Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

«Felipe, el apóstol de la libertad» El musical.

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Domingo XIII TO A
28-VI-2026

«El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10,38)

En el Evangelio vemos uno de los rasgos más característicos de la personalidad de Jesús, algo que debió de sorprender, incluso asustar y echar para atrás, a quienes le escucharon entonces. Veremos si también a nosotros.
Poneos en la situación de aquellos hombres. Muchos le habían visto hacer milagros y le consideraban un enviado de Dios; muchos habían aceptado su enseñanza sobre el amor a Dios y al prójimo, sobre el perdón, sobre el matrimonio o sobre tantas otras cosas, y reconocían en él a un maestro; muchos le admiraban, muchos lo querían. Pero, ¿por qué decía cosas como «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí»?
Jesús está exigiendo no ya ser admirado o querido, sino ser amado más de lo que ama al padre, a la madre, al amigo, al esposo, a la esposa… Y se lo exige a todos: no solo a su madre, que ya lo amaría más que a nada. No a un par de amigos, a Juan y a Andrés, por ejemplo, que quizá ya lo amaban más que a nada. Lo exige de todos. Jesús muestra una asombrosa conciencia de su valor absoluto. ¿Qué hombre puede pensar que él es más valioso que cualquier otra persona y pretender que todos deben amarlo a él más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija? Muchos se quedarían estupefactos al oírle hablar así. «¿Por quién te tienes?» (Jn 8,53), le dicen en otro momento. ¿Quién te crees que eres? Cualquiera que diga las palabras que ha dicho Jesús ha de ser tenido por un loco, un demente, un blasfemo o el mayor de los soberbios de la historia… ¡a no ser…! ¡A no ser que este hombre sea también el Dios verdadero! Y esto es precisamente el núcleo de nuestra fe: que Dios se ha hecho hombre, que Jesús es Dios verdadero: el infinito en lo finito, el eterno en una humanidad mortal. No solo un enviado de Dios, no solo un maestro de moral, no solo un hombre bueno que se gana el afecto, no solo un hombre virtuoso que se gana la admiración, sino algo infinitamente más grande: ¡Dios hecho hombre! Nuestro bien, aquel en el que, al amarlo, encontramos el bien absoluto de nuestro corazón.
Hoy Jesús sigue exigiendo de nosotros el mismo amor absoluto que ha exigido siempre: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». Son las palabras del Dios hecho hombre. Las escuchamos en la liturgia, con el calor del verano, en medio del ruido de los ventiladores, quizá cansados por no haber dormido bien, quizá mientras otras preocupaciones absorben nuestra atención. Pero ¿las reconocemos nosotros como las palabras de un hombre vivo y presente que es también Dios?, ¿o es una historia que ya no tiene que ver con nosotros? ¿Reconocemos a Jesús como Dios verdadero vivo y presente? Es él quien habla, ¿qué respondes? «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». ¿Qué le respondes a él?
Ahora quiero que os fijéis en otro aspecto de estas palabras tan asombrosas, algo que ya hemos mencionado, pero que es necesario destacar. Jesús no solo espera ser reconocido como Dios, vivo y presente, merecedor del amor absoluto debido a Dios. Quiere que, de hecho, lo ames como a Dios, con un amor real. Podríamos pensar que la fe es el reconocimiento de que Jesús es realmente Dios. Pero ese reconocimiento no es aún fe si no va acompañado de amor real. Os pondré un ejemplo para distinguir el simple reconocimiento de que él es Dios y la fe verdadera, la que va acompañada del amor. San Marcos nos narra que, en una ocasión, se encontró Jesús con un hombre poseído por un demonio. El demonio gritaba: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!» (Mc 1,25-25; Cf.: Mc 1,34) El demonio reconoció públicamente que Jesús era el Santo de Dios, pero a Jesús no le interesaba ese reconocimiento sin amor, lo mandó callar y lo expulsó. Y el apóstol Santiago, para afirmar que la fe no es verdadera sin el amor, quizá recordando este momento o algún otro similar, escribirá: «También los demonios creen, ¡y tiemblan!» (Sant 2,18) Esa fe de los demonios no es fe. La fe implica el amor. A Cristo no le vale ser reconocido como Dios, quiere ser amado como Dios.
Ahora, ya reconozco que Jesús es Dios y que merece un amor absoluto, pero, ¿soy yo capaz de un amor así? Os hago una pregunta: ¿qué hace que un niño, a medida que crece, sea capaz de amar a otros, a sus hermanos, a su padre, a su madre, etc.? El amor que ha recibido antes. Quien no es amado no es capaz de amar. Con Dios pasa lo mismo: su amor nos da el ser y su amor nos capacita para amar. Mirad a Jesucristo: su amor es tan poderoso que nos recrea desde lo más profundo y nos capacita para el amor verdadero. Aquí ya no hace falta ningún razonamiento fatigoso, basta con mirar la cruz. En ella Cristo nos ama, y este amor es capaz de recrear el corazón de los que lo beben con avidez. En la cruz veis a Jesús, Dios hecho hombre, amando más que a sí mismo, y a cada hombre como si fuese único. San Juan resumirá muy bien lo que esto significa: «amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Reconoced en el crucificado a Dios hecho hombre, vedlo amando a cada hombre como si no hubiese nada mejor que amar, amándome a mí y muriendo por mí como si no hubiese nada mejor que amar, como si no hubiese nada mejor por lo que morir; amando al hombre más que a sí mismo, hasta el final, hasta el extremo, hasta la perfección. Este amor es una fuente de vida, cuando llega al corazón lo purifica y lo agranda, lo eleva y lo hace capaz de amar con un amor semejante. Bebed de este amor, bebed del amor del Crucificado, del amor que brota del altar.
Basta mirar al crucificado para entender las palabras de Jesús, no solo las que he repetido varias veces hasta ahora, sino la frase entera: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí». Quien contempla este amor y no quiere alimentarse de él y lo deja de lado, quien no quiere caminar con él y prefiere seguir su propio camino, quien no quiere unirse a él y corresponder con un amor semejante, ese sencillamente, se hace indigno. ¿Cómo puede un esposo, un amigo o un hijo disfrutar del amor de su esposa, de otro amigo o de su padre? Compartiendo la vida y amando a su vez. La naturaleza del amor exige correspondencia, diálogo en el recibir y en el dar, exige compartir la vida y el destino. No se puede amar a Cristo y recibir las delicias de su amor sin compartir su vida, sin caminar con él, sin amar lo que él ama, sin sufrir lo que él sufre, sin padecer con él, sin morir con él. «El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí». El camino de la cruz, de tu enfermedad, de tu paciencia con la ingratitud de tus hijos, de la incomprensión que sufres, de la impotencia que sientes, de la poca fecundidad de tu vida y de tus trabajos, de tu soledad… todo eso es el camino y la cruz que él te ofrece para que le acompañes en el camino de su amor y, amando a quien te ama, puedas recibir las delicias de su amor eterno. El amor quiere ser amado, para entregar las delicias de su amor.
A él no le podemos ganar en generosidad y en amor. Lo hemos visto en la primera lectura: la sunamita tiene un gesto de generosidad con el profeta, el hombre de Dios, pero Dios le da mucho más. La misma ley aparece en la segunda parte del evangelio de hoy: ni siquiera un vaso de agua fresca dado por él, dice Jesús, quedará sin recompensa. A Cristo no le ganaremos en amor. Él quiere ser amado, para entregar las delicias de su amor.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía del Dom XIII TO A, 28 de junio de 2026
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid.
Autor-1711;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1711Domingo, 28 Junio 2026 10:46
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