EL AMOR GUÍA LA FE
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- Escrito por Enrique Santayana
- Categoría: Domingo V
V Domingo de Pascua – A
7-V-2023
«Os llevaré conmigo» (Jn 14,3)
Cuando los Apóstoles escucharon las palabras de Jesús que acabamos de escuchar nosotros, estaban a punto de sufrir un golpe enorme. En muy pocas horas —quizá no llegase a dos horas— iban a ver cómo apresaban a Jesús en el Huerto de los Olivos y todo lo que vino después. Poco antes, Jesús les había dicho que se tenían que separar y les había llamado «hijitos» (τεκνία), cosa que no había hecho en ninguna otra ocasión, a juzgar por lo que vemos en los evangelios. Les había dicho: «Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”» (Jn 13,33). Era una despedida que sonaba a muerte.
Así se entienden mejor estas palabras: «No se turbe vuestro corazón». Estaban turbados por el anuncio de la pronta separación, turbados por la cercanía de la muerte, turbados porque sabían que no iba a ser una muerte pacífica. Bien sabían, ellos y todos en Jerusalén, que los jefes de los judíos habían decidido la muerte de Jesús. Y cuando los hechos se precipitaron uno tras otro, la captura en el huerto, el juicio injusto y todos los demás hechos, sus corazones fueron hundiéndose más y más en la turbación, en el miedo, en el dolor, en la decepción… y quién sabe en cuántas oscuras pasiones. Las palabras de Jesús fueron dirigidas a ellos para esta hora: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros».
Y con todo, a los Doce no les podían parecer muy claras, porque desconocían aún en qué iba a consistir la resurrección, y cómo sería posible que Jesús, con su muerte, fuese a prepararles un lugar en la casa de su Padre. Era necesaria la fe: poner la vida en manos de Dios y en las manos de Jesús, reconociendo que él era Uno con Dios. Cuando se acerca la hora definitiva es necesario reconocer que uno no puede sostenerse a sí mismo y, más importante aún, reconocer en manos de quién uno puede ponerse. Y solo Dios puede sostenernos, el que sostiene el universo. Y solo en Cristo, Dios se ha hecho tan cercano que pueda sostenernos: «Creed en Dios y creed también en mí».
Pero estas palabras no fueron dirigidas solo a los Apóstoles, sino a los discípulos de todo tiempo y lugar… Son eternas y hoy se dirigen a nosotros, que las escuchamos en una situación muy distinta a los Doce. Sabemos muy bien en qué cosiste la resurrección de Cristo: que él ha vencido la muerte del hombre para siempre y que, vencida la muerte, lleva nuestra humanidad hasta el seno de Dios. Que el Paraíso no es ya un jardín donde Dios se pasea a la hora de la brisa, sino el mismo ser de Dios, una intimidad absoluta con Dios; que la humanidad de Cristo ha abierto una brecha en el corazón de Dios y lo ha convertido en nuestra morada; que ese corazón de Dios es su Hijo; y que su Hijo, el que nos ha amado hasta la muerte, el que nos ama, es nuestro destino eterno. Así podemos darnos perfecta cuenta de que las palabras del Evangelio hablan de un destino grande, inimaginablemente grande, para nosotros: «Volveré y os llevaré conmigo».
También sabemos bien que el camino para llegar allí es la unión con Cristo: «Yo soy el camino y la verdad y la vida», que implica participar de su vida, de su entrega, aprender a amar como él nos ha amado, amar con él a todos y amarle a Él, nuestro único destino. Todo eso lo sabemos bien, aunque muchas veces vivamos como si no lo supiéramos. Sabemos muchas cosas que los Apóstoles desconocían cuando escucharon de Jesús las palabras que comentamos.
Y, sin embargo, para nosotros surge una pregunta importante e inquietante: si deseo estar con Cristo o no. Él ha deseado tanto que estemos con él para siempre, que ha afrontado la vida humana y la muerte. Y nosotros, después de creer todo lo que hizo él por amor, después de recibir el perdón, de tener asegurado este perdón siempre, si me arrepiento de veras, después de alimentarme de su amor, de él mismo en la Eucaristía, después de todos los dones naturales y sobrenaturales recibidos de él… Después de todo eso: ¿deseo yo estar con él o no? ¿Deseo llegar donde él está, para estar con él para siempre? ¿Si o no? Seamos sinceros. No pregunto si tienes miedo a la muerte, ¡ya imagino que sí! No pregunto si tienes miedo a sufrir el dolor de la enfermedad que acompaña a la muerte, ¡ya imagino que sí! No pregunto si te pesa dejar este mundo y todo lo que aquí amas legítimamente, ¡ya imagino que sí! Te pregunto otra cosa, muy sencilla: si quieres alcanzar a Cristo para estar siempre con él.
Si la respuesta sincera es «no», ¿cómo podremos aspirar a una compañía que no deseamos? ¿Cómo podremos creer entonces que el cielo sea cielo y no tormento? Si el amor de Cristo es para nosotros un castigo, sencillamente, no lo tendremos. Y por eso he dicho que la pregunta es inquietante.
Pero si la respuesta es «sí», tiene sentido escuchar todo lo demás. Si la respuesta es «sí», «deseo estar con Cristo, porque estar con él es con mucho lo mejor», como dice san Pablo en la Carta a los Filipenses, entonces, puedes escuchar también de Jesús: «No te turbes. Cree en Dios y cree también en mí». Ahora que conoces tu destino eterno y lo amas, es el momento de la fe: de reconocer que tú no puedes nada y de reconocer en manos de quién te pones, para lo que te quede de camino, poco o mucho, fácil o difícil: en las manos de Dios y en las manos de Jesucristo. El amor guía la fe. El amor a Cristo conduce nuestra fe. Y si en el camino de la vida, corto o largo, hemos de pasar por la turbación, o la oscuridad, por el miedo o la inseguridad, por la confusión o por el dolor y la enfermedad, por la humillación o la vergüenza… Si en nosotros se levantan las pasiones, la decepción, la tristeza, la rebeldía, la ira… nos acordaremos de las palabras de Cristo: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Domingo, 7 de mayo de 2023
Domingo V de Pascua, ciclo A
CRISTO CRUCIFICADO
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- Escrito por Enrique Santayana
- Categoría: Ciclo A: Triduo Pascual
Viernes Santo – 7, IV, 2023
«Está cumplido» (Jn 19,30)
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Lectura Espiritual de la Sagrada Escritura: Profeta Joel 5
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Otros Ejercicios
Lectura y comentario: Profeta Joel 5
| Lectura Espiritual de la Sagrada Escritura 12 | |
Lectura Espiritual de la Sagrada Escritura: Profeta Joel 4
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Otros Ejercicios
Lectura y comentario: Profeta Joel 4
| Lectura Espiritual de la Sagrada Escritura 11 | |
JESÚS FRENTE AL MAL
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo I
I Domingo Cuaresma. 26-II-2023
«Al Señor, tu Dios, adorarás»
(Mt 4,10)
En el relato del pecado original podemos observar, en primer lugar, la naturaleza del mal moral: un acto de desobediencia a Dios. En la desobediencia a Dios se cifra la naturaleza de todo mal moral. El «mal moral» es un mal que el hombre hace suyo, al que asiente libremente. A eso lo llamamos pecado. Y es el origen de todo mal. Repito esto último: el mal moral, el pecado, es el origen de todo otro mal. Por eso san Pablo dice: «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte».
El relato del Génesis nos enseña, en segundo lugar, que el mal no nace de forma espontánea del hombre, como si nuestra naturaleza estuviese mal hecha. El mal nos es insinuado por un ser espiritual y libre, realmente existente, un ser personal, el diablo. Él nos sugiere el mal, lo insinúa a nuestra libertad para que lo hagamos nuestro. Lo sugiere siempre con engaño: «Seréis como Dios», les dice, cosa que él sabe perfectamente que es mentira. El diablo es «el tentador» y «el mentiroso».
En tercer lugar, el relato nos dice dónde radica la fuerza de la tentación, de la sugestión al mal: en la desconfianza. Lo primero que hace el diablo es sembrar la desconfianza en Dios: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Él en el conocimiento del bien y el mal». Que es como decir: «Dios no quiere que seas como él, Dios no te ama, Dios te desprecia y juega contigo». Cuando el hombre deja que esta semilla de la desconfianza germine en su alma, deja de complacerse en Dios como en el Bien absoluto, el «Unum necessarium», y el Bien que ordena, que jerarquiza, todos los demás bienes. La desconfianza hace que el corazón ya no se dirija a Dios como a la fuente limpia y clara de su gozo.
Pero, como el corazón del hombre está hecho para complacerse en el bien, cuando desconfía y deja de complacerse en Dios, experimenta enseguida la atracción de bienes secundarios. Tras acoger la semilla de la desconfianza, Eva experimenta la atracción desordenada: «Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos». Y si la desconfianza madura, aparece definitivamente la desobediencia, que separa al hombre de su Creador.
Este acto de desobediencia es una realidad gravísima porque afecta a la naturaleza del hombre, que se define por la relación con su Creador. La desobediencia ofende a Dios y separa al hombre de él, provocando una herida de muerte para el mismo hombre. Alcanza a todos los hombres y los coloca en una situación de debilidad frente al tentador y mentiroso.
El diablo también se acerca a Jesús para tentarlo. En las tentaciones de Jesús observamos cómo actúa el diablo sobre todo hombre después del pecado original. El primer ataque de Satanás va dirigido a nuestra carne, sobre todo, con la gula y con la lujuria. Nos hace apetecer desordenadamente las realidades que en su orden son buenas para nuestro ser corporal. «Di que estas piedras se conviertan en pan». La primera gran tentación para el hombre es siempre entregarse al placer sexual, y al resto de los placeres del cuerpo, hasta animalizarse y ahogar en el alma la búsqueda de Dios. Es la idolatría del sexo y del placer.
El segundo ataque va dirigido a las pasiones de nuestro espíritu, todas las soberbias y deseos desenfrenados de tener poder e influencia, de ser alguien frente a los demás. «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». ¡Qué fácil le habría sido a Cristo conquistar un poder y una fama mundana! ¡Qué fácil le habría sido hacer que el Sumo Sacerdote le entronizara como Rey! ¡Que Roma se pusiese a sus pies! ¡Y por una buena causa! La segunda gran tentación es la idolatría del poder, en sentido amplio (poder material, poder moral, poder político, influencia, soberbia…) El poder se nos insinúa como la capacidad para parar el mal, pero es una trampa: ¡Oh, si nosotros pudiésemos tener el poder suficiente para parar tantas leyes injustas contrarias a Dios y al hombre! Pero en realidad, es un engaño: al mal lo vence la cruz, no el poder. El poder idolatrado es un engaño: el verdadero rostro de Dios no es poder, sino el amor. Dios es rico en amor, poderoso en amor.
El tercer ataque va dirigido a la parte más elevada del alma humana: a su capacidad de amar, esa capacidad que con la que Dios nos creó a su imagen. Y ahoga esa capacidad con el deseo de los bienes materiales: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Esta es la tercer gran tentación del hombre: la idolatría de las riquezas.
El Evangelio nos enseña cómo Cristo, hombre verdadero, desenmascara y supera estas tentaciones: con la oración y el silencio. Él se adentra en el desierto para hacer frente a Satanás y se enfrenta a él después de haber permanecido cuarenta días en oración y en silencio. La actividad frenética y el ruido hacen al hombre sordo ante la Palabra de Dios. Jesús se adentra en el silencio del desierto para sumergirse en la escucha de Dios, en la oración, y hacer frente con su humanidad al diablo. Así nos enseña a nosotros qué hacer.
Para superar las tentaciones no solo hay que conocer las formas con las que el diablo nos ataca. Hace falta, además, tener todas las capacidades del hombre, las sensibles de su cuerpo, las morales de su alma y aquella capacidad espiritual suprema de su amor, dirigidas a Dios como al bien supremo, que ordena todos los demás bienes, los bienes corporales, los del espíritu y el amor del alma eterna. Esto es lo que hace la oración: unidos a Cristo, nos adentramos en la relación íntima con Dios y su verdadero conocimiento, que siembra en el alma la semilla de la fe y da como fruto la obediencia filial y el amor.
La victoria de Cristo sobre las tentaciones no terminará hasta que elevado en el árbol de la cruz lleve a su perfección el amor obediente a Dios y el amor redentor para el hombre. En la cruz el bien que parecía indefenso e ineficaz ante el mal se desborda y vence. Dice san Pablo: «No hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos». La desconfianza plantó en la creación el árbol de la desobediencia, que engendra la muerte. El conocimiento amoroso y filial de Jesucristo hacia su Padre ha sembrado otro árbol en este mundo creado, el de la fe, que da como fruto la obediencia y el amor extremo, el amor maravilloso de Cristo, que en la cruz vence el mal con un derroche de perdón y de amor.
Siempre sea alabado
En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares.