Desde el primer momento en que empezamos a preparar los cantos de cada celebración -sea de la índole que sea- rezamos para ir siempre de forma paralela a ésta y que sea el Buen Dios el que hable por nuestra boca; la verdadera intención en los cantos es ayudar a rezar y que con la música nos encontremos con Dios. En definitiva, es dejar que a través de los sentidos Dios se “cuele” en nuestras entrañas, que entre por el oído y nos cautive, que empape nuestra alma y nos reconforte, y aprendamos a sufrir con Él, a sentir lo mismo que Él y a vivir como Él. Y después, llenos de gozo espiritual o, simplemente de sufrimiento, salga por nuestra boca y le anunciemos, le recemos y siempre le alabemos. Nos gusta siempre recordar las palabras de San Agustín: “El que canta reza dos veces”.
Así pues, recuerda, tú que lees esta reflexión: cada vez que cantes piensa que el mismo Señor también se vale de unos pobres acordes para llegar hasta ti, y que de alguna manera también pide una respuesta de tus labios y de tu corazón. Asemejémonos a los ángeles del cielo que están continuamente cantando frente al trono de Dios, y digamos con el salmo 138: “Delante de los ángeles tañeré para Ti, Señor”.
Testimonio publicado en la revista Schola Amoris nº 1: