LA SÚPLICA DEL HOMBRE SE HACE EFICAZ
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: El bautismo del Señor
Homilía en el Batusimo del Señor, 2020
Se abrieron los cielos
«Vino Jesús desde Galilea al Jordán
y se presentó a Juan para que lo bautizara»
¿Qué es el bautismo de Juan? Tiene relación con el pecado y con la muerte. Se reconoce el pecado y se pide perdón por él. Ser sumergido en las aguas es un símbolo de muerte. La muerte es la consecuencia del pecado. Introducirse en las aguas bautismales expresa la asunción de la culpa y de la pena del pecado, pero pidiendo a Dios misericordia y un nuevo inicio, una nueva vida. El bautismo de Juan es la asunción del pecado, la petición de perdón y la súplica de una vida nueva.
Jesús no tenía nada por lo que pedir perdón; entonces, ¿por qué se presenta para ser bautizado? No se trata de un mero ejemplo de humildad, como a veces se ha dicho. Aunque nosotros debamos tomar toda su vida como un ejemplo, las acciones de Cristo nunca son mera exterioridad, como algo que en realidad no tengan que ver con él, acciones extrínsecas a su persona divina y a su doble naturaleza. En realidad el Hijo de Dios asume su misión: «el Cordero de Dios que [carga y] quita el pecado del mundo». Jesús inicia el camino que le llevará a la cruz, asumiendo su final: su muerte, su sepultura. Es la consecuencia de cargar con el pecado de los otros que él ha hecho suyo por amor, las consecuencias del pecado de los otros, con los que él se ha identificado. «Se hizo pecado por nosotros» (2Cor 5,21). El bautismo anticipa el sí de Jesús, el sí de su sacrificio por el hombre. Es un hito en el camino de su amor por el hombre, que llegará a su culmen en la cruz–eucaristía: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo», con lo que se ve a las claras que el amor de Cristo no es el puntual momento de la cruz, sino un camino que empieza mucho antes. Se hizo hombre para esto y desde que se hizo hombre dio los pasos humanos necesarios para alcanzar la plenitud del amor.
y se presentó a Juan para que lo bautizara»
¿Qué es el bautismo de Juan? Tiene relación con el pecado y con la muerte. Se reconoce el pecado y se pide perdón por él. Ser sumergido en las aguas es un símbolo de muerte. La muerte es la consecuencia del pecado. Introducirse en las aguas bautismales expresa la asunción de la culpa y de la pena del pecado, pero pidiendo a Dios misericordia y un nuevo inicio, una nueva vida. El bautismo de Juan es la asunción del pecado, la petición de perdón y la súplica de una vida nueva.
Jesús no tenía nada por lo que pedir perdón; entonces, ¿por qué se presenta para ser bautizado? No se trata de un mero ejemplo de humildad, como a veces se ha dicho. Aunque nosotros debamos tomar toda su vida como un ejemplo, las acciones de Cristo nunca son mera exterioridad, como algo que en realidad no tengan que ver con él, acciones extrínsecas a su persona divina y a su doble naturaleza. En realidad el Hijo de Dios asume su misión: «el Cordero de Dios que [carga y] quita el pecado del mundo». Jesús inicia el camino que le llevará a la cruz, asumiendo su final: su muerte, su sepultura. Es la consecuencia de cargar con el pecado de los otros que él ha hecho suyo por amor, las consecuencias del pecado de los otros, con los que él se ha identificado. «Se hizo pecado por nosotros» (2Cor 5,21). El bautismo anticipa el sí de Jesús, el sí de su sacrificio por el hombre. Es un hito en el camino de su amor por el hombre, que llegará a su culmen en la cruz–eucaristía: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo», con lo que se ve a las claras que el amor de Cristo no es el puntual momento de la cruz, sino un camino que empieza mucho antes. Se hizo hombre para esto y desde que se hizo hombre dio los pasos humanos necesarios para alcanzar la plenitud del amor.
«Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
“Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”».
La actitud del Bautista nace de un sentimiento justo: sabe que el mayor es el que bautiza al pequeño y Jesús es más grande que él, «no merezco desatarle la correa de las sandalias» (Lc 3,16), y anterior a él, «Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo» (Jn 1,30).
“Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”».
La actitud del Bautista nace de un sentimiento justo: sabe que el mayor es el que bautiza al pequeño y Jesús es más grande que él, «no merezco desatarle la correa de las sandalias» (Lc 3,16), y anterior a él, «Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo» (Jn 1,30).
«Jesús le contestó: “Déjalo ahora.
Conviene que así cumplamos toda justicia”».
La justicia es que el hombre cargue con las consecuencias del pecado, pero la justicia de Dios es cargar él mismo, hecho hombre, con esas consecuencias. Así volvemos a lo de antes: Cristo asume el pecado y sus consecuencias, el bautismo anticipa la muerte; y la futura muerte en cruz será la conclusión del bautismo en el Jordán. Por eso Jesús hablará de su muerte en cruz como de un bautismo: «¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?» (Mc 10,38); y también: «Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!» (Lc 12,50). Por eso también la iconografía oriental representa las aguas del Jordán como si fueran un sepulcro que abraza el cuerpo de Jesús.
La sorpresa del Bautista ante Jesús, que viene a ser bautizado, ha de ser nuestra sorpresa viendo al justo que viene a hacernos justicia y cargar por nosotros con nuestro pecado. Ahora vemos ya lo que significa que el Hijo de Dios haya nacido como hombre: algo más que compartir nuestra naturaleza. Es una identificación no solo con nuestra naturaleza, sino con nosotros mismos. Se identifica conmigo y ocupa mi lugar. Esta obra suya, que él llegue a ser yo, es la obra del amor. Hasta este extremo llega la identificación esencial de Dios con su pueblo, que ya se había anunciado en la revelación de la zarza: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob» (Ex 3,14). No queramos resistirnos a un amor tan inmerecido, dejemos que Dios nos haga justicia. Ciertamente somos nosotros los que deberíamos cargar con la culpa, sufrir sus consecuencias y suplicar el perdón, pero no despreciemos la gracia de Dios; no sumemos pecado a pecado, impidiendo que sea Él quien se adentre por nosotros en la muerte.
Conviene que así cumplamos toda justicia”».
La justicia es que el hombre cargue con las consecuencias del pecado, pero la justicia de Dios es cargar él mismo, hecho hombre, con esas consecuencias. Así volvemos a lo de antes: Cristo asume el pecado y sus consecuencias, el bautismo anticipa la muerte; y la futura muerte en cruz será la conclusión del bautismo en el Jordán. Por eso Jesús hablará de su muerte en cruz como de un bautismo: «¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?» (Mc 10,38); y también: «Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!» (Lc 12,50). Por eso también la iconografía oriental representa las aguas del Jordán como si fueran un sepulcro que abraza el cuerpo de Jesús.
La sorpresa del Bautista ante Jesús, que viene a ser bautizado, ha de ser nuestra sorpresa viendo al justo que viene a hacernos justicia y cargar por nosotros con nuestro pecado. Ahora vemos ya lo que significa que el Hijo de Dios haya nacido como hombre: algo más que compartir nuestra naturaleza. Es una identificación no solo con nuestra naturaleza, sino con nosotros mismos. Se identifica conmigo y ocupa mi lugar. Esta obra suya, que él llegue a ser yo, es la obra del amor. Hasta este extremo llega la identificación esencial de Dios con su pueblo, que ya se había anunciado en la revelación de la zarza: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob» (Ex 3,14). No queramos resistirnos a un amor tan inmerecido, dejemos que Dios nos haga justicia. Ciertamente somos nosotros los que deberíamos cargar con la culpa, sufrir sus consecuencias y suplicar el perdón, pero no despreciemos la gracia de Dios; no sumemos pecado a pecado, impidiendo que sea Él quien se adentre por nosotros en la muerte.
«Entonces Juan se lo permitió.
Apenas se bautizó Jesús, salió del agua…»
Apenas se bautizó Jesús, salió del agua…»
«Se abrieron los cielos»
Si el bautismo que Juan predicaba, el bautismo con que bautizaba a los que acogían su predicación, expresaba la asunción del pecado, la petición de perdón y la súplica de una vida nueva, ahora se manifiesta la respuesta de Dios a este bautismo cuando es Jesús quien lo hace suyo. Dios transforma y da eficacia al bautismo de Juan cuando es Jesús quien lo asume. Jesús ha hecho suya la súplica de los que le preceden y Dios rompe su silencio. Cuando Jesús hace suya la culpa del hombre y asume su consecuencia y pide perdón, da eficacia a la súplica del hombre pecador, da eficacia a nuestro dolor y a nuestras lágrimas. Con su súplica se abre el cielo. Cristo transforma el gesto en sacramento, en signo eficaz de la gracia de Dios.
Si el bautismo que Juan predicaba, el bautismo con que bautizaba a los que acogían su predicación, expresaba la asunción del pecado, la petición de perdón y la súplica de una vida nueva, ahora se manifiesta la respuesta de Dios a este bautismo cuando es Jesús quien lo hace suyo. Dios transforma y da eficacia al bautismo de Juan cuando es Jesús quien lo asume. Jesús ha hecho suya la súplica de los que le preceden y Dios rompe su silencio. Cuando Jesús hace suya la culpa del hombre y asume su consecuencia y pide perdón, da eficacia a la súplica del hombre pecador, da eficacia a nuestro dolor y a nuestras lágrimas. Con su súplica se abre el cielo. Cristo transforma el gesto en sacramento, en signo eficaz de la gracia de Dios.
«Se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”»
El Verbo eterno ha tomado nuestra carne, se ha unido a cada hombre y se presenta llevando el pecado de todos. Y el pecador es declarado Hijo y es ungido por el Espíritu Santo, por el amor eterno con el que el Padre unge al Hijo. En Cristo estábamos nosotros, asumidos por él, pidiendo perdón, asumiendo la culpa, esperando misericordia. En Cristo estábamos nosotros, siendo perdonados, ascendiendo de las aguas como de la muerte, viendo que el cielo se abría y se eliminaba la distancia con Dios, escuchando la palabra de Dios que nos hacía sus hijos y recibiendo el don del Espíritu.
Es aquí donde se da la «epifanía», la manifestación de Dios, que cierra el ciclo litúrgico de la Navidad. El nacido en el silencio y en el secreto de Belén, del que dan testimonio los ángeles a los pastores y la estrella a los Magos, recibe en este momento, cuando asume su misión y anuncia su muerte, el testimonio de Dios, la complacencia del Padre y la unción del Espíritu Santo. Esta epifanía es también un adelanto de la resurrección, cuando la humanidad asumida por el Hijo Eterno alcance con la resurrección su plenitud en la Trinidad: como Hijo y como Ungido.
Para nosotros, el bautismo de Cristo es la indicación a seguirle: ha venido hasta donde yo estaba, para que ahora le siga, aferrado a él por los lazos del amor. Él llega a mí movido por un amor poderoso y capaz del milagro. Yo, para unirme a él, no necesito un amor poderoso que no tengo, es él quien ha descendido y me ha tomado. Yo he de identificarme con él con el único amor con el que soy capaz, este amor débil, que él perfeccionará.
El Verbo eterno ha tomado nuestra carne, se ha unido a cada hombre y se presenta llevando el pecado de todos. Y el pecador es declarado Hijo y es ungido por el Espíritu Santo, por el amor eterno con el que el Padre unge al Hijo. En Cristo estábamos nosotros, asumidos por él, pidiendo perdón, asumiendo la culpa, esperando misericordia. En Cristo estábamos nosotros, siendo perdonados, ascendiendo de las aguas como de la muerte, viendo que el cielo se abría y se eliminaba la distancia con Dios, escuchando la palabra de Dios que nos hacía sus hijos y recibiendo el don del Espíritu.
Es aquí donde se da la «epifanía», la manifestación de Dios, que cierra el ciclo litúrgico de la Navidad. El nacido en el silencio y en el secreto de Belén, del que dan testimonio los ángeles a los pastores y la estrella a los Magos, recibe en este momento, cuando asume su misión y anuncia su muerte, el testimonio de Dios, la complacencia del Padre y la unción del Espíritu Santo. Esta epifanía es también un adelanto de la resurrección, cuando la humanidad asumida por el Hijo Eterno alcance con la resurrección su plenitud en la Trinidad: como Hijo y como Ungido.
Para nosotros, el bautismo de Cristo es la indicación a seguirle: ha venido hasta donde yo estaba, para que ahora le siga, aferrado a él por los lazos del amor. Él llega a mí movido por un amor poderoso y capaz del milagro. Yo, para unirme a él, no necesito un amor poderoso que no tengo, es él quien ha descendido y me ha tomado. Yo he de identificarme con él con el único amor con el que soy capaz, este amor débil, que él perfeccionará.
Los cielos se han abierto no gracias a mí, pero sí para mí. ¡Porque él se identificó conmigo!
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.Archivos:
Homilía en el día del Bautismo del Señor,
año 2020 en la iglesia de las Bernardas.
Enrique Santayana
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI
¡Levántate!
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Navidad
NAVIDAD – 2019
A cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios
En este día nuestros ojos se dirigen al hijo de María Virgen, al niño que ha llevado en su vientre y ahora lleva en sus brazos. No dejemos que nada ni nadie, ni bueno ni malo, nos impida hoy centrar la mirada de nuestra alma en el Hijo de María.
¿Qué vemos en él? Vemos a Dios que busca al hombre. Sí, este Niño es Dios. Dios se ha hecho pequeño. Muchos han dicho que eso es imposible, que Dios no puede hacerse tan pequeño, que Dios no puede hacerse un niño, un niño concreto, este que nació de María. Sin embargo, el poder de Dios se manifiesta justamente en que puede hacerse lo más pequeño. Solo el Todopoderoso, el que es realmente libre, el que no tiene más límite que el bien, puede hacerse pequeño. Este niño es Dios. Y añadimos: es Dios que busca al hombre. Algunos dicen que esto tampoco es posible, porque el hombre es un «mal bicho», que somos malos con Dios, que somos malos entre nosotros, que somos malos con la creación. ¿Puede buscarme Dios? ¿Puede Dios desear mi compañía? ¿Puede Dios amarme? Aquí hay que afirmar dos cosas: por un lado, que el amor de Dios es gracia: no podemos presentar méritos que justifiquen el amor de Dios por nosotros, más bien al contrario, nuestros pecados, reiterados, nuestra pobreza, parecerían un repelente al amor del que es Santo, Bueno y Eterno. Así que su amor es gracia, puro don gratuito: «Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia», decía san Agustín.
Pero hay que añadir: el hombre ha sido creado por Dios a su imagen. En medio de su miseria y de su fragilidad, hay en nosotros algo grande que nos hace capaces de Dios, capaces de acoger el amor de Dios y de amar a Dios. Es lo que la Biblia ha descrito como «la imagen de Dios»: «a imagen de Dios los creó». Esa capacidad solo la tiene el hombre. Uno solo de nosotros, pequeño y lleno de miserias, es más grande que todo el universo, con todos los seres maravillosos que lo llenan, porque solo nosotros podemos albergar a Dios y solo nosotros estamos hechos para ir más allá de todas las cosas, más allá incluso de la muerte, y adentrarnos en el ser de Dios. «Imagen de Dios». Así pues, sí, es posible que Dios busque al hombre, porque él nos creó grandes y ahora nos busca haciéndese él mismo pequeño. En el Hijo de María, el Niño que ella lleva en sus brazos, vemos a Dios que se ha hecho pequeño para buscarnos; vemos al Dios eterno que ha nacido en el tiempo para buscarnos a cada uno en nuestro hoy.
Jesús es Dios que busca al hombre. Pero es más: es también el hombre encontrado y tomado. En el seno de María Dios encontró nuestra humanidad, la hizo suya, la tomó como propia. En este niño no se esconde Dios, como si hubiese tomado un disfraz o una forma externa con la que acercarse y manifestarse a nosotros. ¡No! Este Niño es el hombre que ha sido buscado y tomado por Dios y es Dios. Es la gran afirmación del evangelio: «El Verbo se hizo carne». Dios nos ha tomado como cosa suya, se ha hecho hombre y es hombre, ¡para siempre! Jesús: Dios y hombre unidos para la eternidad. En Jesús nos busca a cada uno, para unirnos a él eternamente.
Al mirar este misterio del amor de Dios: Dios que busca, el hombre que es encontrado y tomado, la carta a los hebreos dice algo precioso: «Que lo adoren todos los ángeles de Dios». La carta a los hebreos toma una afirmación de la versión griega del Antiguo Testamento, del Deuteronomio, y lo aplica a este misterio. De ahí que mucha iconografía antigua haya representado el misterio del nacimiento rodeado de ángeles que se asombran y adoran al que es Dios y al que es hombre: al Niño de María Virgen. Los ángeles adoran al hombre en Jesús, como adoran en el cielo a la Trinidad.
En el hijo de María Virgen, Dios busca y el hombre es buscado y tomado. Ni los mares, ni los cielos, ni la tierra fueron objeto de este amor divino, solo tú, hombre. Reconoce tu dignidad. En el universo no hay nada más grande que un solo hombre. Uno solo de nosotros es más grande que el universo entero. No nos dejemos engañar. A pesar de nuestros pecados y de nuestras miserias somos el único ser que Dios amó por sí mismo al crear. Todo lo hizo para nosotros. Y solo por nosotros se hizo hombre. Nada vale lo que vale un solo hombre, aunque esté enfermo o sea moralmente perverso. Nada vale lo que un solo hombre. Dios se hizo hombre. El hombre es sagrado, su vida es sagrada. Es infinitamente valiosa desde que es engendrada hasta que muere. Su dignidad no se la da la comodidad o la falta de sufrimiento. La vida del hombre no deja de ser digna cuando llega la enfermedad o el dolor. Es mentira que una vida sufriente no sea una vida digna. No nos dejemos engañar. No es lo mismo traer hijos al mundo que criar un perro, por fiel que sea el perro. No nos dejemos engañar: no hay nada más valioso que traer vida humana al mundo y acompañarla, desde su nacimiento hasta la muerte. Hoy parece que la naturaleza es más importante que el hombre. Es una mentira diabólica, que nos quiere hacer olvidar nuestra dignidad, que quiere que olvidemos que el hombre es imagen de Dios y que Dios se hizo hombre. Cuando el Niño está en brazos de su madre, los ángeles adoran al hombre que es Dios.
Decía san Bernardo: «¡Maravilloso el amor de un Dios que busca! ¡Incomparable la dignidad del hombre buscado!»
Pero para entender nuestra dignidad hace falta fijarse en algo muy importante que dice el Evangelio. Antes hemos subrayado ya una de sus afirmaciones: «el Verbo se hizo carne». Dios se ha hecho hombre. Pero esta afirmación es solo como una de las caras de la misma moneda. Antes el Evangelio ha dicho: «a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Que a partir de este Niño, que es Dios, cada hombre es llamado a unirse a él por la fe y unido a él llegar a ser hijo de Dios y Dios. Si cree en él, si da fe, recibe el poder de llegar a ser hijo de Dios, a participar del ser y de la vida del Hijo Eterno de Dios. Los Padres de la Iglesia, admirados por lo que aquí se decía, expresaron con unas fórmulas que luego llamamos fórmulas de intercambio: «el hijo de Dios se hizo hijo del hombre para que los hijos de los hombres llegásemos a ser hijos de Dios»; «Dios se hizo hombre para hacer a los hombres Dios»; «el Eterno se ha hecho temporal, para hacer eterno al hombre temporal»; «El Rico se ha hecho pobre, para enriquecernos con su pobreza», etc.
Nuestra dignidad se manifiesta en nuestro origen: «imágenes de Dios»; se manifiesta en el misterio de la Navidad: Dios que se hace hombre; y se manifiesta en nuestro destino: participar del ser de Dios, ser hijos verdaderos de Dios. Y es aquí donde cada uno de nosotros es llamado e interpelado por Dios. Porque alcanzar este destino requiere nuestra fe y nuestro amor. Requiere que reconozcamos la grandeza del amor de Dios, que nos conmovamos por este amor, que nos dejemos seducir por él y nos decidamos a amar a quien nos ama tanto. De ahí el Evangelio: «a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Decía san Agustín, mezclando sus palabras con las de san Pablo: «Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre». Despertemos, Dios se ha abajado, se ha puesto por debajo de nosotros y en nuestras manos, nosotros debemos levantarnos y ponernos en las suyas.
En el hijo de María Virgen,
Dios que busca y el hombre que es buscado y tomado.
Ni los mares, ni los cielos, ni la tierra
fueron objeto de este amor divino,
solo tú, hombre.
Reconoce tu dignidad
Levántate, rey de la creación,
Dios te ha tomado para siempre y eres eterno.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía, día de Navidad, 2019
Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
El Espíritu de Dios sobre un seno virgen
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo IV
IV Domingo Adviento
22–XII–2019
Ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.«Genealogía de Jesús, el Cristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob», etc. Así, con la larga genealogía de Jesús, comienza el Evangelio según san Mateo. Con la genealogía se expresan varias cosas. Dos me interesan ahora: primero, que Jesús, el hombre nacido de María, es el Mesías, el Cristo; aquel que los judíos piadosos esperaban que trajera la salvación y el conocimiento de Dios. En segundo lugar, declara que Jesús tiene sus raíces humanas en el pueblo de Israel, desde Abraham en adelante. Por estas raíces asume y lleva en su humanidad a todas las generaciones que le preceden: a Abraham con su fe; a David, con su obediencia; lleva el sufrimiento de los deportados a Babilonia; y la decisión de los que, al retornar del exilio, anhelaron un culto más puro. Con estas raíces, el Mesías hace suyo todo el camino del Antiguo Testamento, y, en el fondo, todo el camino del hombre hacia Dios.
Pero, manifestados los orígenes humanos del Mesías con la genealogía, ahora Mateo declara los orígenes divinos: «La generación de Jesús, el Cristo, fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo».
El Mesías, Jesús, nacido de María, la esposa de José (Cf. Mt 1,16), viene del Espíritu Santo. Su ser personal viene de Dios, no de los hombres. Y esto es una novedad absoluta. Muchos hombres habían sido «enviados» por Dios, pero eran siempre hombres, nacidos de hombres y no más que hombres. Este viene de Dios. Con él empieza algo nuevo. Nuestros pecados y nuestros sufrimientos son viejos, pero viene del cielo un nuevo inicio, que no nos arroja a la basura para empezar de nuevo, sino que nos hace suyos para salvarnos.
Vayamos a los detalles de cómo se inicia esta nueva creación.
Los protagonistas, junto a Dios todopoderoso, son una jovencísima muchacha y un varón algo mayor que ella, desconocidos en la escena de los poderosos e influyentes del mundo. Los dos protagonizan una historia dolorosa y a la vez maravillosa, de la que la humanidad entera depende, aunque no lo sepa. Habían celebrado el desposorio, pero aún no habían empezado la vida conyugal. Era lo habitual que entre el desposorio y el inicio de la vida conyugal transcurriese un año entero. El desposorio era como un matrimonio rato, que solo se consumaba con el inicio de la vida conyugal. Antes de empezar la convivencia, María se encuentra embarazada. El Evangelio no nos dice cómo vivieron aquel hecho. María conoce el origen divino del niño que ha engendrado, José aún no. Podemos imaginar muchas cosas del dolor de ambos, pero el Evangelio no nos dice nada y queda en el secreto de Dios, como tantos de nuestros dolores y de nuestras luchas. Lo que dice Mateo es que José era justo, esto es, sabía, o intuía, que María no podía haber traicionado las promesas esponsales y no quería que el castigo al adulterio, la lapidación, cayese sobre ella; por otro lado, no creía poder tomarla como esposa. Y «no queriendo exponer a María a la infamia, decidió repudiarla en secreto». El repudio de una mujer por parte de su esposo (Cf. Dt 24,1) significaba que el varón debía escribir un documento donde rechazaba a la mujer. Con ese documento, llamado libelo de repudio, la mujer quedaba libre de los compromisos conyugales. José decide repudiarla de forma que el repudio quedase en secreto.
Entonces viene la parte fundamental del Evangelio: un ángel da ánimos a José revelándole el verdadero origen del niño y su misión. Sobre su origen le dice: «la criatura que hay en María viene del Espíritu Santo». No viene de ningún varón, María es virgen y su fecundidad viene de Dios. Con esta notica José recibe ánimo: «No temas en acoger a María». Ya no es necesario el repudio. Y sobre la misión de este niño dice el ángel: «tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». «Jesús» significa «Dios salva», Jesús es Dios que viene a salvar al hombre, la criatura que Dios ama, y viene a salvarlo del pecado, que es el verdadero principio de la destrucción del hombre, su alejamiento de Dios. Aquí terminan las palabras del ángel a José.
Mateo añade que todo esto no hace sino cumplir lo que Dios ya había anunciado y prometido por medio de Isaías: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Y la obediencia de José: «Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer».
La primera creación se había iniciado con el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas; el Espíritu de Dios vuelve, ahora sobre un seno virgen. Dios eterno empieza a ser hombre; un hombre empieza a existir siendo Dios. Algo totalmente nuevo, el principio de una nueva creación. ¡El inicio! Dios concluirá la nueva creación cuando el que nazca del seno virgen se convierta en el primogénito de entre los muertos y alcance la gloria de Dios: «nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santificación por la resurrección de entre los muertos» (Rm 1,3-4).
Con la Navidad a las puertas, nos disponemos a celebrar que el Hijo de Dios ha querido tomar todo nuestro ser, con las luchas que hemos librado, con las que hemos perdido y con las pocas que hemos ganado; con nuestros olvidos e infidelidades; con las heridas de la lucha; con nuestro esfuerzo por escuchar a Dios y obedecerle; con el dolor y la humillación por las caídas; con las tristezas y oscuridades; con la esperanza de recibir su gracia; con la esperanza de ser perdonados; con el deseo de ver su rostro… Él lo ha tomado todo para salvarlo y hacer algo nuevo. Él es el Salvador, solo Jesús salva.
Con la Navidad se abre ante nuestros ojos un nuevo camino: Dios que entra en la historia no para anularnos y olvidarse de lo que somos, sino para hacernos suyos y hacer con nosotros el camino de la nueva creación. El Niño es el inicio. Junto a él una virgen jovencísima y un joven esposo. Con ellos se abre paso la esperanza: el camino se inicia y el Dios hecho hombre va delante. Aunque nuestro camino sea viejo y viejos nuestros pecados y fracasos, junto a ellos podemos empezar de nuevo.
Pero, manifestados los orígenes humanos del Mesías con la genealogía, ahora Mateo declara los orígenes divinos: «La generación de Jesús, el Cristo, fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo».
El Mesías, Jesús, nacido de María, la esposa de José (Cf. Mt 1,16), viene del Espíritu Santo. Su ser personal viene de Dios, no de los hombres. Y esto es una novedad absoluta. Muchos hombres habían sido «enviados» por Dios, pero eran siempre hombres, nacidos de hombres y no más que hombres. Este viene de Dios. Con él empieza algo nuevo. Nuestros pecados y nuestros sufrimientos son viejos, pero viene del cielo un nuevo inicio, que no nos arroja a la basura para empezar de nuevo, sino que nos hace suyos para salvarnos.
Vayamos a los detalles de cómo se inicia esta nueva creación.
Los protagonistas, junto a Dios todopoderoso, son una jovencísima muchacha y un varón algo mayor que ella, desconocidos en la escena de los poderosos e influyentes del mundo. Los dos protagonizan una historia dolorosa y a la vez maravillosa, de la que la humanidad entera depende, aunque no lo sepa. Habían celebrado el desposorio, pero aún no habían empezado la vida conyugal. Era lo habitual que entre el desposorio y el inicio de la vida conyugal transcurriese un año entero. El desposorio era como un matrimonio rato, que solo se consumaba con el inicio de la vida conyugal. Antes de empezar la convivencia, María se encuentra embarazada. El Evangelio no nos dice cómo vivieron aquel hecho. María conoce el origen divino del niño que ha engendrado, José aún no. Podemos imaginar muchas cosas del dolor de ambos, pero el Evangelio no nos dice nada y queda en el secreto de Dios, como tantos de nuestros dolores y de nuestras luchas. Lo que dice Mateo es que José era justo, esto es, sabía, o intuía, que María no podía haber traicionado las promesas esponsales y no quería que el castigo al adulterio, la lapidación, cayese sobre ella; por otro lado, no creía poder tomarla como esposa. Y «no queriendo exponer a María a la infamia, decidió repudiarla en secreto». El repudio de una mujer por parte de su esposo (Cf. Dt 24,1) significaba que el varón debía escribir un documento donde rechazaba a la mujer. Con ese documento, llamado libelo de repudio, la mujer quedaba libre de los compromisos conyugales. José decide repudiarla de forma que el repudio quedase en secreto.
Entonces viene la parte fundamental del Evangelio: un ángel da ánimos a José revelándole el verdadero origen del niño y su misión. Sobre su origen le dice: «la criatura que hay en María viene del Espíritu Santo». No viene de ningún varón, María es virgen y su fecundidad viene de Dios. Con esta notica José recibe ánimo: «No temas en acoger a María». Ya no es necesario el repudio. Y sobre la misión de este niño dice el ángel: «tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». «Jesús» significa «Dios salva», Jesús es Dios que viene a salvar al hombre, la criatura que Dios ama, y viene a salvarlo del pecado, que es el verdadero principio de la destrucción del hombre, su alejamiento de Dios. Aquí terminan las palabras del ángel a José.
Mateo añade que todo esto no hace sino cumplir lo que Dios ya había anunciado y prometido por medio de Isaías: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Y la obediencia de José: «Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer».
La primera creación se había iniciado con el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas; el Espíritu de Dios vuelve, ahora sobre un seno virgen. Dios eterno empieza a ser hombre; un hombre empieza a existir siendo Dios. Algo totalmente nuevo, el principio de una nueva creación. ¡El inicio! Dios concluirá la nueva creación cuando el que nazca del seno virgen se convierta en el primogénito de entre los muertos y alcance la gloria de Dios: «nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santificación por la resurrección de entre los muertos» (Rm 1,3-4).
Con la Navidad a las puertas, nos disponemos a celebrar que el Hijo de Dios ha querido tomar todo nuestro ser, con las luchas que hemos librado, con las que hemos perdido y con las pocas que hemos ganado; con nuestros olvidos e infidelidades; con las heridas de la lucha; con nuestro esfuerzo por escuchar a Dios y obedecerle; con el dolor y la humillación por las caídas; con las tristezas y oscuridades; con la esperanza de recibir su gracia; con la esperanza de ser perdonados; con el deseo de ver su rostro… Él lo ha tomado todo para salvarlo y hacer algo nuevo. Él es el Salvador, solo Jesús salva.
Con la Navidad se abre ante nuestros ojos un nuevo camino: Dios que entra en la historia no para anularnos y olvidarse de lo que somos, sino para hacernos suyos y hacer con nosotros el camino de la nueva creación. El Niño es el inicio. Junto a él una virgen jovencísima y un joven esposo. Con ellos se abre paso la esperanza: el camino se inicia y el Dios hecho hombre va delante. Aunque nuestro camino sea viejo y viejos nuestros pecados y fracasos, junto a ellos podemos empezar de nuevo.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía en el IV Domingo de Adviento
22 de diciembre de 2019
Iglesia de las Bernardas
Congragación del Oratorio de san Felipe Neri
22 de diciembre de 2019
Iglesia de las Bernardas
Congragación del Oratorio de san Felipe Neri
INMACULADA (Homilía, 2019)
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Festivos y solemnidades
«Madre de todos los vivientes».
La Iglesia Universal pospone un día la celebración de la Inmaculada cuando el 8 de diciembre cae en domingo, pero la Iglesia en España tiene el privilegio de celebrar esta fiesta el día 8 aunque sea Domingo. La Iglesia Universal reconoce así la especial vinculación entre la historia de España y la Inmaculada, entre nuestra patria y la proclamación del dogma de la Inmaculada, en 1854, por Pio IX. Que la Purísima proteja esta nación que desde los antiguos concilios de Toledo[1] defendió y promovió la doctrina de su Inmaculada Concepción.
El dogma de la Inmaculada Concepción dice lo siguiente: «La bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano»[2]. Por tanto, como bien sabéis, este dogma se relaciona directamente con la doctrina del pecado original. Por ese motivo, la primera lectura de la fiesta de hoy nos coloca justo en el momento que sigue al primer pecado.
Es conmovedor ver cómo en el inicio de la lectura se dice que Dios busca a Adán tras el pecado: «¿Dónde estás?». Tan conmovedora es la llamada de Dios, como triste que Adán se esconda: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí». Aunque el hombre no puede aún alejarse del todo, la Palabra de Dios llega hasta él y se inicia un diálogo: «¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?». Y después con la mujer: «¿Qué has hecho?». El hilo del diálogo le lleva a Dios hasta la serpiente, pero con la serpiente no dialoga. Dios se dirige a ella directamente con una condena. Esto llama la atención: Dios guarda toda la severidad para la serpiente. Es verdad que tras la condena de la serpiente aparece el castigo del hombre; sin embargo hay una diferencia enorme entre el castigo que recibe la serpiente y el que reciben Adán y Eva. El castigo del diablo es una condena y es definitiva. El segundo es un castigo «curativo», mira a su salud final, a su salvación; es transitorio; y, sobre todo, está acompañado de una promesa de victoria.
La liturgia de hoy no se ocupa del castigo que Dios impone al hombre, sino de la condena del diablo, que comienza así: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida»; y sigue con estas palabras en las que ya se anuncia la victoria del hombre, varón y mujer: «pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón».
Es el primer anuncio del Evangelio, que se escucha cuando la vida del paraíso se ve ya marchita por el pecado: el diablo, con su obra, será aplastado por la descendencia de la mujer. La belleza natural de la creación merma, pero se ha sembrado en su suelo una belleza sobrenatural.
Tras este primer anuncio del Evangelio la liturgia de hoy hace concluir la primera lectura con este versículo: «Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven». Eva transmite la vida. Es la vida dada por Dios en la creación, en primer lugar; es también la herida del pecado; y en tercer lugar, es la promesa, la semilla del Evangelio.
Eva va a transmitir la vida natural, la vida dada por Dios a Adán. Es una vida llena de belleza y de bien, pero herida por el pecado original, que se transmitirá a todos los hombres. Esta doctrina de la universalidad del pecado original, que todos pecamos en Adán, se sustenta en una realidad misteriosa: que existe una unidad sustancial de todos los hombres: Todo el género humano es en Adán «como el cuerpo único de un único hombre»[3]. Fueron Adán y Eva quienes «cometieron» el pecado, pero todos los hombres lo hemos «contraído» en virtud de esta unidad del género humano.
Hay un pecado[4] en el hombre, que le hiere en lo más hondo: en su voluntad, en su inteligencia, en su memoria, en sus deseos. Es una herida de muerte y, si no recibe la medicina adecuada, la muerte acabará corrompiéndolo del todo, envileciéndolo y embruteciéndolo. Y un hombre embrutecido es un monstruo: cerrado a la Palabra, incapaz de palabra, sin Dios. La historia ha visto muchas veces al hombre embrutecido, como una bestia que ha perdido la razón. También ahora lo vemos. ¡Y asusta! Lo vemos, por ejemplo, en la crueldad del aborto, un crimen que clama justicia a Dios; o en la maldad con la que se ofrece la eutanasia a ancianos y enfermos. La eutanasia es la oferta que hombres embrutecidos y bestias ofrecen a los débiles y a los que sufren, porque no quieren padecer con ellos, ni acompañarlos, ni gastar con ellos su tiempo, sus energías o su dinero. Es más fácil decir: «muérete».
Eva transmite la vida que Dios dio a Adán, la más preciosa de la creación, pero, con la herida del pecado. Sin embargo, transmite también el germen del Evangelio: que el linaje de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente, cuando ella lo hiera en el talón. Es una semilla de victoria plantada en la tierra herida. Es una promesa, una semilla oculta, pero viva, porque es de Dios.
Justamente cuando aparece la muerte, se siembra también la vida sobrenatural: la gracia del Evangelio prometido, una promesa que lleva en sí su propia fecundidad y eficacia, crecerá oculta en la historia de los hombres mientras crece el pecado. El pecado es manifiesto, la semilla del Evangelio, por el contrario, crecerá oculta, custodiada por la fe de Abraham, Moisés, Elías, David, Isaías… ¡Y tantos otros que creyeron la Palabra que les llegaba en su momento!
Hasta que toda la gracia, sembrada en la promesa dada a Eva, crecida como esperanza a lo largo de los siglos en el corazón de hombres fieles, llegó no ya como promesa, sino como realidad desbordante, desde el cielo al seno de María. Es el Evangelio: todo el cielo se inclina hasta María y por su sí Dios se hace hombre. El hombre nacido de María es el linaje prometido que destruirá la obra del diablo. Él es el Redentor. Todos los hombres somos redimidos por Cristo. Nadie se salva si no es por Cristo, no hay otro Salvador.
Nosotros recibimos la redención en forma de perdón y de rescate. María recibió la salvación como prevención del pecado. Nosotros somos perdonados, ella fue preservada: «La bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano».
La obra del diablo, la que se levanta a nuestro alrededor y la que se levanta entre nosotros y en nosotros mismos, por mucho que asuste, tiene el tiempo contado, porque María fue concebida sin pecado, porque engendró al Salvador y el Salvador derramó su sangre por nosotros. La Inmaculada es la gran fiesta del Adviento: mira a la concepción del Redentor y a su nacimiento, a la Navidad; y mira también a la victoria definitiva en la historia, cuando Cristo Rey imponga definitivamente su Reino: «reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». La Inmaculada es nuestra esperanza, es el estandarte de nuestra victoria.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía en la fiesta de la Inmaculada, 2019
en la iglesia de las Bernardas
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI DE ALCALÁ DE HENARES
en la iglesia de las Bernardas
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI DE ALCALÁ DE HENARES
[1] Cf. concilios IV (a. 633) y XI (a. 675) de Toledo.
[2] Pio IX, Bula Inefabilis Deus (DS 2803).
[3] Santo Tomás de Aquino. Cf.: CCE 404
[4] Rm 5,12. Concilio de Trento, decreto Sobre el pecado original (DS 1512).