¿QUIÉN ES ÉSTE?
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- Escrito por: P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo II
II Dom. TO A – 19, I, 2020
Oratorio de san Felipe Neri
Este es el Hijo de Dios
Juan el Bautista siempre aparece referido a Jesús, siempre en relación a Jesús. Pero esta idea se subraya mucho más en el evangelio de san Juan. Allí el Bautista es el que da testimonio de Jesús; y si uno eliminase este testimonio, el Bautista prácticamente desaparecería. La primera vez que habla del Bautista dice: «Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran. No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz» (Jn 1,6-8) Y la segunda: «Juan da testimonio de él y clama: “Éste era de quien yo dije: El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo”» (Jn 1,15). La tercera ocasión viene introducida así: «Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: “¿Tú quién eres?”» (Jn 1,19) Del Bautista solo interesa «su testimonio». Y el propio Bautista parece dar muy poca importancia a quién es él y qué hace. Los hombres enviados desde Jerusalén le preguntan y él solo dice «yo no soy»: yo no soy el Mesías (Jn 1,19), yo no soy Elías, yo no soy el profeta (Jn 1,20). Y al final del diálogo solo le arrancan este testimonio: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: “Haced recto el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías […] Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia».
Todo queda preparado para que el testigo ofrezca su testimonio. Al día siguiente Juan testificará de forma solemne. Es lo que hemos escuchado hoy.
Primero, dice de Jesús: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». En esta sola frase el Bautista declara de forma profética lo que Jesús va a hacer por nosotros. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo es el cordero redentor, el cordero inocente que carga con el pecado de los culpables, el cordero cuya sangre preciosa será derramada para lavar nuestra culpa. Este es Jesús para los hombres, para nosotros, para mí, lo que él es «para».
Lo mismo que dice el Batista a la orilla del Jordán lo decimos nosotros al pie del altar de la Eucaristía: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Con ello decimos el sorprendente servicio que nos hace Jesús: llevar nuestras cargas, asumir las consecuencias de nuestros pecados y conseguir nuestra santificación; ese servicio que nunca podremos pagar; el servicio que nos avergüenza, como me avergonzaría que un amigo tuviese que afrontar una pena de cárcel por un delito mío; el servicio, que por otro lado, nos llena de orgullo, porque indica en qué grado altísimo nos ama. Es el servicio que nos llena de confusión, al descubrir las consecuencias reales de nuestro pecado; pero que también nos llena de gozo al ver un amor más fuerte que la muerte. Es el Cordero que ofrece su sangre preciosa para santificarnos. Es el cordero manso que vence la muerte y vive para siempre, ante cuya visión gloriosa los ángeles claman: «Digno es el Cordero inmolado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Ap 5,12).
Todas esas cosas que Jesús es para mí, que Jesús ha hecho por mí y por amor a mí, se expresan en estas palabras que dijo Juan en el Jordán y que nosotros repetimos a los pies del altar: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Y sin embargo con estas palabras el Bautista aún no ha dicho lo decisivo. Porque el valor de la obra de Cristo, que su vivir y su morir sean fuente de salvación para nosotros, que nos den la salvación, dependen de una cosa: de quién es él. Y él se define por su relación única con el Padre, él es el Hijo eterno, el Hijo de Dios. La eficacia de su obra depende de quién es él.
Los evangelios nos muestran que ante la persona de Jesús, ante sus milagros y ante su autoridad, la gente se pregunta: «¿Quién es este?» Los discípulos también se lo preguntan y el propio Jesús se los pregunta a ellos: «¿Quién decís que soy yo?». La vida de los discípulos consiste en aprender quién es Jesús. Es muy curioso que al final del evangelio de san Juan, cuando narra la última aparición del Resucitado a orillas del lago de Genesaret, se dice lo siguiente: «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», pues sabían que era el Señor» (Jn 21,12). Después de tanto tiempo con él, al final saben por fin que «es el Señor». Es una afirmación con un doble sentido: identifican al resucitado con su Señor, con el Jesús con el que habían convivido durante tres años; pero también identifican a este hombre con Dios. Esto es, que era Jesús y que era Dios. La vida de los Apóstoles ha consistido en aprender quién es Jesús.
Volvamos al evangelio de hoy. Después del Bautismo de Cristo, Juan ha comprendido, con la luz que solo Dios puede poner en la inteligencia, quién es aquel a quien antes «no conocía»: es el que ha recibido y sobre el que permanece el Espíritu de Dios. Este Espíritu es el amor de Dios; por tanto, éste es el amado del Padre. Y llega al testimonio supremo: «Doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».
Son palabras decisivas. Cuando Jesús pregunte a los suyos «vosotros, ¿quién decís que soy yo», Pedro responderá: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». «El Hijo de Dios vivo», significa «el Hijo de Dios». Esta es la verdad decisiva sobre Jesús. Y por esto cuando Pedro afirma esto, Jesús responde: «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo».
Con esta afirmación, que Jesús es el Hijo de Dios, se cambia la imagen que los hombres tienen de Dios; a partir de ahora Dios ya no es un ser solitario, sino Trinidad. Se cambia la imagen de lo que el hombre puede esperar de Dios… Pero no quiero entrar en todo eso ahora, lo que me interesa subrayar es que con esta afirmación se indica quién es Jesús, el misterio de su persona. Al decir que es el «Hijo de Dios» expresamos lo que es en sí mismo, el misterio insondable del ser divino de este hombre singular y único, vivo y real. No lo que es para…, sino lo que es en sí mismo. Es un misterio de amor, porque la filiación divina pertenece al misterio de amor que es la Trinidad.
Pues bien, nuestro aprendizaje cristiano consiste en adentrarnos en el conocimiento amoroso de Jesús, en conocer a Cristo y participar de su misterio, de su ser Hijo Único. Por eso la pregunta sobre quién es él recorre todo el Evangelio. No es la pregunta sobre una teoría, es la búsqueda del conocimiento de alguien real y vivo, la búsqueda del rostro de Cristo. Conocerle a él es el gran objetivo de la vida. Solo se puede aprender en el seguimiento, en la compañía, en la amistad de Cristo. Conocerlo es amarlo y participar de su vida. San Pablo no buscaba otra cosa, y cuando escribe desde la cárcel, se expresa así: [Solamente quiero] «conocerle a él y la fuerza de su resurrección, y participar así de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos» (Flp 3,10-11).
El testimonio de Juan: «Doy testimonio de que este es el Hijo de Dios», es la indicación que se nos hace para que lo sigamos y nos adentremos día a día en el conocimiento de su persona. Sí, porque él trae el perdón y la salvación, pero al final, la salvación es él mismo, su propia persona, Él mismo es nuestra salvación. No existe otro cielo, otro paraíso, otra vida eterna, que la persona de Jesús, que nos introduce en el Misterio de la Trinidad. El testimonio de Juan es una indicación a poner nuestra atención en Él, a levantar nuestra mirada de nuestro propio yo para adentrarnos en el misterio de la persona de Jesús, el Hijo de Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía del segundo domingo del 19 de enero de 2020
II del tiempo ordinario ciclo A
Congregación del Oratorio de san Felipe Neri de Alcalá de Henares
P. Enrique Santayana C.O.
II del tiempo ordinario ciclo A
Congregación del Oratorio de san Felipe Neri de Alcalá de Henares
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LA SÚPLICA DEL HOMBRE SE HACE EFICAZ
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- Escrito por: P. Enrique Santayana
- Categoría: El bautismo del Señor
Homilía en el Batusimo del Señor, 2020
Se abrieron los cielos
«Vino Jesús desde Galilea al Jordán
y se presentó a Juan para que lo bautizara»
¿Qué es el bautismo de Juan? Tiene relación con el pecado y con la muerte. Se reconoce el pecado y se pide perdón por él. Ser sumergido en las aguas es un símbolo de muerte. La muerte es la consecuencia del pecado. Introducirse en las aguas bautismales expresa la asunción de la culpa y de la pena del pecado, pero pidiendo a Dios misericordia y un nuevo inicio, una nueva vida. El bautismo de Juan es la asunción del pecado, la petición de perdón y la súplica de una vida nueva.
Jesús no tenía nada por lo que pedir perdón; entonces, ¿por qué se presenta para ser bautizado? No se trata de un mero ejemplo de humildad, como a veces se ha dicho. Aunque nosotros debamos tomar toda su vida como un ejemplo, las acciones de Cristo nunca son mera exterioridad, como algo que en realidad no tengan que ver con él, acciones extrínsecas a su persona divina y a su doble naturaleza. En realidad el Hijo de Dios asume su misión: «el Cordero de Dios que [carga y] quita el pecado del mundo». Jesús inicia el camino que le llevará a la cruz, asumiendo su final: su muerte, su sepultura. Es la consecuencia de cargar con el pecado de los otros que él ha hecho suyo por amor, las consecuencias del pecado de los otros, con los que él se ha identificado. «Se hizo pecado por nosotros» (2Cor 5,21). El bautismo anticipa el sí de Jesús, el sí de su sacrificio por el hombre. Es un hito en el camino de su amor por el hombre, que llegará a su culmen en la cruz–eucaristía: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo», con lo que se ve a las claras que el amor de Cristo no es el puntual momento de la cruz, sino un camino que empieza mucho antes. Se hizo hombre para esto y desde que se hizo hombre dio los pasos humanos necesarios para alcanzar la plenitud del amor.
y se presentó a Juan para que lo bautizara»
¿Qué es el bautismo de Juan? Tiene relación con el pecado y con la muerte. Se reconoce el pecado y se pide perdón por él. Ser sumergido en las aguas es un símbolo de muerte. La muerte es la consecuencia del pecado. Introducirse en las aguas bautismales expresa la asunción de la culpa y de la pena del pecado, pero pidiendo a Dios misericordia y un nuevo inicio, una nueva vida. El bautismo de Juan es la asunción del pecado, la petición de perdón y la súplica de una vida nueva.
Jesús no tenía nada por lo que pedir perdón; entonces, ¿por qué se presenta para ser bautizado? No se trata de un mero ejemplo de humildad, como a veces se ha dicho. Aunque nosotros debamos tomar toda su vida como un ejemplo, las acciones de Cristo nunca son mera exterioridad, como algo que en realidad no tengan que ver con él, acciones extrínsecas a su persona divina y a su doble naturaleza. En realidad el Hijo de Dios asume su misión: «el Cordero de Dios que [carga y] quita el pecado del mundo». Jesús inicia el camino que le llevará a la cruz, asumiendo su final: su muerte, su sepultura. Es la consecuencia de cargar con el pecado de los otros que él ha hecho suyo por amor, las consecuencias del pecado de los otros, con los que él se ha identificado. «Se hizo pecado por nosotros» (2Cor 5,21). El bautismo anticipa el sí de Jesús, el sí de su sacrificio por el hombre. Es un hito en el camino de su amor por el hombre, que llegará a su culmen en la cruz–eucaristía: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo», con lo que se ve a las claras que el amor de Cristo no es el puntual momento de la cruz, sino un camino que empieza mucho antes. Se hizo hombre para esto y desde que se hizo hombre dio los pasos humanos necesarios para alcanzar la plenitud del amor.
«Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
“Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”».
La actitud del Bautista nace de un sentimiento justo: sabe que el mayor es el que bautiza al pequeño y Jesús es más grande que él, «no merezco desatarle la correa de las sandalias» (Lc 3,16), y anterior a él, «Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo» (Jn 1,30).
“Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”».
La actitud del Bautista nace de un sentimiento justo: sabe que el mayor es el que bautiza al pequeño y Jesús es más grande que él, «no merezco desatarle la correa de las sandalias» (Lc 3,16), y anterior a él, «Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo» (Jn 1,30).
«Jesús le contestó: “Déjalo ahora.
Conviene que así cumplamos toda justicia”».
La justicia es que el hombre cargue con las consecuencias del pecado, pero la justicia de Dios es cargar él mismo, hecho hombre, con esas consecuencias. Así volvemos a lo de antes: Cristo asume el pecado y sus consecuencias, el bautismo anticipa la muerte; y la futura muerte en cruz será la conclusión del bautismo en el Jordán. Por eso Jesús hablará de su muerte en cruz como de un bautismo: «¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?» (Mc 10,38); y también: «Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!» (Lc 12,50). Por eso también la iconografía oriental representa las aguas del Jordán como si fueran un sepulcro que abraza el cuerpo de Jesús.
La sorpresa del Bautista ante Jesús, que viene a ser bautizado, ha de ser nuestra sorpresa viendo al justo que viene a hacernos justicia y cargar por nosotros con nuestro pecado. Ahora vemos ya lo que significa que el Hijo de Dios haya nacido como hombre: algo más que compartir nuestra naturaleza. Es una identificación no solo con nuestra naturaleza, sino con nosotros mismos. Se identifica conmigo y ocupa mi lugar. Esta obra suya, que él llegue a ser yo, es la obra del amor. Hasta este extremo llega la identificación esencial de Dios con su pueblo, que ya se había anunciado en la revelación de la zarza: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob» (Ex 3,14). No queramos resistirnos a un amor tan inmerecido, dejemos que Dios nos haga justicia. Ciertamente somos nosotros los que deberíamos cargar con la culpa, sufrir sus consecuencias y suplicar el perdón, pero no despreciemos la gracia de Dios; no sumemos pecado a pecado, impidiendo que sea Él quien se adentre por nosotros en la muerte.
Conviene que así cumplamos toda justicia”».
La justicia es que el hombre cargue con las consecuencias del pecado, pero la justicia de Dios es cargar él mismo, hecho hombre, con esas consecuencias. Así volvemos a lo de antes: Cristo asume el pecado y sus consecuencias, el bautismo anticipa la muerte; y la futura muerte en cruz será la conclusión del bautismo en el Jordán. Por eso Jesús hablará de su muerte en cruz como de un bautismo: «¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?» (Mc 10,38); y también: «Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!» (Lc 12,50). Por eso también la iconografía oriental representa las aguas del Jordán como si fueran un sepulcro que abraza el cuerpo de Jesús.
La sorpresa del Bautista ante Jesús, que viene a ser bautizado, ha de ser nuestra sorpresa viendo al justo que viene a hacernos justicia y cargar por nosotros con nuestro pecado. Ahora vemos ya lo que significa que el Hijo de Dios haya nacido como hombre: algo más que compartir nuestra naturaleza. Es una identificación no solo con nuestra naturaleza, sino con nosotros mismos. Se identifica conmigo y ocupa mi lugar. Esta obra suya, que él llegue a ser yo, es la obra del amor. Hasta este extremo llega la identificación esencial de Dios con su pueblo, que ya se había anunciado en la revelación de la zarza: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob» (Ex 3,14). No queramos resistirnos a un amor tan inmerecido, dejemos que Dios nos haga justicia. Ciertamente somos nosotros los que deberíamos cargar con la culpa, sufrir sus consecuencias y suplicar el perdón, pero no despreciemos la gracia de Dios; no sumemos pecado a pecado, impidiendo que sea Él quien se adentre por nosotros en la muerte.
«Entonces Juan se lo permitió.
Apenas se bautizó Jesús, salió del agua…»
Apenas se bautizó Jesús, salió del agua…»
«Se abrieron los cielos»
Si el bautismo que Juan predicaba, el bautismo con que bautizaba a los que acogían su predicación, expresaba la asunción del pecado, la petición de perdón y la súplica de una vida nueva, ahora se manifiesta la respuesta de Dios a este bautismo cuando es Jesús quien lo hace suyo. Dios transforma y da eficacia al bautismo de Juan cuando es Jesús quien lo asume. Jesús ha hecho suya la súplica de los que le preceden y Dios rompe su silencio. Cuando Jesús hace suya la culpa del hombre y asume su consecuencia y pide perdón, da eficacia a la súplica del hombre pecador, da eficacia a nuestro dolor y a nuestras lágrimas. Con su súplica se abre el cielo. Cristo transforma el gesto en sacramento, en signo eficaz de la gracia de Dios.
Si el bautismo que Juan predicaba, el bautismo con que bautizaba a los que acogían su predicación, expresaba la asunción del pecado, la petición de perdón y la súplica de una vida nueva, ahora se manifiesta la respuesta de Dios a este bautismo cuando es Jesús quien lo hace suyo. Dios transforma y da eficacia al bautismo de Juan cuando es Jesús quien lo asume. Jesús ha hecho suya la súplica de los que le preceden y Dios rompe su silencio. Cuando Jesús hace suya la culpa del hombre y asume su consecuencia y pide perdón, da eficacia a la súplica del hombre pecador, da eficacia a nuestro dolor y a nuestras lágrimas. Con su súplica se abre el cielo. Cristo transforma el gesto en sacramento, en signo eficaz de la gracia de Dios.
«Se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”»
El Verbo eterno ha tomado nuestra carne, se ha unido a cada hombre y se presenta llevando el pecado de todos. Y el pecador es declarado Hijo y es ungido por el Espíritu Santo, por el amor eterno con el que el Padre unge al Hijo. En Cristo estábamos nosotros, asumidos por él, pidiendo perdón, asumiendo la culpa, esperando misericordia. En Cristo estábamos nosotros, siendo perdonados, ascendiendo de las aguas como de la muerte, viendo que el cielo se abría y se eliminaba la distancia con Dios, escuchando la palabra de Dios que nos hacía sus hijos y recibiendo el don del Espíritu.
Es aquí donde se da la «epifanía», la manifestación de Dios, que cierra el ciclo litúrgico de la Navidad. El nacido en el silencio y en el secreto de Belén, del que dan testimonio los ángeles a los pastores y la estrella a los Magos, recibe en este momento, cuando asume su misión y anuncia su muerte, el testimonio de Dios, la complacencia del Padre y la unción del Espíritu Santo. Esta epifanía es también un adelanto de la resurrección, cuando la humanidad asumida por el Hijo Eterno alcance con la resurrección su plenitud en la Trinidad: como Hijo y como Ungido.
Para nosotros, el bautismo de Cristo es la indicación a seguirle: ha venido hasta donde yo estaba, para que ahora le siga, aferrado a él por los lazos del amor. Él llega a mí movido por un amor poderoso y capaz del milagro. Yo, para unirme a él, no necesito un amor poderoso que no tengo, es él quien ha descendido y me ha tomado. Yo he de identificarme con él con el único amor con el que soy capaz, este amor débil, que él perfeccionará.
El Verbo eterno ha tomado nuestra carne, se ha unido a cada hombre y se presenta llevando el pecado de todos. Y el pecador es declarado Hijo y es ungido por el Espíritu Santo, por el amor eterno con el que el Padre unge al Hijo. En Cristo estábamos nosotros, asumidos por él, pidiendo perdón, asumiendo la culpa, esperando misericordia. En Cristo estábamos nosotros, siendo perdonados, ascendiendo de las aguas como de la muerte, viendo que el cielo se abría y se eliminaba la distancia con Dios, escuchando la palabra de Dios que nos hacía sus hijos y recibiendo el don del Espíritu.
Es aquí donde se da la «epifanía», la manifestación de Dios, que cierra el ciclo litúrgico de la Navidad. El nacido en el silencio y en el secreto de Belén, del que dan testimonio los ángeles a los pastores y la estrella a los Magos, recibe en este momento, cuando asume su misión y anuncia su muerte, el testimonio de Dios, la complacencia del Padre y la unción del Espíritu Santo. Esta epifanía es también un adelanto de la resurrección, cuando la humanidad asumida por el Hijo Eterno alcance con la resurrección su plenitud en la Trinidad: como Hijo y como Ungido.
Para nosotros, el bautismo de Cristo es la indicación a seguirle: ha venido hasta donde yo estaba, para que ahora le siga, aferrado a él por los lazos del amor. Él llega a mí movido por un amor poderoso y capaz del milagro. Yo, para unirme a él, no necesito un amor poderoso que no tengo, es él quien ha descendido y me ha tomado. Yo he de identificarme con él con el único amor con el que soy capaz, este amor débil, que él perfeccionará.
Los cielos se han abierto no gracias a mí, pero sí para mí. ¡Porque él se identificó conmigo!
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía en el día del Bautismo del Señor,
año 2020 en la iglesia de las Bernardas.
Enrique Santayana
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI
¡Levántate!
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- Escrito por: P. Enrique Santayana
- Categoría: Navidad
NAVIDAD – 2019
A cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios
En este día nuestros ojos se dirigen al hijo de María Virgen, al niño que ha llevado en su vientre y ahora lleva en sus brazos. No dejemos que nada ni nadie, ni bueno ni malo, nos impida hoy centrar la mirada de nuestra alma en el Hijo de María.
¿Qué vemos en él? Vemos a Dios que busca al hombre. Sí, este Niño es Dios. Dios se ha hecho pequeño. Muchos han dicho que eso es imposible, que Dios no puede hacerse tan pequeño, que Dios no puede hacerse un niño, un niño concreto, este que nació de María. Sin embargo, el poder de Dios se manifiesta justamente en que puede hacerse lo más pequeño. Solo el Todopoderoso, el que es realmente libre, el que no tiene más límite que el bien, puede hacerse pequeño. Este niño es Dios. Y añadimos: es Dios que busca al hombre. Algunos dicen que esto tampoco es posible, porque el hombre es un «mal bicho», que somos malos con Dios, que somos malos entre nosotros, que somos malos con la creación. ¿Puede buscarme Dios? ¿Puede Dios desear mi compañía? ¿Puede Dios amarme? Aquí hay que afirmar dos cosas: por un lado, que el amor de Dios es gracia: no podemos presentar méritos que justifiquen el amor de Dios por nosotros, más bien al contrario, nuestros pecados, reiterados, nuestra pobreza, parecerían un repelente al amor del que es Santo, Bueno y Eterno. Así que su amor es gracia, puro don gratuito: «Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia», decía san Agustín.
Pero hay que añadir: el hombre ha sido creado por Dios a su imagen. En medio de su miseria y de su fragilidad, hay en nosotros algo grande que nos hace capaces de Dios, capaces de acoger el amor de Dios y de amar a Dios. Es lo que la Biblia ha descrito como «la imagen de Dios»: «a imagen de Dios los creó». Esa capacidad solo la tiene el hombre. Uno solo de nosotros, pequeño y lleno de miserias, es más grande que todo el universo, con todos los seres maravillosos que lo llenan, porque solo nosotros podemos albergar a Dios y solo nosotros estamos hechos para ir más allá de todas las cosas, más allá incluso de la muerte, y adentrarnos en el ser de Dios. «Imagen de Dios». Así pues, sí, es posible que Dios busque al hombre, porque él nos creó grandes y ahora nos busca haciéndese él mismo pequeño. En el Hijo de María, el Niño que ella lleva en sus brazos, vemos a Dios que se ha hecho pequeño para buscarnos; vemos al Dios eterno que ha nacido en el tiempo para buscarnos a cada uno en nuestro hoy.
Jesús es Dios que busca al hombre. Pero es más: es también el hombre encontrado y tomado. En el seno de María Dios encontró nuestra humanidad, la hizo suya, la tomó como propia. En este niño no se esconde Dios, como si hubiese tomado un disfraz o una forma externa con la que acercarse y manifestarse a nosotros. ¡No! Este Niño es el hombre que ha sido buscado y tomado por Dios y es Dios. Es la gran afirmación del evangelio: «El Verbo se hizo carne». Dios nos ha tomado como cosa suya, se ha hecho hombre y es hombre, ¡para siempre! Jesús: Dios y hombre unidos para la eternidad. En Jesús nos busca a cada uno, para unirnos a él eternamente.
Al mirar este misterio del amor de Dios: Dios que busca, el hombre que es encontrado y tomado, la carta a los hebreos dice algo precioso: «Que lo adoren todos los ángeles de Dios». La carta a los hebreos toma una afirmación de la versión griega del Antiguo Testamento, del Deuteronomio, y lo aplica a este misterio. De ahí que mucha iconografía antigua haya representado el misterio del nacimiento rodeado de ángeles que se asombran y adoran al que es Dios y al que es hombre: al Niño de María Virgen. Los ángeles adoran al hombre en Jesús, como adoran en el cielo a la Trinidad.
En el hijo de María Virgen, Dios busca y el hombre es buscado y tomado. Ni los mares, ni los cielos, ni la tierra fueron objeto de este amor divino, solo tú, hombre. Reconoce tu dignidad. En el universo no hay nada más grande que un solo hombre. Uno solo de nosotros es más grande que el universo entero. No nos dejemos engañar. A pesar de nuestros pecados y de nuestras miserias somos el único ser que Dios amó por sí mismo al crear. Todo lo hizo para nosotros. Y solo por nosotros se hizo hombre. Nada vale lo que vale un solo hombre, aunque esté enfermo o sea moralmente perverso. Nada vale lo que un solo hombre. Dios se hizo hombre. El hombre es sagrado, su vida es sagrada. Es infinitamente valiosa desde que es engendrada hasta que muere. Su dignidad no se la da la comodidad o la falta de sufrimiento. La vida del hombre no deja de ser digna cuando llega la enfermedad o el dolor. Es mentira que una vida sufriente no sea una vida digna. No nos dejemos engañar. No es lo mismo traer hijos al mundo que criar un perro, por fiel que sea el perro. No nos dejemos engañar: no hay nada más valioso que traer vida humana al mundo y acompañarla, desde su nacimiento hasta la muerte. Hoy parece que la naturaleza es más importante que el hombre. Es una mentira diabólica, que nos quiere hacer olvidar nuestra dignidad, que quiere que olvidemos que el hombre es imagen de Dios y que Dios se hizo hombre. Cuando el Niño está en brazos de su madre, los ángeles adoran al hombre que es Dios.
Decía san Bernardo: «¡Maravilloso el amor de un Dios que busca! ¡Incomparable la dignidad del hombre buscado!»
Pero para entender nuestra dignidad hace falta fijarse en algo muy importante que dice el Evangelio. Antes hemos subrayado ya una de sus afirmaciones: «el Verbo se hizo carne». Dios se ha hecho hombre. Pero esta afirmación es solo como una de las caras de la misma moneda. Antes el Evangelio ha dicho: «a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Que a partir de este Niño, que es Dios, cada hombre es llamado a unirse a él por la fe y unido a él llegar a ser hijo de Dios y Dios. Si cree en él, si da fe, recibe el poder de llegar a ser hijo de Dios, a participar del ser y de la vida del Hijo Eterno de Dios. Los Padres de la Iglesia, admirados por lo que aquí se decía, expresaron con unas fórmulas que luego llamamos fórmulas de intercambio: «el hijo de Dios se hizo hijo del hombre para que los hijos de los hombres llegásemos a ser hijos de Dios»; «Dios se hizo hombre para hacer a los hombres Dios»; «el Eterno se ha hecho temporal, para hacer eterno al hombre temporal»; «El Rico se ha hecho pobre, para enriquecernos con su pobreza», etc.
Nuestra dignidad se manifiesta en nuestro origen: «imágenes de Dios»; se manifiesta en el misterio de la Navidad: Dios que se hace hombre; y se manifiesta en nuestro destino: participar del ser de Dios, ser hijos verdaderos de Dios. Y es aquí donde cada uno de nosotros es llamado e interpelado por Dios. Porque alcanzar este destino requiere nuestra fe y nuestro amor. Requiere que reconozcamos la grandeza del amor de Dios, que nos conmovamos por este amor, que nos dejemos seducir por él y nos decidamos a amar a quien nos ama tanto. De ahí el Evangelio: «a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Decía san Agustín, mezclando sus palabras con las de san Pablo: «Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre». Despertemos, Dios se ha abajado, se ha puesto por debajo de nosotros y en nuestras manos, nosotros debemos levantarnos y ponernos en las suyas.
En el hijo de María Virgen,
Dios que busca y el hombre que es buscado y tomado.
Ni los mares, ni los cielos, ni la tierra
fueron objeto de este amor divino,
solo tú, hombre.
Reconoce tu dignidad
Levántate, rey de la creación,
Dios te ha tomado para siempre y eres eterno.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía, día de Navidad, 2019
Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
El Espíritu de Dios sobre un seno virgen
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- Escrito por: P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo IV
IV Domingo Adviento
22–XII–2019
Ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.«Genealogía de Jesús, el Cristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob», etc. Así, con la larga genealogía de Jesús, comienza el Evangelio según san Mateo. Con la genealogía se expresan varias cosas. Dos me interesan ahora: primero, que Jesús, el hombre nacido de María, es el Mesías, el Cristo; aquel que los judíos piadosos esperaban que trajera la salvación y el conocimiento de Dios. En segundo lugar, declara que Jesús tiene sus raíces humanas en el pueblo de Israel, desde Abraham en adelante. Por estas raíces asume y lleva en su humanidad a todas las generaciones que le preceden: a Abraham con su fe; a David, con su obediencia; lleva el sufrimiento de los deportados a Babilonia; y la decisión de los que, al retornar del exilio, anhelaron un culto más puro. Con estas raíces, el Mesías hace suyo todo el camino del Antiguo Testamento, y, en el fondo, todo el camino del hombre hacia Dios.
Pero, manifestados los orígenes humanos del Mesías con la genealogía, ahora Mateo declara los orígenes divinos: «La generación de Jesús, el Cristo, fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo».
El Mesías, Jesús, nacido de María, la esposa de José (Cf. Mt 1,16), viene del Espíritu Santo. Su ser personal viene de Dios, no de los hombres. Y esto es una novedad absoluta. Muchos hombres habían sido «enviados» por Dios, pero eran siempre hombres, nacidos de hombres y no más que hombres. Este viene de Dios. Con él empieza algo nuevo. Nuestros pecados y nuestros sufrimientos son viejos, pero viene del cielo un nuevo inicio, que no nos arroja a la basura para empezar de nuevo, sino que nos hace suyos para salvarnos.
Vayamos a los detalles de cómo se inicia esta nueva creación.
Los protagonistas, junto a Dios todopoderoso, son una jovencísima muchacha y un varón algo mayor que ella, desconocidos en la escena de los poderosos e influyentes del mundo. Los dos protagonizan una historia dolorosa y a la vez maravillosa, de la que la humanidad entera depende, aunque no lo sepa. Habían celebrado el desposorio, pero aún no habían empezado la vida conyugal. Era lo habitual que entre el desposorio y el inicio de la vida conyugal transcurriese un año entero. El desposorio era como un matrimonio rato, que solo se consumaba con el inicio de la vida conyugal. Antes de empezar la convivencia, María se encuentra embarazada. El Evangelio no nos dice cómo vivieron aquel hecho. María conoce el origen divino del niño que ha engendrado, José aún no. Podemos imaginar muchas cosas del dolor de ambos, pero el Evangelio no nos dice nada y queda en el secreto de Dios, como tantos de nuestros dolores y de nuestras luchas. Lo que dice Mateo es que José era justo, esto es, sabía, o intuía, que María no podía haber traicionado las promesas esponsales y no quería que el castigo al adulterio, la lapidación, cayese sobre ella; por otro lado, no creía poder tomarla como esposa. Y «no queriendo exponer a María a la infamia, decidió repudiarla en secreto». El repudio de una mujer por parte de su esposo (Cf. Dt 24,1) significaba que el varón debía escribir un documento donde rechazaba a la mujer. Con ese documento, llamado libelo de repudio, la mujer quedaba libre de los compromisos conyugales. José decide repudiarla de forma que el repudio quedase en secreto.
Entonces viene la parte fundamental del Evangelio: un ángel da ánimos a José revelándole el verdadero origen del niño y su misión. Sobre su origen le dice: «la criatura que hay en María viene del Espíritu Santo». No viene de ningún varón, María es virgen y su fecundidad viene de Dios. Con esta notica José recibe ánimo: «No temas en acoger a María». Ya no es necesario el repudio. Y sobre la misión de este niño dice el ángel: «tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». «Jesús» significa «Dios salva», Jesús es Dios que viene a salvar al hombre, la criatura que Dios ama, y viene a salvarlo del pecado, que es el verdadero principio de la destrucción del hombre, su alejamiento de Dios. Aquí terminan las palabras del ángel a José.
Mateo añade que todo esto no hace sino cumplir lo que Dios ya había anunciado y prometido por medio de Isaías: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Y la obediencia de José: «Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer».
La primera creación se había iniciado con el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas; el Espíritu de Dios vuelve, ahora sobre un seno virgen. Dios eterno empieza a ser hombre; un hombre empieza a existir siendo Dios. Algo totalmente nuevo, el principio de una nueva creación. ¡El inicio! Dios concluirá la nueva creación cuando el que nazca del seno virgen se convierta en el primogénito de entre los muertos y alcance la gloria de Dios: «nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santificación por la resurrección de entre los muertos» (Rm 1,3-4).
Con la Navidad a las puertas, nos disponemos a celebrar que el Hijo de Dios ha querido tomar todo nuestro ser, con las luchas que hemos librado, con las que hemos perdido y con las pocas que hemos ganado; con nuestros olvidos e infidelidades; con las heridas de la lucha; con nuestro esfuerzo por escuchar a Dios y obedecerle; con el dolor y la humillación por las caídas; con las tristezas y oscuridades; con la esperanza de recibir su gracia; con la esperanza de ser perdonados; con el deseo de ver su rostro… Él lo ha tomado todo para salvarlo y hacer algo nuevo. Él es el Salvador, solo Jesús salva.
Con la Navidad se abre ante nuestros ojos un nuevo camino: Dios que entra en la historia no para anularnos y olvidarse de lo que somos, sino para hacernos suyos y hacer con nosotros el camino de la nueva creación. El Niño es el inicio. Junto a él una virgen jovencísima y un joven esposo. Con ellos se abre paso la esperanza: el camino se inicia y el Dios hecho hombre va delante. Aunque nuestro camino sea viejo y viejos nuestros pecados y fracasos, junto a ellos podemos empezar de nuevo.
Pero, manifestados los orígenes humanos del Mesías con la genealogía, ahora Mateo declara los orígenes divinos: «La generación de Jesús, el Cristo, fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo».
El Mesías, Jesús, nacido de María, la esposa de José (Cf. Mt 1,16), viene del Espíritu Santo. Su ser personal viene de Dios, no de los hombres. Y esto es una novedad absoluta. Muchos hombres habían sido «enviados» por Dios, pero eran siempre hombres, nacidos de hombres y no más que hombres. Este viene de Dios. Con él empieza algo nuevo. Nuestros pecados y nuestros sufrimientos son viejos, pero viene del cielo un nuevo inicio, que no nos arroja a la basura para empezar de nuevo, sino que nos hace suyos para salvarnos.
Vayamos a los detalles de cómo se inicia esta nueva creación.
Los protagonistas, junto a Dios todopoderoso, son una jovencísima muchacha y un varón algo mayor que ella, desconocidos en la escena de los poderosos e influyentes del mundo. Los dos protagonizan una historia dolorosa y a la vez maravillosa, de la que la humanidad entera depende, aunque no lo sepa. Habían celebrado el desposorio, pero aún no habían empezado la vida conyugal. Era lo habitual que entre el desposorio y el inicio de la vida conyugal transcurriese un año entero. El desposorio era como un matrimonio rato, que solo se consumaba con el inicio de la vida conyugal. Antes de empezar la convivencia, María se encuentra embarazada. El Evangelio no nos dice cómo vivieron aquel hecho. María conoce el origen divino del niño que ha engendrado, José aún no. Podemos imaginar muchas cosas del dolor de ambos, pero el Evangelio no nos dice nada y queda en el secreto de Dios, como tantos de nuestros dolores y de nuestras luchas. Lo que dice Mateo es que José era justo, esto es, sabía, o intuía, que María no podía haber traicionado las promesas esponsales y no quería que el castigo al adulterio, la lapidación, cayese sobre ella; por otro lado, no creía poder tomarla como esposa. Y «no queriendo exponer a María a la infamia, decidió repudiarla en secreto». El repudio de una mujer por parte de su esposo (Cf. Dt 24,1) significaba que el varón debía escribir un documento donde rechazaba a la mujer. Con ese documento, llamado libelo de repudio, la mujer quedaba libre de los compromisos conyugales. José decide repudiarla de forma que el repudio quedase en secreto.
Entonces viene la parte fundamental del Evangelio: un ángel da ánimos a José revelándole el verdadero origen del niño y su misión. Sobre su origen le dice: «la criatura que hay en María viene del Espíritu Santo». No viene de ningún varón, María es virgen y su fecundidad viene de Dios. Con esta notica José recibe ánimo: «No temas en acoger a María». Ya no es necesario el repudio. Y sobre la misión de este niño dice el ángel: «tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». «Jesús» significa «Dios salva», Jesús es Dios que viene a salvar al hombre, la criatura que Dios ama, y viene a salvarlo del pecado, que es el verdadero principio de la destrucción del hombre, su alejamiento de Dios. Aquí terminan las palabras del ángel a José.
Mateo añade que todo esto no hace sino cumplir lo que Dios ya había anunciado y prometido por medio de Isaías: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Y la obediencia de José: «Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer».
La primera creación se había iniciado con el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas; el Espíritu de Dios vuelve, ahora sobre un seno virgen. Dios eterno empieza a ser hombre; un hombre empieza a existir siendo Dios. Algo totalmente nuevo, el principio de una nueva creación. ¡El inicio! Dios concluirá la nueva creación cuando el que nazca del seno virgen se convierta en el primogénito de entre los muertos y alcance la gloria de Dios: «nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santificación por la resurrección de entre los muertos» (Rm 1,3-4).
Con la Navidad a las puertas, nos disponemos a celebrar que el Hijo de Dios ha querido tomar todo nuestro ser, con las luchas que hemos librado, con las que hemos perdido y con las pocas que hemos ganado; con nuestros olvidos e infidelidades; con las heridas de la lucha; con nuestro esfuerzo por escuchar a Dios y obedecerle; con el dolor y la humillación por las caídas; con las tristezas y oscuridades; con la esperanza de recibir su gracia; con la esperanza de ser perdonados; con el deseo de ver su rostro… Él lo ha tomado todo para salvarlo y hacer algo nuevo. Él es el Salvador, solo Jesús salva.
Con la Navidad se abre ante nuestros ojos un nuevo camino: Dios que entra en la historia no para anularnos y olvidarse de lo que somos, sino para hacernos suyos y hacer con nosotros el camino de la nueva creación. El Niño es el inicio. Junto a él una virgen jovencísima y un joven esposo. Con ellos se abre paso la esperanza: el camino se inicia y el Dios hecho hombre va delante. Aunque nuestro camino sea viejo y viejos nuestros pecados y fracasos, junto a ellos podemos empezar de nuevo.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía en el IV Domingo de Adviento
22 de diciembre de 2019
Iglesia de las Bernardas
Congragación del Oratorio de san Felipe Neri
22 de diciembre de 2019
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Congragación del Oratorio de san Felipe Neri
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