LA TRADICIÓN QUE VIENE DEL SEÑOR
- Detalles
- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Ciclo C: Triduo Pascual
Jueves Santo
18/ IV /2019
«Proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva»
San Pablo no estaba con Jesús y con los Doce en la Última Cena. Sabéis bien que se convirtió algún tiempo después de la muerte de Cristo. Sin embargo, de entre todas sus cartas, uno de los fragmentos que él escribe con más solemnidad es este en el que habla de la Última Cena, de la que él no fue testigo. San Pablo había llegado a Corinto en el año 51, predicó, fundó una comunidad y en el año 52 siguió su viaje misionero. Les escribe esta carta en el año 55, habían pasado pocos años desde la muerte del Señor.
San Pablo hace referencia a algo de lo que ya les había hablado en persona, algo precioso que el propio Jesús entregó a los Apóstoles, que los Apóstoles entregaron a Pablo, y que Pablo había entregado a los fieles de Corinto: «Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido». La palabra «tradición» indica aquello que Jesús transmitió a los Apóstoles, los Apóstoles a Pablo y Pablo a los fieles de Corinto.
San Pablo indica el momento en el que Cristo hizo esta donación a los Apóstoles: «en la noche en que iba a ser entregado», una noche como esta en la que estamos nosotros. Esa noche «fue entregado». Fue entregado por los discípulos. Lo entregó Judas en un acto de traición y lo entregaron los demás huyendo de su lado. Fue entregado por los hombres a la injusticia, al dolor, a la infamia y a la muerte.
Fue entregado por Dios. Su Padre lo puso en manos de los hombres para que hiciesen con él lo que quisieran. Lo entregó como cordero pascual con cuya sangre los hombres son librados de la muerte, como cordero pascual que se come para emprender la marcha de la libertad. Lo puso en manos de los malvados, lo entregó como sacrificio y como alimento de vida eterna. Él es el Cordero de Dios, el sacrificio de Dios: el sacrificio que Dios ofrece por nuestra salvación y el sacrificio que Dios hace de sí mismo, porque al sacrificar a su Hijo se sacrifica a sí mismo.
En una noche como esta, en la que iba a ser entregado por Dios a los hombres y por los hombres a la muerte, Jesús «tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía” ».
¿Qué hizo Jesús con esto? Entregarse a sí mismo. Esta es una tercera entrega. Los hombres lo entregamos a la muerte injusta. Dios lo entregó como cordero pascual. Y Jesús mismo se entregó. En un acto de obediencia al Padre y en un acto de amor al hombre, él mismo se entregó y quiso que esta entrega perdurase hasta el fin de los tiempos.
«La tradición que viene del Señor» no es una costumbre, ni se reduce a la enseñanza de una verdad. La tradición que viene del Señor es el mismo Señor que se nos ha entregado. Este es el tesoro entregado por el mismo Señor a su Iglesia para que salve al mundo.
ABRID LAS PUERTAS A CRISTO
- Detalles
- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Ciclo C: Domingo de Ramos
Domingo de Ramos
14/ IV /2019
«Bendito el rey que viene en el nombre del Señor»
Hoy hemos escuchado dos narraciones del Evangelio según san Lucas. La narración de la entrada de Jesús en Jerusalén, al principio, y ahora la de la Pasión y muerte del Señor. Aunque el primer relato es un relato de triunfo y el segundo de derrota, los hechos que cuentan están íntimamente relacionados.
Era el tercer año que Jesús pasaba con los discípulos y estos tenían la certeza de que Jesús era el Mesías Rey. Además, se dirigían hacia Jerusalén, donde el Mesías Rey debía reinar. No es cierto que los discípulos de Jesús pensasen solo en un Mesías Rey que liberase a Israel del dominio romano. Acariciaban ese deseo, es verdad, pero esperaban mucho más. En la última etapa del camino, antes de llegar a Jerusalén, en Jericó, un ciego había clamado su curación con esta súplica: «Jesús, hijo de David, ten piedad de mí» (Lc 18,38). Llamar a Jesús «Hijo de David» era reconocerlo como rey legítimo. Jesús había respondido curando su ceguera. También en Jericó, Zaqueo, un traidor y un ladrón, «jefe de publicanos y rico» (Lc 19,2), se había convertido y todos habían podido escuchar aquella afirmación de Jesús: «He venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10). Los discípulos esperaban que esta salvación de Dios se manifestase de forma prodigiosa al llegar a Jerusalén. Y Jesús alimentaba esta esperanza de sus discípulos. La narración que hemos escuchado empezaba así: «Jesús caminaba delante de sus discípulos, subiendo hacia Jerusalén». Él iba delante, como un rey va delante de su ejército, aunque este ejército no era como los ejércitos de este mundo.
Cuando vino John Henry Newman
- Detalles
- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Congregación de Alcalá de Henares
Recuerdos de cómo llegamos a conocer a San Felipe y el Oratorio: cuando John Henry Newman llegó hasta nosotros y se puso a caminar justo «un paso por delante del nuestro», indicándonos el camino. Los inicios de una vocación y de una historia común. Recuerdos de cómo llegamos a conocer a San Felipe y el Oratorio: cuando John Henry Newman llegó hasta nosotros y se puso a caminar justo «un paso por delante del nuestro», indicándonos el camino.
Para leerlo, descarga aquí el archivo pdf:
«Quedan los dos solos: miseria y misericordia»
- Detalles
- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo V
«Quedan los dos solos: miseria y misericordia»[1]
Homilía V Domingo de Cuaresma C
7/ IV /2019
«Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no peques más»
Al final queda sola la mujer ante Jesús, al final quedamos cada uno de nosotros solos frente a Jesús. Al final, estoy yo solo ante Jesús. Al final solo los dos: la miseria y la misericordia. Todo lo demás ha desaparecido: las voces que incitan al pecado, las otras voces que lo justifican y aquellas otras que nos condenan. Voces engañosas y vacías, ¡han desaparecido! Solo cuenta la voz del que es la Palabra, la sentencia del único Juez Universal.
Cristo escribe en la tierra recordando que Él es quien dibujó su imagen en el barro y creó a Adán. Escribe en la tierra como escribió la Ley de vida en las tablas de piedra del Sinaí. Se ha inclinado sobre la tierra y escribe en ella, como el Verbo que se ha inclinado sobre el barro de Adán para tomarlo como propio y remodelarlo en su propia persona.
Se inclina Cristo sobre la tierra, para cargar con la miseria. Cuando se yerga, lo hará como Juez para pronunciar sentencia. Se levanta y lleva sobre sí la miseria de la adúltera y la miseria de cada uno, y la llevará aún hasta el final. Se levanta y pronuncia la sentencia: «¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más».
La mujer es culpable, como cada uno de nosotros es culpable. Da lo mismo lo que digan las voces. Hay un punto en el alma donde estamos a solas ante el que es la Palabra, donde no llegan las voces, y allí sabemos que somos culpables, allí está estamos nosotros solos ante él, la miseria y la Misericordia. Pero él declara el perdón: «tampoco yo te condeno». Da lo mismo lo que digan las otras voces acusadoras, si el juez supremo declara el perdón. Al final todas las voces acusadoras pasarán y estaremos solos, cada uno solo ante el Juez Universal, que ha declarado nuestro perdón.
El mismo Juez, junto con el perdón, da un mandato: «en adelante no peques más». Da lo mismo lo que digan las voces halagadoras, esas que dicen: «no pasa nada, puedes seguir con tu vida, no importa lo que hagas, puedes seguir mintiendo, o robando, o viviendo con una mujer que no es la tuya…». ¡Esas voces halagadoras son voces mentirosas y vacías!: las que dicen que el adulterio no es pecado, o que no es pecado la eutanasia, o que no las relaciones homosexuales no son pecado, sino la cosa más maravillosa del mundo. ¡Voces aduladoras y mentirosas! ¡Pasarán! Ellas no estarán cuando cada uno se encuentre de forma inmediata ante el único Juez Universal. Cada uno de nosotros se encontrará solo ante él. Entonces no podremos decir: «algunos me dijeron que no pasaba nada, que podía seguir con mi vida». Esas voces allí no estarán, estaremos solos ante el Juez Universal que nos concedió un perdón que no merecíamos y nos mandó no volver a pecar.
FALSO CONSUELO
- Detalles
- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: cuaderno de notas
El Falso Consuelo del P. James Martin
Joseph Sciambra (Agosto de 2018)
Traducción de Mª Cecilia Gini
A la edad de dieciséis años, luego de haber tenido una educación católica más bien indiferente, de manera inexplicable, decidí visitar al sacerdote de mi zona.
No sabía exactamente por qué quería hablar con él. Esto fue en la cresta de la crisis del SIDA y yo tenía miedo, porque había reconocido frente a mí mismo mi tendencia homosexual hacía muy poco tiempo. Yo era un niño tristón y solitario, sin amigos ni mentores masculinos. Había abandonado la fe católica, pero quería hablar con un hombre —cualquier hombre— y no sabía a quién recurrir. Dando vueltas nerviosamente a unas pocas y simples palabras, fui al confesionario y le dije al sacerdote: “soy gay”. Él me aseguró que Dios entendía; Dios me había hecho así. Su intento de compasión y comprensión me evocó recuerdos de mis clases de religión del secundario, que siempre habían enfatizado la primacía de la conciencia. De acuerdo a este sacerdote, yo tenía que practicar el “sexo seguro”. Ese era el rol de mi conciencia: debía guiarme a actuar “de manera responsable”.
En menos de dos años, estaba entrando al distrito de Castro en San Francisco. Por un tiempo jugué a la segura, pero más tarde, ya no. Luego de unos años, en un momento en que mi vida no iba nada bien, hablé con otro sacerdote. Este me dio el mismo consejo que el primero, pero añadió que tenía que formar una pareja estable. Intenté hacer eso también, pero no creo haber hecho ningún cambio sustancial en mi manera de vivir a partir de lo que estos sacerdotes me dijeron. Ya estaba fundamentalmente hecho a la idea de que había nacido gay. Si algún dios me había hecho así o no, no me importaba en realidad. En cierto sentido, estos sacerdotes habían hecho mi vida más fácil confirmando lo que yo ya pensaba. Y sin embargo, a mis dieciséis, cuando hablé con aquel primer sacerdote, secretamente deseaba que me dijera otra cosa. Hubiera querido que fuera fuerte, hubiera querido que me rescatara de mí mismo.
Página 48 de 118