EL AMOR DIVINO Y SU LEY
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo VII
VII Dom. C
23-II-2025
«Mi yugo es suave, y mi carga ligera» (Mt 11,30)
Queridos todos:
Las palabras de hoy son continuación de las Bienaventuranzas del domingo pasado. Jesús proclamaba bienaventurado a quien se hacía pobre para tenerlo a él, a quien, por hambre de él, sufría lo insípido y vacío que es este mundo, a quien por él aceptaba cualquier privación o sufrimiento, a quien por su causa era odiado, excluido, injuriado y proscrito. Bienaventurados porque poseerán el Reino de Dios, donde serán saciados y consolados.
Bienaventurado san Pablo, que escribe a los de Filipos: «Todo lo que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él[…]. Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, esperando la resurrección de entre los muertos» (Flp 3,7-11).
Y con san Pablo, bienaventurados, tantos otros que le eligen a él, que antes los ha elegido a ellos; y prefieren su amor, que les ha dado en la cruz, por encima de cualquier otro bien; que son dichosos al compartir la vida, la muerte y la gloria eterna de aquel a quien aman. He aquí la clave para entender las palabras de Cristo: querer estar donde él está, vivir lo que él vive, compartir sus sentimientos, amar lo que él ama, gozar y sufrir con él, morir su muerte, vivir eternamente con él. Solo estos pueden entender y vivir la ley de la caridad que hoy hemos escuchado.
Porque estas palabras, «amad a vuestros enemigos», son la invitación de Cristo a compartir su propio camino humano. El amor a los que no le aman es el que le mueve a hacerse hombre y compartir nuestra vida, cuando tantas veces le despreciamos; el que le mueve a enseñarnos, cuando tantas veces somos indiferentes a su palabra; el que le mueve a darnos sus dones en los sacramentos, que con tanta frialdad recibimos; el que le mueve a llevar nuestros pecados, de los que nunca terminamos de arrepentirnos; el que le mueve a morir por nosotros y a abrirnos el camino de la vida eterna, que ni siquiera anhelamos. «Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian». ¿No es este su propio camino? «Ultrajado, no ha devuelto el ultraje; golpeado, no ha devuelto el golpe; despojado, no se ha resistido; crucificado, ha pedido perdón para sus perseguidores, “Padre, perdónales este pecado, pues no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Excusaba de su crimen a los que actuaban criminalmente. Ellos prepararon la cruz, él les dio a cambio, la salvación y la gracia» (San Ambrosio). Cristo, en su vida humana, nos da un amor divino, un torrente de amor inagotable, más fuerte que cualquier pecado y más fuerte que la muerte, no hay nada de extraño que nos pida amar con ese amor que él nos da. El amor humano, el de los padres, por ejemplo, nos capacita para amar humanamente y seguir así la ley natural del amor. El amor a los padres, el amor de los esposos, el amor de los amigos, el amor de la patria… todo eso forma parte de la ley natural del amor, que es posible, exigible, deseable, para cualquier hombre, por el amor natural que recibe. Pero nosotros no solo recibimos un amor natural, recibimos un amor sobrenatural, eterno, fiel, un manantial que nunca se agota… el amor divino, el amor eterno de Dios, que le movió a crear el mundo y el hombre a su imagen, el amor que le movió a redimirnos. Ese amor divino, que Cristo nos ha traído, más real y más firme que la tierra que pisamos, nos capacita a amar por encima del pecado de los demás, con un amor más fuerte que el miedo a la muerte, más fuerte que la misma muerte. ¿O es que acaso vamos a decir que Jesús no es Dios? ¿O que no ha abierto su costado inocente para darnos un perdón que nos hace posible empezar cada día? ¿O que no nos alimenta en la Eucaristía de su amor eterno? No podemos decir eso. Por el contrario, Cristo nos ha traído un amor divino y con ese amor ha inaugurado la vida nueva, de la que tantas veces habla san Pablo (Cf. Rm 6,4; Col 2,12; Ef 5,26).
Por eso no han de extrañarnos ni echarnos para atrás las palabras de Jesús: «Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada».
Alguno puede hacerse una pregunta lícita: ¿se puede mantener una sociedad sobre una ley así? Aclaro este punto. El mismo amor que me exige perdonar a quien me ofende, me exige defender al indefenso de la violencia, o del abuso, o del robo, o de la injusticia. Si por amor a Cristo, amaré incluso a los que me matan, también por amor a Cristo me jugaré la vida y los bienes defendiendo a los que sufren una injusta amenaza de muerte. Si soy soldado, defenderé mi país cuando es atacado, aunque me cueste la vida. Si soy juez, aplicaré la justicia para preservar de los malvados a los inocentes, aunque la ira de los poderosos caiga sobre mí. Si gobierno, dictaré leyes que defiendan a los que no pueden defenderse, aunque me cueste el poder. El mismo amor que me obliga a amar a quien me insulta, me obliga a no mirar a otro lado, cuando un hombre indefenso es insultado. Esto es suficiente para aclarar las perplejidades lícitas ante las palabras de Jesús.
Pero, para concluir, volvamos al asunto principal. ¿Cuál es el asunto principal? Si queremos vivir con Cristo o sin él. Si queremos compartir o no su vida, sus sentimientos, y también su gloria. El camino que nos hace andar este amor divino es el camino de nuestra propia perfección, primero como criaturas que son imagen de Dios, luego como hijos que se parecen a su Padre celeste: «Será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo».
Es normal sentir que se nos pide algo sobrehumano. Es cierto. También los santos han experimentado esta aparente imposibilidad, pero es que también es cierto que recibimos un amor sobrehumano. Escribe santa Teresa de Lisieux: «Si es difícil dar a cualquiera que nos pida, es más difícil aún dejar que nos quiten lo que nos pertenece y no pretender que nos lo devuelvan […] Digo que es difícil, pero debería decir que parece difícil, porque el yugo del Señor es suave y ligero. Cuando se acepta, enseguida sentimos su dulzura y decimos con el salmista: “He corrido por el camino de tus mandatos, después que has dilatado mi corazón” (Sal 119,32). Solamente la caridad [el amor divino] puede dilatar mi corazón. Oh, Jesús, desde que esta dulce llama me consume, corro con alegría por el camino del mandamiento nuevo. Quiero correr este camino hasta el día dichoso en el que, uniéndome al cortejo de las vírgenes, pueda seguirte en el espacio infinito [en el cielo], cantando tu cántico nuevo, el del Amor» (SANTA TERESA DE LISIEUX, Manuscrito dirigido a la madre María de Gonzaga).
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía, Domingo VII TO C
23, febrero, 2025
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares.
23, febrero, 2025
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares.
LA ENCRUCIJADA DE LOS DISCÍPULOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo VI
VI Dom. C (16-II-2025)
«Por causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22)
Acabamos de escuchar las Bienaventuranzas. Solemos recordar las ocho de san Mateo, pero hoy nos centramos en el Evangelio según san Lucas, que nos refiere cuatro. Estamos aún en las primeras etapas de la vida pública de Jesús. Hasta este momento, había enseñado, había hecho milagros, y había llamado a algunos hombres a seguirle de cerca, a ir con él, los discípulos. Justo antes de las Bienaventuranzas, Jesús había subido al monte para orar y había pasado la noche entera en oración. Su oración dio paso a un momento decisivo: reunió a los discípulos y, de entre ellos, eligió a doce, a los que llamó «apóstoles». Jesús tenía ante los ojos de su alma el mundo entero, al que quiere llegar a través de la Iglesia fundada sobre los Apóstoles. Jesús tenía ante los ojos de su alma a los hombres de todos los tiempos a los que quiere salvar.
Con esta visión en el corazón bajó del monte con los Doce y, ya en un llano, se encontró con una gran multitud. Esta reunión recuerda a otros momentos clave en la formación del pueblo de Dios, como cuando fue reunido en torno a Moisés, para sellar la alianza del Sinaí, después de haber salido de Egipto. O como cuando fue reunido en Jerusalén, a la vuelta del exilio de Babilonia, en torno a Esdras y Nehemías, para rememorar y renovar aquella misma Alianza. Ahora, en torno a Jesús, están los Doce, recién elegidos, más un grupo numeroso de discípulos y una gran multitud venida de todo Israel y de algunas ciudades paganas. Se está preparando la nueva alianza y el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia universal. Es lo que Jesús contempla en su alma.
Y con los ojos del alma ve la dicha de los que se dejan hacer realmente suyos, y la desgracia de los que no. Lucas dice que aquella multitud le buscaba para escucharle y para ser curados (Cf.: Lc 6,18). A lo largo de los siglos, muchos se acercan con la curiosidad de escuchar a un gran maestro, o con el interés de recibir de él algún bien. Pero eso no basta para hacernos suyos. ¿Quiénes llegan a ser suyos? y ¿cuál es su dicha? Son hechos suyos los que se encuentran con él y reconocen en él el bien del alma, el amor y la alegría de su corazón. Esos que han hecho de Cristo el bien de su corazón, son los pobres, como Simón y Andrés que han dejado todo para seguirle, o como Santa Teresa de Calcuta que por amor a Cristo comparte la pobreza de los más pobres. Esos que han hecho de Cristo el bien de su corazón son los que en este mundo tienen hambre, como san Francisco Javier que quería siempre llegar más lejos para salvar más almas, o como las vírgenes que rechazan el bien del matrimonio y de la maternidad para saciarse solo del amor de Cristo. Esos que han hecho de Cristo el bien de su corazón son los que lloran, como la Magdalena que no soporta la ausencia de Cristo, como los que, por amor a Cristo, hacen penitencia por los pecados de los demás, o como aquellos otros que abrazan como voluntad de Dios una soledad no buscada ni querida, solteros o viudos, y no buscan ir más allá de lo que Cristo les ha dado. Esos que han hecho de Cristo el bien de su corazón son todos aquellos que por amor a él afrontan la burla, la injusticia, la persecución o la muerte, como cualquiera de los mártires antiguos o modernos, o como una madre de muchos hijos que soporta la burla de los que la miran con desprecio porque la creen ignorante y atrasada dejándose cargar de hijos; o como la anciana que pasa sus días rezando, soportando el desprecio de los que creen que se empeña en algo inútil.
Son solo unos pocos ejemplos de estos pobres, que en este mundo tienen hambre y lloran, que son perseguidos o marginados… todo «por Cristo», por amor a él, por reconocer en él el bien verdadero, el amor definitivo. La última bienaventuranza es la que nos da esta clave para entender el conjunto: «Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Aquí está la clave para entender las bienaventuranzas: «por causa del Hijo del hombre», «por mi causa», «por mí», esto es lo que nos hace bienaventurados: Jesús. Él es más real que todo lo que este mundo considera riquezas, más real que todo lo que este mundo considera causa de satisfacción o de alegría. Igual que es más real la eternidad que el tiempo presente, que caerá como cae un velo, para mostrar lo que dura para siempre, ¡para siempre! Por eso Cristo, al pronunciar las bienaventuranzas, pone nuestros ojos en la eternidad, nuestro destino, más real que el hoy: el Reino de los cielos, que será vuestro, donde seréis saciados, donde seréis consolados, donde seréis recompensados con un amor eterno.
Las bienaventuranzas expresan el gozo del alma que encuentra a Cristo, pero también el gozo de Cristo por el amor de los suyos, de los que son verdaderamente suyos, y por ver a los suyos saciados de su amor. Los “ayes” expresan el dolor de quien se deja engañar por la apariencia de este mundo que pasa y se queda sin Cristo; y expresan también el dolor de Cristo por la pérdida de esos, a los que también ama, en cuya felicidad nunca se podrá gozar: «¡Ay de vosotros, los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!» «¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!».
Al escuchar estas cosas de labios de Jesús, nuestro espíritu se encuentra en una encrucijada, como aquella en la que se encontró Israel al salir de Egipto y recibir los Mandamientos: «Pongo ante vosotros la vida y la muerte, la bendición y la maldición» (Dt 30,19). Entonces la encrucijada era obedecer o no obedecer. Y debajo de la obediencia o de la desobediencia, la confianza o la desconfianza, que expresa el profeta Jeremías: «Maldito el que confía en el hombre», el que pone su confianza en lo humano…; «Bendito quien confía en el Señor», el que pone su confianza en Dios.
Ahora el mandamiento de Dios, y la confianza en él, se ha hecho concreto en el seguimiento de Cristo, en el que Dios se acerca a nosotros. San Felipe Neri repetía que todo es vanidad sino Cristo. Es decir, que Cristo lo es todo. Hay que entender bien esto. Porque habitualmente él no nos pide abandonar todos los bienes, ni negarnos el amor humano de los amigos, del esposo, de la esposa, de los hijos o de la patria. No nos prohíbe el consuelo de las cosas buenas de este mundo y el contento que dan. Pero sí se nos ofrece como el bien definitivo, al que hay que ordenar todo lo demás.
Podemos acercarnos a Cristo porque es un maestro al que nos gusta escuchar, o porque esperamos recibir algún bien. Pero no basta escucharlo con agrado, ni recibir un milagro. Estamos ante esta encrucijada: o él lo es todo, o no; o él es el bien definitivo o no; este hombre, Jesús, ¿es Dios o no lo es?, ¿nos entregamos a él o no? Desde el momento en que las bienaventuranzas fueron pronunciadas hasta el momento de la cruz y la resurrección de Cristo, todos los que lo escucharon y recibieron sus bienes se dividieron. Nosotros nos dividiremos en esta encrucijada: reconocer a Cristo como Dios y confiar de forma absoluta en él, o confiar en nosotros mismos; entregarnos a Cristo o no; bendición o maldición; vida o muerte. Ser dichosos con el que nos ama hasta su entrega total y ser la causa de su dicha; o ser desgraciados y la causa del dolor de aquel que nos amará siempre.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía, domingo VI, TO - C
16, febrero, 2025
En el Oratorio de San Felipe Neri
16, febrero, 2025
En el Oratorio de San Felipe Neri
San José Sánchez del Río
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

San José Sánchez del Río
Padre Julio González
| Ejercicio de los Sábados | |
El padre Julio González presenta la vida de San José Sánchez del Río.
LA VOCACIÓN APOSTÓLICA Y EL MISTERIO DE DIOS
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- Escrito por P. ENRIQUE SANTAYANA LOZANO
- Categoría: Domingo V
Domingo V T.O - C
9-II-2025
«Serás pescador de hombres»
(Lc 5,10)
Queridos hermanos,
La primera lectura y el evangelio ponen ante nosotros a dos personas muy diversas, en dos situaciones muy distintas y ejerciendo un oficio muy distinto. Por un lado, Isaías, un sacerdote instruido, perteneciente a la aristocracia de Jerusalén, ejerciendo en el imponente templo construido por Salomón, en Jerusalén. Por otro lado, Simón, un pescador, en la orilla del lago de Galilea, en el amable entorno del azul del lago y de su ribera verde y suave. Estos hombres tan distintos son objeto de una manifestación de Dios y de una vocación que pone ante nuestros ojos algo de lo que Dios es, algo del misterio de Dios.
A pesar de sus diferencias, tienen cosas en común. La primera, el pecado. Tienen en común el pecado. No eran grandes pecadores, como Mateo o la Magdalena, o David antes que todos ellos. Eran pecadores sencillamente porque eran hombres y no hay hombre que no lo sea. El pecado nos aúna tristemente a todos. Y aunque uno era culto y sensible y el otro rudo y más ignorante, tienen también en común la conciencia, que les informaba interiormente a ambos de su culpa ante Dios. David ya lo había expresado con toda agudeza: «Yo reconozco mi culpa, tengo siempre delante mi pecado. He pecado contra ti». Isaías y Simón sabían de su pecado, y que la ofensa del pecado les separaba de Dios con un abismo insalvable. Lo mismo sabe cualquier hombre sano de juicio, aunque no tenga una gran cultura, ni instrucción religiosa, basta que tenga conciencia: que el pecado y la santidad, las tinieblas y la luz, son incompatibles. Ya decía el Antiguo Testamento que no puede el hombre ver a Dios y seguir viviendo, expresando así la distancia infinita entre ellos.
La tercera cosa que comparten Isaías y Simón es que Dios se acercó a ellos, se les manifestó y les llamó. Dios saltó el abismo que les separaba. Esto solo Dios puede hacerlo. El hombre no puede superar esta distancia. A Isaías se le manifestó en una visión en el Templo de Jerusalén, posiblemente mientras ejercía su oficio, como le pasará a Zacarías, el padre del Bautista, ocho siglos después. A Simón Dios se le manifiesta en la humanidad de Cristo, mientras limpiaba las redes. Aquí hay una gran diferencia, porque Isaías vivió una visión. No estaba propiamente ante Dios, que seguía más allá del cielo y de la tierra que ha creado, sino ante una visión de Dios, que no es lo mismo. Por el contrario, Simón sí tiene delante a Dios, porque Jesús es Dios, no una imagen de Dios, sino Dios hecho hombre. Pero los dos se vieron sorprendidos y confundidos, y los dos hicieron lo único que podían hacer, postrarse y reconocer que no eran nada ante Dios. Uno lo manifestó con las palabras de un hombre culto, otro con las palabras de un hombre sencillo: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo», dijo Isaías; y Simón dice: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Pero Dios no se alejó, siguió avanzando hacia ellos y les dio la gracia del perdón, dejando la culpa atrás. En la visión de Isaías un serafín, palabra que en hebreo hace referencia al fuego, tomó un ascua encendida en el altar donde se quemaban los perfumes y con ella se acercó a Isaías y tocó sus labios, mientras Isaías escuchaba: «He aquí que ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado». A Simón el perdón le llegó con las suaves palabras de la gracia de Dios en su expresión más plena: «No tengas miedo». Ya ni recuerda el pecado. Liberados de su culpa, nada le impedía a Isaías estar ante la presencia del Dios que le ha buscado, y nada impide a Simón estar junto a Jesús. Sin embargo, el acercamiento de Dios no ha llegado aún a su término. A Isaías le mostró el deseo de alcanzar a todo Judá: «Escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré?”». Y Simón, inclinado sobre las rodillas de Jesús en la barca, recibe una misión que mira a toda la humanidad: «Desde ahora serás pescador de hombres». Dios llamó a Isaías para que hiciese resonar su palabra en medio del reino de Judá, y llama a Simón para darle una misión universal: reunir a todos los hombres en su Iglesia. Es la misión con la que el Hijo eterno ha salido del Padre, y a esa misión Jesús vincula a Simón. Jesús identifica a Simón con él. Simón llegará a ser Pedro, Piedra, el Vicario de Cristo
Tras la llamada de Jesús a Simón para unirlo a él y convertirlo en el pescador universal, el evangelista añade un detalle que no puede pasar desapercibido. Llegan a tierra con las barcas y Simón, y también los que le acompañan, lo dejan todo y siguen a Jesús. El amor de Dios que Cristo les ha revelado libera su corazón de todo. Lo dejan todo no porque sean desprendidos, sino porque el amor de Cristo ha liberado su corazón. Desde ahora su bien y su riqueza será Cristo. Es la paga y la herencia del sacerdote, tal como anunciaba proféticamente un viejo salmo compuesto por un sacerdote del Templo: «Tú eres el lote de mi heredad y mi copa. Me encanta mi heredad».
¿Quién es el Dios tres veces santo cuya presencia hace vacilar los dinteles del Templo de Jerusalén? ¿Quién es el Dios que en Jesús se muestra dominador de la creación? No es solo el Dios trascendente, que creó de la nada el cielo y la tierra. No es solo el Omnipotente y el Absoluto. Es también el que rompe la distancia infinita con el hombre y le ofrece su perdón hasta dejar en el olvido su ofensa. Es el que busca uno a uno a todos y a todos quiere reunir, con la misma red, en una sola barca. ¿Qué nos dice esto de Dios? Que es amor. Dios ama al hombre porque es amor. Busca llevar al hombre a la unidad y la comunión, en una barca, porque él mismo es unidad y comunión: Dios Uno y Trino. Los serafines se gritan el uno al otro en la visión: «Santo, santo, santo». Nosotros lo repetimos ante el altar justo antes de la consagración, justo antes de que Dios se nos dé en sacrificio como alimento. ¿Qué nos dice eso? Que el sumun de su santidad es su amor y que por ese amor él ha hecho del hombre su gloria. La gloria de Dios, que desborda el mundo e hizo estremecer a Isaías y a Simón, pero él, por su amor, ha hecho del hombre su gloria. Nosotros, pobres hombres, pecadores, hemos venido a ser la gloria de Dios.
A Simón Jesús le da una misión universal: «Serás pescador de hombres». En ese momento Simón no conoce el alcance de su misión. Durante toda su vida verá cómo el mar de su pesca es cada vez más grande, porque Dios quiere reunir a todos. ¿Quién le iba a decir a él que acabaría en Roma? ¿Quién le iba a decir que, hasta el fin de los tiempos, de forma ininterrumpida, le sucederían hombres para reunir en la Única Iglesia a todos los que se salvan? «Serás pescador de hombres». Lanzarás las redes al mar de este mundo y reunirás en la barca de la Iglesia a hombres de todos los lugares y de todos los siglos. Esta llamada, la vocación apostólica, la vocación sacerdotal, es la expresión del amor de Dios, que es Trinidad y que busca llevar a su comunión a todos. La vocación sacerdotal es la expresión del amor de Dios por el hombre.
Dichoso este ser pequeño, pobre y pecador, ¡el hombre! Mil veces dichoso todo hombre: deseado, buscado por Dios, amado hasta ser hecho por Dios su gloria, llamado a entrar en la barca de la Iglesia y en la comunión de la Trinidad. Y mil veces más dichoso el que es llamado al sacerdocio, a la cercanía de Cristo y a su intimidad, a ser uno con él y reunir con él, en la única barca, a los hijos de Dios dispersos. Dichoso este que puede repetir: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, me ha tocado en suerte un lote hermoso. Me encanta mi heredad».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O
Homilía, Dom V TO C, 2025
Oratorio de San Felipe Neri
P. Enrique Santayana C.O.
Oratorio de San Felipe Neri
P. Enrique Santayana C.O.
Hermano Rafael (IV)
- Detalles
- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Hermano Rafael (IV).
D. Juan Antonio Martínez Camino
| Ejercicio de los Sábados | |
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, ofreció la cuarta conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la cuarta de seis conferencias que están previstas para este curso.
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Conferencias anteriores:
Hermano Rafael (I)
Hermano Rafael (II)
Hermano Rafael (III)