CRISTO RESUCITADO Y LOS BIENES ETERNOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo I
Domingo de Pascua
31-III-2024
«Buscad los bienes de arriba, donde está Cristo» (Col 3,1)
María Magdalena, Pedro y Juan habían sido heridos en el alma al ver a Jesús en la cruz, muerto en brazos de María, depositado en el sepulcro. No es difícil imaginar a la Magdalena golpeada en el alma por la impotencia, ante el mal que se había abalanzado sobre Cristo. Ni el escozor de las lágrimas de Pedro, por su cobardía y su falta de virilidad. Tampoco es difícil imaginar a Juan herido por el mucho amor con el que amaba a su Maestro.
Juan mismo nos cuenta cómo los tres buscaron, entre las sobras y las primeras luces del alba, el rostro de quien amaban y había muerto. Al alba del tercer día de la muerte, María fue al sepulcro, la piedra que lo cubría estaba apartada y el sepulcro vacío. Más allá de Santa María Virgen, la Magdalena fue la primera en buscarlo y la primera que lo verá resucitado. Con el pulso acelerado corrió donde Simón Pedro, porque era Pedro, a pesar de su pecado, a quien Jesús había hecho otro yo suyo, cabeza de todos los discípulos. Donde está Pedro está también Juan que, siendo el más pequeño, por su amor y por su fidelidad a Cristo, se había convertido en autoridad para los más viejos.
Los dos corrieron al sepulcro, les hacía correr el amor. Juan con su amor virginal y sacerdotal, todo de Cristo. Pedro, bastante mayor que Juan, como puede, con el peso de su pecado, también amaba y corrió detrás de Juan, que llegó el primero. En el evangelio recuerda cómo vio el sepulcro y, desde fuera, tendidos, los lienzos con los que había sido cubierto el cuerpo de Jesús. Esperó a que llegase Pedro, el que debía ir en cabeza. En el Evangelio Juan lo llama «Simón Pedro». «Simón» era el nombre de siempre, el nombre del pescador del lago de Genesaret. «Pedro» era el título que le había dado Jesús, la piedra de la Iglesia, el otro «yo» de Jesús. Él debe ir siempre en cabeza. Pedro llegó, entró en el sepulcro y vio los lienzos tendidos y el sudario enrollado en un sitio aparte. Jesús no estaba. El sepulcro estaba vacío. Y el detalle de los lienzos, ¿qué importancia tienen? Señalan el lugar donde estuvo muerto Jesús y donde ya no está. Tienen la importancia de ser el rastro que había dejado aquel a quien amaban. Detalles importantes solo para el que ama y busca a quien ama.
Este amor alumbró la fe. Porque solo el que ama llega con su fe más allá de lo que ven los ojos. Ellos vieron la tumba vacía, los lienzos y el sudario, pero el amor alumbró la fe que descubre la verdad: Cristo había resucitado, según había prometido. El amor alumbró la fe y la fe abrió el entendimiento. «Si no creéis, no comprenderéis», había dicho Isaías. Ellos creyeron y entendieron; la fe nos da acceso a la verdad. Así lo recuerda Juan: «Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos». Y así quedaron los tres a la espera de verlo y escucharlo vivo. Y Jesús no defraudó su amor. Lo verían poco después. Cristo no defrauda a quien lo ama y lo busca, aunque no tenga un amor tan perfecto como el de Juan.
Pasado el tiempo Simón Pedro vino a ser, para la mayoría de cristianos, sencillamente «Pedro», la piedra sobre la que Cristo construye, aquel que hace presente a Cristo. Así aparece ya en la primera lectura. Pedro predica y vuelve sobre aquel hecho fundamental de la resurrección. Ahora no es solo el que buscaba a Jesús en la mañana de la resurrección, ahora es el testigo del resucitado, y el maestro que tiene una responsabilidad, el que, por amor a su Señor, enseña el significado de la resurrección.
«Somos testigos», dice, «nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección». Pues bien, a Cristo, «Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos». Esta afirmación de Pedro nos pone no solo frente a la victoria de Cristo sobre la muerte, sino que nos enfrenta a todos, cristianos o no, a un destino eterno del que Cristo es juez. Cristo, que ha vencido a la muerte, es ahora juez universal. Tenemos un destino eterno, de salvación o de perdición, y Cristo es el juez de ese destino. Los hombres, sobre todo los que se creen poderosos o sabios, pueden ignorarlo; puede ignorarlo el mundo entero; pero un día descubrirán que toda su vida y ellos mismos son juzgados por el crucificado que vive. ¿Y cuál es la ley de este juez, su criterio y su medida? El amor que ha mostrado y ofrecido en la cruz. Este es el criterio, la medida y la ley con que seremos juzgados. Quien desprecia este amor se condena. Es así de sencillo. Quien, sin embargo, cree en él, recibe por él el perdón de los pecados. Lo dice san Pedro: «Todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados». Pedro recordaría siempre la mañana de la resurrección, la tumba vacía y los lienzos abandonados; sabía muy bien qué era eso de creer en el crucificado, aun con su pecado, y sabía muy bien cómo Cristo da el perdón y que su perdón abre nuestra vida pobre y fugaz a la vida de Dios, gloriosa y eterna.
Dios no nos creó a su imagen para vivir solo esta vida en la tierra, pobre y huidiza. El Unigénito de Dios no se hizo hombre para darnos una salvación temporal. No murió en la cruz para que nuestra esperanza se limite a este mundo, siempre pequeño para el alma. No reduzcamos nuestro destino glorioso a una útil profesión, a un poco de bienestar burgués y de tranquilidad. Cristo murió para salvarnos de la muerte y resucitó para hacernos capaces de entrar en el seno de Dios y vivir la vida de Dios, una vida de santidad, de amor perfecto, la vida eterna.
Subrayo esto: por la resurrección nuestra esperanza está en el cielo, no en esta tierra. Hoy nos alegramos de que nuestro Señor viva, de que su amor por nosotros no termine con la muerte. Nos alegramos de que nada ni nadie pueda separarnos de él. Ni la muerte, ni ninguna otra circunstancia, cosa o persona, pueden poner un límite a su amor y separarnos de él. Hoy se alegran los ángeles, con la Madre de Jesús, con todos los santos y con todos los que buscamos su rostro, aunque llevemos la marca de nuestros propios pecados. La resurrección no es un símbolo, es un hecho: nuestro Señor vive. Y la esperanza que nace de este hecho no es la esperanza raquítica de vivir cuatro días más en esta tierra, o de ser un poco más buenos y tener así un poco más de tranquilidad espiritual. La esperanza que nace de la resurrección es la de la vida eterna, la de participar de la santidad y de la vida de Dios. Nuestro destino es eterno. Y lo es por Cristo, solo por él, porque él murió y resucitó.
Esto me lleva a lo que dice san Pablo. Repito sus palabras, que no requieren comentario: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros juntamente con él en gloria».
Aprendamos de la Magdalena, de Pedro y de Juan, a buscar siempre a Cristo, entre las sombras de esta vida y las primeras luces de la vida eterna que ya ha despuntado. En esta vida busquemos su rastro, pidámosle que nos admita a su mesa eucarística y, alimentados de él, crezca nuestro deseo, conforme crece el amor y la fe. Busquemos a Cristo, un día tras otro, con el amor que tenemos, grande o pequeño, aunque esté manchado por el pecado. Por su gran misericordia, veremos su rostro glorioso y le alcanzaremos en la Vida eterna, a él que es nuestro único bien.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del Domingo de Pascua
31 de marzo, 2024
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
31 de marzo, 2024
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
REY MANSO Y HUMILDE
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Ciclo B: Domingo de Ramos
Domingo de Ramos. B
24-III-2024
[Tras el evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén]
Quiero recordaros unas palabras que leemos en el evangelio de la infancia de san Lucas. Jesús, con doce años, había subido a Jerusalén con José y María para la Pascua y, cuando la caravana emprendió la vuelta, él se quedó en el Templo sin avisar ni a José ni a María, que solo se dieron cuenta al término de la primera jornada de viaje. Cuando, después de tres días de búsqueda, lo encontraron, María preguntó a su hijo por qué había obrado así. Todos recordamos la respuesta de Jesús: «¿no sabíais que yo he de ocuparme de las cosas de mi Padre?». Pero el evangelista dice: «ellos no comprendieron lo que les dijo». ¡No es que no entendieran las palabras! Lo que no entendían era hasta dónde llegaban las obligaciones de aquel que, por entonces, era solo un muchacho. Dios les había revelado cuál era su misión, pero no conocían lo que suponía para la vida de Jesús. En el momento de su concepción, el ángel le había dicho a María: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin». A la madre le dijeron que su hijo sería el Mesías Rey, el heredero del trono de David, pero no le dijeron el cómo ni lo que supondría. A san José, por su parte, le fue revelado en sueños que su hijo sería el Salvador de los hombres, pero tampoco él fue informado de cómo ni de lo que ello supondría para la vida de Jesús: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Aquel quedarse en el Templo sin pedirles permiso ni avisar y su posterior respuesta, con el dolor y el desasosiego que les había causado, era una señal de que su misión implicaba el desgarro de sus afectos, implicaba el sacrificio. Se iba dibujando la forma de la cruz, pero para José y María eran solo trazos imprecisos en un futuro que se ocultaba a sus ojos. No comprendían qué supondría que él se tuviera que ocupar de las cosas de su Padre. Pero, aunque no comprendían, María, «guardaba todas estas cosas en su corazón». No entendía todo lo que oía y veía, pero todo lo guardaba en el corazón.
Esto que no entendían se les mostró en la pasión y muerte de Jesús. María las vivió muy de cerca y, entonces conoció lo que implicaba la misión de su hijo. Conoció no con la imagen fría que deja en la mente una historia lejana, sino con el dolor y el amor que graban en el alma una imagen ardiente y viva. Estos hechos, que constituirán el objeto eterno de la contemplación amorosa de santa María, nos enseñan también a nosotros cómo Jesús se ha convertido en el Mesías que nos introduce en el Reino de Dios, y cómo se ha convertido en nuestro Salvador.
Al comenzar la Semana Santa, quiero invitaros a guardar en el corazón todo lo que Jesús dice, todo lo que hace y todo lo que se deja hacer. Aunque no entendáis muchas cosas, guardadlas en el corazón, porque no hay nada que Jesús diga, haga o padezca que no sea producto de un amor inimaginable por nosotros y que no tenga un valor salvífico para nosotros. ¡Imitad a su madre! Pedidle a María que os permita acompañarla al escuchar el Evangelio, al contemplar a Jesús entrando en Jerusalén, muriendo en la cruz o resucitando al tercer día, y guardadlo todo en el corazón. Pedidle que os permita acompañarla y que estos hechos, que nos traen la salvación, que nos abren las puertas del Reino de Dios y nos hacen hijos de Dios, se graben en nuestra alma, como están grabados en la suya, con un conocimiento doloroso y amoroso, que dejan en nuestra alma la imagen viva de Cristo.
[Tras la lectura de la Pasión]
María había escuchado del ángel que su hijo recibiría el trono de David y que reinaría eternamente. Y al entrar en Jerusalén, Jesús lo hace como el Mesías Rey, aclamado por sus discípulos y una multitud que se une a ellos. En los mantos echados a sus pies, en las palmas y las ramas de árboles agitadas al aire o echadas a su paso como una alfombra, en los gritos eufóricos, «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!», en todo eso, resuenan las promesas de los profetas y de los salmos, que no podemos explicar detenidamente. Con todo eso los discípulos proclamaban a Jesús como Mesías Rey, que se disponía a tomar posesión de su trono y de su reino.
San Marcos relata este momento tan decisivo de una forma un tanto chocante, porque junto a Jesús hace protagonista de su relato a un borrico. ¿Por qué tanta atención del relato de san Marcos para este pollino, un asno joven, que se convierte en la cabalgadura de Jesús? San Juan dirá que los discípulos no entendieron entonces por qué quiso Jesús entrar en Jerusalén montado en un pollino. ¿Qué significa?
Significa que Jesús va a tomar posesión de su reino no destruyendo a sus enemigos a través del poder de la fuerza o de la violencia, sino con el poder de la mansedumbre, de la pobreza y del amor. No entra a caballo, ni en un carro de guerra, ni en el carro lujoso en el que los poderosos se hacían transportar, sino a lomos de un animal manso, que ni siquiera era suyo, sino que toma prestado. La mansedumbre del animal anuncia la mansedumbre de Cristo en la pasión. Hay un momento, cuando Jesús esté ante Pilatos, en el que san Marcos nos dice que Jesús ya no contestó nada y Pilatos se extrañó de su silencio. A partir de este momento Jesús solo se dirigirá a su Padre. Es el cordero de Dios, que va manso al sacrificio. Pero hay que entenderlo bien. Podríamos admirar esta mansedumbre al tiempo que nos decimos: «no sirve de nada. Lo que realmente vale es la fuerza, el poder, la riqueza, la apariencia de fuerza que impone a los demás lo que es justo». Sin embargo, os pregunto: ¿no sirve de nada la mansedumbre de Cristo? Mirad bien, porque esta mansedumbre no es inútil, es el arma con la que va a vencer y a destruir a sus enemigos, que son los enemigos de nuestra alma, los que quieren robarnos la vida eterna con Dios. Él vence con su pobreza, con sus lágrimas, con su mansedumbre, con su sed de que se cumpla el plan de Dios —sed de justicia divina—, con su misericordia, con la pureza de su corazón, con sus palabras y gestos pacíficos, con su padecer voluntariamente el peso del pecado de todos y toda la injusticia de este mundo. Esas son las armas con las que Cristo vence, las armas que pone en manos de todos los santos para que participen de su victoria, las armas que pone en nuestras manos.
A María, en la anunciación, el ángel le había dicho que Jesús recibiría el trono de David, y que reinaría eternamente. Él toma el trono con su pasión y muerte. Para esto entra en Jerusalén montado en un pollino joven, dócil, expresando desde el primer instante el significado de lo que va a ocurrir y que esa era la voluntad de Dios, el plan previsto por Dios para salvar al hombre, anunciado más o menos oscuramente por el profeta Zacarías: «No temas, hija de Sion, mira a tu rey que viene a ti, manso, montado en un pollino». No tenemos qué temer: viene a nosotros manso, no para condenarnos por nuestros crímenes, los que a él le llevan a la cruz, sino para salvarnos. No es un pacifismo romántico, destinado al fracaso, es un amor que vence y destruye a nuestros verdaderos enemigos. Si uno sigue leyendo a Zacarías, verá que el rey manso, que viene en un pollino, destruye el poder aparentemente enorme de los enemigos de su pueblo. La cruz, el amor de la cruz, destruye el poder del diablo, y el poder del miedo y de la seducción, el poder de la mentira, el poder de los ídolos con los que vivimos como esclavos.
Nosotros escuchamos estas cosas, la pasión y muerte de Cristo, cómo tomó posesión de su reino, un reino que es para nosotros, y cómo nos consiguió la salvación, pero no entendemos aún. No entendemos la sublimidad de que Dios muera por nosotros; no entendemos la sublimidad de la victoria que consigue para nosotros. Debemos pedirle a María que nos enseñe a guardarlo todo, todos los detalles y todas las palabras en el corazón, para que el Espíritu Santo vaya haciendo germinar en nosotros el Reinado de Cristo, y nosotros dejemos de vivir engañados por el falso poder de la fuerza, de la violencia, de la riqueza, del placer, de la vanidad, y nos unamos a nuestro verdadero Rey y Salvador, nos unamos a él y tomemos sus armas: «Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso, porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del Domingo de Ramos
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
24 de marzo de 2024
CENTRO Y META DE NUESTRO AMOR
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo V
V Domingo de Cuaresma. B
17-III-2024
«Cuando yo sea elevado sobre la tierra,
atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32)
En los dos últimos domingos, los relatos del Evangelio se centraban en la primera de las tres pascuas que Jesús celebra en Jerusalén, durante su vida pública. El relato hoy nos traslada a la tercera y última pascua. Jesús está muy cerca de su muerte. El escenario vuelve a ser el Templo. Hace no mucho Jesús ha resucitado a Lázaro. Es un signo que mantiene a Judea conmocionada. Todos hablan del milagro. Muchos creen que Jesús es el Mesías prometido. Por su parte, el Sanhedrín ya ha tomado la decisión de matar a Jesús, y también a Lázaro. Jesús ha entrado en Jerusalén aclamado como Mesías por sus seguidores y ahora está en un gran patio del Templo, en el Atrio de los Gentiles, llamado así porque hasta ese recinto, y no más allá, podían entrar los que no formaban parte de Israel, los gentiles. Por la expectación creada y porque la Pascua es inminente, el Templo estaría abarrotado y amigos y enemigos rodearían a Jesús.
En aquella época muchos gentiles eran fascinados por el judaísmo, que mostraba un Dios que se identificaba con la verdad, no con los mitos. Les movía el deseo de conocer la verdad sobre Dios, que es la verdad definitiva para el hombre. De ellos, un grupo —Juan les llama «griegos»— había llegado al Templo, encuentran la expectación que ha levantado Jesús y también ellos quieren conocerlo. Se acercan a uno de los apóstoles, que curiosamente tiene nombre griego, Felipe, y le dicen: «queremos ver a Jesús». Felipe busca a otro apóstol, a Andrés, también de nombre griego, y los dos se acercan a Jesús para decirle que quieren verlo.
Jesús escruta en el corazón de aquellos griegos el deseo de conocer y amar a Dios, y exulta: su aspiración por la verdad se cruza con la hora definitiva en que él va a revelar el verdadero ser de Dios. «Ha llegado la hora en la que el Hijo del hombre [yo] va a ser glorificado». Su glorificación es su pasión y muerte. Jesús arde en deseos de dar la vida por ellos y por todos los que esos paganos representaban. En su muerte, Cristo desvelará el verdadero ser de Dios y así saciará la sed de verdad, el deseo de Dios, de todos los que lo buscan. Con toda solemnidad Jesús sigue: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». El fruto de su pasión y muerte, el conocimiento de Dios para los que lo buscan, la cercanía de Dios perdida por el pecado para los que aspiran a la salvación… Eso le hace exultar.
Y añade unas palabras que nos hablan de dos cosas: que con lo que va a acontecer en esa hora suya, ya no habrá límite, todo hombre podrá conocer y tener acceso a Dios; pero, que para hacerlo, ha de seguirle a él, estar con él, participar de su cruz: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».
Los paganos que querían adorar al Dios verdadero no podían pasar del atrio de los gentiles, pero desde la hora en que Cristo se ofrezca en la cruz, cualquiera tendrá acceso a Dios. Ahora bien, es necesario olvidarse de sí, seguir a Cristo y participar de su sacrificio: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna». No basta aplaudir desde la barrera y admirar su sacrificio desde el burladero, no basta llorar viéndole pasar camino de la cruz… ¡Es lo que hacemos muchas veces en Semana Santa! Escuchamos la Pasión, vemos los pasos de las procesiones, acudimos a la liturgia, pero no pasamos de ser espectadores. ¡Como el que ve una película! No basta. Es necesario seguir a Jesús. El que lo sigue, el que está donde él está, sufre lo que él sufre y ama lo que él ama, el que se olvida de su propia vida para entregarla con él y le acompaña, ese es el que se adentra en el misterio del amor de Dios y es honrado por Dios: «El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará». Cristo exulta por los hombres que a lo largo de la historia van a ser atraídos por su amor, se van a unir a él y van a penetrar en el misterio del amor de Dios.
En este punto, Jesús experimenta un segundo movimiento de su sensibilidad humana: el temor y la repulsión ante la muerte. Ha dado permiso a la muerte para abalanzarse sobre él, no solo en su cuerpo, sino en sus sentimientos, en su mente, en su sensibilidad humana… y siente pavor. Se adelanta la agonía de Getsemaní: «Ahora mi alma está agitada [turbada]». Pero su amor obediente al Padre, el amor que quiere nuestra salvación, hace que su voluntad humana se adhiera sin fisura al plan divino. Se dirige a su Padre y dice «Hágase»: «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre». «Hágase tu voluntad. Que mi sacrificio salve a los que te buscan y tu Nombre sea santificado». —Realmente cuando nosotros rezamos el Padrenuestro decimos a la ligera palabras graves—. El Padre acoge la ofrenda de su Hijo y lo hace saber a los que están allí: «Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel».
Jesús vuelve a dirigirse a todos, en las últimas horas de su vida terrena le consume el ansia por atraer y salvar a todos. «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros». En la cruz todos huirán, pero quiere que cuando resucite, los discípulos y los Doce, entiendan que el gran signo de Dios, la gran revelación de su amor, la puerta abierta a su conocimiento y a su compañía. Quiere que, cuando los Doce lo proclamen vivo, los judíos que lo han visto morir en la cruz como un maldito, reconozcan que él es el Hijo de Dios. Quiere que, cuando nosotros lo veamos llevando los pecados de todos, desfigurado, como un malhechor, colgado en la cruz, reconozcamos en él a nuestro Salvador, al que nos ama con un amor más fuerte que la muerte, al que nos purifica con ese amor y nos recrea y nos sacia. Por eso dice: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros», «recordadla cuando me veáis en la cruz, recordadla cuando os digan que el crucificado ha resucitado y vive».
Las manos clavadas de Cristo parecerán impotentes, todo él parecerá un fracaso, pero en realidad «ahora —dice refiriéndose por anticipado a la cruz— va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Aparentemente, en la cruz el mundo expulsa a Dios; y su príncipe, el demonio, consigue llevar al justo a la muerte. Pero en realidad, la cruz es el árbol de la vida que Dios ha plantado en medio de este mundo. Y en este árbol, Cristo, su Hijo hecho hombre, es el fruto de su amor, el fruto que nos da el verdadero conocimiento de Dios y nos une a Dios.
En la cruz, el que ha despreciado las riquezas por amor a Dios, tanto que aparece totalmente desnudo en la cruz; el que ha despreciado el poder por amor a Dios, tanto que aparece totalmente impotente en la cruz; el que ha despreciado el placer por amor a Dios, tanto que aparece sufriendo en cada centímetro de su cuerpo y en cada latido de su alma, ese, el Crucificado, se nos entrega como el fruto en el que Dios se nos da, por amor, y este amor suyo nos recrea y nos redime.
En un primer momento, el miedo hace huir a los suyos; Pedro, el primero. El miedo nos hace huir a todos en un primer momento. Lo experimentamos de muchas formas: el miedo a sufrir, la repulsa que nos da perder la vida sirviendo, la repulsa de una vida sin placeres ni descanso, sin riquezas, la resistencia a entregarnos y perder el control de nuestra vida…. Pero, cuando su amor consuma el sacrificio, los que buscan a Dios vuelven a él. Pedro, el primero; luego, hasta hoy, todos los que buscan a Dios. Y en el Crucificado por amor, que vive, encuentran el amor que los perdona, que los purifica, que los absuelve, que los consuela, que los fortalece internamente y los eleva, que los santifica y los hace capaces de un amor semejante al suyo. Encuentran en el que es Crucificado por amor y vive el centro y la meta de su amor. «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del Domingo V de Cuaresma, ciclo B
17 de marzo de 2024
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
17 de marzo de 2024
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
6 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
- Detalles
- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
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