

«Llena de gracia» (Lc 1,28)

Queridos hermanos,

La fiesta que hoy celebramos, la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, puede parecer la celebración de algo que está muy lejos de nuestra vida. Sin embargo, necesitamos celebrar esta fiesta, para no perdernos en el mar de la mentira y de la falsedad, peor aún, el mar de la muerte.
La Inmaculada Concepción es la exaltación de la humanidad cuando es librada del pecado. María es la mujer que, preservada de toda mancha de pecado, alcanza la máxima altura posible de la naturaleza humana. Es como si viésemos un bosque inmenso y milenario de árboles enfermos, que a duras penas sobreviven, que a duras penas dan fruto, que a duras penas son capaces de generar árboles nuevos, que mueren antes de lo que es conforme a su naturaleza, sin llegar nunca a ser lo hermosos, lo fructíferos, lo longevos, lo fuertes, que deberían llegar a ser. Un océano de árboles enfermos que se extiende por el mundo entero y durante siglos, repitiendo el drama de no llegar nunca a ser lo que deberían ser. Y en medio de este océano de árboles enfermos, de repente, surge entre todos uno fuerte, hermoso, bellísimo, que se levanta bien alto, recto y frondoso hacia el cielo con un color espléndido, un árbol que alegra al Creador. Es el árbol que el Creador habría querido ver desde el principio, el árbol por cuya existencia ha cuidado todos los demás.
Esos árboles creían que esa fealdad suya, esa pobreza de frutos, esa vida corta y triste, esos colores desvaídos eran lo propio de su naturaleza, lo máximo a lo que podían aspirar, hasta que descubren este otro árbol único lleno de vida.
Durante generaciones, el pecado ha mantenido al hombre como esos árboles de los que os hablaba. Porque el pecado es terrible. No es una broma. Es una ofensa a quien nos ha dado la vida y la naturaleza que tenemos, una ofensa a su amor. Y esa ofensa ha caído sobre nosotros y ha arruinado nuestra vida. Nos habíamos acostumbrado a esta pobreza, a esta fealdad, a esta miseria, a este sufrimiento y a esta muerte… Pero de repente ha aparecido María —«De repente» para nosotros, no para Dios que la esperaba y preparó su nacimiento desde el principio—. Ella, libre de pecado, sin nada que ver con el pecado, se levanta como una estrella entre todo el océano de hombres mediocres y sufrientes, y nos dice: ¡Esta belleza! ¡Esta bondad! ¡Esta es la humanidad creada por Dios! ¡No la miseria que os consume!
Para que salgamos de esta miseria, Dios ha querido que María nos dé a su Hijo, Dios hecho hombre, el que restaura nuestra naturaleza herida por el pecado, más aún, el que nos recrea uno por uno, para elevar nuestra naturaleza, por encima de todo lo que podamos imaginar. Esta obra de restauración ha sido efectiva. Por eso, después de María y de su Hijo, durante siglos, ha aparecido una legión de santos, de vidas bellas y llegas de amor verdadero, más fuerte que el pecado. Son vidas que han llenado de belleza los siglos que siguieron a Cristo y nos han precedido: desde los Apóstoles, hasta san Juan Pablo II o santa Teresa de Calcuta, por poner solo algún ejemplo cercano a nuestro tiempo. En medio de otros hombres llenos de miseria y de pobreza espiritual, ellos han reproducido aquel milagro único de María. Y cuando pasemos el umbral de la muerte y contemplemos a Santa María Inmaculada y a todos los santos que vinieron después de ella, por la gracia de su Hijo, quedaremos pasmados al contemplar la belleza del hombre creado por Dios. ¡Esto es lo que Dios creó! ¡En esto pensó! ¡Por esto envió a su Hijo!
Parece que queremos tirar por la borda este legado de santidad, de amor, de verdadera belleza, de bondad. ¡Volvemos a preferir el pecado! No es que nos veamos débiles y pequemos por debilidad. No es eso. Es que preferimos el pecado, la fealdad y la miseria de la que nos sacó María. ¡Preferimos el pecado! Y le decimos a Dios, a su cara: «No me da la gana obedecerte». Sin darnos cuenta de que la muerte y la destrucción caen sobre nosotros, como una enfermedad que nos aplasta contra la tierra inerte, que nos reconcome como un cáncer por dentro.
La fiesta que celebramos hoy es la antítesis de lo que nos meten por los ojos todos los días los que en este mundo nuestro tienen poder e influencia. El viernes escuché al presidente de España hablar del «derecho del aborto» y del «derecho del matrimonio homosexual». El aborto no es un derecho, es un crimen. Nadie tiene derecho a matar a otro. Una sociedad que permite esto, que permite que existan fábricas de muerte, abortorios donde se matan sistemáticamente a los inocentes, y donde este crimen abominable se jalea como un derecho, una sociedad así, está condenada a la destrucción. Una sociedad que confunde el matrimonio, que implica una entrega definitiva entre un hombre y una mujer con vistas a ayudarse, a amarse y a dar hijos a este mundo… Y que constituye el núcleo de cualquier sociedad humana… Una sociedad que confunde esto con la satisfacción sexual de cualquier tipo, con la búsqueda egoísta de placer… y dice que esa aberración es un derecho, está destinada a desaparecer.
No, el pecado no es un derecho. El pecado es una ofensa a Dios y nos destruye. Y cuando el pecado atenta contra la vida, en el seno mismo de la vida, en el seno materno, y contra el núcleo de donde nace y crece esa vida, que es el matrimonio, la unión amorosa, sólida y definitiva entre un hombre y una mujer, cuando esos pecados terribles se proclaman como derechos, el hombre cava su tumba. El aborto no es un derecho. El mal llamado matrimonio homosexual no es un derecho. El pecado no es un derecho. Es una desgracia.
Miremos a la Inmaculada. Es lo contrario al pecado. Y siendo lo contario al pecado, ella nos enseña el camino de la verdadera humanidad. Ella es el camino por donde viene hasta nosotros el Hijo que se hace hombre. Y ella es el camino por el que el hombre, unido a su Hijo, alcanza a Dios, no hay otro camino. Luchemos contra el pecado, el nuestro. No lo proclamemos un derecho, nuestro derecho es la santidad, nuestro derecho es que la gracia de Dios nos haga santos, nuestro derecho es formar parte del cortejo de los santos que llenan de gozo la creación, que llenan de gozo a la humanidad, a los ángeles y al Creador. Nuestro derecho no está en revolcarnos por el lodo, sino en alcanzar el cielo y la vida de Dios. Ese es el derecho de los hijos de Dios.

María, toda hermosa,
toda santa,
patrona de España,
ten piedad de tu tierra.
Y tal como se lo enseñaste antes a nuestros padres,
enséñanos de nuevo el camino a nosotros,
a los que vivimos en esta generación que parece haberte olvidado.
No permitas que venzan los enemigos de tu Hijo y del Creador,
no permitas que venzan los enemigos de la naturaleza humana.

María Inmaculada, ruega por nosotros.

P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía del 8 de diciembre de 2024
La Inmaculada Concepción de María
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Autor-1641;P. Enrique Santayana
Fecha-1641Domingo, 08 Diciembre 2024 13:50
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