LA VENIDA GLORIOSA DE CRISTO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo I
I Domingo de Adviento. C
1-XII-2024
«Verán al Hijo del hombre» (Lc 21,27)
Está Jesús en el Templo de Jerusalén y le hacen considerar la grandeza y la belleza del Templo. Entonces él aprovecha para advertirles: «De todo esto no quedará piedra sobre piedra». Los que lo oyen se asustan porque el Templo es el símbolo de su nación, de lo que han recibido de sus antepasados… Además, la destrucción del Templo solo puede suceder si Israel entra en guerra y es castigado por su enemigo; por tanto, implica la calamidad, la pobreza, la muerte… Por último, el Templo es el signo de la elección divina y de la cercanía de Dios; su destrucción significa que Dios los abandona… En una palabra, la destrucción del Templo significa la destrucción de todo lo que aman.
Entonces, como es lógico, le preguntan a Jesús cuándo ocurrirá eso, querrían no tener que verlo, pero lo verán. Las palabras de Jesús se cumplieron con exactitud en el año setenta, aunque Jesús no les desvela el momento, lo que hace es tomar la destrucción del Templo y de Jerusalén como símbolo de lo que ocurrirá cuando llegue el fin del mundo, porque de todo el mundo manchado por el pecado no quedará piedra sobre piedra. De todo lo que el hombre ha construido de espaldas a Dios, enorgulleciéndose en sus miserias, no quedará piedra sobre piedra.
Sin embargo, Dios obra siempre el bien. Cuando Jerusalén fue destruida en el año setenta, los cristianos entendieron que ellos eran el Nuevo Israel y el Templo de Dios. Así, la destrucción del Templo no dejó al mundo sin Dios, al contrario, los hombres de todos los pueblos pudieron encontrar a Dios, de una forma nueva y más plena, en la Iglesia Católica. De forma similar, el fin de este mundo afectado por el pecado señalará el inicio de una tierra nueva y un cielo nuevo, donde la comunión del hombre con Dios será perfecta, mucho más que la que perdimos por el pecado original en el Paraíso.
San Juan en el Apocalipsis, lo contempla así en su visión: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra ya han pasado… Y vi la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz … que decía: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Él vivirá entre ellos, ellos serán su pueblo y Él … será su Dios”. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo anterior ha pasado. “Mira, hago nuevas todas las cosas”». Y dice otras muchas cosas maravillosas de esta nueva creación en la que los fieles convivirán con Dios.
Por tanto, así como la destrucción del Templo de Jerusalén fue necesaria para que la Iglesia apareciese como la nueva casa de Dios, así es necesario que todo este mundo nuestro sea destruido, para que aparezca, resplandeciente, la nueva creación.
En el Evangelio de hoy Jesús empieza describiendo el fin de todas las cosas: «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas». La angustia de las gentes es la angustia de los que han puesto su confianza en sus propias obras y proyectos, y en este mundo que pasa. Pero Jesús, después de afirmar que su venida será precedida por un tiempo de angustia, sigue: «Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria». El «Hijo del hombre» es él, el Hijo de Dios que se ha hecho hijo de hombre, hombre verdadero. Él vendrá no como vino la primera vez, en la pobreza, en la humildad, sin que más que unos pocos lo supieran, rodeado del «silencio de Dios», sino de forma sobrenatural, con gran poder y gloria, para culminar la obra de la redención, es decir, de nuestra liberación. Por eso Jesús exhorta a los suyos a no dejarse llevar por el miedo, ni por la tristeza, sino a erguirse de las miserias y levantar la cabeza: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».
Los cristianos vivimos de fe y de esperanza. La fe tiene como contenido fundamental lo que Cristo hizo por nosotros: murió y resucitó. La esperanza tiene como contenido lo que él nos ha prometido: que vendrá, que nos librará definitivamente de todo lo que tiene que ver con el pecado y con la muerte, que hará nuevas todas las cosas, y gozaremos de él y con él de su Padre, como Padre nuestro. Vivimos de fe y de esperanza. Por eso, cada vez que nos juntamos y celebramos la Misa, que es la actualización de lo que Cristo ya ha hecho por nosotros, repetimos las palabras del Apocalipsis: «Ven, Señor, Jesús». Lo que la liturgia del Adviento remarca de las palabras de Cristo que hemos escuchado es que él viene, y con él nuestra liberación. Seremos definitivamente liberados, para adentrarnos en el amor infinito de Dios, sin que nada obstaculice nuestro amor. Porque la libertad está en función del amor.
El Adviento que empezamos hoy nos enseña a levantar la cabeza hacia nuestro Salvador, a llamarlo, a esperarlo. Y espera quien tiene la cruz grabada por la fe en el corazón y quien se sabe necesitado de salvación. Ese mantiene viva la esperanza y el deseo de su vuelta. Y ante este deseo todo se empequeñece. Todo, por grande que sea, sufrimientos o gozos, se vuelve nada en la espera de su venida. Él, su persona, llena el deseo del alma. Sin él no hay salvación. Sin él la eternidad sería despreciable, sin él no hay cielo. Él, el que nos amó. Él es el contenido de nuestra esperanza.
La espera que levanta al cielo los ojos queriendo abreviar los días de su vuelta es el latido que da vida a la liturgia de hoy. Pero Jesús sabe que esta venida no será inminente. Entre su resurrección y su vuelta gloriosa se abre el tiempo del mérito de nuestro amor. Es nuestro hoy, del que añade Jesús: «Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra». Será una característica de los tiempos que precedan a la venida de Cristo, que el alma humana se vea sofocada por la búsqueda constante de los placeres y por las preocupaciones de la vida presente. Eso ya ocurre. La búsqueda sin freno del placer, a veces con formas refinadas, a veces de forma brutal; el trabajo sin pausa para dar respuesta a las necesidades de la vida presente; la necesidad ansiosa de buscar distracciones en el tiempo libre… todo eso nos hace olvidar las necesidades espirituales y asfixia el alma. Para quien así vive, la venida de Cristo significará no ganancia, sino pérdida, un lazo.
Debemos vigilar nuestro corazón, para que no se embote, para que no se endurezca ante el amor de Cristo, para que no deje de confiar en él, ni deje de creer, ni deje de esperar. Esta es la gran prueba. Mirad que no se nos pide ser impecables, sino que no nos abandonemos al pecado, que no nos embotemos ni con los placeres, ni con los trabajos e inquietudes de la vida.
Los sufrimientos, que acompañarán el fin de los tiempos y el fin de nuestras vidas personales, pondrán de manifiesto la verdad de nuestro corazón: embotado por las cosas de este mundo, o despiertos, esperando al que nos ha de liberar. Los sufrimientos caen sobre los corazones embotados como una losa que los aplasta: pierden la fe, dejan de confiar y desesperan, se incapacitan para recibir al que viene de lo alto. Esos mismos sufrimientos llegan a los que esperan a Cristo y ellos mantienen la fe y la esperanza. Cuando Cristo llega, lo reconocen y Cristo no los defrauda: «Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre». La verdad de cada hombre se revela en su final.
Jesús, que nosotros nos mantengamos firmes en la fe, que nuestros días transcurran en el ejercicio del amor a ti y a nuestros hermanos, que la oración nos mantenga despiertos, que los sacramentos nos sostengan, que cuando llegue la hora de nuestra muerte, nuestra alma esté levantada hacia ti y tú nos des la libertad final que nos capacita para el amor eterno. Que veamos entre los justos tu venida gloriosa a este mundo. Que entre los santos, te veamos glorioso en este mundo en el que te humillaste y nos amaste. Que veamos el fin del pecado y el surgir de la Nueva Jerusalén, donde tú lo serás todo.
¡Ven, Señor, Jesús!
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del I Domingo de Adviento,
1 de diciembre de 2024
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
1 de diciembre de 2024
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
TESTIGO DE LA VERDAD. CRISTO REY
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Cristo Rey
Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo B
24-XI-2024
«Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad»
(Jn 18,37)
Queridos hermanos, cada gesto de Cristo, lo que hace o lo que no hace, sus palabras y sus silencios, cada aspecto de su humanidad, nos abre la puerta a la inmensidad de Dios. Nos muestra quién y cómo es Dios. Cada «centímetro» de su humanidad es como una puerta por la que nos muestra a Dios, derrama sobre nosotros el amor salvífico de Dios y nos introduce en Él. La Tradición ha llamado «misterio» a cada momento y a cada aspecto de su humanidad: «los misterios de Jesús», o «los misterios de la vida de Cristo», porque nos introducen en la riqueza insondable de Dios, un océano de amor, de belleza, de bondad, de vida… Y «nos es dulce naufragar en este mar», porque no nos perdemos, sino que nos encontramos en Él y ante Él, el Dios que nos ama.
Desde que empieza el Adviento hasta la fiesta de hoy, Jesucristo, Rey del Universo, que cierra el ciclo anual de la liturgia, recorremos los misterios de Cristo para sumergirnos más y más en este océano: el Dios Uno y Trino, el Dios que es amor.
Hoy contemplamos a Jesús atado e interrogado poco antes de morir en la cruz, inerme frente a un poder que quiere destruirlo, y Pilato, con toda la fuerza y el poder de Roma. La liturgia llama nuestra atención sobre esta escena y nos dice: Jesús es el Rey universal y eterno. Y es que Jesús tiene la osadía de proclamarse rey, aunque las apariencias parecen decir todo lo contrario. El poderoso gobernador le interroga con cinismo: «¿Tú eres rey?». Y Jesús le responde con toda solemnidad: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
Para entender las palabras de Jesús tenemos que retrotraernos al Antiguo Testamento. Allí el rey de Israel es quien se pone a la cabeza de su pueblo para conducirlo por los senderos de la historia. Es un pastor al frente de su rebaño. Generación tras generación, los reyes que se sucedieron no cumplieron con estas expectativas. Solo el rey David se levanta en la memoria de la Biblia como uno conforme al corazón de Dios. Y cuando esos reyes condujeron al pueblo al caos más absoluto, cosa que acaeció con la deportación a Babilonia, Dios suscitó la esperanza de un Rey Mesías, hijo de David, distinto de todos los anteriores, que conducirá a Israel no solo hacia su tierra, sino hacia Dios, a la convivencia con Dios, una nueva tierra, un nuevo Edén. Jesús, que en ocasiones favorables había rechazado ser proclamado rey, ahora, cuando se enfrenta a la muerte y parece indefenso, reclama para sí el título de rey: «Soy Rey»; porque es encarando la muerte, cuando se comprende su realeza: al frente del pueblo de Dios para llevarlo por los caminos de la historia, por los valles muchas veces oscuros, por la vida, muchas veces llena de sufrimientos, para llevarnos hasta Dios. Cristo es Rey por nosotros y para nosotros, para conducirnos y llevarnos hasta Dios.
Para llevar a cabo esta misión Jesús se hace partícipe de la oscuridad que se abate en nuestro camino cuando estamos en manos del poder arbitrario e injusto de este mundo. Así está él ante Pilato, un poder injusto, porque no le importa la verdad. Hoy nuestra vida discurre bajo un poder mundano que declara que la verdad no le importa, o que no existe, e impone sus reglas con crueldad. El comunismo es el ejercicio de un poder al que le da lo mismo la verdad, una idolatría del poder, que usa la crueldad para imponer sus proyectos. El Islam es la exaltación del poder como dios, un falso dios, un poder sin referencia a la verdad, que por eso tiene como arma la guerra. Nuestras democracias occidentales han renunciado también a la búsqueda de la verdad e imponen sus leyes arbitrarias asfixiando la vida del hombre. En definitiva: el mundo se levanta ante nosotros con un poder que se cree omnímodo y que oprime al hombre. No son teorías: allí donde triunfa el comunismo, allí donde triunfa el Islam, o aquí, donde hemos olvidado la verdad decisiva del hombre y hemos ordenado nuestra vida de espaldas a ella, nuestras familias de espaldas a ella, nuestras relaciones económicas y de trabajo de espaldas a ella, nuestras políticas de espaldas a ella… donde triunfan los mentirosos, los corruptos, los avaros, los soberbios, los soeces… cada vez es mayor la falta de libertad para sacar adelante una familia, para engendrar y educar a los hijos, para ocuparse de los ancianos o de los enfermos. La falta de verdad ha degradado las relaciones naturales que sostienen la vida de cada hombre, el amor de la familia y la armonía de la nación. La división, el resentimiento, la ira, el miedo… nos hacen solitarios, débiles ante el ataque del pecado en nuestras propias carnes. Así, cada vez es más difícil no dejarnos llevar por la idolatría del poder, de las riquezas y del placer. Esta lucha no es nueva, viene desde el principio y durará hasta el fin de los tiempos. Cristo lo anunció a los suyos: «en el mundo tendréis lucha» (Jn 16,33). Él se ha puesto a nuestro lado, o mejor, a nuestra cabeza, para recibir los golpes del mal y dar testimonio de la verdad. Así es como reina, así es como nos lleva hasta Dios.
Jesús hace frente al mal no con la fuerza violenta, que es el instrumento del poder, sino con la verdad, que es el camino del amor. Jesús es el testigo de la verdad y así hace posible el camino del hombre hasta Dios. La verdad de la que da testimonio es la única verdad que incumbe de forma definitiva al hombre: la de Dios. Y la verdad de Dios es el amor: «Deus caritas est», concluye san Juan en su primera carta. Dios es amor y el amor se ofrece no violentando la voluntad, sino mostrando la verdad de lo que es. Y justo ahora, cuando asume el golpe del mal sobre el hombre y da testimonio de la verdad, es cuando se muestra como Rey. Así llegará a la cruz y en la cruz dará el más solemne de su testimonio. Y el que es de la verdad entiende este testimonio. «Todo el que es de la verdad, escucha su voz». Los hijos de la verdad lo entienden: es la ofrenda que Dios hace de sí al hombre en la persona de su Hijo.
Los poderes idolátricos del mundo siguen burlándose de este testimonio, porque les parece débil y pobre, pero el crucificado venció la muerte con su amor, abrió las puertas del cielo y llama a su pueblo para que le siga en su reino. Cristo lucha amando y vence amando, pero no es rey para sí mismo, es rey para su pueblo, para que le sigamos, para que acojamos el testimonio de su amor, la verdad de Dios, y dejemos que esta verdad se grabe en nuestros corazones y dé forma a nuestros corazones: es la verdad de la Trinidad y de su obra por nosotros, lo que confesamos en el Credo. La verdad que confesamos en el Credo tiene poder para dar forma a nuestro corazón, para unirnos a Cristo y vencer con él todo mal. Esta fuerza es más real que la del poder de los tiranos.
No nos debe preocupar el aparente poder del mundo, que nos desprecie o nos persiga, lo que debe preocuparnos es que nos contaminemos con su mentalidad, que deseemos como ellos, que obremos como ellos, que nos convirtamos en idólatras del poder, de las riquezas o del placer. Nosotros no debemos tener mayor preocupación que conocer la verdad de la que Cristo da testimonio y alimentarnos de ella, escuchando su palabra, comulgando su Cuerpo, para que él viva en nosotros, para que con él demos testimonio de la verdad y con él reinemos.
Cuando la apariencia de este mundo caiga como un velo, se mostrará a todos lo que ahora sabemos por la fe: que Cristo es el Rey del universo, rey universal y eterno. Entonces aparecerá Cristo glorioso, con las marcas de su Pasión; y junto a él nosotros, con nuestras propias heridas, participando de su gloria. Y esa gloria, no es oro, ni placeres carnales, ni el orgullo de los poderosos, sino el gozo limpio del amor divino, solo amor.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del 24 de noviembre de 2024
SOLEMNIDAD DE CRISTO REY
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
SOLEMNIDAD DE CRISTO REY
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
EL EVANGELIO DEL FIN DEL MUNDO
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- Escrito por Enrique Santayana Lozano
- Categoría: Domingo XXXIII
XXXIII Domingo T.O. B
17-XI-2024
«Verán venir al Hijo del hombre» (Mc 13,26)
Queridos todos: Hoy el Señor nos habla de los últimos tiempos. Es necesario que entendamos algunos elementos esenciales de esos últimos tiempos:
Por un lado, su vuelta gloriosa estará precedida por un estallido generalizado del pecado, de la iniquidad, de la corrupción moral, de la negación de Dios. Es el momento del Anticristo, tiempo de persecución de la Iglesia, de apostasía general, de un falso mesianismo que proclamará al hombre como dueño y salvador de sí mismo. El hombre apartará a Dios para proclamarse él mismo, con violencia de todo tipo, como único señor. Será la última prueba de la Iglesia, en la que solo la fe y la oración resistirán.
Entonces, volverá Cristo glorioso. El universo entero será sacudido por su venida y se manifestará que todo es nada ante él, el Dios Único, creador y redentor. De este segundo aspecto o momento de los últimos tiempos habla hoy Jesús.
Con la venida gloriosa de Cristo acaecerá el Juicio Universal, que desvelará también el secreto del corazón de cada hombre ante él, cuando cada uno reciba la justa paga de sus acciones, de su fe y de su amor. Entonces, la creación entera, encabezada por el hombre, ya purificada y sometida por entero a Cristo Rey, será recreada por Dios para que los elegidos puedan participar en cuerpo y alma de la Gloria de Dios para toda la eternidad.
Vamos al evangelio.
Comienza así: «En aquellos días, después de la gran angustia». La gran angustia es el tiempo dicho del Anticristo, de la apostasía general, cruel y despiadada. Entonces, «el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor y los astros se tambalearán». Es una imagen con la que Cristo anuncia que todo el universo, todo eso que parece tan grande y tan inconmovible, la tierra, el sol, los astros…, todo mostrará que es solo como un velo que se arranca y se tira por tierra. El hombre, que se habrá proclamado señor y salvador de sí mismo, entenderá que no es señor de nada, ni de sí mismo ni de nada, y verá que él mismo cae en el abismo con todo lo que creía suyo. Y cuando el velo es arrancado y tirado, ¿qué es lo que se ve? Se ve lo que ocultaba el velo, la verdad escondida que solo la fe alcanzaba a afirmar: al crucificado por amor, que ha resucitado y es Señor de todo.
El velo caerá y «verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria». El Hijo del hombre es Jesús, el mismo que está ante los apóstoles y les habla, el mismo que está entre nosotros y nos habla en esta mañana. Vendrá este: el Dios hecho hombre y amante hasta la muerte, que vive y está presente en el sacrificio del altar. Cuando todo caiga, cuanto todo se desvanezca, él se mostrará como el que permanece. Cristo permanecerá para siempre, porque solo él se identifica con la Vida, con el Ser, con la Verdad, con Dios. Permanece él y todo lo suyo: sus palabras, vivas, originales, verdaderas: «mis palabras no pasarán». Ellas no mudan, no cambian, no pierden verdad ni luz. Ellas guían nuestro camino, hoy y siempre. Aunque todo caiga, su palabra se mantiene inamovible y cada uno de nosotros será juzgado por su adhesión a ella. Adhesión que significa confianza y obediencia; confianza en quien es Dios y nos ama; obediencia a quien reconocemos como Verdad y como amor.
Todo pasará, pero Él no. El Dios hecho hombre, con su cuerpo, su vida, sus cansancios, su risa, su rostro humano, no pasará. Jesús resplandecerá como el Dios hecho hombre y amante hasta la cruz y su palabra resonará viva y verdadera eternamente. Pero, ¡atención!, tampoco sus elegidos pasarán. Ellos serán llamados en torno a él: «enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo». Aclaro. ¿Quiénes son los elegidos? Los que hayan respondido al amor gratuito con el que él nos eligió en la cruz. Ha dicho: «reunirá a sus elegidos». Lo que hoy nos separa: el tiempo, la muerte, las lenguas diversas, el espacio entre uno y otro punto de la tierra, las diversas culturas y épocas, los límites de nuestra naturaleza afectada por el pecado, el pecado mismo… todo eso será superado. La comunión será perfecta. Junto a Cristo glorioso, bellísimo en su humanidad y en su divinidad, aparecerá su Iglesia, la comunión de los que sean hallados fieles. Es la Iglesia de los santos, unida en torno a Santa María y a los Apóstoles, la Iglesia de los mártires, de los esposos santos, de los obispos y sacerdotes santos, de los célibes santos, de los niños santos, de los solteros santos, de los religiosos santos… y de todos aquellos que purificados después de la muerte son también ya santos ¡La Iglesia triunfante! ¡Ojalá también nosotros! Llamados por Cristo. ¡También nosotros! Quizá después de haber pasado por el purgatorio. ¡Y nuestros padres, y nuestros hijos! ¡Con sus rostros! ¡Con sus méritos! ¡Con sus obras hechas por amor! El Hijo del hombre no pasará, sus palabras no pasarán, y llamará de nuevo en torno a sí, a sus elegidos, a los que claman por él día y noche.
¿Qué tendremos que hacer hasta que todo eso suceda? Guiarnos por sus palabras. En la antigüedad los hombres se guiaban por las estrellas. Por ellas sabían dónde estaba el norte o el oriente, por ellas se orientaban. Incluso pensaban que las estrellas describían su camino vital, de ahí el engaño del horóscopo. Las palabras de Cristo son la verdadera guía para nuestro camino en la tierra, nuestra luz hacia el cielo.
No sabemos cuándo llegará el tiempo de la angustia y la vuelta de Cristo en gloria, cuando los elegidos sean reunidos por él. Ni lo sabemos ni debemos tener curiosidad por saberlo. Todo nuestro empeño ha de estar en vivir conforme a su palabra. Jesús vivió su camino humano abandonando su hora en manos de su Padre; y nosotros hemos de abandonarnos también en sus manos, como hijos verdaderos: «En cuanto al día y a la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre». Lo que sabemos es que todos participamos por adelantado de lo que ocurrirá en los últimos tiempos: «No pasará esta generación sin que todo esto suceda». La gran angustia final se adelanta en los sufrimientos de la vida presente; pero también en la vida presente él sostiene a sus elegidos con su palabra y con la Eucaristía, en medio del constante deshacerse de las obras humanas, en medio del constante fracaso de todos los intentos por vivir sin Dios. El amor crucificado y resucitado de Cristo sigue brillando en la Eucaristía, anticipo de su vuelta gloriosa y de nuestra reunión definitiva con él.
Aprendamos a vivir no de lo que va a desaparecer, sino de lo que permanece para siempre, aprendamos a vivir de Cristo, el pan cotidiano que solo podemos esperar del cielo, de su palabra y de la Eucaristía.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía, 17 de noviembre de 2024
P. Enrique Santayana
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
P. Enrique Santayana
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
Hermano Rafael (I)
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Hermano Rafael (I).
D. Juan Antonio Martínez Camino
| Ejercicio de los Sábados | |
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, nos ofreció la primera conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la primera de seis conferencias que están previstas para este curso.
Aquí puedes ver las fotografías:
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El Sagrado Corazón de Jesús: conferencia de Madre Olga María del Redentor
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

El Sagrado Corazón de Jesús
Madre Olga María del Redentor. C.S.S.J
| Ejercicio de los Sábados | |
La Madre Olga María del Redentor estuvo con nosotros hablándonos sobre el Sagrado Corazón de Jesús.
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