“Una cosa te falta” (Mc 10,21)
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- Escrito por: Pater Peter
- Categoría: Tracts_teando
¡Es terrible! ¡Qué horror! Me da vergüenza! ¡Menudo escándalo! ¡Vaya triunfo del diablo!”
Seguramente habréis escuchado estas expresiones o se os hayan pasado por la cabeza otras parecidas mientras cubríais el rostro con vuestras manos al escuchar los casos de abuso sexual, de conciencia y de poder que iban surgiendo en las últimas semanas...¡y no es para menos! Una vez más, el Cuerpo de Cristo ha sido desgarrado y profanado de modo terrible y vergonzoso, con el agravante de que los protagonistas han sido aquellos que un día se comprometieron públicamente a cuidarlo y protegerlo.
”¡Esto no puede seguir así! ¡Algo hay que hacer! ¡Hay que acabar con esto de una vez por todas!”
Las soluciones que más frecuentemente he escuchado se resumen en incrementar los mecanismos de control sobre la vida de los eclesiásticos, estrechar los criterios de selección de candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada, mayor vigilancia en la relación de clérigos con menores y adultos vulnerables, aumentar los filtros de internet a páginas pornográficas, una normativa más severa para crímenes de este tipo,...en definitiva, confiar en una legislación más estricta.
Propongo algo más barato, más beneficioso y más fructífero para el hombre, para la Iglesia y para la sociedad.
¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? (Domingo XVIII, TO B 2018)
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- Escrito por: P. ENRIQUE SANTAYANA
- Categoría: Domingo XVIII
XVIII Domingo T.O. – B
5/ VIII /2018
Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
- El signo es en san Juan una acción de Cristo, por ejemplo el milagro de la multiplicación de los panes que escuchábamos el domingo pasado, y que nos remite a otra realidad más grande, nos empuja hacia ella y, así también, nos la hace presente. El milagro de la multiplicación de los panes remite, empuja nuestro espíritu, hacia la Eucaristía, hacia la donación que Cristo hace de sí mismo en el pan eucarístico.
- Vida eterna. En el evangelio de san Juan, no se trata sin más de «vida tras la muerte», de «vida inmortal», de «supervivencia del alma», sino de la vida de Dios. Esa vida que no posee más que Dios, que no poseen ni los ángeles, ni el alma del hombre en cuanto tal por el hecho de ser inmortal. La «vida eterna» en san Juan es la vida de Dios.
5 de agosto de 2018 en el Oratorio de san Felipe Neri, Alcalá de Henares
Homilía de la Primera Misa del Padre Armando Solís CO
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- Escrito por: Padre Armando Solís CO
- Categoría: Congregación de Alcalá de Henares
| Homilía de la 1ª Misa del P. Armando Solís CO | |
| Acción de Gracias | |
Sobre la reducción subjetivista del cristianismo, sobre la vida cristiana bajo la dirección del Espíritu Santo y la obediencia filial.
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- Escrito por: P. ENRIQUE SANTAYANA
- Categoría: cuaderno de notas
NACIDOS DEL ESPÍRITU
¿Dejarse llevar por el Espíritu u obediencia estricta?
Enrique Santayana C.O.
Congregación del Oratorio de S. Felipe Neri de Alcalá de Henares
Pascua, 23 de abril de 2018.
«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Hace unos días escuchábamos en el fragmento del Evangelio de la Misa estas palabras. Me vino a la cabeza la idea que tantas veces escucho: que hay que dejarse llevar por el Espíritu. Es una afirmación que me rechina un poco. Desde luego, no por la literalidad de la afirmación: estoy convencido de que dejarse llevar por el Espíritu Santo es cosa buena, santa y necesaria. El disgusto me viene porque tengo la sensación de que lo que muchas veces se entiende, se enseña y se predica con estas palabras, en realidad se ajustaría más a la expresión «dejarse llevar por el propio ánimo». Ante las dificultades y en las elecciones de la vida, en el ejercicio de nuestras responsabilidades, dejarse llevar por el Espíritu me parece que se interpreta, muchas veces, como dejarse llevar por un cierto ánimo interior, un sentimiento…: «¿Qué tengo que hacer como padre? Pues dejarme llevar por este ánimo interno». ¡Qué peligro! «¿Qué tengo que hacer si me enamoro? ¡Pues dejarme llevar, por este mismo sentimiento interior! ¡Uff! ¡Olvidaba que estoy casado!». «¿Qué tengo que hacer en la liturgia yo que soy sacerdote? ¡Déjate llevar por el Espíritu!». Queriendo decir, de nuevo, en realidad, que me deje llevar de mí mismo. Curiosamente, si encargamos a un arquitecto que revise la ejecución de una obra, esperamos, no que se deje llevar, sino que haga bien los cálculos para que la casa aguante en pie muchos años.
Ciertamente el propio ánimo, y las propias pasiones, y el propio parecer, incluso los propios razonamientos, tienen un gran parecido con el viento que sopla sin que puedas saber muy bien ni de dónde viene ni a dónde va. Quizá por eso se confunda el Espíritu de Cristo con el propio ánimo, las propias pasiones y los propios sentimientos. Y sin embargo son antagonistas. Sí, eso es lo que quería decir en el fondo, el “yo” que tanto se afirma a sí mismo —aunque con tanta confusión sobre sí mismo, en sus sentimientos, en sus pasiones, en sus razonamientos…— es antagonista del Espíritu de Cristo, que sabe bien de dónde viene y a dónde va, aunque no lo sepa quien se deja conducir por él. Y justamente por eso, dejarse llevar por el Espíritu de Dios es un terrible acto de obediencia estricta. Digo terrible porque es costosa y no siempre se consigue, y, desde luego, hace falta mucho entrenamiento para, al fin, conseguirlo.
A propósito de la resurrección de Cristo
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- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: cuaderno de notas
Al comienzo de estos días de Pascua, escuchábamos en la liturgia de la Misa un relato, del libro de los Hechos de las Apóstoles, que daba cuenta del crecimiento de la Iglesia naciente y allí estas palabras: «Los que aceptaron sus palabras —se refiere a las palabras de Pedro— se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil». Luego, en el relato evangélico de la aparición del Señor resucitado a María Magdalena, aquella voz con la que María se dirigía a su Señor: «Rabboni»; y también aquellas otras palabras con las que refería lo ocurrido a los Apóstoles: «He visto al Señor».
Escuchar estas palabras, leer algunas cosas de Benedicto XVI sobre la resurrección de Cristo, y seguir escuchando después los otros textos bíblicos que la liturgia propone estos días me hizo pensar, primero, en cómo Cristo llenó toda la vida de la Iglesia naciente tras la resurrección; segundo, en el carácter personalista del contenido y de la estructura de la fe. Intentaré explicarme.
María Magdalena, cuando descubre que Jesús vive, no entra en ningún tipo de argumentación sobre las consecuencias soteriológicas de este hecho. Es, por cierto, lo que hacemos muchas veces los sacerdotes cuando nos toca predicar estos días. Llamamos la atención sobre las tremendas consecuencias de la resurrección de Cristo para nuestras vidas. ¡Desde luego que hay que hacerlo! Pero es claro que María Magdalena, cuando descubre que su Señor vive, no se detiene, o no llega, a estas consideraciones un tanto «utilitaristas» de la resurrección. Sencillamente lo llama, como lo había llamado seguramente mil veces antes, durante la vida pública, aunque ahora, y por toda la tragedia que había vivido en los dos días previos, llena de emoción. Le dice: “rabboni”. Y se abalanza a tierra para abrazar sus pies. Las palabras de Jesús: «no me toques, que aún no he subido al Padre…», le enseñan de forma inmediata, aunque oscura para ella en ese momento, que su presencia no es como la que tenía antes de la muerte en cruz. Algo ha cambiado en la forma de la presencia de Jesús, aunque María Magdalena no puede comprender en ese momento en qué consiste esa novedad. Lo definitivo es que está allí y que lo ha visto. Ese es el contenido fundamental de su testimonio ante los discípulos: “he visto al Señor”.
El Señor resucitado lo llena todo. Él es el contenido de la resurrección, de la salvación, de la vida cristiana. En qué consista esa salvación para ella, es decir, las consecuencias, es un paso posterior. Lo primero y prioritario es él, él es el contenido de la resurrección y solo por eso, porque él vive, la resurrección será un acontecimiento salvífico para la Magdalena. Pero en este instante primero ella no piensa, como es del todo lógico, en que todo aquello tenga enormes consecuencias para sí misma y para toda la humanidad. Y sin embargo, afirma como nadie el contenido de la resurrección: Jesús. No tiene otra cosa en el pensamiento, ni en los labios. Con la resurrección, Jesús lo llena todo.
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