Adviento y Esperanza (Homilía Domingo I Adviento, 2019)
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo I
«Vamos alegres a la casa del Señor»
¿Qué podemos esperar de la vida? Hemos venido a la existencia, hubo un tiempo en que no éramos en absoluto, pero empezamos a existir y ahora tenemos una vida. ¿Qué podemos esperar de esta vida?
El Adviento responde a esta pregunta. No dándonos una idea o una teoría, sino poniéndonos en pie y haciéndonos caminar hacia Dios: «Venid, subamos al monte del Señor […]. Venid, caminemos a la luz del Señor», decía el profeta. Y luego el salmo: «Vamos alegres a la casa del Señor». Tener que levantarnos y caminar indica que esperamos algo real, algo hacia lo que podemos caminar. No se camina hacia una idea, hacia una ilusión, hacia un sentimiento o hacia una teoría. Uno se levanta y se pone en camino cuando se dirige hacia un sito, cuando se dirige hacia alguien. La esperanza del Adviento es Dios, el mismo Dios que nos llamó de la nada a la existencia. El Adviento nos enseña que Dios es a quién podemos esperar. Por tanto, ¿qué podemos esperar de la vida? Podemos esperar a Dios, que viene. Por eso nos ponemos en pie, nos levantamos y también nosotros nos ponemos en camino. Esta es la primera afirmación importante: el objeto de nuestra esperanza es Dios, ninguna otra cosa más pequeña que él. Sin Dios no hay esperanza, porque sin él todas las cosas hermosas y buenas que podemos esperar en la vida pasarán. Y aunque personas y cosas permaneciesen, se mostrarían pobres para nuestra alma, que solo puede descansar en Dios. Sin Dios, el horizonte es la miseria, el vacío de las cosas y de los hombres, y, al final, la desaparición de todo. Por eso el adviento nos enseña a esperar a Dios, sin él no hay esperanza. ¡Esperar a Dios!
¿Pero cómo podríamos nosotros esperar a Dios, si Dios no nos esperase a nosotros? Hubo un momento en que no existíamos en absoluto y Dios nos dio el ser y la vida, porque esperaba algo de nosotros. Hizo el universo entero, esperando al hombre. Se hizo hombre esperando al hombre. Legó a la cruz esperando al hombre y lanzó allí su grito, «tengo sed», esperando al hombre. Cualquier espera nuestra de Dios y cualquier deseo nuestro de Dios no es más que un reflejo de su deseo y de su espera. Dios nos espera. San Pablo dice: «ya es hora de despertaros del sueño, porque la salvación está más cerca… la noche avanza, el día se acerca». Si podemos esperar y levantarnos es porque viene nuestra salvación. Cristo se acerca. Si en medio de la noche podemos esperar es porque Cristo se acerca: él es el día y la luz, «el sol que viene de lo alto». Es él quien viene. No podríamos aspirar a Dios si Dios no nos hubiera amado, es así de sencillo. Clama la Escritura: «¡Oh Dios! ¿Quién como tú?» (Ex 15,11; Dt 33,29; Sal 35,10; 71,19; 89,9). No podríamos aspirar a él y esperar si no fuese él quien viene a nosotros. Eso significa la palabra “adviento”, el hecho de que Dios viene. Esta es la segunda cosa importante: Dios me espera y viene. Se ha puesto en camino porque me ama.
Solamente el amor, el de Dios por nosotros, puede sostener nuestra esperanza. Por eso la liturgia de estos días nos hace esperar a Dios preparando la Navidad. Aprendemos a esperar que nos dé su vida, celebrando que ha querido compartir la nuestra. En el Dios que se hace hombre, que nos habla y nos llama, que muere en la cruz y que resucita, contemplamos el rostro de Dios y su verdadero amor por nosotros y así aprendemos a esperar su venida gloriosa. Esperamos a un Dios a quien conocemos bien, tiene el rostro de Cristo y ha dejado claro cuál es su amor por nosotros. Y volviendo los ojos a aquel acontecimiento de la Navidad, levantamos nuestro ánimo y esperamos que vuelva glorioso, conforme a su promesa: «Volveré y os llevaré conmigo». El Adviento mira a estas dos venidas de Dios: la de la Navidad, que ya se ha dado; y la de la parusía, la venida gloriosa de nuestro Salvador. Nuestra esperanza no es vana. Conocemos a nuestro Dios y su amor por nosotros. Por eso esperamos. Esta es la tercera cosa importante: esperamos a quien se hizo hombre por nosotros y por nosotros afrontó la cruz y abrió el camino de la vida eterna.
Ahora, la esperanza del Adviento es también vigilancia, que es una espera especial: esperar con una cierta advertencia en el ánimo. Indica un peligro, una amenaza. No se trata solo del pecado. A la necesidad de dejar atrás el pecado hace referencia san Pablo: «dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias». Pero la vigilancia no se refiere solo a lo que es pecado. En el Evangelio Jesús nos exhorta a esperar su venida con esta advertencia: «Cuando venga el hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé: … la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, … y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos. Lo mismo sucederá cuanto venga el hijo del hombre» ¿Qué quiere decir Jesús? Que él volverá mientras estamos ocupados en nuestras cosas: cubriendo las necesidades de nuestro cuerpo o empeñados en nuestros trabajos, afanados en amores o en preocupaciones de todo tipo. No dice Dios que no disfrutemos de las cosas según el orden de lo que es bueno; o que no trabajemos por los que amamos y por las cosas que son justas. Pero hay un peligro: que nos olvidemos de él. Podemos, por ejemplo, ocuparnos de los peligros que se ciernen sobre nuestra Iglesia o sobre nuestra patria y, al final, olvidarnos de él. He aquí el peligro: que en medio de nuestras cosas nos olvidemos y dejemos de esperarle a él.
Haciendo las mismas cosas, unos hombres pierden la memoria del amor de Dios y así pierden también la esperanza; otros mantienen la memoria de lo que Dios ha hecho por nosotros y así también siguen esperando en él. Mientras trabajan por Dios o gozan de los dones de Dios, no dejan de esperarle a él. Por eso, unos serán tomados, tomados para el Reino, y otros dejados: «Dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán».
«Por lo tanto —dice Jesús— velad». Existe el peligro del olvido. A la esperanza de Dios debe responder nuestra esperanza y vigilancia. «Por tanto, —dice Jesús— estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor […] Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Esta es la cuarta cosa importante: debemos esperar con la advertencia de que existe el peligro de olvidarnos, debemos vigilar sobre nuestro propio corazón. «Si me olvido de ti —dice un salmo— ¡que se me paralice la mano derecha! ¡Que se me peque la lengua ala paladar ni no te tengo a ti como la cumbre de mis alegrías!».
El adviento nos llama a preparar el nacimiento de Cristo, para acrecentar el amor y hacernos salir a su encuentro. Él viene, que nuestro corazón esté en camino también hacia él: «Vamos alegres a la casa del Señor».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del primer domingo de Adviento, ciclo A, "Adviento y esperanza"
1 de diciembre de 2019
en la iglesia de las Bernardas
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI DE ALCALÁ DE HENARES
1 de diciembre de 2019
en la iglesia de las Bernardas
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI DE ALCALÁ DE HENARES
Lead Kindly light.
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- Escrito por Alberto Velasco Esteban
- Categoría: San John Henry Newman
Acción de Gracias canonización John Henry Newman. Video
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- Escrito por Alberto Velasco Esteban
- Categoría: San John Henry Newman
El 18 de octubre de 2019, en la Catedral Magistral de Alcalá de Henares, el Oratorio de San Felipe Neri celebró una Eucaristía y organizó un Concierto de cámara en acción de gracias por la canonización de John Henry Newman. La misa estuvo presidida por el Señor Obispo D. Juan Antonio Reig Pla y el Concierto fue interpretado por el Coro de Cámara de Madrid.
Belleza, compañía e imitación de los santos
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Festivos y solemnidades
En la fiesta de Todos los Santos
1/ XI /2019
1/ XI /2019
«Una muchedumbre inmensa, que nadie puede contar»
Queridos todos, los que estáis aquí en el convento de las Bernardas, en Alcalá de Henares, donde celebramos los padres del Oratorio mientras nuestra iglesia permanece en obras; queridos todos los oyentes de RNE; queridos especialmente los enfermos y ancianos que no podéis acudir a una iglesia para celebrar la Misa de este día grande, el día de «Todos los Santos».
¿Qué significa esta fiesta? ¿Qué celebramos realmente? En pocas palabras: hoy la Iglesia celebra los méritos y la gloria de sus mejores hijos, de sus mejores miembros. Son nuestros, hermanos nuestros, miembros del Cuerpo de Cristo que, desde la resurrección, se extiende por el mundo y por los siglos.
¿Quiénes son esos hijos de la Iglesia y hermanos nuestros? La primera es Santa María Virgen y luego todos los hombres y mujeres, obispos y padres de familia, religiosos y laicos, hombres cultos o sencillos, que han llegado en su humanidad y en esta vida a la plenitud de la medida de Cristo. Algo enorme: ¡La medida de Cristo! San Agustín, san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, los santos niños Justo y Pastor, mártires, San Felipe Neri, San John Henry Newman… ¡Y tantos otros! Una multitud, pero santos de verdad, que llegaron a la medida de Cristo, que participando del sacrificio de Cristo fueron perfeccionados.
Si uno quiere ver la belleza y la grandeza de lo humano, no tiene más que mirar a los santos. En ellos resplandece la humanidad perfecta, que es la que Dios quiso para Adán y la que conquistó su Hijo Jesús. En los santos resplandece la humanidad de Cristo.
El Hijo de Dios tomó e hizo suya la humanidad de Santa María Virgen y luego la llevó a su perfección por un camino de obediencia y de amor. Obediencia a su Padre y amor al hombre hasta el sacrificio. Consumó su obediencia y su amor en la cruz. Resucitado, Jesús adentró su humanidad en la Trinidad para ser amada por el Padre y ser ungida por el Espíritu Santo. La humanidad resucitada de Cristo en el seno de la Trinidad nos indica la verdadera perfección del hombre, el destino para el que fuimos creados. Pues bien, los santos han participado del camino de Cristo, del sacrificio de la cruz, de la victoria de la resurrección. En su humanidad resplandece la humanidad de Cristo, el hombre perfecto. Las Bienaventuranzas describen a Cristo y a sus santos en el camino de su perfección y en su gloria.
El Hijo de Dios tomó e hizo suya la humanidad de Santa María Virgen y luego la llevó a su perfección por un camino de obediencia y de amor. Obediencia a su Padre y amor al hombre hasta el sacrificio. Consumó su obediencia y su amor en la cruz. Resucitado, Jesús adentró su humanidad en la Trinidad para ser amada por el Padre y ser ungida por el Espíritu Santo. La humanidad resucitada de Cristo en el seno de la Trinidad nos indica la verdadera perfección del hombre, el destino para el que fuimos creados. Pues bien, los santos han participado del camino de Cristo, del sacrificio de la cruz, de la victoria de la resurrección. En su humanidad resplandece la humanidad de Cristo, el hombre perfecto. Las Bienaventuranzas describen a Cristo y a sus santos en el camino de su perfección y en su gloria.
«Bienaventurados los pobres de espíritu». Los santos son los «pobres de espíritu»: unidos a Jesús, cuya única riqueza es hacer la voluntad de su Padre y es despojado de todo en la cruz. Con su pobreza reciben el Reino de los Cielos, la Jerusalén celeste. Los santos son los «misericordiosos». Conforme a la oración del Señor, «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», han aprendido a vivir de la misericordia de Dios y a ser también ellos misericordiosos. Así han alcanzado la última misericordia de Dios: les ha acogido definitivamente en su amor, como hijos verdaderos. Los santos son los limpios de corazón: han purificado su corazón con la gracia del bautismo, del perdón y de la Eucaristía; con el ejercicio de la caridad; y con el deseo de ver a Dios, hasta adquirir los ojos de Jesús, que se levantó de la muerte para contemplar a Dios.
A la multitud de los santos, que participaron del sacrificio de Cristo y participan ya de su gloria, nos volvemos hoy: «una muchedumbre inmensa, que nadie puede contar». Eran hombres normales, pero unidos a Cristo han roto la separación entre el cielo y la tierra. Eran hombres normales, pero ahora viven la vida de Dios y lo adoran. Mientras, los ángeles se postran ante tan inesperado milagro: hombres que viven con Dios.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, primero, porque necesitamos alegrarnos con una alegría verdadera. En medio de este mundo necesitamos contemplar la belleza, la gloria y la alegría que esperamos. Necesitamos de esta alegría más que del alimento o del vestido. Nos alegramos con ellos porque son nuestros y porque esperamos llegar donde ellos han llegado.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, en segundo lugar, para pedir su intercesión. Nosotros estamos aún en camino; más aún, en medio de una guerra contra el mal. Ellos ya han llegado, pueden interceder por nosotros y pueden hacernos partícipes de los dones y las virtudes con las que lucharon y vencieron. No vivimos lejos de ellos, porque los santos que ya han vencido, los cristianos que se purifican en el purgatorio y nosotros que aún peregrinamos, formamos un solo Cuerpo con Cristo. Por tanto, los santos pueden interceder por nosotros y pueden alcanzarnos los dones que ahora necesitamos.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, en tercer lugar, para cobrar ánimos y, viendo que hombres de toda edad, de toda clase y condición, han alcanzado una gloria tan alta, también nosotros nos empeñemos en esta carrera por amar a quien nos ha amado, Cristo, y compartir con él padecimientos y gloria. No nos basta alegrarnos y pedir sus dones, hemos de imitarlos.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, primero, porque necesitamos alegrarnos con una alegría verdadera. En medio de este mundo necesitamos contemplar la belleza, la gloria y la alegría que esperamos. Necesitamos de esta alegría más que del alimento o del vestido. Nos alegramos con ellos porque son nuestros y porque esperamos llegar donde ellos han llegado.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, en segundo lugar, para pedir su intercesión. Nosotros estamos aún en camino; más aún, en medio de una guerra contra el mal. Ellos ya han llegado, pueden interceder por nosotros y pueden hacernos partícipes de los dones y las virtudes con las que lucharon y vencieron. No vivimos lejos de ellos, porque los santos que ya han vencido, los cristianos que se purifican en el purgatorio y nosotros que aún peregrinamos, formamos un solo Cuerpo con Cristo. Por tanto, los santos pueden interceder por nosotros y pueden alcanzarnos los dones que ahora necesitamos.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, en tercer lugar, para cobrar ánimos y, viendo que hombres de toda edad, de toda clase y condición, han alcanzado una gloria tan alta, también nosotros nos empeñemos en esta carrera por amar a quien nos ha amado, Cristo, y compartir con él padecimientos y gloria. No nos basta alegrarnos y pedir sus dones, hemos de imitarlos.
Alegrémonos con los santos, pidamos los auxilios que necesitamos de ellos y luchemos como ellos, unidos a Cristo, nuestro Señor, nuestro Maestro, nuestro Salvador, nuestra Vida, la alegría de nuestro corazón ahora y para siempre.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía en al solmenidad de Todos los Santos, viernes 1 de noviembre de 2019
Oratorio de san Felipe Neri.
Misa celebrada en el convento de las Bernardas y retransmitida por RNE
Oratorio de san Felipe Neri.
Misa celebrada en el convento de las Bernardas y retransmitida por RNE
LA FE QUE HACE HOMBRES HUMILDES Y DA PODER A LA ORACIÓN
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo XXX
Oh Dios, ten compasión de este pecador.
Homilía (27-X-2017) XXX Domingo TO - C
La lucha de los cristianos no es la lucha por prevalecer sobre los malvados, sino la lucha para que el bien prevalezca en nosotros sobre nuestras propias pasiones y pecados; no es la lucha contra nuestros enemigos, sino la lucha por amar incluso a nuestros enemigos. En esta lucha es del todo necesaria la oración, porque solo de Dios podemos recibir el auxilio que necesitamos: «El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra». Pero la oración nace de la fe y es un acto de fe. La oración es el grito, la súplica, el llanto, o la acción de gracias, de la fe que se dirige a Dios. Quien cree, ama y espera, ¡ese es el que ora! Recordemos las palabras de Cristo en la cruz: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Con esta oración Jesús se entrega a Dios. El Hijo se entrega a Dios. No son solo palabras, sino un acto de entrega a Dios, un acto de fe.
Hoy Cristo nos habla de la necesidad de rezar con humildad, humildad ante Dios y humildad con relación al prójimo. Si profundizamos en lo que es la fe, entenderemos mejor lo que nos dice. Por tanto, preguntémonos qué es la fe.
Cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso… en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor… en el Espíritu Santo» le estamos diciendo a Dios: Sí, Tú existes, Tú eres, y eres Dios, desde siempre y para siempre, quien da el ser a todo lo que existe. Tú existes como misterio de amor, de vida y de fecundidad; Tú, Padre, Tú existes y desde la eternidad engendras a tu Hijo y lo unges con tu Espíritu; Tú, Hijo único de Dios, que desde lo eterno recibes de tu Padre amorosamente todo con el dulce Espíritu y con ese mismo Espíritu colmas de gratitud a tu Padre. Tú existes, Dios Espíritu Santo, que procedes del Padre y del Hijo, vínculo de amor entre ellos; Tú, el amor con el que el Padre perfuma y embellece al Hijo, el amor con el que el Hijo glorifica y afirma al Padre.
Cuando rezamos el Credo afirmamos también las obras de la Trinidad: «Sí, Tú nos has creado. Nos has hablado, te has acercado a nosotros y nos has llamado a ti. Y Tú nos has redimido vertiendo la sangre. Y Tú nos santificas en este tiempo, en nuestros días, en la Iglesia, con los sacramentos».
Por último, cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso… en Jesucristo… en el Espíritu Santo» estamos diciendo: «Tú, que existes y que obras maravillas, Tú eres el Único Necesario; solo tú fuente de vida, no yo; solo Tú eres fuente de dicha y alegría, no yo; solo tú eres fuerte frente a mi pecado; solo tú salvas, solo me justificas, solo tú me elevas hasta ti, como un niño pequeño es tomado, es llevado hasta el pecho y elevado hasta que puede mirar de frente los ojos de su padre. Solo tú me elevas hasta ti, no yo, y me entrego a ti y me pongo en tus manos.
Cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso… en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor… en el Espíritu Santo» le estamos diciendo a Dios: Sí, Tú existes, Tú eres, y eres Dios, desde siempre y para siempre, quien da el ser a todo lo que existe. Tú existes como misterio de amor, de vida y de fecundidad; Tú, Padre, Tú existes y desde la eternidad engendras a tu Hijo y lo unges con tu Espíritu; Tú, Hijo único de Dios, que desde lo eterno recibes de tu Padre amorosamente todo con el dulce Espíritu y con ese mismo Espíritu colmas de gratitud a tu Padre. Tú existes, Dios Espíritu Santo, que procedes del Padre y del Hijo, vínculo de amor entre ellos; Tú, el amor con el que el Padre perfuma y embellece al Hijo, el amor con el que el Hijo glorifica y afirma al Padre.
Cuando rezamos el Credo afirmamos también las obras de la Trinidad: «Sí, Tú nos has creado. Nos has hablado, te has acercado a nosotros y nos has llamado a ti. Y Tú nos has redimido vertiendo la sangre. Y Tú nos santificas en este tiempo, en nuestros días, en la Iglesia, con los sacramentos».
Por último, cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso… en Jesucristo… en el Espíritu Santo» estamos diciendo: «Tú, que existes y que obras maravillas, Tú eres el Único Necesario; solo tú fuente de vida, no yo; solo Tú eres fuente de dicha y alegría, no yo; solo tú eres fuerte frente a mi pecado; solo tú salvas, solo me justificas, solo tú me elevas hasta ti, como un niño pequeño es tomado, es llevado hasta el pecho y elevado hasta que puede mirar de frente los ojos de su padre. Solo tú me elevas hasta ti, no yo, y me entrego a ti y me pongo en tus manos.
Esto es la fe. Y en ella está el origen de la humildad. El hombre solo puede ser humilde si reconoce a Dios como Dios y se reconoce a sí mismo como criatura, antes que nada criatura, luego imagen de Dios, luego redimido, luego agraciado con la filiación divina y con la herencia de la Vida Eterna. La fe lleva forzosamente a la humildad, porque la fe es la afirmación de Dios como único Dios, del Dios que existe, que es veraz y ante el que me postro, a quien se dirige mi afecto, de quien espero la salvación final. Quien mira así a Dios no puede ensoberbecerse ante él y no puede mirar con desprecio a su prójimo. La fe lleva al hombre a la humildad. El que desprecia al hombre es el diablo, que no cree en Dios. Sabe que Dios existe, lo sabe mejor que nadie, pero no puede darle fe, no puede creer en él, no puede amarlo, ni esperar en él ni alegrarse de su existencia. Y desprecia al hombre, como despreció a Cristo y no puede entender cómo el Hijo de Dios se hizo hombre, no puede entender la humildad de Dios. El fariseo de la parábola no cree en Dios, solo cree en sí mismo. Su oración gira en torno a sí mismo, no se dirige a Dios, habla solo.
Solo la fe nos hace realmente humildes. Hay también una falsa humildad, llena de tristeza y amargura. Es la humildad de quien reconoce las miserias de su corazón y de su vida, pero no puede ir más allá de su propio ser y no puede pedir perdón a nadie. Está solo con su miseria, que le colma de tristeza. No es capaz de dirigir a Dios su oración como el publicano de la parábola: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador». La falta de fe le impide ir más allá de su propia miseria y suplicar a Dios. Este está también solo, a solas con la miseria de su corazón o con la pobreza de su vida.
Pero el hombre de fe dice: Solo Dios basta; solo Dios es Dios; solo Dios es necesario. Y se alegra de que Dios exista y de que Dios sea Trinidad. Y se alegra de la obra de Dios. Se alegra de la creación, del cielo que cubre nuestras cabezas, que ya estaba cuando vivieron nuestros antepasados y que seguirá ahí por generaciones hasta que llegue la parusía. Se alegra de la abrumadora grandeza de la redención, que se hizo con tanta humildad en el silencio de Dios: en el oculto seno de María, en el silencio de Belén, en la cruz desnuda, en el oscuro sepulcro. El hombre de fe se llena de alegría ante todas las obras de Dios, las grandes y las pequeñas. Se alegra, como san Francisco de Asís se alegraba, aunque en su corazón haya miserias, aunque su vida sea pobre. Más aún, se goza de su propia pequeñez que contempla en las poderosas manos de su Dios; y se goza de sus hermanos, aunque tengan sus miserias… porque cree en Dios, porque cree que todo lo hizo bien, porque cree en el poder redentor de la sangre de Cristo, porque cree en el Espíritu Santo y en su poder santificador.
De la fe nace una oración humilde, que termina por olvidarse de sí para afirmar a Dios y a su obra, a cada hombre creado por Dios. Se olvida de sí y se alegra con Dios. Y con la humildad la oración se hace profundamente fuerte y poderosa. La primera lectura muestra como si la oración del creyente fuese tan vívida, que cobrase existencia propia… personificada ante Dios: «La oración del humilde atraviesa las nubes y no se detiene hasta que alcanza su destino. No desiste hasta que el Altísimo atiende y le hace justicia». La oración del humilde es tan poderosa que Jesús dice que consigue la justificación del injusto. El publicano es un ladrón y un traidor a su pueblo. Él lo sabe, no se atreve a levantar la mirada, reza desde lejos, pero hace un acto de fe, se golpea el pecho y eleva su súplica: «Oh Dios, ten compasión de este pecador». Jesús dice que se fue de allí justificado. Es decir, dejó de ser injusto, fue hecho justo, dejó de ser un ladrón y un traidor, fue transformado. Fue Dios quien lo hizo, solo Dios puede cambiar el alma, solo él la puede perdonar, purificar y recrear.
Esta es la oración humilde que nace de la fe. La humildad a la que Jesús nos invita hoy y que será nuestro gozo: «el que se humille, será enaltecido». Confesemos ahora con el Credo la fe en Dios Uno y Trino, que nuestras palabras sean un verdadero acto de fe, que la fe nos haga humildes y vivifique nuestra oración.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía del 27 de octubre de 2019
Domingo XXX TO C
Oratorio de san Felipe Neri
Domingo XXX TO C
Oratorio de san Felipe Neri