Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

«Felipe, el apóstol de la libertad» El musical.

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Domingo in albis
12-IV-2026

«Paz a vosotros» (Jn 20,19)

Queridos todos:
En la mañana de Pascua, el Evangelio nos mostraba la tumba vacía. El alma de Cristo «descendió a los infiernos», pero el infierno no pudo retener un alma humana habitada por Dios. Su cuerpo había sido dejado en la tumba fría, pero tampoco la corrupción pudo hacer suyo el cuerpo que ya Dios había hecho suyo para siempre. La tumba vacía fue el primer signo que llamaba a la fe y al amor de Pedro y Juan. Y el amor de Juan, guiado por la fe de Pedro, creyó: «vio y creyó». Así concluía el relato de la tumba vacía que escuchábamos el domingo pasado. Hoy no se nos pone ante la tumba vacía, sino ante el mismo Cristo, que resucitado, se muestra a los apóstoles. En dos momentos: en la tarde del primer día de la resurrección; y ocho días después, tal día como hoy, cuando Tomás tocó las llagas de Cristo.
Quiero empezar recordando algunas cosas básicas de nuestra fe.
No hablamos de la resurrección como un símbolo, sino como una realidad que atañe a la persona de Jesús. Ante los ojos atónitos de los apóstoles, Jesús «les enseñó las manos y el costado», como diciendo —entre otras cosas—: «soy el mismo que visteis en la cruz». Nuestro Señor, el que nos amó, el que murió en la cruz, el que tuvo sus pies clavados, el que murió desangrado en la cruz, es el que resucitó. «Resucitó de veras mi amor y mi esperanza». No creemos en la victoria de un ideal, de una ilusión, de una moral, de una causa… Creemos en la victoria de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Solo eso nos llena de alegría, como los apóstoles, también ellos se llenaron de alegría al darse cuenta de que era realmente él.
Cristo es una sola persona, el Hijo de Dios, con dos naturalezas plenas y verdaderas, que no se confunden ni se separan: la divina y la humana. La resurrección de Cristo significa que la muerte no ha podido separar esta unidad de Dios y hombre en Cristo. Cristo resucitado sigue siendo Dios verdadero y hombre verdadero, sigue teniendo un alma humana y un cuerpo humano, que ahora han llegado a su perfección, han sido divinizados. El Resucitado es el hombre pleno. Lo veremos mejor cuando celebremos la Ascensión del Señor, aunque una sola frase del Credo lo resume: «subió a los cielos».
Así llegamos a otro dato que nos ofrece el relato evangélico de hoy: que la humanidad de Cristo resucitado ya no está sometida a las limitaciones de la primera creación. Puede penetrar en el cenáculo sin abrir las puertas, puede estar aquí, realmente presente en la Eucaristía, mientras está realmente presente en el seno de Dios. Y puede penetrar en el santuario interior del alma de cada uno de nosotros. Cristo en nosotros y nosotros en él. La victoria de Cristo es también esta victoria sobre los límites del amor humano. Con su humanidad y su divinidad, Cristo rompe todos los límites… Él puede estar presente realmente en su Palabra, puede estar real y sustancialmente presente en el altar, puede penetrar y habitar realmente nuestra alma.
Ahora quiero llamar la atención de otro detalle sobre el que vuelvo cada año: el hecho de que en el cuerpo del resucitado permanezcan las llagas de su pasión. ¿Por qué este cuerpo glorioso mantiene esta memoria viva, quizá doliente, de la Pasión? La respuesta tiene que ver con la fiesta que el Papa Juan Pablo II quiso unir a este II Domingo de Pascua: la fiesta de la Divina Misericordia. Uno de los autores de la antigüedad cristiana, Orígenes, dijo que la resurrección había hecho que el sacrificio de Cristo por los hombres, permaneciese eternamente. ¡Qué verdad más grande supo ver este autor! La resurrección de Cristo significa que nada de su humanidad queda sepultado por la muerte ni por el tiempo. Todo lo que él es, todo lo que dijo y todo lo que él hizo, es realmente eterno y vivo. ¿Qué es la Eucaristía sino la actualización entre nosotros del sacrificio que una vez ofreció Cristo en la cruz? No es su recuerdo, como si ahora no fuese real; ni tampoco es su repetición, como si el único sacrifico de la cruz no tuviese el valor suficiente para redimir a todos los hombres de todos los tiempos. Es su actualización: se hace actual entre nosotros lo que una vez ocurrió y ahora es presente y vivo en la eternidad de Dios. Por la resurrección, permanece el día de la reconciliación, permanece su sacrificio por nosotros, permanece ese acto de amor que ni los hombres ni los ángeles habrían podido nunca imaginar, y del que dice san Juan: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Este amor se manifiesta como amor misericordioso: se entrega a los miserables, entra en ellos, y por la fuerza misma del amor, los redime, los recrea por dentro, los hace criaturas nuevas. La misericordia de Dios llega a nosotros por la resurrección.
El evangelio de hoy está lleno de detalles en los que se nos muestra esta voluntad de Cristo de hacer que su misericordia llegue y salve a todos. El primero de esos detalles es el saludo: «La paz con vosotros». Viene de la muerte sufrida por el pecado, pero anuncia la paz de Dios: la deuda del pecado ha sido pagada, Dios ha puesto paz entre él y el hombre: «Paz a vosotros». Por dos veces Jesús reitera ese saludo —desde ese momento es el saludo de los obispos en la liturgia—.  Y con el segundo saludo, como efusión de esa paz que ha de llegar a todos, añade: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». Y he aquí que los apóstoles, con toda su pobreza, reciben la capacitación y el mandato de reconciliar a los hombres con Dios, es decir, de perdonar los pecados. El sacerdocio es instituido para llevar el perdón a cada hombre. El sacerdocio no es un título humano, sino una participación, primero de la intimidad, y por eso también del poder que solo Cristo tiene de salvar al hombre del pecado. Mirad lo que ha dicho el Señor a los apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El don del Espíritu Santo está vinculado a la resurrección de Cristo, lo veremos con el paso de los domingos hasta Pentecostés. Pero ya aquí Cristo da de su Espíritu a los apóstoles. Y el Espíritu es su vida más íntima, su vida de unión con el Padre; y dándoles parte en esta intimidad les hace capaces de dar su perdón; o de no darlo, si el hombre no tiene las disposiciones necesarias.
Hablar del resucitado, de la misericordia y del sacerdocio de los apóstoles nos lleva a otro detalle. Las dos apariciones que nos narra san Juan son apariciones a los apóstoles que permanecen juntos. Sí, como siempre con sus miserias, aquí con miedo, pero se mantienen juntos. ¡No os equivoquéis! No existe vida cristiana fuera de la comunión apostólica. Y esta comunión no es una cosa de ideas, sino de vida real común, con miserias incluidas. Tomás, que no está con todos en el primer momento, debe reunirse con ellos para poder ser también beneficiario de los dones de la resurrección. Y esto ocurre el primer día de la semana, que para los cristianos se convirtió en el «día del Señor», «dies Domini», el Domingo, el día de la Eucaristía y día de la Iglesia.
Con la resurrección de Cristo, con los Apóstoles constituidos como ministros y sacerdotes de la misericordia divina, con la vida común, el domingo y la Eucaristía, se establece la Iglesia, como una comunión que es comunión con Dios, que permite que la vida de Dios corra por nosotros, como una nueva sangre por nuestras venas. Mirad la noticia que nos daba el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Los hermanos —¡los llama ya hermanos!— perseveraban en la enseñanza de los apóstoles —la fe apostólica—, en la comunión —la vida común—, en la fracción del pan —la Eucaristía— y en las oraciones». Así empezó a extenderse el don del perdón, añadiendo uno a uno nuevos miembros a la vida común: «Día tras día, el Señor iba agregando a los que se iban salvando».
Así es como la misericordia de Dios llega a nosotros. Busquémosla pidiendo perdón por nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. Perseveremos en la fe recibida de los apóstoles, en la vida y la oración común, en la Eucaristía: Cristo en nosotros y nosotros en él.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
P. Enrique Santayana C.O.

Archivos:
Homilía del II Domingo de Pascua, 12 de abril de 2026
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid
Autor-1701;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1701Lunes, 13 Abril 2026 14:19
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