La primera lectura se cierra con una promesa de Eliseo a la mujer que lo acoge en su casa: «El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando a tu hijo». La mujer no tenía hijos y su esposo era ya demasiado anciano para dárselos. La promesa de Eliseo responde al deseo de su corazón, un deseo imposible para ella. La mujer había sido muy generosa con Eliseo y, aunque no había pedido nada, recibe una promesa que ya solo en las palabras conmueve: «El año próximo, por esta época, abrazarás a tu hijo». Y en el tiempo indicado, la promesa se cumplió y la mujer pudo abrazar a su hijo. ¿Qué vemos en todo esto? Una gran misericordia de Dios. Por eso, tras la primera lectura hemos repetido: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor». Dios atiende el corazón de los que le dan la más mínima entrada, de los que le abren su casa interior. Pero vuelvo a hacer la misma pregunta: ¿en toda esta misericordia qué vemos? Algo que nos da la clave para comprender el evangelio de hoy: vemos la recompensa del profeta y del justo. Lo que pagan el justo y el profeta.
En el evangelio hemos escuchado a Jesús: «El que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo». Esa es la recompensa de la sunamita que acoge a Eliseo. Pero Jesús añade: «El que dé de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Y aquí se esconde la mayor de las misericordias de Dios. ¿Quiénes son esos pequeños? Son sus discípulos, los de todas las épocas, que van tras Él y no tienen otra riqueza. Y la gran misericordia es que Jesús, que viene del cielo, el Hijo de Dios, se identifica con esos pobres que van tras él. Por eso, quien acoge a uno de los suyos puede esperar una paga más grande que la que puede dar el justo y el profeta. Quien recibe a uno de estos pequeños discípulos de Cristo, recibe al Hijo de Dios y en él a Dios. Recibirá la paga que solo Dios puede dar. Pero quiero subrayar lo siguiente: que la gran misericordia es que Señor del cielo y de la tierra ama de tal manera a los pequeños que le siguen que vive en ellos, en ellos se goza o sufre, en ellos es honrado o despreciado. Después de la resurrección Jesús dirá a los suyos: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Este estar de Jesús con los suyos consiste en una plena identificación con ellos. No es que esté a su lado, sino íntimamente unido e identificado con cada uno de los pequeños que le siguen. Esta es la gran misericordia.
Es un misterio de comunión y de amor. El pequeño discípulo de Cristo, tiene siempre consigo al Hijo hecho hombre, y con él al Padre; ha entrado en la comunión trinitaria, la unión de un amor indivisible: «El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado». Cristo ha traído a la tierra el amor que llena el cielo, el amor trinitario, y ha hecho partícipe de él a sus discípulos, a los pequeños que le siguen, y que solo por eso son grandes. Cualquiera de los pequeños discípulos de Jesús, un niño, un anciano solitario, un hombre afligido por sus debilidades… cualquiera de los pequeños que le siguen es más que los antiguos y poderosos profetas, más que los grandes justos del Antiguo Testamento.
¿Estaremos nosotros entre ellos? Hemos recibido el bautismo, la confirmación, la Eucaristía… Estamos aquí, en su liturgia. Eso puede indicar que somos de sus discípulos. Pero el mismo Jesús nos da alguna indicación más precisa sobre el carácter de sus verdaderos «discípulos». Dice: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará».
Es la descripción de un amor que ha elegido amar a quien lo ha amado: a Cristo más que al padre querido o a la madre querida; a Cristo más que al hijo de las entrañas. Sencillamente porque no hay amor como el de Cristo, ni el del venerado padre, ni el del hijo, ni ningún otro. Es la descripción de un amor que quiere compartir toda la vida, también el dolor, y se decide a cargar con su parte de la cruz. Es la descripción de un amor al que no le importa perderlo todo, incluso la propia vida, con tal de ganarlo a Él.
Si queremos saber si nosotros, con nuestras pobrezas y debilidades, nos contamos entre estos que Jesús llama pequeños y discípulos, con los que se identifica, hemos de preguntarnos si hemos hecho de Jesús nuestro verdadero bien, si somos tan pobres en espíritu que solo aspiramos a andar tras Él y amar a quien nos ha amado, si queremos compartir el peso de su amor en la cruz, dejar todo atrás para ganarlo a Él.
Que Dios nos conceda la inteligencia de la fe, necesaria para reconocer el amor más grande; la voluntad decidida, para entregarnos a él; el afecto del corazón, para gozarnos al compartir su vida, sus dolores y su gloria.
Jesús habla a los Doce. Los forma para la misión que afrontarán en cuanto él consume su obra. Antes, le han visto enseñar a la multitud, hacer milagros, caminar de un lugar a otro… Ahora escuchan atónitos instrucciones sobre la misión que ellos mismos tendrán que desarrollar. ¡Es curioso! Reciben instrucciones para un tiempo y unas circunstancias que desconocen: lo que ocurrirá con Jesús, y que llegará un día en que ya no lo verán con los ojos de la carne. Reciben instrucciones sobre una misión que tendrán que desarrollar en un tiempo del que no saben nada. Estarían un tanto desconcertados.
Al hablar a los Apóstoles, Jesús nos habla a nosotros. Porque nosotros somos parte de la Iglesia y la Iglesia es «apostólica», es decir: desarrolla la vida y la misión de los Apóstoles. La vida de los Apóstoles se resume en la relación que mantenían con Cristo y entre sí, antes y después de la resurrección, de una forma antes, de otra diversa después. Y la misión de los Apóstoles se resume en llamar a los hombres a adentrarse en esa relación que ellos mantenían con Cristo. Si somos miembros de la Iglesia fundada por Cristo, de la Iglesia Apostólica, entonces la vida de los Apóstoles es la nuestra y su misión es nuestra misión: nuestra vida se define por la relación que tenemos con Cristo resucitado y por la misión. La misión define nuestra relación con los hombres.
Pues bien, Jesús ha ido dando instrucciones hasta llegar al momento del discurso que escuchamos hoy.
Escuchamos una exhortación a no temer nada; y, en la misma medida, a temer a Dios: «No tengáis miedo a los hombres… Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna». Pero hay una gran diferencia entre los miedos humanos y el temor de Dios[1]. Muchos de vosotros habéis pasado miedo durante estos meses de pandemia, de formas muy diversas: miedo ante el dolor físico, miedo ante la muerte, miedo por la suerte de los que queremos… miedo de no estar preparados para ponernos delante de Dios… No hay que esconderlo. Otros habrán experimentado un miedo más atroz: miedo a la nada; miedo a que todo sea un sinsentido; miedo a que el propio ser con su vida, el ser de los otros con su vida, se pierda en la absoluta oscuridad; miedo a que después no haya nada. Habrá quienes no han experimentado miedo, pero muchos sí.
Y el Señor habla del miedo porque sabe que atenaza a todos los hombres y también a los suyos. Él mismo experimentó el miedo antes de padecer y lo venció. Los Apóstoles y otros discípulos experimentaron el miedo, al mismo tiempo que Jesús vencía el suyo y abrazaba la cruz. Algunos parece que lo vencieron, como Juan y la Magdalena. La mayoría sucumbieron. Recordemos algunos casos concretos:
Marcos, el Evangelista, no era Apóstol, pero sí llegó luego a ser colaborador de Pablo y Bernabé, y también de Pedro, y llegó a escribir el primero de los Evangelios. Marcos estaba en el huerto cuando prendieron a Jesús, fueron a capturarle a él también y, desembarazándose de la sábana en la estaba envuelto, huyó desnudo. Tomás también muestra algún tipo de temor o de prevención cuando Jesús decide ir a Betania, cerca de Jerusalén, donde sus enemigos ya traman su muerte. En ese momento, Tomás dice con ironía y como en una especie de queda: «Vayamos también nosotros con él a morir». Miedo, desde luego, tuvo el primero de los Apóstoles, Pedro. El miedo lo venció, hasta negar tres veces a su Maestro. Jesús, que conoció el miedo y lo venció, conoció también el miedo de los suyos, nuestro miedo y habló para poner luz en esta situación.
El miedo es una dimensión natural de la vida. Desde la infancia se experimentan miedos que luego se revelan infundados y desaparecen. Pero surgen otros miedos que tienen causas más reales, como la pandemia que nos ha golpeado. Miedo al dolor, miedo a que nos arranquen nuestras libertades, miedo a la tiranía de los que quieren imponer un poder absoluto sobre el pensamiento y la vida de todos.
En medio de todos los miedos, que Cristo experimentó para vencer, Él nos enseña algo claro: quien teme a Dios no tiene miedo. En la Biblia el temor de Dios es el conocimiento de que Él es nuestro bien y de que no podemos perderlo, es el temor a alejarnos libremente de nuestro único bien. El temor de Dios es el conocimiento de que podemos alejarnos de Dios y de que esa lejanía puede significar el infierno, un infierno que puede llegar a ser definitivo con la muerte: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna».
El que vive afianzado en el temor de Dios vence el miedo. Porque el que teme a Dios es como el niño que vive en brazos de su padre, teme perder la sujeción de esos brazos, pero en ellos no teme ninguna otra cosa. El cristiano vence el miedo porque sabe que está en manos de Dios, sabe que Dios lo sostiene: «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones». Sí, para Dios valemos mucho más. El precio que él ha pagado por nosotros en la cruz, no oro o plata, sino la sangre de su Hijo Amado, nos da un indicio de lo que valemos para él.
Víctor, tú has escuchado, de parte de la Iglesia, el anuncio de este amor inaudito de Dios por ti, el amor que se expresa, se realiza y se resume en el signo de la cruz; has acogido este signo de amor, te hemos signado, con la cruz, para que de ahora en adelante tengas el amor de Cristo como tu verdadero bien, para que luches por él, para que temas perderlo, y así logres vencer cualquier miedo. Si caes, recuerda a Marcos, a Tomás, a Pedro. Cayeron y fueron levantados de nuevo por Cristo.
El mal, lo irracional, la injusticia, nuestro propio pecado no es, ni muchísimo menos, la última palabra. La última palabra es la de Dios: la Palabra que se hizo hombre, que nos amó hasta morir en la cruz, que venció la muerte y es Señor del mundo y de la vida. Nuestra vida y la vida de todos los hombres se juega ante él, porque es nuestro único bien: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». No se puede elegir a Cristo en la clandestinidad. Se acoge su Palabra, como lo hizo María, en lo secreto, en el silencio de Dios, donde nadie puede ver; pero luego no puede ser clandestina, es necesario darla a luz, como María, que no puede esconderlo: «Lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea».
Los ya cristianos por el Bautismo nos ponemos en manos del Señor de la vida. Y a ti, Víctor, desde hoy catecúmeno, te ponemos en sus manos. Que el amor de Cristo expulse el temor, como enseña el apóstol Juan. Que lo expulse de los que ya hemos sido bautizados en las aguas que adelantan nuestra propia muerte en Cristo. Que lo expulse en ti, Víctor, que aguardas las aguas bautismales. Nos entregamos a Cristo y a ti te entregamos a él.
Homilía del 21 de junio del 2020, en el Domingo XII del Tiempo Ordinario. Oratorio de san Felipe Neri, iglesia de las Bernarndas. Con el rito de Ingreso en el Catecumenado de un nuevo catecúmeno de la diócesis de Alcalá de Henares.
CONGREGACIÓN DEL ORATORIO DE SAN FELIPE NERI / NOTA DE PRENSA, 22 de junio de 2020.
Nidos de cigüeña sí, pero en lugares seguros.
Es una cuestión de seguridad.
La Congregación del Oratorio de San Felipe Neri quiere unirse al debate público, que en estos días propone el Colectivo Ciconia, sobre la conveniencia de mantener dos nidos de cigüeña en el Oratorio de San Felipe Neri.
Dentro del proyecto de restauración del templo encargado por esta Congregación y autorizado por Patrimonio, se incluía la mejora de la estabilidad de la cúpula y la espadaña, dos estructuras con daños muy importantes agravados con el tiempo y cuyo estado hace preciso evitar el peso adicional de los nidos de cigüeña, que llega a ser considerable y puede superar la tonelada.
Tanto esta congregación como D. José Ramón Duralde, arquitecto especialista en restauración de edificios históricos encargado de la consolidación, somos sensibles en relación con las aves y los animales y sentimos que, dadas las circunstancias, sea necesario prescindir de esos nidos. La seguridad de la estructura y de las personas es más importante y nos exige esa renuncia.
En el marco de la legalidad.
El pasado 26 de noviembre de 2019, la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid autorizó “la retirada de dos nidos de cigüeña blanca que presentan un riesgo cierto de caída parcial o total y/o cuyo peso pudiera ocasionar daños en la cubierta o estructura donde se asientan”. El ámbito de actuación autorizado son la espadaña y linterna del Oratorio San Felipe Neri, en el Término Municipal de Alcalá de Henares (Madrid).
Los nidos fueron retirados los días 20 y 21 de enero, uno en la espadaña, restos en tejadillo inferior, y otro muy ancho en linterna, sin ningún resto de anidamiento.
La colocación provisional de elementos disuasorios que eviten la aparición de nuevos nidos en esos dos lugares sensibles una vez terminen las obras se relaciona con la petición ya formulada a la Comunidad de Madrid para que autorice esa solución o la que considere más adecuada, cuya respuesta se ha demorado sin duda a causa del confinamiento.
Por la misma razón, el confinamiento, se detuvieron las obras y permanecen hoy los andamios, que no se retirarán hasta que terminen los trabajos y se apruebe el sistema que evite la futura existencia de ningún elemento pesado sobre la cúpula o la espadaña.
Ofrecimiento a las asociaciones en defensa de la cigüeña.
La Congregación estaría encantada de conocer al presidente de la Asociación Ciconia, que nunca ha hablado con nosotros, y mostrarle en qué estado se encuentra la espadaña y la linterna del Oratorio.
Con el fin de que juzgue por sí mismo, todo aquel que lea estas líneas, adjuntamos unas elocuentes imágenes de la espadaña y la cúpula a que nos referimos. El más elemental sentido común lleva a evitar el peso de un nido de cigüeña en una espadaña con una inclinación como la que tiene la del Oratorio. ¿Quién tendría la responsabilidad civil y penal ante un derrumbe?
Imágenes de la espadaña del Oratorio/ Oratorio san Felipe Neri.
El experimentado arquitecto que dirige la obra de restauración afirma que no es seguro mantener en ese lugar un nido de cigüeñas, estamos seguros de que la realidad estructural de esta frágil y desplomada fábrica llevará a la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid a dar el pertinente permiso para evitar un nuevo nido en ese lugar.
La imagen de la cúpula agrietada muestra también los graves problemas estructurales que afectan a ese elemento. También, en este caso, el arquitecto que dirige la obra de restauración afirma que “no debe permitirse una carga importante sobre la linterna ni sobre la cúpula y que, por seguridad del monumento y de las personas, debe evitarse la construcción de nidos de cigüeña”. Viendo estas imágenes, se hace evidente, también para los no especialistas, que se trata de una medida lógica.
Imágenes de la cúpula del Oratorio/ Oratorio san Felipe Neri.
Abiertos al diálogo.
Humildemente pensamos que no se trata de debatir sobre la defensa de las cigüeñas en Alcalá de Henares, sobre la realidad actual de sus poblaciones, o sobre las ayudas que se ofrecen a quien las tiene en sus tejados, sino de constatar que en el caso concreto que nos ocupa, la seguridad de las personas y del monumento está por encima de la existencia de esos dos nidos concretos en el Oratorio de San Felipe Neri sobre elementos estructurales con problemas serios de conservación.
Seamos todos razonables, también los que amamos nuestras cigüeñas y somos decididos defensores de la naturaleza. En este caso, debe apostarse decididamente por la seguridad.
Hemos escuchado en el Evangelio palabras que, por muchas veces que las escuchemos, nos sorprenden, porque parecen no ser de este mundo. En efecto, no lo son, son la expresión de una vida que viene de Dios. Es la vida nueva que ha traído Cristo a los suyos.
Lo primero que es necesario decir es que no se trata de un programa de orden social o político. En este mundo el padre debe guardar la justicia entre los hijos, y los gobernantes deben asegurar la justicia en la sociedad. El crimen debe ser perseguido y castigado, para defender a los débiles y para que no surja la tentación de la venganza, porque donde los que tienen el poder no aseguran la justicia, surge la venganza. La justicia humana debe estar fundamentada en la verdad del hombre, en lo que es bueno, y eso significa que no está al margen de la Ley de Dios, que habla de qué es bueno para el hombre, siempre y todo lugar, para todo hombre.
Pero el Evangelio de hoy no habla de eso. En este mundo que corre en la historia con sus propias leyes naturales —las que vienen del orden creado—; en este mundo en el que el hombre debe organizarse socialmente conforme a estas leyes naturales, Dios invita a los suyos a algo más alto, a participar de su propia vida. Es la invitación que ya aparecía en la primera lectura: «Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo». Pero solo Tú eres el Santo. ¿Cómo, Señor? ¿Cómo podemos alcanzar esa vida que a ti te pertenece en exclusiva?
Jesús es Dios que se ha hecho hombre y ha introducido en este mundo esta vida de Dios. Ahora, desde que Cristo entró en el mundo, desde ese momento, en paralelo a la historia de la vida natural nacida de la creación y a la historia de la sociedad que el hombre organiza bien o mal, en paralelo a esa vida y mezclada con ella, corre la vida que Cristo ya ha introducido en nuestra historia y que algún día asumirá por completo y será perfeccionada. Es la vida que despunta en los mártires, en los confesores, en las vírgenes, en los santos. Es la vida nueva que ha traído Cristo y que se expresa en estas palabras del Sermón del Monte, que tanto nos desconciertan. Es la vida de la santidad de Dios entre los hombres.
El lugar donde esta vida nueva, la santidad de Dios, muestra su verdadero rostro es la cruz de Cristo. Allí muestra el rostro del amor. A la luz de la cruz, aprenderá san Juan que Dios es amor y es Trinidad, que es comunión de amor; a la luz de la cruz, aprenderán los hombres de todos los tiempos que Dios ama al hombre. Este es el rostro de la santidad de Dios.
Y el Sermón del Monte es la invitación de Cristo a que andemos con él este camino que le lleva a la cruz. Pero no se nos propone para imitarlo, ¿quién podría? Lo que nos propone es que lo andemos con él. Está en el monte con los que han ido a escucharlo. ¡Son los suyos! No está en la ciudad hablando a todos, no habla a los que no quieren oírle; habla a los suyos, a los que se complacen en su compañía y en escuchar su palabra. Y a los suyos les propone que vayan con él, que compartan su vida.
«No hagáis frente a quien os agravia». Él es Dios, le agravian los pecados, ¿qué hace? Carga con ellos.
«Si te abofetean en una mejilla, preséntale la otra». Él ha sido despreciado muchas veces, pero aún así se hizo hombre sabiendo que moriría. Y ya a las puertas de la muerte, ¿no vio él las veces que le negaríamos? ¿No vio él la negación de Pedro antes de que llegara? ¿No vio la traición de Judas? ¿No vio de antemano las burlas? ¿No vio de antemano la frialdad de nuestra alma? ¿Qué hizo? Ofreció todo su cuerpo al escarnio, y no solo el cuerpo, también dejó que entrase el oprobio en el alma.
«A quien te quiera quitar la túnica, dale también el manto». Y él ha dejado que lo desnuden y lo despojen por completo y lo expongan en la cruz, sufriendo la vergüenza de la desnudez.
«Quien te requiera para andar con él una milla, acompáñale dos». Él ha compartido todo nuestro camino, hasta la tumba, hasta el hades; por eso rezamos en el credo: «y descendió a los infiernos».
«Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen». Lo hizo en la cruz y en esa misma cruz siempre presente en el sacrificio de la Misa sigue amando a los lo odian y sigue ofreciendo su sangre por la salvación de los hombres, por nuestra salvación.
Cuando a nosotros nos propone este camino no nos dice que lo imitemos sin más. Eso no podríamos hacerlo. Nos dice que vayamos con él. Él está con nosotros, se nos da como alimento, lo comulgamos, recibimos su gracia en los Sacramentos, recibimos su Espíritu, el Espíritu Santo, «El Espíritu de Dios habita en vosotros», ha dicho san Pablo. Lo hemos recibido realmente en el bautismo y en la confirmación. Es decir, estamos unidos a él y él nos regala su vida. Nos invita no a que le imitemos, sino a que participemos de la vida que nos trae y andemos con él su camino.
Por otro lado, ¿cómo podremos estar unidos a quien nos ama si no compartimos su vida? Porque una cosa es ser espectador de su vida y otra, bien distinta, compartirla. ¿Qué queréis vosotros? ¿Qué quiere la esposa? ¿Qué quiere el amigo? ¿Ser espectadores? ¿Qué quiero yo? ¿Queréis ser espectadores de la vida de Cristo o queréis estar con él? Esta es la pregunta que debo responder: ¿quiero ser espectador del amor de Cristo o participar de ese amor? ¿Quiero ser espectador de la vida de Cristo o participar de su vida y estar con él?
Antes he dicho que se nos da el Espíritu Santo en el bautismo y en la confirmación, ¿sabéis para qué? Para participar de la Eucaristía, y la Eucaristía es comunión con la muerte de Cristo, esto es, con el amor de Cristo. Vuelvo a la pregunta: ¿Qué quieres: ser espectador de la vida de Cristo o estar con él?
«Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos»
San Lucas nos cuenta que María y José llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor y añade que cumplieron las prescripciones de la Ley de Moisés: unas que hacían referencia al parto de las mujeres y otras que se referían a los primogénitos recién nacidos.
En primer lugar, cuarenta días después del parto, la mujer debía hacer un sacrificio por su purificación: un cordero y un pichón o una tórtola (Cf. Lv 12,1-8). Para los pobres esta ofrenda podía consistir en un par de tórtolas o dos pichones. Eso es justamente lo que lleva María, la ofrenda de los pobres. María no necesitaba ninguna purificación. Era ella la que con su parto había traído al mundo al Salvador, al que puede purificar de toda culpa. Sin embargo, ella se somete a la ley de Moisés. Desde el principio se deja claro que Madre e hijo, la Madre del Salvador y el Salvador, no están excluidos de la obediencia a Dios. Al contrario, el camino de la obediencia será el camino de Jesús para salvar al hombre. Eso por lo que respecta a la purificación de María y a la ofrenda de las dos tórtolas o dos pichones.
En segundo lugar, la ley prescribía que los primogénitos debían ser consagrados y, después, rescatados. El evangelista repite las palabras con las que el libro del Éxodo prescribía la consagración de los primogénitos: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» (Ex 13,1-2; 13,12-15). Consagrar el primogénito significa entregárselo a Dios. El primogénito es el primer fruto del amor de los padres y, de alguna forma, porta el futuro de la familia cuando los padres falten. Consagrarlo y entregarlo a Dios expresa que todo es don de Dios y que todo le pertenece: también el fruto más querido del hombre, el fruto de su amor, el presente y el futuro, que la meta del hombre y de su amor es solo Dios. Es el reconocimiento de que Dios es el Creador de todo y de que el fin de toda la creación, encabezada por el hombre, es la adoración de Dios.
Junto a la consagración, la ley de Israel prescribía el rescate del primogénito. Muchas de las religiones con las que Israel había tenido que convivir en los siglos anteriores practicaban sacrificios humanos, porque las imágenes de sus dioses les hablaban de poderes sin relación al bien o al amor. La Biblia condena desde el principio esta aberración con la que se confundía la verdadera imagen de Dios y con lo que se destruía al único ser de la creación al que Dios ha amado por sí mismo, al hombre. Dios no quiere la muerte del hombre. Para que Israel entendiese que la consagración del hombre a Dios no es su destrucción se prescribe rescatarlo, que consistía en ofrecer la cantidad fija de cinco siclos de plata (Nm 3,47-48; 18,15-16), que se podían dar a cualquier sacerdote, en cualquier lugar del país. La idea del rescate lleva también implícita la idea de que el hombre nace con una culpa que le enemista con Dios, y que Dios quiere superar esa situación, por lo que prescribe el rescate. La consagración de los primogénitos recuerda que el hombre ha sido creado para la adoración de Dios, el rescate recuerda el pecado original, por el que el hombre ha distorsionado su orientación original a la adoración y la comunión con Dios, recuerda que necesita ser redimido.
Tanto los ritos de purificación de las madres, como la consagración y rescate de los primogénitos, se podían hacer en cualquier lugar del país[1].
Ahora vamos a lo más curioso de lo que cuenta san Lucas: Habla de la purificación de María y de la consagración de Jesús, pero nada dice de su rescate. En lugar del rescate, de la redención del hijo, Lucas cuenta que José y María hicieron algo que no estaba mandado en ningún sitio y que no formaba parte de las costumbres de Israel. En lugar del rescate, viajan hasta Jerusalén desde Belén, llevan a su hijo y lo presentan, lo ofrecen, en el templo. La consagración se concluye no con el rescate, sino con la presentación, con la ofrenda[2] de Jesús. Jesús no fue rescatado, él terminará ofreciéndose en rescate por muchos, para restablecer la amistad entre Dios y el hombre.
Israel tenía que consagrar a sus primogénitos, el primer y más preciado fruto de su amor, pero Jesús no es el fruto del amor de José y María, sino, ante todo, el fruto del amor de Dios por el hombre y es su Hijo Único. Y Dios lo entrega al hombre, se lo ofrece al hombre. Estamos ante un misterio. El Padre "consagra" a su Hijo al hombre, lo dedica al hombre.
Cuarenta días antes, Dios había hecho que naciese de María como hombre verdadero; y ahora, por medio de José y de María, lo presenta en el templo, el lugar donde Israel ofrecía sus sacrificios a Dios. Se da un encuentro sorprendente: la ofrenda de Israel se encuentra con la ofrenda de Dios, los sacrificios de Israel se encuentran con el sacrificio de Dios. La espera de Israel se encuentra con el abajamiento de Dios. Es el movimiento de amor de Dios al hombre, que había empezado en la creación y que ahora ya anuncia la donación total de la cruz. Jesús es el fruto del amor de Dios por el hombre, por eso es Dios quien lo ofrece. Él es de Dios, es Dios que se ofrece:
«De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando […] Mirad que está llegando […], ¿Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Es como fuego de fundidor, como lejía de lavandero. Se sentará como fundidor que refina la plata». ¿Quién resistirá este amor de Dios que presenta a su Hijo con tanta debilidad y humildad para el sacrificio en la cruz? Este amor irresistible es el que purifica, el que salva y orienta al hombre hacia Dios.
Ahora, Jesús es también el fruto de la fe y del amor de María, que culmina la fe y el amor del linaje humano y de Israel. Jesús no solo es el Hijo de Dios, es también el hijo de María que se ofrece a Dios, el hijo del hombre. En Jesús se encuentran el amor de Dios por el hombre y la fe y el amor del hombre por Dios. Así pues, la fiesta de la Presentación nos habla de la ofrenda de Dios al hombre, que se culminará en la cruz. Y nos habla de la ofrenda del verdadero Israel, la Iglesia, que ofrece a Dios el sacrificio de Cristo.
María tiene aquí un lugar fundamental, porque ella ha hecho posible finalmente que el amor de Dios hacia el hombre sea también, en Jesús, amor del hombre a Dios. En el templo está María y en la cruz está también ella. En el templo ella lleva al niño en sus brazos y los dos se confunden en una sola imagen, porque ella se ofrece al presentar el fruto de su vientre. En el Calvario ella está al pie de la cruz; allí Madre e hijo son dos figuras separadas, ella aparece como acogiendo el fruto del amor divino que pende de la cruz. Estas dos imágenes de María convergen en la Eucaristía: en ella la Iglesia, con María, inseparable de Jesús, lo ofrece y se ofrece con él al Padre. En la Eucaristía la Iglesia, con María, recibe el don de Dios, el don de su Hijo, con el que Él se nos da del todo.
El templo y la Cruz, la Eucaristía, nos hablan de Dios que ofrece a su Hijo Amado; de la Iglesia que ofrece a su Amado Salvador. Nos hablan de la Iglesia que recibe y acoge el Don de Dios; de Dios que acoge el don de la Iglesia. Todo se centra en estas dos figuras, María y Jesús. Y, al final Jesús, el don de Dios y el fruto bendito de María.
Él es nuestra luz. Y podemos decir con Simeón: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Sí, Dios nos presenta a Jesús, su Hijo, nuestra luz y nuestra gloria. El Don que Dios nos hace, que ilumina nuestra vida, invitándonos a unirnos a su camino de obediencia al Padre, para ofrecernos a Dios y llegar a él: «Por Cristo, con Cristo y en Cristo». Es lo que nos enseña la Eucaristía, lo que hace María: acoger el Don de Dios, para entregarle todo con Él.
Homilía del 2 de febrero de 2020 Fiesta de la Presentación del Señor Oratorio de san Felipe Neri, en la iglesia de las Bernardas. Alcalá de Henares p. Enrique Santayana C.O.
[1] Una purificación de los primogénitos no aparece en ningún lugar del AT ni en ninguna tradición judía, por lo cual, cuando Lc habla de la purificación solo puede ser entendida de la madre, de María.
[2] Benedico XVI hace notar que la palabra que aquí traducimos por «presentar» (paristanai), significa también «ofrecer», ofrecer para el sacrificio. Cf.: JOSEPH RATZINGER, Jesús de Nazaret (BAC, Madrid 2015) 61.