Con mucho cariño hemos preparado esta pequeña publicación que recoge un bellísimo texto de san John Henry Newman. La traducción del inglés ha sido preparada por Roberto Gómez Martínez, del Oratorio Seglar, y el P. Enrique Santayana ha preparado el prólogo, ha editado el texto y se ha encargado de las notas explicativas a pie de página. Podéis pedir comprar libro en vuestra librería habitual Aquí os dejamos más información: https://www.editorialdidaskalos.org/libro/la-mision-de-san-felipe-neri_121565/
Un acercamiento al pensamiento y a la personalidad de san John H. Newman
Lección Inaugural
Universidad Católica de Ávila
3 de diciembre de 2020
I. INTRODUCCIÓN
Agradezco enormemente que la Universidad Católica de Ávila me haya llamado para hablar a profesores y alumnos de las diversas facultades de san John Henry Newman. Mi agradecimiento y mi saludo a la Dra. Dª Mª del Rosario, rectora de la Universidad, a los que colaboran en este acto y a todos ustedes, presentes al otro lado de los ordenadores.
Acepté el reto de hablarles de Newman con algunos temores, pero los dejé a un lado por la alegría de que Newman fuese requerido para un acto solemne de toda la Universidad. Luego me enteré de que se había creado la Cátedra Newman y pude disfrutar de lo que se dijo aquí en su presentación. Todo esto relacionado con Newman me pareció algo verdaderamente significativo.
Me parece que la Universidad no puede dejar a un lado la pregunta sobre Dios. Dicha pregunta está directamente relacionada con la vida que se abre ante el hombre como una posibilidad para su libertad. Lo quiera o no, el hombre elige meta y camino. La luz que el conjunto de las ciencias pretenda ofrecer, o dejar de hacerlo, implica una previa respuesta a la pregunta sobre Dios. La pregunta sobre Dios es la encrucijada decisiva de la razón y de la libertad humana.
Pero el espíritu del día niega la racionalidad de esta pregunta y la pertinencia de la pregunta sobre el sentido y la meta a todas las cosas. Se ha impuesto el dogma del relativismo. Newman lo combatió de frente cuando se manifestaba en el interior del mundo cristiano en la forma de liberalismo religioso. Lo hizo desde los treinta y dos años hasta los ochenta y nueve, primero como pastor anglicano y profesor de Oxford, luego como sacerdote católico. No era una lucha ideológica, sino una lucha por aquello que hace al hombre grande, la verdad que se le manifiesta, la verdad personal que le llama, Dios. Por eso me parece tan significativo que en estos días nuestros, en un acto solemne de la Universidad se quiera volver la atención a Newman. Y por eso mismo estoy encantado de poder hablarles de Newman.
La eutanasia es una acción u omisión que por sí misma y en su intención causa la muerte con el fin de eliminar todo dolor. Con palabras parecidas definía el Papa san Juan Pablo II qué es la eutanasia (Cf. Evangelium vitae, 65)
Tras la aprobación de la ley de la eutanasia en el Congreso, el 17 de diciembre, recuperamos el video que publicó ya en septiembre el obispo de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla, sobre este asunto.
Primero explica por qué la eutanasia no es un derecho. Luego ofrece criterios para discernir sobre los medios médicos proporcionados o desproporcionados para custodiar la vida de los enfermos y de los que sufren, recordando también aquella doctrina ya expuesta por san Juan Pablo II: «Acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios» (Evangelium vitae, 65). En un tercer momento, pasa a responder a un asunto clave: ¿En qué consiste la dignidad de la vida humana? ¿Qué la hace digna? ¿Depende esta dignidad del sufrimiento que atraviese el hombre? ¿Hay un dolor o circunstancia que permita considerar que la vida humana no tiene valor y que es mejor elegir la muerte? En un paso siguiente, Don Juan Antonio afronta el valor y el sentido del sufrimiento humano, sobre todo el sufrimiento injusto y el sufrimiento de los inocentes. Justamente en medio del sufrimiento se entiende el verdadero valor del acompañamiento y del auxilio, el valor de la sociedad que se organiza no para eliminar al que sufre, sino para acompañarlo, aliviarlo y sostenerlo. En un quinto momento, habla don Juan Antonio de «la buena muerte», la muerte afrontada con la esperanza y los auxilios divinos. Es necesario entender que los hombres necesitan no solo los medios médicos, no solo la compañía y el amor de los familiares y de los amigos, también el auxilio de los sacramentos. Los hombres necesitan la reconciliación con Dios y las palabras de la reconciliación ante la muerte: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Homilía para los de casa Domingo Gaudete (13, XII, 2020)
Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas
Tan falsario es esperar sin creer, como creer sin esperar. Es la primera idea que me venía a la cabeza al observar a los judíos que dialogan con Juan el Bautista en el Evangelio y al ponerlo en paralelo con la trampa que acecha nuestra alma. Enseguida me referiré a ello.
La otra idea es la importancia que tiene Juan el Bautista en la obra de Cristo; aunque parezcan personajes tan diversos, protagonistas de dos mundos casi contrapuestos: la mortificación y la penitencia de Juan, su mismo aspecto, el lugar que elige para su ministerio… Todo parece contrastar con Jesús. Y sin embargo, Jesús no solo le da un puesto principal cuando habla de él, sino también cuando toma pie de la predicación de Juan, la llamada a la conversión, para iniciar su propia predicación. La alegría del Evangelio, Dios con nosotros, no nace de los placeres del cuerpo, de la soberbia de la razón, o del esfuerzo tenaz para construir un mundo propio. El gozo no nace de la auto afirmación, sino de la conversión, de la vuelta humilde a Dios. Ocupar el lugar propio en la creación, ante el Creador y ante el Salvador, junto a aquellos que han sido constituidos hermanos por elección y por gracia, es el principio del gozo. No es extraño que este Domingo Gaudete ponga nuestra atención en quien predica la conversión y ofrece un bautismo de penitencia.
San Pablo ocupó este puesto ante Dios y ante la Iglesia de Cristo y así encontró la alegría. A los tesalonicenses les escribe: «Estad siempre alegres». Es la primera carta canónica de san Pablo, la escribe desde Corinto, en plena acción evangelizadora y en libertad. Años después, cuando escriba a los filipenses desde la cárcel dirá aún con mayor énfasis: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca» (cf. Flp 4, 4-5).
Vayamos al texto del Evangelio.
El cuarto Evangelio introduce la primera noticia sobre el Precursor en medio del solemne prólogo que tiene como centro absoluto al Verbo que se hace carne. Eso nos da idea de la importancia que tiene el Bautista en la obra de Jesús. El evangelista que a los pies de la cruz recibió a María como lo más propio del corazón de Cristo, para que fuese guardado por su corazón de apóstol, en el prólogo no menciona a la Madre, sino al Bautista. Junto al Verbo, junto a la Luz, solo habla de aquel que daría testimonio de la Luz: «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz». Son las primeras palabras del Evangelio de hoy. Tras ellas las liturgia salta todo lo que resta del himno cristológico para llevarnos al testimonio del Bautista, dando por supuesto que ya conocemos que llevaba un tiempo predicando la conversión y bautizando en el Jordán.
El caso es que Juan no había pasado desapercibido para el Sanedrín. Lo suponemos al ver un grupo de enviados por los judíos desde Jerusalén. Suponemos que es el Sanedrín el que envía a estos sacerdotes y levitas. El texto dice también que entre ellos había fariseos. Los fariseos no eran ni sacerdotes, ni levitas, pero es muy posible que fuesen enviados junto a los otros como escribas, como expertos en la Ley. Que fuesen unos u otros ayuda a imaginar a los personajes y poner carne al texto; en todo caso, lo importante es entender que el Bautista, hijo de un sacerdote, había llamado la atención de los dirigentes judíos.
Las tres preguntas de los enviados, si era el Mesías, si era Elías, si era el Profeta, hacen referencia a la esperanza de Israel. Es difícil precisar qué diferencia encontraban entre el Mesías, el nuevo Elías que tenía que venir y el Profeta, esto es, el nuevo Moisés. En el transcurrir de los siglos pasados, la promesa del don definitivo de Dios, se había ido dibujando con diversos anticipos, que se habían ido entrecruzando. Los Apóstoles descubrirían que todas las promesas, todas las imágenes y anticipos del pasado, encontraban cumplimiento en Jesús. Eran como los diversos hilos de oro de un único y gran cordón. Y aunaron en el título «Mesías», «Cristo», el cumplimiento de todas las promesas. Las tres preguntas hacen referencia, en esencia, a lo mismo: preguntan a Juan es si él es el esperado, si él es la esperanza de Israel.
Los judíos esperaban. Los evangelios nos muestran un clima de espera. Si era mayor o menor, si afectaba a los más o a los menos, no lo sé; pero había un clima de espera del Mesías. Los del Sanedrín también esperan. ¡Esperan los que no tienen la actitud necesaria para llegar a creer! Esto es lo llamativo. Mandan enviados mientras ellos permanecen en Jerusalén, dispuestos a no moverse un ápice. Todo lo contrario que los Magos que llegaron siguiendo la estrella para adorar. El Sanedrín quiere saber, pero su curiosidad no es la del sabio que rastrea con veneración los caminos de Dios, no la de aquellos que buscan el rostro de Dios para adorarlo y cumplir sus planes; o la de aquellos que esperan la salvación, que necesitan la luz en medio de las sombras. El Sanedrín conocía las Escrituras y esperaba, para no moverse, para no convertirse, para no creer. ¡Un misterio de iniquidad!
Yo pensaba en nosotros, en una actitud que se percibe en los cristianos de hoy: creer sin esperar. ¡Y no sé qué es peor! ¿Dudamos de la presencia de Cristo? Diría que no. ¿Dudamos de que sea el Hijo de Dios que se ha hecho hombre? Diría que no. Pero, ¿esperamos ser salvados como Pueblo y personalmente? Eso sí lo pongo en duda. Y observo que nuestra falta de esperanza en la salvación que nos trae Jesús es proporcional a nuestra mundanidad, algo más profundo que el gusto por los placeres. La mundanidad es esa forma de posicionarnos en el mundo que hemos aprendido del diablo, que echa raíces en nuestra inteligencia y en nuestra voluntad para hacernos creer que somos el criterio de todas las cosas, también del Mesías que viene y de la salvación que trae. Es una forma de fe que excluye la conversión, que excluye el riesgo de salir para suplicar y obedecer. Sin la conversión la fe no es fe, y no tiene esperanza ni alegría. Sin la conversión que anuncia el Bautista no alcanzamos el Evangelio, Cristo no nos alcanza.
Creemos que Jesús ha venido. Creemos que está entre nosotros. Creemos que vendrá. Convirtámonos para esperarlo y que nazca en nosotros la alegría.
Con motivo de la próxima solemnidad de TODOS LOS SANTOS y de la conmemoración de TODOS LOS FIELES DIFUNTOS, os ofrecemos dos textos de diversa naturaleza que podrían ser de vuestro interés: 1º. El nuevo decreto del Vaticano, Penitenciaría apostólica, sobre las indulgencias plenarias en este tiempo de pandemia; rescatamos este documento que escribimos en el 2005 por estas fechas. 2º. Una explicación que escribimos en el año 2005 sobre la doctrina del pecado, del purgatorio y de las indulgencias. Aquí os podéis descargar ambos documentos: