SI CREEMOS EN SU NOMBRE
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- Escrito por: ENRIQUE SANTAYANA
- Categoría: Navidad
Navidad 2023
«El Verbo se hizo carne»
Queridos hermanos:
Hablamos de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, una comunión de amor. San Juan, en su primera carta, sintetizará lo que Dios nos ha revelado de sí mismo diciendo: «Deus caritas est». «Dios es amor», una relación de amor en la que el Padre engendra desde toda la eternidad al Hijo, en la que el Hijo recibe su ser del Padre desde toda la eternidad. Y en ese entregar el Padre y recibir el Hijo, ambos espiran un vínculo de amor mutuo, el Espíritu Santo: el amor con el que el Padre engendra y unge a su Hijo desde toda la eternidad, el amor con el que el Hijo recibe y agradece al Padre su amor desde toda la eternidad. Así, si el Padre engendra y el Hijo es engendrado, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, como una espiración de ellos y como un derramarse el uno en el otro, una dulce unción de amor. Y repito: «desde toda la eternidad», porque en este engendrar el Padre, ser engendrado el Hijo y proceder el Espíritu Santo, no hay un antes y un después. Quiero decir: el Padre es eterno porque eternamente engendra al Hijo y no hay un solo instante en el que el Padre sea Padre sin su Hijo. No hay un solo instante en el que el Hijo no exista, y lo haga recibiéndolo todo del Padre. Y no hay un solo instante en el que ambos no espiren al Espíritu Santo, vinculo de amor.
Las tres personas son reales, no se confunden entre sí y subsisten realmente como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y, a la vez, son un solo ser y no se pueden separar ni dividir, porque no puede estar el Padre sin el Hijo, ni ellos dos sin el vínculo de amor que es el Espíritu. El mismo amor, que entre nosotros lleva hacia la unidad lo que es diverso, en ellos es la sustancia divina de la que participan los tres: uno engendrando, otro siendo engendrado, el tercero siendo espirado. Así, las tres personas, son un solo Dios, que participan de una sola sustancia divina. Tres personas, un solo Dios. Dios es Trinidad. Deus est Trinitas, según unas venerables palabras de uno de los antiguos concilios de Toledo.
Toda esta pequeña exposición de doctrina trinitaria, la resume mucho más san Juan diciendo: Deus caritas est. Dios es amor, Dios es una comunión de amor, Deus est Trinitas.
Hablamos de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, una comunión de amor. San Juan, en su primera carta, sintetizará lo que Dios nos ha revelado de sí mismo diciendo: «Deus caritas est». «Dios es amor», una relación de amor en la que el Padre engendra desde toda la eternidad al Hijo, en la que el Hijo recibe su ser del Padre desde toda la eternidad. Y en ese entregar el Padre y recibir el Hijo, ambos espiran un vínculo de amor mutuo, el Espíritu Santo: el amor con el que el Padre engendra y unge a su Hijo desde toda la eternidad, el amor con el que el Hijo recibe y agradece al Padre su amor desde toda la eternidad. Así, si el Padre engendra y el Hijo es engendrado, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, como una espiración de ellos y como un derramarse el uno en el otro, una dulce unción de amor. Y repito: «desde toda la eternidad», porque en este engendrar el Padre, ser engendrado el Hijo y proceder el Espíritu Santo, no hay un antes y un después. Quiero decir: el Padre es eterno porque eternamente engendra al Hijo y no hay un solo instante en el que el Padre sea Padre sin su Hijo. No hay un solo instante en el que el Hijo no exista, y lo haga recibiéndolo todo del Padre. Y no hay un solo instante en el que ambos no espiren al Espíritu Santo, vinculo de amor.
Las tres personas son reales, no se confunden entre sí y subsisten realmente como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y, a la vez, son un solo ser y no se pueden separar ni dividir, porque no puede estar el Padre sin el Hijo, ni ellos dos sin el vínculo de amor que es el Espíritu. El mismo amor, que entre nosotros lleva hacia la unidad lo que es diverso, en ellos es la sustancia divina de la que participan los tres: uno engendrando, otro siendo engendrado, el tercero siendo espirado. Así, las tres personas, son un solo Dios, que participan de una sola sustancia divina. Tres personas, un solo Dios. Dios es Trinidad. Deus est Trinitas, según unas venerables palabras de uno de los antiguos concilios de Toledo.
Toda esta pequeña exposición de doctrina trinitaria, la resume mucho más san Juan diciendo: Deus caritas est. Dios es amor, Dios es una comunión de amor, Deus est Trinitas.
El Evangelio habla de Uno de la Trinidad, del Hijo eterno. Habla de él y le llama Verbo. San Juan usa el término griego Logos. No os quiero marear con distinciones filológicas y voy derecho a lo que significa, al menos en parte, en el uso que le da el Apóstol. Logos, Verbo, en primer lugar, significa «verdad», «razón», «inteligencia», «orden». Al hablar del Hijo eterno así, san Juan está diciendo que Dios no es un ser caprichoso, ni caótico, ni se define por una omnipotencia ciega o caprichosa. Es verdad que Dios es omnipotente, todopoderoso, pero su omnipotencia nace de la verdad, de la razón, del orden, es decir, no es un tirano ni un déspota.
En segundo lugar, Logos, Verbo, significa también comunicación, relación, donación, palabra. El Verbo es todo comunicación, en primer lugar, porque lo recibe todo de Dios; pero también porque siendo palabra se convierte en mediador que comunica el ser de Dios, el amor de Dios, fuera de sí mismo.
En segundo lugar, Logos, Verbo, significa también comunicación, relación, donación, palabra. El Verbo es todo comunicación, en primer lugar, porque lo recibe todo de Dios; pero también porque siendo palabra se convierte en mediador que comunica el ser de Dios, el amor de Dios, fuera de sí mismo.
Si unimos los dos significados a los que he aludido, tenemos que el Hijo es el Verbo, el Logos, porque es una verdad, una razón, que se comunica, que se entrega y crea comunión, crea una vida común. Aquí podemos preguntarnos, ¿qué vida común es esa que crea el Hijo, el Logos, el Verbo?
Pues bien, podemos identificar dos momentos de esta vida. Primero, la creación: «Todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho». Dios es creador y todo lo ha creado por su Verbo. Con lo que llevamos dicho se entienden al menos dos cosas muy importantes sobre la creación. Si viene del Logos, del Verbo, la obra creada está regida por la ley de la verdad, del orden, de la razón y nosotros podemos descubrir esa verdad al contemplar y examinar la obra creadora. Si viene del Logos, del Verbo, significa también que está gobernada por el amor: la creación es el ámbito, el espacio del amor. Solo puede ser el espacio del amor, porque lo es de la verdad y de la libertad. Solo la verdad hace posible la libertad y solo la libertad hace posible el amor.
Pero seguimos hablando de esta obra creadora del Logos, del Verbo, porque en el centro de la creación ordenada por la verdad, en medio de esta creación que es el espacio para el amor, está el hombre: «En él, [en el Verbo], estaba la vida y la vida era la luz de los hombres». El Verbo es la luz de aquel único ser creado a su imagen, que puede recibir la verdad y el amor: el hombre. Sí, la creación inmensa y grandiosa, ordenada, llena de una belleza descomunal, está hecha para ser el escenario del diálogo amoroso entre Dios y el hombre por medio de su Verbo, por medio del Hijo eterno.
La libertad dada por Dios al hombre para el amor, implica el riesgo del rechazo, del desprecio, del pecado. San Juan hace alusión a él: «La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió». Sin embargo, el pecado no puede parar la obra del Verbo, la lógica de la verdad y del amor, que obra con una audacia inimaginable: «Se ha hecho carne», se ha hecho hombre» y así rompe la barrera con la que el pecado había separado al hombre de la luz del Verbo. El Verbo ha iniciado así una obra tan grande con su creación y con el hombre, que es una segunda creación.
Este es el segundo momento de la vida común que el Verbo crea. San Juan lo dice así: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Ahora, el Verbo puede comunicarse al hombre y con el hombre de una forma inmediata, de hombre a hombre. Es la obra de la redención y de la divinización del hombre. Los que conocemos la historia de Jesús sabemos lo que conlleva el hacerse hombre y nacer como hombre: una vida realmente humana, el dolor, la muerte, la cruz. El que nace morirá en la cruz. Tanto en el pesebre como en la cruz es el Verbo que se ha hecho carne. La encarnación y el nacimiento del Verbo es un romper la separación impuesta por el pecado con una donación extrema, la de la cruz, para llevar a su culminación la obra primera de la creación. Aquí sí que se rompe toda posible idea previa sobre Dios. Lo dije antes, su omnipotencia nace de la verdad y del amor. Y es el amor el que le lleva a «empequeñecerse», a hacerse hombre y entregarse al hombre. ¿Para qué? Para llamarnos al amor y para capacitarnos para el amor. Ni nuestros límites naturales, ni nuestro pecado, ni la debilidad que nos inocula el pecado, puede resistir a esta fuerza del amor del Verbo, que viene a nosotros para recrearnos, para terminar de hacernos partícipes de su vida, para comunicarnos su vida de Hijo, si como dice el Evangelio, creemosen él: «a los que creen en su nombre», entiéndase aquí: «a los que creen en él y se entregan a él», les dio poder de llegar a ser hijos de Dios, es decir, de unirse a él en su vida trinitaria. Para esta recreación el Verbo se hace hombre y solicita el amor libre del hombre y su confianza, la fe. A los que libremente responden al amor del Verbo con la fe, «les da poder para ser hijos de Dios». El verbo encarnado llama a nuestra razón, a nuestra voluntad, a nuestro corazón para que le demos fe.
Quiero precisar algo que, a veces, pensamos mal y que empequeñece la idea que tenemos del amor y de la encarnación del Hijo de Dios y de su nacimiento como hombre. A veces pensamos que esto de tomar carne es como tomar un vestido que no afecta al ser mismo del Verbo y que cuando quiera se puede quitar. Nada de eso. El Verbo se hizo hombre y eso significa que, de una vez para siempre, le pertenece como propia la sustancia humana, nuestra naturaleza. Significa que, de una vez para siempre, desde que tomó carne en el seno de María, es tan hombre como nosotros. Y si esto es así, de una vez para siempre, el camino de comunión con Dios está abierto para nosotros en él: él es el Camino. Su humanidad es un camino del amor por el que llega a nosotros hoy y siempre. Su humanidad es el camino por el que nosotros podemos llegar a él, hoy y siempre. Su humanidad es un camino que nos lleva al corazón de Dios, para no salir de allí jamás.
Por último: todo esto es una obra grande y es de Dios, no nuestra. Nuestras obras, incluso las grandes, son pequeñas comparadas con la obra de la redención y de la divinización del hombre, la obra del amor de Dios. No la empequeñezcamos con nuestra mente corta, con nuestra voluntad raquítica, con nuestro corazón acostumbrado a amores pequeños. Agrandemos el horizonte de nuestro corazón hasta Dios mismo, ya que él mismo ha venido a tomarnos de la mano. Agrandemos nuestro corazón, porque es Dios quien se nos ofrece, no una pobre criatura. A partir de ahora, nuestro destino es el destino de este niño. Donde él está allí estaremos. Lo que él es, es lo que nosotros seremos, si creemos en su nombre.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del día de Navidad, 2023
Oratorio de San Felipe Neri
Oratorio de San Felipe Neri
TESTIGO DE LA LUZ
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- Escrito por: P. ENRIQUE SANTAYANA
- Categoría: Domingo III
III DOMINGO DE ADVIENTO
17-XII-2023
«Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4)
El ministerio de Juan, el Bautista, tuvo un aspecto duro, áspero, que inspiró temor, y otro aspecto luminoso, que inspiró gozo y alegría. El aspecto duro tiene que ver con el pecado del hombre al que se dirige, nuestro pecado, que él debe denunciar y remover, para purificar y renovar. Este aspecto duro se resume en las palabras que Mateo y Lucas nos recuerdan de él: «Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego» (Mt 3,10). Pero este ministerio de rigor está en función de la luz que viene, del perdón que se acerca, del amor que llama a la puerta. Y san Juan, el discípulo amado, que primero fue discípulo del Bautista y después de Jesús, cuando recuerda a su primer maestro, dice: «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él». El discípulo amado entendió que el rigor del Bautista estaba en función del amor, de la luz, que es Cristo.
Al ver al Bautista y su predicación vigorosa, muchos pensaban si no sería él el Mesías prometido. Desde Jerusalén los miembros del Sanedrín enviaron algunos levitas y sacerdotes a preguntarle. Querían saber si él era el Mesías, aquel prometido por Dios y esperado por los justos de Israel. También nosotros podemos preguntarnos si la denuncia del pecado y la llamada a la conversión es lo que podemos esperar de Dios, lo que Dios nos da. ¿Es el semblante severo del Bautista lo que podemos esperar de Dios? Desde luego que el Bautista, con su llamada a la conversión, viene de Dios, pero ¿es esto todo lo que Dios nos da? ¿Esto es todo lo que podemos esperar? ¿Será solo el temor lo que tenga que mover nuestra vida hacia Dios?
El Bautista mismo les dice a los enviados del Sanedrín: «Yo no soy el Mesías». Es decir, yo no soy el contenido de la promesa divina, yo no soy lo que Dios ha pensado daros, el don que Dios os va a dar, no soy aquello que debéis esperar de Dios. La plenitud no soy yo. Yo no soy nada, solo llamo a la penitencia, no tengo más poder que señalar lo que es vuestro, el pecado y la tristeza que engendra, el miedo, la injusticia, la amargura de la envidia y del odio… Eso es lo que yo señalo y es vuestro, no de Dios, sino vuestro. Por lo tanto: «Yo no soy el Mesías».
Yo solo bautizo con agua, que uso como símbolo de purificación y de penitencia, pero Dios ha preparado algo mucho más grande para vosotros: la luz y el gozo que viene detrás de mí. Aquí aparece el aspecto luminoso del ministerio del Bautista: viene uno mucho más grande que yo, al que no soy digno de desatarle la correa, y viene con algo que no es vuestro, sino de Dios. Viene con la misericordia, la luz, el amor. «Él os bautizará con Espíritu Santo», no en agua, sino en Espíritu Santo, esto es, en el amor de Dios. Os sumergirá en el amor de Dios y de este amor renaceréis como hijos de Dios. No como meros hombres, sino como hijos de Dios. Y sobre todo: Ya está entre vosotros. No tenéis que esperar más siglos, ni más años, ni más días. No le conocéis, pero ya está entre vosotros, ya está «en medio de vosotros». Así el testimonio duro del Bautista se transforma en testimonio lleno de luz, cuando señala al que viene detrás de él. Viene «como testigo, para dar testimonio de la luz».
El profeta Isaías nos describe al que viene con el Espíritu Santo, nos describe al Mesías, al que ha sido ungido con el Espíritu Santo antes de la creación del mundo y viene ahora como hombre lleno de ese mismo Espíritu para derramar sus gracias divinas sobre el hombre, viene con los dones del cielo que se derraman sobre nosotros y superan nuestros pecados y todas sus tristes consecuencias: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor». Jesús sí es el Mesías, el que ha sido ungido con el Espíritu de Dios, él sí es todo lo que podemos y debemos esperar. Él viene con los dones de Dios. Él es Dios que se nos da, para elevar nuestra pobre condición hasta hacernos partícipes de él. Como dirá san Pablo: «En él Dios ha hecho residir toda la plenitud […] En él están ocultos, [en él se encierran,] todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia […] En él habita corporalmente la plenitud de la divinidad». (Ef 1,19; 2,3.9).
Esta es la razón por la cual la liturgia de hoy nos llama al gozo y a la alegría, con las palabras de san Pablo: «Estad siempre alegres». No por nosotros, sino por el que viene a nosotros desde Dios. Nuestra alegría nos viene de Dios. De nosotros viene el pecado y todo lo que arrastra. La alegría nos viene de Dios. Y como Dios viene, como Dios está entre nosotros, la misma Palabra de Dios dice: «Estad siempre alegres». San Pablo conoce bien dónde está la fuente de la alegría, por eso junto a la exhortación a la alegría dice: «rezad», «sed constantes en rezar». Porque nuestra alegría viene de Dios, debemos acudir a él y entrar en diálogo amoroso con él. Sin esta relación de la oración, hecha de fe, de amor y de esperanza, volvemos sobre nosotros, cerramos nuestra relación con la luz y vuelve la oscuridad y la tristeza que nos es propia. El hombre sin Dios es triste y no tiene futuro, ni esperanza.
La llamada a la alegría es también una llamada a la oración, a la escucha, al diálogo amoroso y obediente con Dios. La alegría va de la mano de la oración. A veces todo lo que nos rodea nos invita a olvidarnos de la oración y de Dios. Parece que solo el trabajo es útil y que solo la diversión nos puede traer algo de dicha, que la oración no sirve de nada. Parece que la oración es para los que ya no pueden trabajar o los que ya no saben o no pueden divertirse. Sin embargo, ya sabemos por experiencia que hagamos lo que hagamos, trabajemos o nos divirtamos, si nos olvidamos de Dios, al final solo cosechamos tristeza. Solo de Dios nos viene la luz y la alegría. ¡Alegraos siempre en el Señor!
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del III domingo de Adviento, ciclo B
17 XII 2023
Oratorio de San Felipe Neri
17 XII 2023
Oratorio de San Felipe Neri
3 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
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- Escrito por: Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
![]() D. Juan Antonio Reig Pla |
| Ejercicio de los Sábados | |
1 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
2 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
TODA HERMOSA, TODA SANTA, PURÍSIMA, INMACULADA
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- Escrito por: P. Enrique Santayana
- Categoría: Festivos y solemnidades
8-XII-2023
«Llena de gracia» (Lc 1,28)
Nadie en su sano juicio negará que el mal es universal, es decir, que en este mundo hermoso y bueno el mal aparece en cualquier parte. El hombre es una criatura increíble: es pequeña y débil, pero, al tiempo, es más grande que el universo en el que vive, puede recorrerlo con su razón y la capacidad de su alma es aún más grande, porque ha sido creado a imagen de Dios, libre, capaz de amar y ser amado, capaz de Dios. Sin embargo, también en el hombre aparece siempre el mal.
PASTOR Y REY
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- Escrito por: Enrique Santayana
- Categoría: Cristo Rey A
Jesucristo, Rey del Universo
26-XI-2023
«Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré»
(Ez 34,11-12)
El último domingo del año litúrgico está dedicado a Jesucristo, Rey del Universo. La Iglesia se alegra porque su Señor y Esposo reina sobre el universo. Eso significa exactamente que él a través de la historia gobierna y conduce a los hombres hacia Dios. Podría parecer que quien gobierna es el diablo, o sus aprendices. Eso mismo pensaba el diablo cuando conducía a Jesús hacia la muerte, pero solo daba la ocasión al Hijo de Dios hecho hombre de vencer. Con su amor de obediencia al Padre, vencía la desobediencia de Adán, que nos trajo la muerte; con su amor de perdón a todos, vencía el odio que inauguró Caín y que convirtió la creación de Dios en un anticipo del infierno. Así también, de forma misteriosa y desconcertante para nosotros, Cristo, resucitado y glorioso, conduce a los hombres hacia Dios, su Padre. Él es Rey del Universo.
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