«Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado»(Lc 3,21)
Las fiestas de Navidad concluyen con la solemnidad del Bautismo del Señor, que hoy celebramos. San Lucas presenta el bautismo de Jesús en relación con la obra de san Juan Bautista: indica el fin de la misión del Bautista y el inicio de la misión pública de Jesús. Hasta este momento, Juan había predicado la conversión para acoger al Mesías inminente. Llamaba a los hombres a volverse a Dios suplicando perdón con el signo del baño del bautismo y cambiando de vida. Especialmente san Lucas subraya este doble aspecto de la conversión que Juan reclamaba: la decisión personal de cambiar de vida, de dejar atrás el pecado; y la súplica a Dios, porque solo él puede perdonar y dar al hombre la posibilidad de empezar de nuevo. Las estremecedoras palabras del Bautista y su poderosa figura de asceta, libre de toda mundanidad, provocaron una conmoción en Israel, un movimiento de conversión y de expectación del Mesías. Muchos se preguntaban si el Mesías no sería Juan y él tuvo que corregir esta opinión señalando a otro más fuerte: «Viene el que es más fuerte que yo». La fuerza de la que habla es la potencia del Dios de Israel, capaz de crear de la nada y capaz de redimir, de rescatar del mal. El que viene es quien tiene el poder divino, yo «no merezco desatarle la correa de las sandalias». El bautismo de Juan llega hasta donde puede llegar el hombre: tener la voluntad de cambiar de vida y suplicar al Creador un nuevo comienzo desde lo más profundo. Pero solo el Dios que creó de la nada cuando «su espíritu se cernía sobre las aguas» (Gn 1,1) puede hacer que su Espíritu se cierna de nuevo sobre este mundo para recrear el corazón del hombre de raíz, no externamente, sino desde el alma y el corazón. El Bautista deposita este poder en el que viene, el Mesías, porque el Mesías sería quien recibiese el Espíritu de Dios, y pudiese con ese Espíritu de Dios dar inicio a la nueva creación para el hombre, para nosotros. «Yo os bautizo con agua […] Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego».
¿Aspiramos nosotros a un cambio en el alma? ¿Esperamos nosotros aún, a pesar de los años y de todas las derrotas espirituales, un nuevo nacimiento? Es el asunto de la conversión y es importante porque es la puerta por la que entra Cristo. La conversión es la puerta del Evangelio de Cristo. Juan abrió esa puerta para sí mismo y para los que escucharon su predicación. Ojalá también para nosotros.
Ahora, ¿cómo esperaría Juan que apareciese el Mesías y ejerciese este poder del Espíritu? ¿Cómo imaginaba el bautismo de Espíritu Santo y la recreación del hombre? Es difícil saberlo. Pero es seguro que no esperaba que fuese como ocurrió: «Y sucedió —dice san Lucas— que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado». ¿Sabéis lo que significa esto? Significa que Jesús, con todo su poder divino, decide tomar como propia la vida de aquellos hombres, y recrearlos, regenerarlos, salvarlos así: tomando como propio el pecado de ellos, tomando como propio el camino de penitencia que ellos habían iniciado, tomando como propia su súplica y su oración lanzada al cielo, tomando como propio aquel bautismo de conversión en el Jordán: «Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado». Es algo abrumador. El Hijo de Dios ya se había hecho hombre, ya había tomado nuestra naturaleza; al hacerse bautizar tomó también nuestro pecado, hizo suya nuestra voluntad de dejarlo atrás, y se apropió de nuestra súplica de perdón. Desde entonces, nuestro pecado recae sobre él, desde entonces nuestra voluntad de conversión él la hace suya, desde entonces él clama con nosotros hacia el cielo: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado» (Sal 50,1). La conversión es la puerta de Cristo, la puerta por la cual nosotros esperamos la llegada de Cristo, y la puerta que cruza Cristo para hacernos suyos. Incluso si nosotros no abrimos esa puerta de la conversión, él la ha cruzado. Infinita misericordia. ¿Os dais cuenta del amor que esto supone? ¿Os dais cuenta de la grandeza de este amor humilde y paciente del Unigénito que se muestra como siervo? ¿Os dais cuenta del amor necesario para que Jesús tome como suyo nuestro pecado, nuestras lágrimas y nuestra súplica? San Lucas dice que, cuando Jesús fue bautizado, oraba. Dirigía a Dios nuestra súplica, que ya era susúplica.
¿Qué se sigue de ahí? Que se abrió el cielo. Se abrió el diálogo entre la tierra y el cielo, entre Jesús, que se pone a la cabeza de la creación, y el Padre eterno que responde a su Hijo hecho hombre, que lleva sobre sí el pecado, y le ha dirigido la súplica del hombre, que se ha hecho cabeza de la humanidad: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco». Y lo unge con el vínculo de su amor, el Espíritu Santo. Las palabras del Padre y la unción del Espíritu Santo se dirigen directamente a Jesús, pero como él se ha hecho cabeza nuestra, como ha tomado nuestro pecado, nuestra voluntad de conversión y nuestra súplica, las palabras del Padre y la unción del Espíritu son también para nosotros. Así, Cristo transforma el bautismo de agua de Juan en sacramento, en un signo eficaz con el que Dios nos toma como hijos. Nos toma como hijos porque Jesús nos ha tomado como hermanos. Así crea Cristo el primer sacramento, con el que se inicia la vida cristiana, la vida de unión con él. Así somos adoptados como hijos de Dios y ungidos con su Espíritu.
Ahora es necesario recordar algo que sabéis. El bautismo del Jordán es el principio y el anticipo de la cruz y de la sepultura de Cristo. Ser sumergido en las aguas era una forma de expresar la muerte al pecado. La cruz y la sepultura fueron la realización definitiva de este tomar nuestro pecado y nuestra súplica. De la misma forma, cuando nosotros somos bautizados con Cristo, morimos al pecado y recibimos una vida nueva, que a su vez es anticipo de nuestra participación definitiva en la muerte de Cristo, en su resurrección y en el abrazo definitivo del Padre a su Hijo eterno, cuando vuelve al Padre con su humanidad, con la que ha llorado, con la que ha suplicado, con la que ha sufrido y con la que ha amado.
Igual que Jesús ora al Padre al salir del Jordán y el Padre responde, así sucede también en la resurrección. En el domingo de la resurrección Cristo se levanta de la sepultura y ora con el viejo salmo de David: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi alma tiene sed de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua» (Sal 62). Y Dios responde ungiendo con el Espíritu Santo definitivamente a su Hijo con la humanidad que ha llevado hasta él.
Nosotros hemos recibido el Bautismo y con él hemos sido recreados, regenerados en nuestra naturaleza más íntima. Ya no somos solo criaturas hechas a imagen de Dios, ahora somos hijos. Cristo nos ha hecho suyos, por eso Dios nos ha hecho sus hijos y nos ha dado su Espíritu. Ahora somos hijos, adoptivos, hijos en el Hijo único. Se ha obrado un milagro inimaginable en nosotros. Lo ha obrado Jesús, que nos ha tomado con un infinito amor sobre sus hombros, que nos ha unido a su corazón. Y Dios nos escucha porque le escucha a él, nos mira como le mira a él, y espera que con él concluyamos nuestro camino. Caminemos el camino de Cristo, detrás de él y unidos a él, hasta entregar del todo la vida, amando. Abriremos los ojos ante el Dios verdadero y pronunciaremos con Cristo sus palabras: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi alma tiene sed de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua».
«Se ha manifestado, se ha extendido y ha llenado el mundo»
(S. Efrén, Nat. II,21)
Ayer os hablaba del querer de Dios que se muestra en el Verbo que toma carne y pone su tienda entre nosotros, para compartir nuestra vida y darnos la suya. Ahora me gustaría que contemplaseis este hecho del Verbo que se hace carne como en una película. Desde siglos atrás el profeta Isaías ve, en visión profética, su mundo hasta la encarnación del Verbo.
Imaginad un universo sin sol: frío, oscuridad y muerte por todos lados: «Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos», así lo describe Isaías. ¿Acaso no amanecía el sol cada mañana en tiempos del profeta? Claro que sí, Isaías describe un mundo sin sol, no en su apariencia exterior, sino tal como se vive en el corazón de los hombres. Imaginad un mundo donde el hombre no sabe quién es, donde cree que quizá apareció en este mundo por casualidad, o quizá por una ley natural necesaria y ciega. Imaginad un mundo donde el hombre no conoce su meta: unos creen que vagarán en su alma de una vida a otra, dando tumbos sin fin; otros, que su aliento se perderá para siempre disuelto en la materia; otros, la mayoría, solo tienen miedo. Imaginad un mundo donde los hombres no saben por qué trabajar, por qué luchar, por qué traer hijos a este mundo y educarlos; que desconocen qué ofrecer a sus hijos para alcanzar felicidad, que ignoran por qué existe el mal y cómo luchar contra él; que no saben por qué narices nada nos basta ni nos sacia, por qué no me puedo conformar como se conforma un perrillo con el cariño de su amo, por qué no me basta el amor de la mujer a la que amo para saciar el alma, por qué no puedo hacer feliz a mi amigos, por qué todo es pobre y pequeño para nuestra alma, por qué tenemos un deseo de amor y de verdad que no encuentra descanso en nada. ¿Por qué no puedo reprimir mis entrañas para que no esperen un amor inmortal? Imaginad este mundo sin luz. No hace falta imaginarlo, es el mundo que nos rodea, si miramos más allá de las apariencias; quizá el mundo que aún es nuestro propio mundo interior. Es el que describe Isaías, un mundo sin la luz de la verdad: «Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos».
Pero en medio de la oscuridad de la visión del profeta aparece una luz, no de este mundo, sino de Dios. Y la luz rompe la oscuridad. Entonces, el profeta llama a Jerusalén para que se levante de la postración general: «¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!». El Verbo de Dios hecho hombre es la luz que viene de Dios y deshace las tinieblas del error y de la ignorancia. Él es la verdad, que desvela nuestro origen y nuestro destino, y así el secreto de nuestro corazón, hecho no para una ilusión vana, sino para el amor verdadero de Dios. El Verbo hecho hombre es la luz de Dios, la gracia de Dios, la vida que viene de él, que toma nuestra vida y la hace crecer hasta la vida del cielo.
Tenemos, por tanto, una gran oscuridad y, de repente, una luz que viene del cielo. Pero si miramos bien, es una luz que parece pequeña. El Verbo se hace carne y nace en un pequeño pueblo, en una gruta, sin ninguna expectación. Un mártir del s. II, san Ignacio de Antioquía, dirá que todo ocurrió «en el silencio de Dios». La luz que ilumina el mundo entero, primero dio luz a muy pocos: a María, a José, y a unos pocos pastores. Habría que esperar a que esta luz venida del cielo gritase desde la explanada del Templo de Jerusalén: «Yo soy la luz del mundo». Y unos días más, hasta que rompiese con su resurrección la oscuridad de la muerte. Pero desde que nació del seno virginal de María, era la luz de Dios que ilumina el mundo, no solo Israel, sino el mundo entero. Un cristiano de Siria, del s. IV, san Efrén, escribió que el Verbo nace como una pequeña semilla, como un rayo diminuto que llega a nuestra pupila, pero «se ha manifestado, se ha extendido y ha llenado el mundo».
Isaías, en visión profética, una mirada que va más allá de lo que aparece a nuestros ojos, ve a hombres de todas las naciones dirigirse hacia esa luz, llevando sus riquezas. Porque lo que en la oscuridad no vale nada adquiere valor con la luz: un gran valor el mundo creado, un gran valor cada uno de nuestros días, un gran valor el afecto de los amigos y el amor de los esposos, un gran valor el trabajo, el cansancio y el sacrificio, un gran valor la inteligencia y la voluntad humanas, un gran valor su corazón, más grande que todo el Universo, hecho para ser morada de Dios. El profeta ve a grandes caravanas de hombres caminar juntos surcando la tierra, hacia la luz que ha venido sobre Israel.
Porque el querer de Dios, del que os hablaba ayer, no se restringía a que unos pocos se encontrasen con su Verbo encarnado, sino que todos lo conociesen y lo amasen y alcanzasen la vida nueva que traía. Su luz, que no es producto de nuestro ingenio, ni mérito de nuestra bondad, Cristo, ha de llegar a todos. Y con una estrella, atrae a unos hombres que ansiosos rastreaban con su mirada el cielo. Con la luz de una estrella los atrae hacia la luz verdadera, eterna e inmortal escondida en la humanidad de Jesús, y llevan sus regalos y adoran, es decir, se postran reconociendo al Señor del Mundo y aman a su Creador. Tras estos sabios vendrán más, los sabios que el amor a la verdad, muchos también iletrados, reunirá hasta el fin de los tiempos:
Caminarán los pueblos a tu luz,
los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira:
todos esos […] vienen hacia ti […]
A ti llegan las riquezas de los pueblos.
[…] Una multitud de camellos,
dromedarios de Madián y de Efá.
Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso,
y proclaman las alabanzas del Señor.
El evangelio nos muestra que la búsqueda de los sabios no se da en pureza, en paz y tranquilidad, sino en la lucha contra el pecado y contra el mal, contra el maligno, que mueve sus piezas e intenta separar al hombre de su Dios. Pero la gracia de Dios es mas fuerte que las cadenas del mal, para todo el que quiera acogerla. Al final, los sabios llegaron donde el Niño, lo vieron con su madre, María, y cayendo de rodillas lo adoraron.
Dios Creador del cielo y de la tierra, danos la luz, que ilumine nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestros sentidos, para que nos encaminemos hacia ti, con nuestra voluntad y nuestra inteligencia, con nuestro trabajo, nuestros cansancios y nuestros sacrificios, con todo lo valioso que nos has dado, con nuestros amigos, con nuestros hijos, con nuestro esposo o nuestra esposa, y llenos de alegría podamos llegar hasta ti, ahora, en esta vida, y postrarnos ante tu Verbo encarnado, y adorarte de nuevo, presente en el Cuerpo de tu Iglesia, presente en la Eucaristía. Y llegar a ti, después de esta vida, con todos los que te han amado y se han encaminado hacia ti.
Dios ha querido estar con el hombre. Ha venido a nosotros haciéndose hombre y así nos muestra esta verdad: que quiere estar con nosotros. Afirma el Evangelio: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Pensemos en esta afirmación: El Verbo es el Hijo de Dios y Dios verdadero. Hacerse carne significa que se hizo hombre de verdad, que la persona del Verbo, Dios verdadero, sin dejar de ser lo que era, empezó a ser hombre. Y desde ese momento lo es para siempre. La expresión «habitó entre nosotros» traduce un texto griego que dice literalmente «puso su tienda entre nosotros». Esto de «poner la tienda», que queda oscurecido por la traducción, recuerda aquellos años en los que Israel caminaba por el desierto y la tienda del encuentro, donde los judíos reconocían la presencia de Dios, acompañaba su peregrinar hacia la tierra prometida. Jesús es la nueva tienda del encuentro, el nuevo Templo. En Jesús Dios se encuentra con su pueblo y dialoga con él. Al hacerse hombre, Dios ha roto todas las distancias, para compartir en toda nuestra vida, para estar con nosotros de la forma más real posible. Esto es lo que significa «habitó entre nosotros», «puso su tienda entre nosotros».
Este hecho corresponde al querer eterno de Dios, que ha querido estar con su pueblo de una forma cada vez más cercana y más «real».
Mirad lo que dice el libro del Eclesiástico. Allí aparece un ser personal, llamado «la Sabiduría», que delante de Dios proclama: «Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y nunca jamás dejaré de existir». Es la afirmación de una existencia que viene del Dios y que es anterior al tiempo, a la creación de todas las cosas. Después sigue diciendo: «Ejercí mi ministerio —es decir, “mi servicio”— en la Tienda Santa —es decir, la tienda del encuentro—». El ministerio de la Sabiduría en la tienda del encuentro era dar a Israel el conocimiento necesario para andar el camino de la vida. No se trata del conocimiento que se adquiere por la observación de los fenómenos naturales y que dará lugar a lo que llamamos las ciencias, sino de otro conocimiento que solo Dios puede darnos: el conocimiento de quién es él. Curiosamente, al darnos a conocer quién es él, nos desvela el misterio de nosotros mismos. Cuando Dios se nos da a conocer, nos descubre que él es nuestro Creador y nuestro destino, así empezamos a comprender el misterio que somos para nosotros mismos. Solo Dios es nuestra meta, la única que hace que la vida del hombre pueda ser una vida cumplida, no un perderse en la sombra de la materia o del tiempo, en la nada. Este conocimiento de nuestro propio ser a la luz del ser de Dios no es producto de la investigación humana, lo da Dios, su Sabiduría. A Israel le dio este conocimiento dándole el Decálogo, las «diez palabras». El Antiguo Testamento insiste en que el Decálogo había sido dado por Dios, escrito por él mismo en piedra. Y así era custodiada en la tienda del encuentro. «El Creador del universo me dio una orden, el que me había creado estableció mi morada y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob”». La Sabiduría acompaña el peregrinar de Israel en el Decálogo que guarda la tienda del encuentro. Pero a Dios no le ha bastado darnos su Ley, ha querido estar de una forma más real entre nosotros, lo que nos vuelve a llevar a las palabras del Evangelio: «Puso su tienda entre nosotros».
La pregunta es qué ha pasado entre las palabras del Eclesiástico, escritas en su forma original alrededor del año 180 antes de Cristo, y las palabras de san Juan: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Lo que ha pasado es que ha nacido Jesús. San Juan ha convivido con él, lo ha visto hacer milagros, ha escuchado su enseñanza y ha reconocido que Jesús no solo traía el conocimiento de Dios, sino que él mismo era Dios. San Juan ha reconocido que Jesús traía al hombre la vida de Dios, lo que llamamos «la gracia»: «La Ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad, nos han venido por medio de Jesucristo». Lo que ha ocurrido es Cristo, que ha venido Cristo, que da carne y sangre a las promesas y los anuncios del Antiguo Testamento[1], que ha hecho real el querer de Dios. Así que nuestra Sabiduría ya no está escrita en piedra, sino que es alguien vivo y amante: Cristo. Nuestra Sabiduría es alguien que vive con nosotros, y en la relación con él conocemos a Dios y recibimos la vida de Dios. El querer de Dios ha sido vivir con nosotros, de la forma más estrecha y real posible.
Ahora quiero insistir en otro aspecto de esta verdad. Cristo no ha puesto su tienda para luego irse, sino que permanece. La Iglesia entera es su Cuerpo que se extiende por el mundo entero y llega a cada rincón, en cada momento de la historia. Ese Cuerpo somos nosotros y todos los que nos precedieron y todos lo que vendrán después, unidos a Cristo de forma real por la fe y los sacramentos. La presencia de Cristo es real entre nosotros, en su Cuerpo que es la Iglesia, y es real de forma eminente en la Eucaristía. Sin esta presencia real, el texto del Evangelio que leemos sería como una parte del Antiguo Testamento, solo una promesa. Es su presencia real la que hace que el Evangelio, y todo el Nuevo y el Antiguo Testamento, sea una palabra viva. Él vive entre nosotros y su palabra resuena viva en nuestros oídos. Él resuena en nuestros oídos y en nuestras almas.
Una consecuencia más que debemos aprender. La imagen de la tienda que usa san Juan es una evocación de la peregrinación por el desierto. Y una peregrinación tiene una meta. El Verbo no se ha hecho hombre solo para para compartir nuestra vida y nuestra muerte. ¡Eso ya sería una gran misericordia! Ha venido para llevarnos más allá de todos los límites propios de nuestra naturaleza humana, y más allá de todos los límites que nos impuso el pecado. Para llevarnos más allá de nuestro amor limitado, más allá de un amor que muere, a algo que no hubiéramos podido imaginar: la vida y el amor perfecto de Dios. San Pablo dice que Dios «nos eligió antes de crear el mundo […] predestinándonos a ser sus hijos adoptivos». El querer de Dios es también adoptarnos como hijos, hacernos partícipes de la vida divina del Hijo Eterno en la Trinidad. Es un don tan grande que casi ni nos lo creemos. Estamos tan acostumbrados a mirar hacia el suelo, a nuestra vida pobre, que no nos hacemos a la idea de la grandeza de nuestro destino. Por eso san Pablo suplica: que Dios «ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos».
No alcanzamos esta meta automáticamente, porque esta meta es una comunión de amor y el amor no se impone. El amor se ofrece: ese es el Verbo hecho carne. El amor genera un espacio y un tiempo de libertad, para que respondamos a quien nos ha amado: este es nuestro hoy y la importancia y la gravedad de cómo vivimos el momento presente. Solo después se alcanza la meta, «la gloria que da en herencia a los santos». Aprendamos ahora a amar al Verbo que se ha hecho hombre y está vivo entre nosotros, andemos con él el camino de la vida, caminemos cada día sin separarnos de él para alcanzar a Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] BENEDICTO XVI, Deus caritas est 12: «La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito».
«Encontraron a María, y a José, y al niño» (Lc 2,16)
La fiesta de la Natividad se prolonga durante ocho días, «la octava de Navidad, hasta hoy, cuando la Iglesia señala a María y dice: es la madre de Dios, el título de la solemnidad que celebramos. Vamos a mirar, primero, por un momento al niño que ha nacido; luego, volveremos la vista sobre su Madre.
En Israel, el octavo día después del parto era el día en que el recién nacido recibía un nombre, que no era elegido por mero gusto. Tenía un significado. Quería decir algo de la identidad y de la misión del niño. Ahora bien, ¿cómo se puede conocer la identidad de un recién nacido?, ¿cómo se puede adelantar lo que será quien aún no puede mostrar ni capacidades, ni preferencias? La respuesta es: su familia, su padre, su madre y otros miembros de la familia. Es un hecho que el padre y la madre tienen de alguna forma en sus manos quiénes serán sus hijos. Los hijos son, en gran medida, lo que reciben de sus padres: su forma de mirar el mundo, sus gustos, lo que en general esperan de la vida… y tantas cosas que definen quiénes somos. Justamente por este motivo, en el Israel de tiempos de Jesús el niño recibía habitualmente el nombre de alguno de la familia.
¿Quién era el niño nacido de María y qué nombre debía recibir? En este caso, el nombre les viene dado por el ángel, que en el momento de la anunciación le había dicho a María: «Le pondrás por nombre Jesús». Este nombre, que viene del cielo, dice quién es este niño y cuál es su misión. Jesús, en hebreo, significa «Dios salva». Esa es tanto la identidad como la misión del niño. Es Dios porque su Padre es Dios, no José. El Dios verdadero había engendrado a su Hijo Único desde toda la eternidad y, en un momento concreto de la historia, quiso que se hiciera hombre y naciera como hombre, y le da el nombre que dice que es su Hijo, Hijo de Dios y Dios verdadero, que viene a salvar. Porque nada hará, nada sufrirá, nada gozará, nada enseñará, nada dirá, que no sea para la salvación del hombre. Todo es «por nosotros los hombres y por nuestra salvación». Jesús es Dios que salva. Su nombre hace referencia a Dios y hace referencia a nosotros. Su nombre expresa así su amor hacia nosotros. ¡Dulce nombre de Jesús! En el nombre de Jesús nos encontramos Dios y nosotros. Es hermoso ver cómo en el evangelio que hemos escuchado de san Lucas, al niño se le llama así, sin más, «el niño», hasta que recibe el nombre de forma solemne. En ese nombre estamos ya nosotros, amados por Dios.
Miremos ahora a María. A veces, se la compara con un sagrario. En el sagrario reservamos el cuerpo de Cristo, la Eucaristía. Y María llevó en su seno a Cristo. Sin embargo, María es mucho más. Un sagrario no le da nada a Jesús, María le da al Verbo su humanidad. Y su humanidad lleva, desde entonces, los rasgos de María: algunos heredados por pura genética, otros aprendidos en su compañía. El Dios que nos salva se parece a María y aprendió de María. Pues bien, el Verbo se hizo hombre, tomó esa humanidad como propia y se identificó con ella, no durante un tiempo, sino para siempre; y así, el Verbo, sin dejar de ser el Hijo de Dios, pasó a ser el niño nacido de María, Jesús, el Dios que salva. Y así María vino a ser la Madre de Dios.
Este hecho nos abre a un misterio enorme: el misterio de una mujer, de nuestra naturaleza, que tiene una relación única con Dios, no repetida ni antes ni después en ninguna otra criatura. En este misterio nos podemos sumergir por la contemplación y siempre será más grande de lo que podamos entender y podamos decir de él. Ahora, nos conformamos con decir llenos de asombro: Tú, que eres de nuestra misma naturaleza, eres la madre del que está por encima de toda naturaleza. Tú, que participas de nuestro ser, eres madre de quien da el ser. Tú eres la Madre de Dios. María no fue un sagrario de bronce o de oro, sin vida y sin voluntad, sino que fue, es y será, la Madre de Dios. El vínculo entre esta Madre y su Hijo no se rompe nunca.
Ahora quiero mostraros algo más sencillo de entender. ¿Cómo nos representamos en la imaginación a María como Madre de Dios? La imaginamos con Jesús, en brazos, o custodiándolo en el pesebre… hasta el momento en que la contemplamos al pie de la cruz, como madre dolorosa. El evangelio de hoy nos dice que los pastores encontraron al niño junto a José y a María. José pronto faltará y eso es una providencia divina para hacernos entender que la Madre tiene un lugar único en la vida de Jesús: Encontramos a Jesús junto a María. En el pesebre y en la cruz, ella nos lo da. Yo diría que en la Eucaristía ella nos lo da. Los Padres de la Iglesia establecieron un principio de comprensión de la Iglesia a partir de María: lo que se dice de María se dice análogamente de la Iglesia. Solo en la comunión de la Iglesia encontramos a Jesús, solo en ella se nos da en la Eucaristía.
María, dice el evangelio de hoy, conservaba en el corazón y meditaba todas las cosas que ocurrían alrededor de la vida del niño. Tampoco eso lo hace un sagrario. Igual que había guardado la palabra de Gabriel, guardaba todo lo referente a su Hijo, de forma que su Hijo crecía en su alma a la par que crecía como hombre. Y cuando su Hijo llevó su humanidad a la plenitud del amor en la cruz, también el corazón de María se ofreció con su Hijo. Así, María le enseña a la Iglesia universal y a cada uno de nosotros cómo acoger a Jesús. Ella no inventa sobre su Hijo, no impone una idea propia sobre el misterio que es su Hijo, ella guarda, conserva en la memoria. Así la Iglesia y cada uno de nosotros no ha de imaginar o de inventar nada, sino observar, escuchar, mirar y guardar en el en alma, en la memoria, hasta aprendernos a Cristo de memoria. «Haz memoria de Jesucristo», le recuerda san Pablo a su hijo, discípulo y amigo Tito. Esto es lo que María nos enseña. Repito las palabras de san Lucas: «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». El verbo griego que traducimos por «meditar» significa literalmente «unir unas cosas con otras», (συμβάλλω). Es decir, que María iba uniendo las palabras que oía, los hechos que acontecían y así iba atisbando, entreviendo, a través de estas cosas distintas, la unidad de la persona de su Hijo, hombre y Dios, nacido de sus entrañas, pero más grande que ella. Cristo es muy grande para nosotros: Dios y hombre; una sola persona y dos naturalezas; Señor del Universo que se hace criatura, cordero sacrificado que salva al mundo… Y ante este mar inmenso que es la persona de Cristo, mar inmenso que no podemos aprehender ni con nuestra razón, ni con nuestra voluntad, mucho menos con nuestros cambiantes sentimientos, lo que podemos y debemos hacer es ir uniendo las palabras y los gestos que día a día guardamos en la memoria, para que también en nosotros, como en el alma de María, crezca su Hijo y nos identifiquemos con él más y más, hasta participar de su sacrificio amoroso y de la gloria de su resurrección. En el fondo, esto es lo que hace el Rosario bien rezado.
El Hijo de María es nuestra paz, Jesús es nuestra paz, la que se suplicaba en la primera lectura y la que la Iglesia desea para todos los hombres, la única paz verdadera: Cristo en el alma de los hombres que ha amado. Que santa María, Madre de Dios, os dé cada día de este año a su Hijo y él sea la paz de vuestras almas.