El banquete de bodas. Llamada y elección
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXVIII
XXVIII Dom. TO A – 11, X, 2020
Homilía para los de casa
El contexto es el mismo que el de los domingos anteriores. Jesús está en Jerusalén, afronta el final de su ministerio público y dirige a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos una serie de parábolas que hablan del Reino de los Cielos y tienen un acentuado tono polémico, de lucha. Y es que con las parábolas Jesús no habla de terceras personas, sino de sí mismo y de la posición que toman ante Él quienes escuchan. Ahora bien, a lo largo de la historia, cada palabra suya, como cada gesto, llega viva hasta nosotros y nos concierne a nosotros: «Mis palabras no pasarán». Y eso no porque expresen verdades eternas que están más allá de las contingencias históricas. «Dos más dos son cuatro» es una verdad eterna, pero no hablamos de eso. La palabra de Cristo llega hasta nosotros porque Él Vive, porque resucitó, rescatando del tiempo cada gesto y cada palabra de su vida en carne. La primera cosa que me parece importante es que nos demos cuenta de este hecho: Cristo entra en polémica con nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Nos habla de él y de nosotros.
Por tanto, no somos espectadores curiosos de la lucha de Cristo por romper la dinámica del juicio de las autoridades de Jerusalén. La llamada y los dones de Dios requieren una atención continua y un continuo salir de uno mismo. No estar prevenido sobre esta realidad y pensar que el sí dado una vez a Cristo, que permanecer en una cierta costumbre de vida moral y sacramental, significa ya una confirmación de nuestra vida en la gracia, de la salvación eterna, son un error peligroso. Cristo nos llama personalmente, polemiza con nosotros, quiere romper la tendencia tranquilizante de nuestras rutinas.
La parábola habla de un rey y de su hijo. En Israel la imagen del rey representa a Dios, el verdadero Rey de Israel. El “hijo del rey” representa a quien les habla. Ya en la parábola anterior Jesús se había presentado veladamente como el hijo del dueño de la viña. Ahora es el protagonista de las bodas reales y de su banquete. Los festejos de las bodas solían durar varios días, pero todo culminaba en el banquete. Para nosotros, el banquete es lo que viene después de la boda, pero en el mundo judío la boda culminaba justamente en el banquete.
«Bodas» y «banquete» aúnan dos líneas proféticas del Antiguo Testamento: los desposorios de Dios con su pueblo y el banquete escatológico. En el desposorio la esposa deja la vida donde ha nacido y entra en la intimidad amorosa y en el ámbito vital del esposo. «Olvida tu pueblo y la casa paterna», dice el salmista a la esposa. El Antiguo Testamento ya presenta a Dios que desposa a su pueblo. La imagen del banquete, preparado por Dios para el hombre, universal y definitivo, confluye, como la imagen de las bodas, en la comunión de vida con Dios. Es la Sabiduría la que prepara un banquete que se caracteriza por adentrarse en el conocimiento de Dios. En el libro de los Proverbios (9,1-5) la Sabiduría da de su pan y de su vino: «Venid, comed de mi pan y bebed el vino que he mezclado para vosotros». Es un banquete de comunión que hace superar la insensatez, la ignorancia de Dios, que introduce a la amada en la intimidad del Esposo, para saciarla de conocimiento. También en el libro del Eclesiástico la Sabiduría ofrece sus frutos, que no se agotan, que sacian, pero que no matan el hambre: «Acercaos a mí los que me deseáis, y os saciareis de mis frutos […]. Los que me comen siguen teniendo hambre, y los que me beben siguen teniendo sed» (Si 24,19-21). En la lectura de Isaías que hemos escuchado, con el banquete preparado por el mismo Dios, el convidado deja atrás la muerte vencida («aniquilará la muerte para siempre»), entra en la vida plena de la riqueza divina y se goza con Dios: «Aquí está nuestro Dios».
Pero, ante el gozo que expresa Isaías: «Aquí está nuestro Dios […] Celebremos y gocemos con su salvación», Jesús denuncia el desdén y el desprecio de los invitados, que se subraya de varias maneras. Se dice que el rey envía sus siervos a avisar a los invitados, literalmente en griego «llamar a los llamados». La invitación a las bodas ya había sido cursada con tiempo, ahora solo se da el aviso de que todo está listo, no es un aviso repentino. Eso hace más grave el desprecio de los convidados. Además el rey insiste, cosa realmente impensable. Hay un desprecio contumaz. Algunos invitados no solo desprecian la invitación dedicándose a sus cosas, sino que maltratan y matan a los siervos enviados.
El rey de la parábola acabó con los homicidas y prendió fuego a la ciudad. Muchos estudiosos dicen que es una referencia directa a la destrucción de Jerusalén. En todo caso, habla de la imposibilidad de volver atrás en ciertas decisiones. Hay un «no» a Dios del que uno ya no puede volver atrás. Nosotros recibimos una invitación urgente: «Tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas», pero siempre podemos permanecer vueltos sobre nosotros mismos y nuestros importantes asuntos; más aún, siempre podemos dar un «no» definitivo. Estas dos posibilidades ya deberían hacernos volvernos a Dios.
La parábola tiene una segunda parte que consiste en un nuevo envío de siervos para llenar la sala del banquete, que solo se puede entender —me parece a mí— como un anuncio del nuevo Israel, que ahora se hace universal, la Iglesia universal. Hombres que no habían recibido las promesas son ahora invitados sin preparación alguna anterior. Y la sala se llena de invitados, buenos y malos. Toda esta parte de la parábola está marcada por el hecho de que el rey visita a los convidados ya reunidos para el banquete y observa a uno que no tiene vestido de bodas. Eso significa que los demás sí lo tenían. Y aquí la parábola se abre a un gran número de interpretaciones: todos los que entran en la Iglesia por el bautismo reciben la gracia santificante, pero ella requiere la respuesta personal y libre; o bien, todos entran por la fe y el bautismo, pero se requiere además la caridad, el doble mandamiento del amor. Sea como fuere, lo decisivo es entender que se puede estar aquí ante Dios, día tras día, y al fin, ser arrojado a las tinieblas. Seguro que, por lo dicho por Jesús en otros pasajes, el amor tiene mucho que ver con esto. Es, por cierto, la interpretación que hace del traje de bodas Gregorio Magno: el vestido de bodas es la custodia de la gracia de la caridad, sin la cual no es posible adentrarse en la amistad de Dios.
El primer movimiento de la caridad viene de Dios, que nos ha llamado, no una, sino muchas veces a gracias cada vez más altas, a una intimidad con él cada vez mayor («De su plenitud hemos recibido gracia sobre gracia» Jn 1,16). Cada llamada requiere una respuesta, con la que se avanza en esta intimidad. El último movimiento de la caridad es también el de Dios, la elección, que es literalmente, según el griego, un «nueva llamada», una llamada definitiva.
¿Qué se requiere para la primera llamada? Que se dibuje en nosotros la posibilidad del adentrarnos en la gracia del amor. Esa posibilidad la tenemos por la misma creación, por haber recibido la imagen de Dios, la del primer Adán. Por eso «muchos», «todos» son llamados. Pero, ¿qué se requiere para la segunda llamada? Que nos hayamos adentrado en el diálogo del amor cristiano, la comunión con Cristo, que en nosotros viva la imagen de Cristo crucificado por amor, el segundo Adán. La última llamada requiere un amor que pueda ser «elegido», que Dios pueda amar, en el que Dios pueda gozarse, en el que reconozca no solo a la criatura, sino al Hijo. La última llamada, la elección, requiere la caridad de Cristo, el amor de la cruz. Se entiende así que «muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
La medida de este amor que posibilita la «elección» de la criatura, esta llamada definitiva, me hace recordar las palabras del salmo que tantas veces se ha aplicado a santa María Virgen: «Escucha hija, mira, inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna, ¡el Rey se ha prendado de tu belleza!» (Sal 54,11-12). No podemos engañarnos, no podemos aspirar a la vida divina sin crecer en este amor que nos hace partícipes de la belleza de Jesús y de María. Cristo entra en polémica con nosotros, en lucha con nuestra resistencia, para que avancemos en la comunión de su amor y podamos ser objeto de la elección definitiva.
Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía para los de casa
Oratorio de san Felipe Neri
Domingo 11 de octubre de 2020
Oratorio de san Felipe Neri
Domingo 11 de octubre de 2020
ORIGEN, VERDAD PRESENTE Y JUICIO
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXVII
XXVII Dom. TO A – 4, X, 2020
Homilía para los de casa
«La piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular»
«Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña»; «voy a cantar por mi amigo el canto de su amor por su viña». La traducción del primer versículo de Isaías es algo incierta, pero tras todas las posibilidades del texto aparece con claridad el amor como el principio de una historia: el amor de Dios por su Pueblo. Este amor origina una historia y el canto narra los cuidados del que ama y los desprecios del que es amado. Es lo primero que querría destacar: en el principio de todo está el amor de Dios, nada precede a este amor originario.
En el planteamiento del canto hay también un artificio literario destacable. Comienza como si hubiera varios personajes: por un lado, el dueño de la viña y la viña misma; por otro lado, quien canta el amor y también aquellos que escuchan la canción, a los que se les pide un juicio: «Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mi viña y yo». Pero ya aquí se desvela el artificio, porque en realidad solo hay dos personajes, uno frente al otro: Dios y su Pueblo. Dios, que habla de su amor originario y de las obras que este amor ha desarrollado en la historia; y el Pueblo amado, a quien se dirige directamente, su interlocutor, los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, que han despreciado el amor y ahora se ven convocados en juicio. Tras el artificio literario inicial, solo quedan dos personajes: Dios y su Pueblo, frente a frente.
La vida, como este artificio, nos lleva a este momento ineludible, nos enfrenta con nuestro Creador y Redentor. La Iglesia como Cuerpo y cada uno de nosotros personalmente estamos ante Dios. Y esta es una verdad religiosa fundamental. He aquí los principios de la Religión: el del amor que es inicio y origen de todo, y la verdad de que estamos ante él. En esta vida que tiene como origen su amor, Él es nuestro verdadero interlocutor, no hay otro. Tras el velo de las cosas, tras el ajetreo y la inquietud de los acontecimientos, solo Dios permanece como nuestro interlocutor. Estamos ante él. Y el amor que nos ha creado y nos mantiene ante él es la única verdad que da consistencia a las cosas y a la historia. Nada existiría sin este amor, la historia no iría adelante sin este amor. El diálogo en el que nuestro Creador nos ha puesto es la única justificación de la existencia del universo y de la historia. Podemos darnos cuenta o no de esta verdad durante la vida, pero al final todo será claro: Dios y su Pueblo frente a frente; Dios y la Iglesia frente a frente. Dios y cada hombre frente a frente.
El tercer elemento fundamental del canto de Isaías es el juicio. El amor que requiere al hombre es también un juicio. A veces imaginamos el amor de Dios como un amor sin interlocutor, como si el amado fuese solo un espectador. ¡Eso no es un amor real! ¡No es una verdadera relación de amor! De las relaciones marcadas por el amor que conocemos ninguna es así. Al contrario, requieren respuesta y son dinámicas: la amistad se ofrece y se acoge y se hace crecer o lo contrario; el amor paterno suscita el amor filial; el amor del esposo requiere el amor de la esposa. De igual forma, el amor de Dios ha creado al hombre como su interlocutor entre todos los seres del universo y requiere respuesta. Así, el amor con que es amado se convierte en el juicio del hombre. El destino del hombre se decide ante este amor: «Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (Jn 3,19). El amor mismo se convierte en juicio y dicta sentencia al ser correspondido o al ser olvidado. Y la sentencia del olvido del amor es la incapacidad para generar vida, la esterilidad, la muerte. Por eso, el presente de la Iglesia y el presente de cada uno es un juicio anticipado. Isaías iluminó con este juicio el presente de Israel que él vivió. Nosotros debemos mirar nuestra situación con esa misma luz. La esterilidad de la Iglesia o de nuestra propia alma son una sentencia: «Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, […] sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones? Pues os hago saber lo que haré con mi viña: quitar su valla y que sirva de leña, derruir su tapia y que sea pisoteada. La convertiré en un erial».
Vamos al Evangelio. Continúa la polémica entre Jesús y los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, que Mateo sitúa después de la entrada mesiánica de Jesús a Jerusalén y de la purificación del Templo.
Cuando Jesús inicia la parábola, «había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar…», hace resonar el canto de Isaías. Sus oyentes lo conocen, saben bien que en aquel canto es Dios quién se enfrenta con Judá y Jerusalén. Por tanto, es un momento cargado de seriedad. Jesús sigue el mismo artificio de Isaías y empieza una parábola con varios personajes, pero, al final, quedan solo los jefes de Israel que le escuchan y él mismo que se presenta como hijo.
Todo confluye en él, no ya el hijo de un propietario ficticio, sino el Hijo de Dios, presente ante ellos. La narración de la parábola dirige la atención sobre el Hijo y la decisión que madura en el corazón de los interlocutores: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». El amor de Dios llega a su plenitud en la entrega de su Hijo y el desprecio de Israel llega a la aniquilación de todo amor, a la muerte de Dios. La gran diferencia de la parábola de Jesús con el canto de Isaías es que aquí el drama se va a realizar muy pronto en la carne de Cristo, el amor de Dios llega a un extremo y a un «realismo inaudito»[1]. En la humanidad de su Hijo, en la cruz, el amor llega hasta el final, pero también llega hasta el final el desprecio de quien es amado. Y ese realismo de su entrega y del juicio que provoca se prolonga ahora para nosotros en el sacrificio de la Eucaristía, que es el mismo y único sacrificio de la cruz.
Todo confluye en él, no ya el hijo de un propietario ficticio, sino el Hijo de Dios, presente ante ellos. La narración de la parábola dirige la atención sobre el Hijo y la decisión que madura en el corazón de los interlocutores: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». El amor de Dios llega a su plenitud en la entrega de su Hijo y el desprecio de Israel llega a la aniquilación de todo amor, a la muerte de Dios. La gran diferencia de la parábola de Jesús con el canto de Isaías es que aquí el drama se va a realizar muy pronto en la carne de Cristo, el amor de Dios llega a un extremo y a un «realismo inaudito»[1]. En la humanidad de su Hijo, en la cruz, el amor llega hasta el final, pero también llega hasta el final el desprecio de quien es amado. Y ese realismo de su entrega y del juicio que provoca se prolonga ahora para nosotros en el sacrificio de la Eucaristía, que es el mismo y único sacrificio de la cruz.
Antes he dicho que el amor mismo dicta sentencia al ser correspondido o despreciado. Ante la imagen del Hijo de Dios muerto entregado realmente en la cruz esto se hace aún más evidente. El mismo amor que nos redime, que nos eleva y que nos convierte en interlocutores suyos, es el que nos juzga. Desde luego que el desprecio total del amor tiene su condena: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Pero aquí aparece la segunda gran diferencia de las palabras proféticas de Jesús con respecto al canto de Isaías. Ante la ingratitud, Isaías solo contemplaba la condena. En el Evangelio la condena también está, pero se perfila una nueva creación que va adelante porque el amor que se entrega a la muerte es demasiado grande y se ha convertido, conforme a la providencia de Dios, en un nuevo principio, en la oferta del amor más grande que permanece tras la resurrección: la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular.
«¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Ahora estamos nosotros ante este amor, como Iglesia, como Congregación, y como un yo personal que no puede evadir una respuesta ante este amor. El amor está en el origen de la creación y de la historia salvífica que llega hasta nosotros, se nos ofrece como nuestro verdadero bien y, al tiempo, nos juzga. No estamos ante una ley, no estamos ante unas obligaciones morales, ni ante unos trabajos que debemos hacer por Dios durante la vida. Estamos ante aquel amor que da valor y juzga nuestra vida. Más allá de toda circunstancia política, más allá de toda contingencia, lo verdaderamente real y decisivo es que estamos ante el Hijo de Dios hecho hombre y crucificado que nos ama, que concierne nuestro corazón, el Único que realmente lo conoce y lo toca, que nos llama y requiere la respuesta de nuestra libertad: el asentimiento de la fe y la entrega del corazón. El fruto de nuestra vida depende de la respuesta al amor que nos precede y nos llama. Pero no busquemos el fruto, busquemos a Aquel que nos ama. El fruto nace del amor, como los hijos nacen del amor.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del 4 de octubre de 2020
para los de casa
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares.
[1] Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 12
LA LUCHA POR SER HIJOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXI
XXVI Dom. TO A – 27, IX, 2020
Homilía para los de casa
Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús
Cuando un soldado que lucha por su rey cae herido en la batalla no recibe la reprensión de su soberano; al contrario, recibe su auxilio y su reconocimiento. De la misma manera, el cristiano que cae en la batalla contra el pecado no debe temer la reprensión de su Señor; lo que ha de esperar es el fuerte brazo de la gracia que lo levante y reconozca su mérito. Esto es algo que leí en San Ambrosio, y me parece que las cosas deben de ser así.
Pero el obispo de Milán da por descontado algo que los cristianos de su época conocían muy bien: la lucha. Hasta poco antes de nacer san Ambrosio, los cristianos habían sufrido muchas persecuciones y quienes aceptaban la fe sabían que aceptaban la lucha. Cuando las persecuciones cesaron, los cristianos mantuvieron el espíritu de lucha, lucha contra el pecado. En el fondo siempre había sido así, porque los cristianos no quisieron nunca instituir un nuevo orden político, no intentaron sustituir el poder pagano por un poder cristiano, sencillamente lucharon por no convertirse en idólatras, por no adorar el poder del emperador, por amar más a Dios que a su propia vida, por morir perdonando. Su lucha nunca fue contra el emperador; fue siempre la lucha por la fe, la lucha por vivir y morir para Dios. Era la lucha por seguir a Cristo íntimamente en su itinerario interior, que es el itinerario que describe san Pablo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo…» Y lo que sigue.
El íntimo gobierno de estos principios en el corazón de los cristianos fue lo que generó poco a poco una sociedad cristiana bien distinta a la pagana. Pero su lucha consistió en seguir a Cristo, vivir unidos a él, vivir con «sus sentimientos». Es una lección de la Iglesia de los Padres para la Iglesia que vive en el momento presente.
También las palabras de Jesús reflejan la realidad de una lucha interior: por la conversión, por la obediencia, por ser hijos. Después de la expulsión de los mercaderes del Templo, Jesús tiene una larga discusión con los jefes de los sacerdotes y los ancianos. La cuestión final que plantea es: ¿estáis dispuestos a convertiros? ¿Estáis dispuestos a obedecer? Las prostitutas y los publicanos se han convertido, ¿vosotros estáis dispuestos? Jesús había llegado a Jerusalén haciendo un largo recorrido desde Galilea, donde Juan predicaba la conversión, acompañado por un buen número de discípulos, no solo los apóstoles, y entre ellos se habían juntado también prostitutas y publicanos, que con su obediencia en el seguimiento de Cristo se habían puesto por delante en el Reino de los Cielos: «Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
¿Y nosotros? ¿Estaremos dispuestos a convertirnos? Dejemos a un lado a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos y preguntémonos por nosotros. ¿Estamos nosotros dispuestos a convertirnos? La parábola describe la conversión como un acto de obediencia. Según la Biblia, la obediencia es la primera obligación de un hijo (Cf.: Si 3,1-16; Ef 6,1; Col 3,20). Ser hijo consiste fundamentalmente en obedecer. Jesús mostró en la obediencia amorosa y extrema que él era el Hijo Único de Dios. La parábola habla de dos hijos que reciben una orden de su padre y expresa lo duro que es obedecer. La obediencia es ardua y requiere hacerse una gran violencia. El primer hijo dice «no», pero se desata una lucha interior en él y, al final, obedece. De esta manera, el que ya era hijo llega a serlo de veras. El segundo hijo se muestra enseguida dispuesto, pero al final no obedece. Somos hijos, pero no llegamos a serlo verdaderamente sin esta lucha interior. Somos hijos de Dios por el bautismo, pero hemos de aprender a ser hijos, como Cristo mismo, el Unigénito, aprendió: «aprendió sufriendo a obedecer».
Vamos un momento a la primera lectura. Ezequiel predica cuando parte de Judá está deportado en Babilonia. Jerusalén y el Templo están aún en pie, pero muchos judíos están en el destierro, se preguntan por qué y acusan a Dios de ser injusto. Judá cree que habría de bastar ser el pueblo del Dios verdadero para no morir. Simplemente por ser hijos de Abraham y de la tribu de Judá, Dios no debía haber dejado que sufriesen el destierro y no debería permitir todo lo que vendrá después. Las primeras palabras de Ezequiel recogen este sentir: «Insistís: “No es justo el proceder del Señor”». Creen que solo por ser hijos de Abraham tenían derecho a vivir tranquilos.
Entre cristianos esta idea se ha colado muchas veces: estamos bautizados, vivimos en la Casa de Dios, la Iglesia, donde él nos da su Cuerpo y su Sangre, tenemos asegurada la salvación. Imaginad si además uno tiene un vivo sentimiento de pertenencia a una de las grandes órdenes religiosas, como los jesuitas o los franciscanos; o si se sabe parte de un gran movimiento del presente de la Iglesia; o si sabe que su director espiritual es un santo. Imaginad si no se nos puede colar la idea de que el mismo hecho de pertenecer al Oratorio, de ser hijos de san Felipe, de tener una historia de muchos años… si no se nos puede colar la idea de que ya está todo hecho.
El Evangelio pone ante nosotros la necesidad de convertirnos, de luchar por obedecer. No basta haber recibido el don del bautismo y vivir en esta Casa de Dios. No es suficiente llevar años en esta aventura nuestra que comenzó en Parla hace ya más de 25 años, incluso antes, en el Seminario de Madrid… ¡No basta! Es necesaria la obediencia. Y en esta lucha por obedecer con Cristo que obedece y seguir el itinerario interior de su servicio a los pecadores, que describía san Pablo, es donde tiene sentido aquella preciosa idea de san Ambrosio: si el soldado cae en batalla, su soberano lo tomará, lo levantará, lo recompensará. Podemos caer y esperar misericordia, pero hemos de estar en esta batalla.
Además, esta idea da respuesta a una gran inquietud en la Iglesia de Occidente. Los judíos deportados en Babilonia, cuando aún no había llegado el desastre total sobre Jerusalén, no entendían cómo se encontraban en el exilio, vencidos por paganos, por hombres que adoraban dioses falsos. Esa confusión la vivimos en la Iglesia en Occidente: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos perdido nuestra fuerza? ¿Cómo nos abandonan nuestros hijos y nuestra casa, la Iglesia, queda vacía? El mundo antes cristiano se aleja y toma leyes paganas. Pareciera que Dios nos ha castigado o, al menos, nos ha abandonado. Nos parece injusto y querríamos cambiar el poder de los paganos por un poder cristiano, las leyes de nuevo paganas por leyes cristianas. Creemos que volviendo a tener el control volveríamos a tener llena la Casa de Dios. La respuesta de Dios es una llamada a luchar por la propia conversión, a la obediencia y al seguimiento estrecho de Cristo.
En tiempos de Ezequiel, cuando los judíos se quejaban por la humillación de Judá, Dios llamaba a una conversión profunda y personal: «Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá». Jesús da forma con su obediencia a esta conversión. Participar de esta obediencia, que implica una batalla interior con el propio yo, con los propios deseos, con la propia independencia, es el camino que se nos propone como Iglesia.
La respuesta a las inquietudes de nuestra vida personal y la respuesta a las inquietudes de la Iglesia Universal se juegan en este punto: que aprendamos a ser hijos, que luchemos, y lo hagamos nosotros, por tener los mismos sentimientos de Cristo, que hizo suyos los pecados de los hombres, que se humilló a sí mismo y obedeció hasta la muerte de cruz.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía para los de casa
Oratorio de san Felipe Neri
28 de septiembre de 2020
Oratorio de san Felipe Neri
28 de septiembre de 2020
Volver el corazón a Dios
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXV
XXV Dom. TO A – 20, IX, 2020
Homilía para los de casa
La vida es Cristo
Un propietario contrata a unos jornaleros por un denario. Lo hace al alba, para toda la jornada. Es una escena común en cualquier pueblo de Galilea. También era común que, conforme a la ley del Antiguo Testamento, se pagase lo acordado al finalizar la jornada de trabajo en el campo, a la puesta del sol. Este es el punto de arranque de la parábola. A partir de esta escena perfectamente comprensible para todos, empieza Jesús a llevar el corazón hacia lo que para ninguno de nosotros es evidente sino solo por la fe: «Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes».
Aquellos hombres esperaban la paga después de una jornada de trabajo, del amanecer al anochecer. Lo que no esperaban era que los llamados a media mañana fuesen a recibir un jornal entero; o que también los llamados al mediodía recibiesen todo el jornal; menos aún que recibiesen lo mismo los llamados a media tarde y al caer la tarde, que apenas habían trabajado. Esta es una sobreabundancia que nos sigue sin entrar en la cabeza porque pensamos en Dios con nuestras medidas. Pero Dios es siempre más grande. Es una de las cosas que Isaías había anunciado. No podemos sopesar ni imaginar la grandeza del don de Dios, su providente cuidado, su bondad y su amor, totalmente desproporcionado y gratuito con nosotros.
En medio de la oscuridad de los días que vivimos con esta peste diabólica, no desconfiemos de esta afirmación: «Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes». Dios es siempre más grande, su bondad y lo que nos prepara, mucho más grande de lo que nosotros podríamos imaginar. Este es el primer punto claro: la gran bondad de Dios y de su designio para con nosotros.
Vayamos a la queja de los que han trabajado todo el día. Parece que, si han trabajado más, mucho más que los de la media mañana, los del mediodía, los de media tarde y los del atardecer, deben recibir más. Esta es nuestra lógica, pero es una lógica que nace de nuestro corazón pequeño. Nuestra mirada no consigue comprender lo bueno que es Dios y lo bueno y grande de su paga, y así nuestro corazón es mezquino y envidioso. «¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?». Como un hombre que cree que sus riquezas pueden acabarse y que la vida se le escapa, como quien espera una paga pequeña, nuestro corazón está como encogido. ¡Como si este denario, la paga de Dios, fuese poca cosa!
Pero, ¿a qué hace referencia este denario? ¿Cuál es la paga de Dios? Jesucristo y la vida que él nos ha abierto, la del amor trinitario, la Vida Eterna. ¡Esta es la paga! Más grande que todo lo que podemos imaginar y siempre inmerecido, tanto si hemos trabajado mucho como si hemos trabajado poco, tanto si nuestro esfuerzo ha sido grande, como si ha sido pequeño. Esta paga se resume en un nombre propio, en alguien real, en Jesús. «Cristo es con mucho lo mejor», decía san Pablo: su misma persona, su mismo amor y la vida que él nos ha conquistado, la comunión de la Trinidad y en ella, dentro de ella, por nuestra unión con él, la Comunión de los Santos, el cielo. Con Cristo Dios nos lo ha dado todo, se nos da Él mismo y su vida. Y esto es de una grandeza, de una belleza, de una riqueza infinita y eterna. «La vida es Cristo».
La paga, grande e inmerecida, es Cristo. No se nos promete una vida más fácil en esta vida por ser cristianos o trabajar en la Iglesia, ni más riqueza, ni más salud. No se nos promete que el progreso de los que queremos ver crecer en la fe vaya a ser fácil, ni se nos promete el éxito. La promesa es este Jesús en el que Dios nos lo ha dado todo, el objeto del deseo de san Pablo: «Para mí la vida es Cristo y morir una ganancia». Este es el segundo punto de claridad: Cristo, y Dios mismo con Él, es nuestra paga, a la vez grande e inmerecida, también única.
Pero que sea grande solo lo entiende el que ama. Solo el amor puede comprender el valor de Cristo y gozar de él. Él es paga solo para el que ama. Solo si podemos decir de verdad «para mí la vida es Cristo y morir una ganancia», podremos también trabajar sin descanso en la Viña de Dios, esto es, en la Iglesia, por el bien de nuestros hermanos. Nosotros queremos trabajar solo con medida por la misma razón por la que aún no queremos morir, porque no amamos a Dios. «El cielo solo es cielo para los santos», decía Newman. El que no ama a Cristo no entiende. La parábola apunta a este bien único y así exige la conversión de nuestro corazón hacia él.
¿Qué significa eso? Que hemos de aprender a amar a Cristo. Hemos de reconocer que nuestro corazón dista mucho aún de amarlo a Él como nuestra verdadera paga. Lo amamos, pero no tenemos prisa por alcanzarlo definitivamente. Lo amamos, pero queremos también otras cosas. Este es el estado real de nuestro corazón. Nuestro corazón ha de convertirse a él. Este es el tercer punto de claridad de la parábola. Como los jornaleros de primera hora, podemos ser incapaces de comprender el valor de la paga. Llegados a primera hora, nuestra incapacidad para comprender, nuestra falta de amor puede relegarnos al último puesto. Nuestro corazón ha de convertirse a Cristo, y en él a Dios.
La Palabra de Dios empezaba hoy así: «Buscad a Dios». Pues bien, buscamos lo que amamos. Y crecemos en el amor de lo que buscamos y deseamos. «Buscad a Dios».
Jesús, Señor nuestro, Dios nuestro, enséñanos a amarte, a buscarte y a desearte hasta hacer de ti nuestra única paga. «Jesús, dulzura de los corazones, / fuente viva, luz de las mentes, / que excede toda alegría y todo deseo», enséñanos a amarte.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía del XXV Domingo del TO, para los de casa
20 de septiembre de 2020
20 de septiembre de 2020
PAGA DE DIOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XIII
28, VI, 2020; XIII Dom. TO A
Por ser mi discípulo
La primera lectura se cierra con una promesa de Eliseo a la mujer que lo acoge en su casa: «El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando a tu hijo». La mujer no tenía hijos y su esposo era ya demasiado anciano para dárselos. La promesa de Eliseo responde al deseo de su corazón, un deseo imposible para ella. La mujer había sido muy generosa con Eliseo y, aunque no había pedido nada, recibe una promesa que ya solo en las palabras conmueve: «El año próximo, por esta época, abrazarás a tu hijo». Y en el tiempo indicado, la promesa se cumplió y la mujer pudo abrazar a su hijo. ¿Qué vemos en todo esto? Una gran misericordia de Dios. Por eso, tras la primera lectura hemos repetido: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor». Dios atiende el corazón de los que le dan la más mínima entrada, de los que le abren su casa interior. Pero vuelvo a hacer la misma pregunta: ¿en toda esta misericordia qué vemos? Algo que nos da la clave para comprender el evangelio de hoy: vemos la recompensa del profeta y del justo. Lo que pagan el justo y el profeta.
En el evangelio hemos escuchado a Jesús: «El que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo». Esa es la recompensa de la sunamita que acoge a Eliseo. Pero Jesús añade: «El que dé de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Y aquí se esconde la mayor de las misericordias de Dios. ¿Quiénes son esos pequeños? Son sus discípulos, los de todas las épocas, que van tras Él y no tienen otra riqueza. Y la gran misericordia es que Jesús, que viene del cielo, el Hijo de Dios, se identifica con esos pobres que van tras él. Por eso, quien acoge a uno de los suyos puede esperar una paga más grande que la que puede dar el justo y el profeta. Quien recibe a uno de estos pequeños discípulos de Cristo, recibe al Hijo de Dios y en él a Dios. Recibirá la paga que solo Dios puede dar. Pero quiero subrayar lo siguiente: que la gran misericordia es que Señor del cielo y de la tierra ama de tal manera a los pequeños que le siguen que vive en ellos, en ellos se goza o sufre, en ellos es honrado o despreciado. Después de la resurrección Jesús dirá a los suyos: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Este estar de Jesús con los suyos consiste en una plena identificación con ellos. No es que esté a su lado, sino íntimamente unido e identificado con cada uno de los pequeños que le siguen. Esta es la gran misericordia.
Es un misterio de comunión y de amor. El pequeño discípulo de Cristo, tiene siempre consigo al Hijo hecho hombre, y con él al Padre; ha entrado en la comunión trinitaria, la unión de un amor indivisible: «El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado». Cristo ha traído a la tierra el amor que llena el cielo, el amor trinitario, y ha hecho partícipe de él a sus discípulos, a los pequeños que le siguen, y que solo por eso son grandes. Cualquiera de los pequeños discípulos de Jesús, un niño, un anciano solitario, un hombre afligido por sus debilidades… cualquiera de los pequeños que le siguen es más que los antiguos y poderosos profetas, más que los grandes justos del Antiguo Testamento.
¿Estaremos nosotros entre ellos? Hemos recibido el bautismo, la confirmación, la Eucaristía… Estamos aquí, en su liturgia. Eso puede indicar que somos de sus discípulos. Pero el mismo Jesús nos da alguna indicación más precisa sobre el carácter de sus verdaderos «discípulos». Dice: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará».
Es la descripción de un amor que ha elegido amar a quien lo ha amado: a Cristo más que al padre querido o a la madre querida; a Cristo más que al hijo de las entrañas. Sencillamente porque no hay amor como el de Cristo, ni el del venerado padre, ni el del hijo, ni ningún otro. Es la descripción de un amor que quiere compartir toda la vida, también el dolor, y se decide a cargar con su parte de la cruz. Es la descripción de un amor al que no le importa perderlo todo, incluso la propia vida, con tal de ganarlo a Él.
Si queremos saber si nosotros, con nuestras pobrezas y debilidades, nos contamos entre estos que Jesús llama pequeños y discípulos, con los que se identifica, hemos de preguntarnos si hemos hecho de Jesús nuestro verdadero bien, si somos tan pobres en espíritu que solo aspiramos a andar tras Él y amar a quien nos ha amado, si queremos compartir el peso de su amor en la cruz, dejar todo atrás para ganarlo a Él.
Que Dios nos conceda la inteligencia de la fe, necesaria para reconocer el amor más grande; la voluntad decidida, para entregarnos a él; el afecto del corazón, para gozarnos al compartir su vida, sus dolores y su gloria.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
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Oratorio de san Felipe Neri. Iglesia de las bernarndas
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