Las palabras de Miqueas eran una oscura profecía, que quedaron iluminadas cuando se cumplieron en Jesucristo, siete siglos después. Miqueas es un agricultor enviado por Dios a profetizar a su pueblo, dividido desde tiempo atrás en dos reinos. El profeta ha visto la caída del Reino del norte a manos de los asirios y profetiza que también caerá el Reino del sur, el Reino de Judá, con su capital, Jerusalén. Pero anuncia que después Dios restaurará a su pueblo, haciendo surgir «al que ha de gobernar Israel», es decir, un rey. Lo hará surgir en uno de los pueblos de la tribu de Judá, Belén, donde siglos atrás había nacido David, el rey judío por excelencia, que había vencido mil guerras y había librado al Pueblo de Dios de todos sus enemigos.
Así, al que «ha de gobernar a Israel», se le imagina como un guerrero que arrancará a Israel de manos de los enemigos, para restaurarlo como Pueblo de Dios. Siete siglos después, estas palabras resonarán en Jerusalén. Unos sabios venidos de Oriente se presentan ante el rey Herodes. Herodes es un extranjero, un idumeo, que ocupa sin derecho el trono de David. Los viajeros le preguntan al usurpador dónde ha nacido el verdadero «Rey de los judíos», porque han visto una estrella que indica su nacimiento. Herodes pregunta a los que conocían las Escrituras y ellos le traen a los oídos las palabras de Miqueas: «Y tú, Belén, tierra de Judá… de ti saldrá un jefe que pastoreará [= el que gobernará] a mi pueblo Israel». Esas palabras resuenan como una amenaza en los oídos del advenedizo idumeo: en Belén nace «el que ha de gobernar Israel». Los poderes de este mundo se tambalean ante el rey que viene para reunir a los que han de ser hijos de Dios.
El caso es que Belén es un pequeño pueblo del territorio de Judá, pequeño pero lleno de dignidad a los ojos de todo Israel, porque había sido la cuna de David y porque habría de ser la cuna del hijo de David, el Mesías. Belén es una señal: pequeño en sí mismo; grande por la obra de Dios. El mismo David fue el más insignificante de los hijos de Jesé, tanto que ni siquiera su padre contaba con él, pero Dios lo puso al frente de su pueblo y le hizo la cabeza de la dinastía que traerá al mundo al Mesías. Jesús también nace en la más absoluta pobreza, pero es el rey que destruirá el poder de este mundo; y su exaltación como rey, su coronación, coincidirá con la humillación de la cruz.
Del que nace pobre en Belén Miqueas dice: «Sus orígenes son de antaño»; más aún: «de tiempo inmemorable», un tiempo donde no llega la memoria, porque no hay testigos humanos, en la eternidad de Dios, antes de que el mundo fuese creado. En pocos días escucharemos la misma verdad con el lenguaje de san Juan: «Él estaba en el principio junto a Dios». Llegamos así al punto fundamental: el que nace en Belén, en la pobreza de nuestra humanidad y como un pobre, viene de la eternidad de Dios y es Dios. Sin esto no hay nada que celebrar en la Navidad. Sin esto, las Navidades solo son las fiestas de invierno, nostálgicas y cursis. La Navidad es la celebración de la obra de Dios, que se hace hombre, que nace como hombre y que en su humanidad realizará nuestra salvación en una lucha que le llevará a la muerte. Sin esta Navidad verdadera el hombre estaría condenado a la tristeza. Por eso Miqueas profetiza que el pueblo de Dios estará perdido hasta que el Mesías lo reúna: «Los entregará [a sus enemigos] —dice— hasta que dé a luz la que debe dar a luz», hasta que dé a luz María.
El Hijo de María, Hijo de Dios, ocupará su trono en la cruz y desde allí reunirá al verdadero Israel en un único rebaño. Miqueas lo vislumbra como la unión de los dos reinos en los que había sido dividido el pueblo elegido, el del norte o Reino de Israel, y el del sur o Reino de Judá: «Volverá el resto de sus hermanos», es decir, los del Reino de Judá, «junto con los hijos de Israel», los del Reino del norte. Pero el verdadero Israel abarcará a todos los pueblos de la tierra, porque el que nace en Belén, pobre, es la vida de todo hombre que viene a este mundo. El Hijo de David, el Hijo de Dios, va a reunir en un único pueblo a todos los elegidos, la Iglesia Una y Universal, formada por todos los que den fe al anuncio de los doce Apóstoles. Tal como anuncia el mismo Jesús: «Y habrá un solo rebaño, y un solo pastor».
El hijo de David hará lo que es propio del rey: gobernar, conducir, pastorear a su pueblo. Lo hará con firmeza: «Se mantendrá firme, pastoreará con la fuerza del Señor». Es la determinación de hacer la voluntad de su Padre, como hemos oído en la epístola: «He aquí que vengo, para hacer tu voluntad». Con firmeza Jesús se pone a la cabeza de todo su pueblo, como pastor y rey. Como pastor toma sobre sus hombros la oveja herida, a todo su pueblo; los pecados de todos, los miedos de todos; y sin echarse atrás, afrontará la muerte, la vencerá y conquistará su Reino; para dar a los suyos la vida eterna y la paz.
La profecía de Miqueas, leída a la luz de su cumplimiento en Jesús, nos habla de su origen divino y de los trabajos que se tomará como hombre por nuestra salvación. El evangelio de hoy, en una escena que parece de lo más inofensiva, el encuentro de dos mujeres gestantes, es también la afirmación del origen divino del que está por nacer como hombre. En ese encuentro, en el que ya está Dios en medio de la vida humana, se desborda la alegría.
María lleva en su seno al que ha de ser el Rey de Israel, y acude hasta su pariente Isabel, que en la vejez espera un hijo, Juan el Bautista. Isabel, iluminada por el Espíritu Santo, es capaz de ver con la fe el misterio que esconde la maternidad de María: al Señor, a Dios, en su seno: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor [la que lleva en su seno a Dios]?». Isabel reconoce a Dios en el niño que lleva su prima en el vientre y hace profesión de fe en Jesús como Dios, cuando lo llama: «mi Señor», el título con el que los judíos invocaban a Dios. Es la primera vez que un ser humano confiesa a Jesús como Dios verdadero. Eso nos lleva a lo esencial, a la verdad de lo que allí ocurre: que Dios se ha hecho hombre y viene a nuestro encuentro para salvarnos. Esa es la verdad determinante del cristianismo. Esta es la verdad que nos salva. Y no es la verdad de un libro, sino la verdad de un «tú», que se acerca a nosotros en nuestra pobreza. El «tú» de Dios, que nos ama.
Y porque esa verdad es el «Tú» de Dios que viene a nosotros, el de Jesús, la fe incluye la admiración y la sorpresa por la grandeza del Dios que se acerca; y el reconocimiento de la propia indignidad y la conmoción religiosa del alma: «Pero, ¿quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». E incluye la exaltación y la bendición de Dios y de su obra: «Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre». En este encuentro en el que la fe alcanza la verdad de Dios que viene a nosotros, brota la alegría que nace de lo más íntimo de Isabel, de las entrañas donde gesta a su hijo, tan deseado por ella durante años: «en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre». Isabel nos muestra la verdad que nos salva, Jesús; y la forma de acogerlo y de acercarnos a él: la piedad del corazón, el estremecimiento de nuestra pobreza ante su grandeza, la alabanza que agradece su amor. De esta fe nace la alegría.
Tendremos esta alegría, que no depende ni las circunstancias de la vida, ni de los vaivenes del carácter, si aprendemos a reconocer la verdad que es más grande que nosotros, que viene de siglos atrás y que será la misma verdad cuando vengan nuevas generaciones y cuando este mundo llegue a su fin: que Dios en María se ha hecho hombre y ha venido a nuestro encuentro para salvarnos.
Bendita tú, María, que nos traes al Dios verdadero. Solo tú nos das a Dios, hecho hombre en tu seno. Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. Bendito tú, Dios verdadero, que vienes a nuestra pobreza sin que lo merezcamos. Bendito tú, al que nada podemos ofrecer digno de tu santidad. Bendito tú, que te pones a nuestra cabeza, como Rey en la batalla, para afrontar el camino de la vida. Bendito tú, que vienes y nos tomas sobre los hombros como Pastor para llevarnos al Padre. Bendito, tú, verdad eterna e inmortal, el mismo hoy, y ayer y siempre, Jesús.
Hemos llegado al tercer domingo de Adviento, llamado en latín «gaudete», que significa «alegraos». Esta llamada a la alegría se expresa en dos signos de la liturgia: color penitencial, el morado, se aligera con el rosa; y en la corona de adviento se enciende una vela distinta, más festiva que las otras. Todo converge en este imperativo: «alegraos», tomado de san Pablo, tal como lo hemos escuchado en la segunda lectura: «Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito […] El Señor está cerca». Está claro cuál es el contenido de esta alegría: la cercanía del Señor, cercanía de la Navidad. Nuestra alegría no nace de cerrar los ojos al dolor, de olvidar la enfermedad o el pecado. Mucha gente, quizá alguno de vosotros, no podría, aunque quisiera, olvidar estas cosas y alegrarse, sin más. El contenido de nuestra alegría es la cercanía de Dios: «Alegraos en el Señor», que no depende de los vientos de la fortuna y las cambiantes circunstancias de la vida, ni siquiera de nuestros estados de ánimo. El Señor está cerca y sean como sean las circunstancias de nuestra vida, nos trae la alegría, Cristo es la alegría de nuestro corazón. Esta es la idea clave.
Las lecturas nos ayudan a dos cosas: primero, a sopesar esta realidad que nos trae la alegría, a tomar en nuestras manos, por decirlo de alguna forma, esta realidad, la sustancia de la alegría, el Señor que está cerca; en segundo lugar, nos ayudan también a enderezar nuestra vida hacia este acontecimiento. ¡Las dos cosas! Porque nuestra alegría tiene un objeto que no depende de nosotros, que se nos da: el Señor que viene. Pero no solo viene, también llama a cada uno, para que los ojos del alma se abran a él, para que nuestro corazón se levante, para que nuestra vida se entone con este venir de Dios.
El profeta Sofonías, un poco anterior al gran Jeremías, tiene dos grandes líneas de predicación: por un lado, fustiga a aquellos que se han olvidado de Dios para poner su confianza en los ídolos, los de siempre, el poder, las riquezas, el placer, y así se han olvidado también de la ley, del amor debido a Dios y al prójimo. Por otro lado, Sofonías se dirige a los «pobres de Dios», a los que, a pesar de los sufrimientos de la vida y de las propias miserias, siguen esperando en Dios. Son los mismos a los que Jesús dirigirá las bienaventuranzas: «Dichosos los pobres de espíritu; porque de ellos es el Reino de los cielos». Nos convendría a nosotros identificarnos y contarnos entre los «pobres de Dios». Lo haremos, si tomamos las desgracias que nos afligen para volvernos al Señor y decir: «Señor, espero en ti». Nos contaremos entre los pobres de Dios, si afligidos por la pobreza de nuestras virtudes y por la abundancia de nuestras miserias morales, nos volvemos a Dios y decimos con el alma: «Señor, espero en ti».
A los «pobres de Dios» se dirigen las palabras que hoy hemos escuchado de Sofonías. Les exhorta a la alegría, porque el Señor viene. La misma idea que en san Pablo. Y, aunque el profeta habla mucho antes de que el Señor se haga hombre y nazca como hombre, lo da por hecho y contempla al Señor ya presente en medio de sus pobres: «Alégrate, hija de Sión. Grita de gozo, Israel. Regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén […] El Señor está en medio de ti». Por eso, no temas mal alguno y él te salvará de todos tus males. En lengua hebrea, la expresión «en medio de ti» recuerda al vientre donde se gesta al niño que está por nacer. Por eso, la Tradición de la Iglesia vio aquí un anuncio de María Virgen que lleva en su seno al Señor, un eco de las palabras del Ángel a María: «Alégrate […], el Señor está contigo». El Señor viene no como algo externo, sino como aquel Dios que se hace nuestro, que viene a vivir con nosotros, a compartir nuestra vida, a adentrarse en nuestro corazón, el Dios de nuestras entrañas.
Pero hay otra afirmación muy hermosa en las palabras de Sofonías: que el Señor mismo se alegra: «El Señor, tu Dios […] se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo, como en día de fiesta». Dios no viene a la fuerza, viene y se alegra de adentrarse en nuestra alma. Se alegra cuando llega a todos los que se hacen pequeños y débiles, y ponen su confianza en él. ¿Qué motivo puede haber para que el Señor se alegre de estar con nosotros? Solo un amor inexplicable. Se alegra, porque nos ama y eso mismo es lo que nos renueva. Es su amor el que nos levanta de la postración de nuestras miserias, el que renueva nuestro ser y nos da la alegría.
Ante esto, nosotros podemos preguntar —como preguntaban los judíos que se acercaban a escuchar al Bautista—: «¿Qué hemos de hacer?». El Señor está cerca y nuestro espíritu ya se alegra por ello. Ahora, ¿qué hemos de hacer nosotros? La respuesta es sencilla: ejercitarnos en la caridad de la que somos capaces. ¡Caridad! Quizá no la caridad en grado máximo, sino solo aquella de la que somos capaces y que a veces solo será justicia, algo que no llega a ser caridad y está por debajo de ella.
Mirad las cosas concretas que les dice el Bautista a los que están allí escuchando: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; el que tenga comida, haga lo mismo». Esto es ejercer la caridad. Recordemos las obras de misericordia, corporales y espirituales. Nos cuenta san Lucas que habían ido también allí unos recaudadores de impuestos, los publicanos. ¿Qué les dice? «No exijáis más de lo establecido». Esto es mera justicia, ¡menos que la caridad! Y algo parecido a un grupo de soldados: «No os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». De nuevo, simple justicia. El ejercicio pobre de la caridad, —insisto en esto de pobre, porque muchas veces no somos capaces de una caridad desbordante—, que a veces no llega siquiera a ser caridad y se queda en mera justicia, eso, por pequeño que sea, abre las puertas de nuestra alma al que es la verdadera caridad, al que es verdadero amor, un fuego de amor, a Dios, que cuando viene es capaz de encender, purificar, transformar, abrasar, renovar nuestro ser entero.
Así se entiende lo que añade el Bautista: «Él, [el Señor, que está cerca] os bautizará con Espíritu Santo y fuego». Literalmente: «Él os sumergirá en el amor abrasador», porque bautizar significa sumergir, y porque el Espíritu Santo y el fuego de Dios es la misma cosa: el amor eterno de Dios, que cuando llega al hombre, que libremente le abre el corazón, lo abrasa, no para matarlo, sino para encenderlo y renovarlo.
Alegraos en el Señor, que está cerca, que viene a nosotros, a lo más íntimo, con el fuego de su amor en la Eucaristía, para encendernos y renovarnos. Y mientras este fuego nos renueva, ejercitémonos en la justicia y en la caridad, en las obras de misericordia, las que son posibles para cada uno.
Hermano Rafael (II). D. Juan Antonio Martínez Camino
Ejercicio de los Sábados
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, ofreció la segunda conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la segunda de seis conferencias que están previstas para este curso.
La fiesta que hoy celebramos, la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, puede parecer la celebración de algo que está muy lejos de nuestra vida. Sin embargo, necesitamos celebrar esta fiesta, para no perdernos en el mar de la mentira y de la falsedad, peor aún, el mar de la muerte. La Inmaculada Concepción es la exaltación de la humanidad cuando es librada del pecado. María es la mujer que, preservada de toda mancha de pecado, alcanza la máxima altura posible de la naturaleza humana. Es como si viésemos un bosque inmenso y milenario de árboles enfermos, que a duras penas sobreviven, que a duras penas dan fruto, que a duras penas son capaces de generar árboles nuevos, que mueren antes de lo que es conforme a su naturaleza, sin llegar nunca a ser lo hermosos, lo fructíferos, lo longevos, lo fuertes, que deberían llegar a ser. Un océano de árboles enfermos que se extiende por el mundo entero y durante siglos, repitiendo el drama de no llegar nunca a ser lo que deberían ser. Y en medio de este océano de árboles enfermos, de repente, surge entre todos uno fuerte, hermoso, bellísimo, que se levanta bien alto, recto y frondoso hacia el cielo con un color espléndido, un árbol que alegra al Creador. Es el árbol que el Creador habría querido ver desde el principio, el árbol por cuya existencia ha cuidado todos los demás.
Esos árboles creían que esa fealdad suya, esa pobreza de frutos, esa vida corta y triste, esos colores desvaídos eran lo propio de su naturaleza, lo máximo a lo que podían aspirar, hasta que descubren este otro árbol único lleno de vida.
Durante generaciones, el pecado ha mantenido al hombre como esos árboles de los que os hablaba. Porque el pecado es terrible. No es una broma. Es una ofensa a quien nos ha dado la vida y la naturaleza que tenemos, una ofensa a su amor. Y esa ofensa ha caído sobre nosotros y ha arruinado nuestra vida. Nos habíamos acostumbrado a esta pobreza, a esta fealdad, a esta miseria, a este sufrimiento y a esta muerte… Pero de repente ha aparecido María —«De repente» para nosotros, no para Dios que la esperaba y preparó su nacimiento desde el principio—. Ella, libre de pecado, sin nada que ver con el pecado, se levanta como una estrella entre todo el océano de hombres mediocres y sufrientes, y nos dice: ¡Esta belleza! ¡Esta bondad! ¡Esta es la humanidad creada por Dios! ¡No la miseria que os consume!
Para que salgamos de esta miseria, Dios ha querido que María nos dé a su Hijo, Dios hecho hombre, el que restaura nuestra naturaleza herida por el pecado, más aún, el que nos recrea uno por uno, para elevar nuestra naturaleza, por encima de todo lo que podamos imaginar. Esta obra de restauración ha sido efectiva. Por eso, después de María y de su Hijo, durante siglos, ha aparecido una legión de santos, de vidas bellas y llegas de amor verdadero, más fuerte que el pecado. Son vidas que han llenado de belleza los siglos que siguieron a Cristo y nos han precedido: desde los Apóstoles, hasta san Juan Pablo II o santa Teresa de Calcuta, por poner solo algún ejemplo cercano a nuestro tiempo. En medio de otros hombres llenos de miseria y de pobreza espiritual, ellos han reproducido aquel milagro único de María. Y cuando pasemos el umbral de la muerte y contemplemos a Santa María Inmaculada y a todos los santos que vinieron después de ella, por la gracia de su Hijo, quedaremos pasmados al contemplar la belleza del hombre creado por Dios. ¡Esto es lo que Dios creó! ¡En esto pensó! ¡Por esto envió a su Hijo!
Parece que queremos tirar por la borda este legado de santidad, de amor, de verdadera belleza, de bondad. ¡Volvemos a preferir el pecado! No es que nos veamos débiles y pequemos por debilidad. No es eso. Es que preferimos el pecado, la fealdad y la miseria de la que nos sacó María. ¡Preferimos el pecado! Y le decimos a Dios, a su cara: «No me da la gana obedecerte». Sin darnos cuenta de que la muerte y la destrucción caen sobre nosotros, como una enfermedad que nos aplasta contra la tierra inerte, que nos reconcome como un cáncer por dentro.
La fiesta que celebramos hoy es la antítesis de lo que nos meten por los ojos todos los días los que en este mundo nuestro tienen poder e influencia. El viernes escuché al presidente de España hablar del «derecho del aborto» y del «derecho del matrimonio homosexual». El aborto no es un derecho, es un crimen. Nadie tiene derecho a matar a otro. Una sociedad que permite esto, que permite que existan fábricas de muerte, abortorios donde se matan sistemáticamente a los inocentes, y donde este crimen abominable se jalea como un derecho, una sociedad así, está condenada a la destrucción. Una sociedad que confunde el matrimonio, que implica una entrega definitiva entre un hombre y una mujer con vistas a ayudarse, a amarse y a dar hijos a este mundo… Y que constituye el núcleo de cualquier sociedad humana… Una sociedad que confunde esto con la satisfacción sexual de cualquier tipo, con la búsqueda egoísta de placer… y dice que esa aberración es un derecho, está destinada a desaparecer.
No, el pecado no es un derecho. El pecado es una ofensa a Dios y nos destruye. Y cuando el pecado atenta contra la vida, en el seno mismo de la vida, en el seno materno, y contra el núcleo de donde nace y crece esa vida, que es el matrimonio, la unión amorosa, sólida y definitiva entre un hombre y una mujer, cuando esos pecados terribles se proclaman como derechos, el hombre cava su tumba. El aborto no es un derecho. El mal llamado matrimonio homosexual no es un derecho. El pecado no es un derecho. Es una desgracia.
Miremos a la Inmaculada. Es lo contrario al pecado. Y siendo lo contario al pecado, ella nos enseña el camino de la verdadera humanidad. Ella es el camino por donde viene hasta nosotros el Hijo que se hace hombre. Y ella es el camino por el que el hombre, unido a su Hijo, alcanza a Dios, no hay otro camino. Luchemos contra el pecado, el nuestro. No lo proclamemos un derecho, nuestro derecho es la santidad, nuestro derecho es que la gracia de Dios nos haga santos, nuestro derecho es formar parte del cortejo de los santos que llenan de gozo la creación, que llenan de gozo a la humanidad, a los ángeles y al Creador. Nuestro derecho no está en revolcarnos por el lodo, sino en alcanzar el cielo y la vida de Dios. Ese es el derecho de los hijos de Dios.
María, toda hermosa, toda santa, patrona de España, ten piedad de tu tierra. Y tal como se lo enseñaste antes a nuestros padres, enséñanos de nuevo el camino a nosotros, a los que vivimos en esta generación que parece haberte olvidado. No permitas que venzan los enemigos de tu Hijo y del Creador, no permitas que venzan los enemigos de la naturaleza humana.